3 de mayo de 2008

El desafío de ser discípulo(a)-misionero(a).


Hno. Manuel Alvarado S., ofm

(Presentación para los catequistas de la diócesis de Chillán, 03 de mayo de 2008)

1. Un discípulo(a)-misionero(a) a la luz de los Evangelios.

El término discípulo(a), según el diccionario de la RAE, tiene dos acepciones, 1º: “…Persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un maestro…” y 2º: “… Persona que sigue la opinión de una escuela, aun cuando viva en tiempos muy posteriores a los maestros que la establecieron…”[1], de ambas definiciones podemos sacar una par de sencilla conclusiones, el término discípulo o discípula es una palabra relacional, involucra dos polos, un maestro o una escuela que tiene algo que enseñar, y el segundo elemento es el buscador de esa sabiduría, el que quiere aprender. Esto establece una relación desigual, el que enseña y el que aprende no están a la misma altura, y si en algún momento llegarán a esa situación, lo que se daría sería una superación del maestro, éste ya no tendría nada que aportar a la formación del discípulo(a).
En esta línea, es comprensible que las comunidades primitivas al expresar en imágenes la concepción de Jesús como maestro, lo asocien al filosofo, “…por filosofía no se entendía entonces una difícil disciplina académica, como ocurre hoy. El filosofo era más bien el que sabía enseñar el arte esencial: el arte de ser hombre de manera recta, el arte de vivir y morir…”[2], o a la imagen del pastor, la cual “… expresaba generalmente el sueño de una vida serena y sencilla, de la cual tenía nostalgia la gente inmersa en la confusión de la ciudad. Pero ahora la imagen era contemplada en un nuevo escenario que le daba un contenido más profundo: « El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo... » (Sal 23 [22],1-4). El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto…”[3]. Esta comprensión del Jesús resucitado, nace de la experiencia del Jesús histórico, los propios Evangelios, usan el termino hebreo Rabbuní[4] o Rabbi[5] en boca de sus seguidores al dirigirse o referirse a él. Jesús es presentado como un maestro itinerante, no enseñaba únicamente en las sinagogas (cf. 1,21 y otros muchos textos), sino además al aire libre (cf. Mc 2,15; 4,1) o en el templo (cf. Mc 11,17), su enseñanza aborda también el tema de la ley (cf. Mt 5,17-18; Lc 16,17) y algunas cuestiones relacionadas con ella y que eran objeto habitual de la enseñanza entre los maestros judíos de la época: distintos puntos concretos de las normas religiosas como el sábado (Mc 2,23-28; 3,1-6), el mandamiento principal (Mc 12,28-34), el ayuno (Mc 2,18-22 y =), las abluciones (Mc 7,1ss; Mt 15,1ss), las leyes sobre los alimentos (Mc 7,14-23; Mt 15,10-20), la familia (Mc 7,9-13; Mt 15,3-9), el modo de entrar en la vida eterna (Mc 10,17-23), las relaciones con el poder político extranjero (Mc 12,13-17). A la vez, tiene temáticas propias, aunque no por ello necesariamente desconectadas del contexto judío en el que vive, destacan el anuncio de la llegada inminente del Reino de Dios (cf. Mc 1,14-15; Mt 4,17) así como diferentes temas relacionados con dicho Reino (cf. Mc 4,1-34; Mt 13,1-52), la enseñanza sobre el amor a los enemigos (cf. Mt 5,38-47; Lc 6,27-35) o sobre la paternidad de Dios. Todo ello, nos lleva a concluir, que la experiencia histórica de los primeros discípulos y seguidores de Jesús, es la de estar tras un maestro, sin embargo, esta experiencia histórica esta preñada de un “cuento más”, de una novedad que continua en la tradición veterotestamentaria a la vez que la supera, ello es la causa de la sorpresa que causa su persona “… ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?...” (Mt 13, 55-56), pero, también su enseñanza y la autoridad con la que la imparte y comparte, los que le escuchaban “… quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas…” (Mc 1,22).
La mayor novedad del Maestro Jesús radica en el hecho, bastante inusual en su época, que es él quien elije a sus discípulos y no a la inversa, que sería el modo tradicional. Un discípulo de Jesús no es quien le ha buscado, sino que ha sido encontrado por el Maestro, encontrado en su situación vital, y cotidiana. A mi parecer esto ha sido brillantemente expresado en las palabras de Benedicto XVI: “…No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva…”[6]. Este encuentro exige una exclusividad excluyente, en el grupo de los suyos él era el único que podía enseñar, el único que ejercía de "maestro" y podía ser considerado y llamado de ese modo (cf. Mt 23,8-10); esto era así de tal modo que los pocos textos que nos hablan de una enseñanza impartida por los discípulos especifican que lo hacían por encargo de Jesús, como enviados ("apóstoles") suyos (cf. Mc 6,30) y en relación con lo que él había mandado (cf. Mt 28,20).
Finalmente, es bueno reflexionar sobre un par de rechazos que debe tener presente el discípulo(a)-misionero(a):

a) Rechazo a la todo tipo de violencia en la predicación. Dos textos son claves para entender esta enseñanza, el primero dice: “Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo...” (Lc 9,51-56), el contexto de este perícopa es interesante, la predicación de Jesús esta en su punto más alto, lo siguen cinco mil hombres (Cf. Lc 9, 10-17), tiene seguidores más allá de su grupo de discípulos (Cf. Lc 9, 49-50), su persona y sus palabras no han pasado inadvertidas, esta en boca de muchos (Cf. Lc 9, 18-21), incluso del tetrarca Herodes (Cf. Lc 9, 7-9). Lucas no da razones del rechazo de los samaritanos a acoger a Jesús, Juan nos da una pista que hablaría del nivel del éxito del maestro galileo, la muchedumbre quiere a la fuerza hacerlo rey (Cf. Jn 6,15), y el lugar para ser coronado no es otro que Jerusalén, los samaritanos posiblemente no quisieran verse involucrado en estas intenciones, mal que mal un nuevo rey judío puede no significar, necesariamente, buenas noticias para sus vecinos. Sí las cosas son así, se entiende la rabia de los discípulos, y también la intención del recurso a la violencia, que es este caso, aparentemente nace de una cierta soberbia que viene del éxito, sí se tiene el poder se puede avasallar, Jesús rechaza esta pretensión. En un contexto distinto encontramos el siguiente texto: “En esto, uno de los que estaban con Jesús echó mano a su espada, la sacó e, hiriendo al siervo del Sumo Sacerdote, le llevó la oreja. Dícele entonces Jesús: «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán»...” (Mt 26, 51-52), esta escena ocurre en el arresto de Jesús en Getsemaní, tampoco los malos tiempos justifican a los discípulos para usar la violencia contra otros. El papa Juan Pablo II pone un broche de oro en esta línea, hablando de la Eucaristía recuerda que quien “...aprende a decir gracias como lo hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador”[7].

b) Rechazo a la búsqueda de privilegios por los servicios. El discipulado nace de la gratuita invitación de Jesús, Él “...llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar...” (Mc 3, 13-14), por lo tanto el hombre o mujer vocacionado, hecho discípulo misionero, no puede ni debe aspirar a ningún tipo de privilegio. Los Evangelios muestran a Jesús afirmando esto, entre los discípulos surge más de una vez la discusión sobre quien era el mayor, o sea el más importante, la respuesta es enigmática, el más importante es el que sea como niño (Cf Mt 18, 1-4 y sus paralelos), o sea, el que se identifique con lo débil, lo pequeño, lo vulnerable, lejos de que se puede identificar con un privilegiado. Marcos tiene una perícopa con la cual no nos debe quedar duda sobre el rechazo a la búsqueda de privilegios: “Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos.» El les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?» Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» Ellos le dijeron: «Sí, podemos.» Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado.» Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»...” (Mc 10, 35-45). En su paralelo, Mt 20, 20-23, aparece la madre de los hijos de Zebedeo haciendo la misma petición, la molestia de los demás discípulos y la respuesta de Jesús se mantiene. Querer sentarse a la derecha y a la izquierda es un modo de decir que se quiere compartir el poder, es tener un lugar privilegiado en el nuevo orden que Dios propone y realizará, no es una pretensión menor. La pregunta desafío sobre la disponibilidad a beber del cáliz, se lee en el contexto de los anuncios sobre como Jesús va a morir y resucitar, cáliz es signo de angustia, dolor, sufrimiento, abandono, la profunda experiencia humana de la Cruz de Cristo. Al Maestro le queda claro, que el sí de los Zebedeos, tiene que ver con su ímpetu, por lo cual eran famosos (Cf. Mc 3,17), pero que aún no han sopesado la seriedad de lo que se les ha dicho, ni ellos ni los demás discípulos han terminado de entender la naturaleza o el destino de la misión de Jesús. Sí Él tenía alguna duda sobre el entendimiento de sus amigos, la discusión posterior le confirma sus interrogantes, ellos aún no entienden que el poder desde Dios es el servicio, lo ratificará con Él mismo con el lavado de pies joánico (Cf. 13, 1ss). La renuncia a la búsqueda de todo privilegio, no es enseñado sólo con las palabras sino, sobretodo, con el mismo ejemplo de Jesús, quien lo sigue debe tener claro que ella es central en su identidad crística, que no es otra cosa que conformar su vida a la de su Maestro, cristificándose.


2. ¿Cómo vivir esta dimensión en la vida del catequista y de la catequesis parroquial según Aparecida?

De la constatación de la realidad al desafío pastoral.

El documento de Aparecida parte de una consideración general, que debe ser considerada a la base de nuestra reflexión, un discípulo(a) misionero(a) es una persona que vive en un contexto determinado, que debe ser considerado para poder situar su rol, su labor y su significancia en la Iglesia y el mundo. Dos ejes que atraviesan la realidad latinoamericana, según Aparecida, son:

a. Vivimos en tiempo de cambios, que nos enfrentan a complejidades y confusiones nuevas a la hora de poner en la práctica los valores de nuestra fe. Nuestro tiempo esta marcado por el fenómeno de la globalización, “...es un fenómeno complejo que posee diversas dimensiones (económicas, políticas, culturales, comunicacionales, etc). Para su justa valoración, es necesaria una comprensión analítica y diferenciada que permita detectar tanto sus aspectos positivos como negativos. Lamentablemente, la cara más extendida y exitosa de la globalización es su dimensión económica, que se sobrepone y condiciona las otras dimensiones de la vida humana. En la globalización, la dinámica del mercado absolutiza con facilidad la eficacia y la productividad como valores reguladores de todas las relaciones humanas. Este peculiar carácter hace de la globalización un proceso promotor de inequidades e injusticias múltiples. La globalización, tal y como está configurada actualmente, no es capaz de interpretar y reaccionar en función de valores objetivos que se encuentran más allá del mercado y que constituyen lo más importante de la vida humana: la verdad, la justicia, el amor, y muy especialmente, la dignidad y los derechos de todos, aún de aquellos que viven al margen del propio mercado”[8]. Se debe tomar en cuenta, que este nuevo sujeto globalizado, por medio de la ciencia es capaz de manipular genéticamente la vida y de comunicarse en forma on-line con cualquier lugar del mundo[9], sin embargo, este evidente progreso humano ha enfrentado al ser humano a una crisis del sentido, se dificulta la posibilidad de unificar la realidad, o esta se ve tan inmensa y el individuo tan insignificante, que parece no ser posible actuar sobre ella[10], la respuesta ante este sentirse sobrepasado puede ser el pasotismo, “no estoy ni allí”, o el sectarismo, negarle valor a los cambios y encerrarse en las “tradiciones” o en el supuesto feliz y ordenado pasado, perdiéndose así la riqueza del paso de Dios en el hoy de la historia. La verdadera respuesta cristiana es “…hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida. Y necesitamos, al mismo tiempo, que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (cf. 1 Co 1, 30), la cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada”[11]. Estos cambios nos exigen hacer nuestro uno de los pensamientos más significativos de nuestro tiempo: “Pensar globalmente para actuar localmente”, esto exige tomar conciencia que nuestras acciones, en este caso pastorales, pero se refiere a cualquier acción humana y sus diversas dimensiones (políticas, económicas, ecológicas, sociales, etc.), deben tener en cuenta las preguntas que nacen del hombre y la mujer globalizados, pero pasados por el cedazo del Evangelio[12], sólo así seremos alternativa global a un modelo que privilegia el lucro y la competencia[13], para “...promover una globalización diferente que esté marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos, haciendo de América Latina y El Caribe no sólo el Continente de la esperanza, sino también el Continente del amor...”[14]

b. Un segundo aspecto a tener en cuenta, es el individualismo imperante en nuestros contextos socioculturales. “…Surge hoy, con gran fuerza, una sobrevaloración de la subjetividad individual. Independientemente de su forma, la libertad y la dignidad de la persona son reconocidas. El individualismo debilita los vínculos comunitarios…”[15], esto se vive a todo nivel en nuestra sociedad, nos vamos separando cada vez más, no hay organización sindical o vecinal, por ejemplo, que tenga la capacidad de convocar y organizar a la comunidad, esto, también, lo vivimos a nivel eclesial, hay serías dificultades para lograr la renovación de las comunidades tradicionales, existe un claro cansancio y desgaste de la participación comunitaria, se escucha con mucha fuerza las criticas internas a la organización y al testimonio de los grupos pastorales y parroquiales, lo cual no es lejano, lamentablemente, a la realidad, hay dificultades para encantar a los jóvenes o para ofrecer un trabajo comunitario “mezclado” social o etariamente. Estos valores de un individualismo excluyente y que hace insignificante lo comunitario, viene de la mano de ciertos colonialismos culturales aparejados al sistema neoliberal imperante. “Esta cultura se caracteriza por la autorreferencia del individuo, que conduce a la indiferencia por el otro, a quien no necesita ni del que tampoco se siente responsable. Se prefiere vivir día a día, sin programas a largo plazo ni apegos personales, familiares y comunitarios. Las relaciones humanas se consideran objetos de consumo, llevando a relaciones afectivas sin compromiso responsable y definitivo…”[16]. Para estos tiempos, el mayor testimonio de los cristianos es darle sentido a la vida, y a la vida comunitaria, debemos demostrar que es posible caminar juntos, más allá de nuestros lugares sociales, y de nuestras diferencias etarias, políticas, generacionales y de género, no negando nuestras particularidades, sino integrándolas, recordando que nuestra meta es la construcción del Reino en nuestro hoy, siendo protagonistas de esta historia, historia de solidaridad, globalizando la esperanza, valorizando el rostro del otro, pasando del rostro de un competidor al rostro de un hermano o hermana. Este debe ser el desafío central para la pastoral, y, en particular, para la catequesis, según mi parecer, la vida cristiana es esencialmente comunitaria, es imposible vivir el seguimiento a Jesús sino es con otros.

Una catequesis laical para los nuevos tiempos.

Es innegable la importancia del rol del laico o laica en la vida de la Iglesia, él es el primer vocacionado de la comunidad cristiana, el llamado de Jesús a ser sus discípulos “...resuena ciertamente en lo más íntimo del ser mismo de cada cristiano que, mediante la fe y los sacramentos de la iniciación cristiana, ha sido configurado con Cristo, ha sido injertado como miembro vivo en la Iglesia y es sujeto activo de su misión de salvación...”[17]. El laicado no es una vocación general, sino específica, Aparecida se hace eco de la tradición posconciliar, al decir:
“Su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio.
El ámbito propio de su actividad evangelizadora es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de realidad social y de la economía, como también el de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los mass media, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento.
Además, tienen el deber de hacer creíble la fe que profesan, mostrando autenticidad y coherencia en su conducta”[18].
Desde allí nace la vocación del catequista y los demás ministerios ejercidos por los fieles laicos en nuestra comunidad eclesial, de su compromiso bautismal y su renovación y ratificación en la confirmación. El catequista debe unir la formación doctrinal con su propio testimonio de vida, tanto en lo que se refiere a su propio existir como en su labor de transmitir la Buena Noticia de Jesús, sin olvidarse que enseña algo que no es de su propiedad, entrega un tesoro que no le pertenece, del cual es sólo mediador, la mejor medida que puede usar un catequista es la de descubrir cuanto se deja transformar por lo que trasmite, en cuanto él nunca deja de ser discípulo que esta aprendiendo con otros. El resto de la comunidad tiene la responsabilidad de cobijar con el testimonio vital lo que sus catequistas enseñan, cristificándose, “...siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes (cf. Mt 9, 35-36). Él, siendo el Señor, se hizo servidor y obediente hasta la muerte de cruz (cf. Fil 2, 8); siendo rico, eligió ser pobre por nosotros (cf. 2 Co 8, 9), enseñándonos el itinerario de nuestra vocación de discípulos y misioneros...”[19], de este modo, ella podrá llegar a ser escuela del amor, de la solidaridad, de la justicia, de la paz, del respeto por lo creado.

A mi parecer, una de las tentaciones que deben ser vencidas para nuestras comunidades, es la de la especialización, este concepto viene unido a las ideologías que sustentan el actual e imperante modelo neoliberal o globalización economicista, consiste sencillamente en repartir las tareas entre personas especializadas en una determinada materia, algo en sí mismo no malo, pero que llevados a ámbitos más allá de lo productivo puede degenerar en malas prácticas en las relaciones humanas. En lo pastoral, y en la catequesis en particular, la especialización puede degenerar en la pérdida de participación de las familias. La catequesis debe ser pensada en forma integral, es decir, asumiendo la globalidad de las relaciones que entraña cada ser humano, ella debe apuntar al corazón del niño, del joven, de la pareja o de las familias. El sujeto que esta en la catequesis puede no tener conciencia de lo social de la fe en la que participa, es tarea principal del catequista, a través de la doctrina y de su propio testimonio de vida, abrir esa conciencia, invitando, según las edades y condiciones de vida, a ser ciudadano de la Iglesia y del mundo, de modo que pueda irse insertando en medio de la realidad con respuestas evangélicas, no sólo en su cabeza sino también en su corazón, lugar desde el cual decide su acción. En tiempos como los nuestros, cuando diversos actores de la cultura y del poder predican la supuesta “privacidad de la fe”, debemos ser capaces de demostrar que nada es más social que “amar al prójimo”, y que mejores cristianos serán mejores hombres y mujeres en la política, en la economía, una mejor iglesia dará como fruto una sociedad más fraterna, justa y ecológica. Esta integralidad de la catequesis es defendida en Aparecida, al insistir, primariamente, en la responsabilidad del núcleo familiar en la formación religiosa, “...está llamada a introducir a los hijos en el camino de la iniciación cristiana...”[20], “...a través de su ejemplo de vida, la educación de los hijos para el amor como don de sí mismos y la ayuda que ellos le presten para descubrir su vocación de servicio, sea en la vida laical como en la consagrada...”[21]. La Parroquia, que “...son células vivas de la Iglesia y el lugar privilegiado en el que la mayoría de los fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y la comunión eclesial. Están llamadas a ser casas y escuelas de comunión...”[22], y, los centros educativos católicos, los cuales “...deben promover la formación integral de la persona teniendo su fundamento en Cristo, con identidad eclesial y cultural, y con excelencia académica. Además, han de generar solidaridad y caridad con los más pobres...”[23], en esta línea, deben pensar su rol evangelizador como solidaria y subsidiaria de la misión y tarea propia de la familia; debe rechazar, entonces, dos extremos nacidos de la especialización, por un lado, no puede permitir, idealmente, que la familia del niño o del joven de la catequesis se sienta desligada de responsabilidad del proceso catequético, y, por el otro, la catequesis parroquial o del colegio no puede absolutizarse frente a los proyectos familiares, ella esta en relación a las familias y su propuesta tiene sentido en cuanto apunte al corazón del núcleo doméstico, el desafío es pensar horarios, encuentros, que faciliten la participación y que no sean sólo parte de las estructuras tradicionales o burocráticas de las instituciones pastorales.

Finalmente, ¿qué significa para la catequesis tener un rol solidario y subsidiario frente a las familias? El documento insiste en que la evangelización, dentro de la cual la catequesis se inserta, tiene dos partes inesperables, la formación doctrinal y el testimonio de vida, esta división es sólo para entender y, que, además, todas las estructuras eclesiales deben estar a su servicio. Este es el marco de las relaciones entre las familias y el servicio de la catequesis, por ello, las líneas pastorales deben tener en cuenta la realidad que vive hoy la familia, ella es una institución cruzada por diversas crisis y por nuevas formas de ser vividas[24], las pastorales tienen la tarea de incluir a todas ellas, esa es una exigencia de ser escuela de comunión, identidad de la Iglesia, aquí es donde muchas veces debe ser solidaria, ayudar al acceso al proceso catequético a quienes por edad, situación familiar, etc., no pueden participar de las estructuras más formales. La subsidiaridad consiste en formar a los padres, profesores, agentes pastorales, etc., en esa unidad de testimonio de palabras y obras, que nacen de la exigencia de ser discípulos(as) misioneros(as), ello en la línea de una catequesis permanente, “...que se extienda por todo el arco de la vida, desde la infancia hasta la ancianidad, teniendo en cuenta que el Directorio General de Catequesis considera la catequesis de adultos como la forma fundamental de la educación en la fe. Para que, en verdad, el pueblo conozca a fondo a Cristo y lo siga fielmente, debe ser conducido especialmente en la lectura y meditación de la Palabra de Dios...”[25].

Bibliografía.
Magisterio.

Benedicto XVI
CARTA ENCÍCLICA SPE SALVI.
CARTA ENCÍCLICA DEUS CARITAS EST (DCe)
Juan Pablo II
EXHORTACION APOSTOLICA POST-SINODAL CHRISTIFIDELES LAICI (CFL)
Carta apostólica Mane Nobiscum Domine (MND)

V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.
Documento Conclusivo Aparecida (Aparecida)
Notas:
[1] Se utilizo el diccionario RAE disponible en internet, www.rae.es
[2] Spe Salvi 6
[3] ídem
[4] Cf. Jn 20, 16, Mc 10,51
[5] Cf. Jn 1,38; 3,2; 4,31; 6,25; 9,2; 11,8; Mc 9,5; 11,21; 14,45; Mt 23, 7.8; 26,25.49
[6] DCe 1
[7] MND 26
[8] Aparecida 61
[9] Cf. Aparecida 34
[10] Cf. Aparecida 36-42
[11] Aparecida 41
[12] La Orden Franciscana Seglar dice en sus Constituciones Generales, “pasar de la vida al Evangelio y del Evangelio a la vida”, no olvidándonos que el “Evangelio” es primeramente, los textos escritos en la Iglesia apostólica, pero ello no excluye, las “buenas noticias” de solidaridad, de lucha por mayor dignidad humana, por un mundo más justo, más pacífico y más ecológico, que marcan el paso y la presencia de nuestro Señor en el aquí y ahora de nuestra historia.
[13] Cf. Aparecida 62
[14] Aparecida 64
[15] Aparecida 44
[16] Aparecida 46
[17] CFL 3
[18] Aparecida 210 (La cita en cursiva corresponde a EN 70)
[19] Aparecida 31
[20] Aparecida 302
[21] Aparecida 303
[22] Aparecida 170
[23] Aparecida 337
[24] No es tarea de este artículo discutir el tema de la familia y su situación actual, para profundizar sobre ello desde Aparecida, se aconseja leer el Capítulo 2 del documento “Mirada de los Discípulos Misioneros sobre la realidad” (Nº 33-100) y los números referidos directamente a la familia: “La Familia, primera escuela de la fe” (Nº 302-303), “Familia, Personas y Vida”(Nº 431-475).
[25] Aparecida 298

21 de junio de 2007

Liderazgo franciscano.

(Tema de formación OFS Zona Centro. Mayo 2007)

Hno. Manuel Alvarado, ofm.

Introducción.
En estos tiempos el tema del liderazgo ha tomado cierta centralidad paradojal en la discusión social, es habitual hablar de carencia o crisis de liderazgos en la estructura social, política y eclesial, pareciese que viviéramos como ovejas sin pastor; por otro lado, hay un surgimiento de liderazgos “mesiánicos”, con un fuerte culto al estilo y a la personalidad carismática del líder, apoyado por una fuerte presencia mediática. Esta búsqueda de líderes y estilos de liderazgos se expresa en la fuertes inversiones en formación para gestar, inventar o crear hombres y mujeres con capacidades de dirigir una empresa o una comunidad política o religiosa. ¿Qué es este liderazgo tan ansiado y como se relaciona con nuestra fe cristiana y nuestro seguimiento al estilo del hermano Francisco?

“Liderazgo” es la acción de liderar, y esto último, según el diccionario, es: “Dirigir o estar a la cabeza de un grupo, partido político, competición, etc...”[1], por lo tanto, el liderazgo esta unido a ser cabeza de una comunidad. En lenguaje bíblico, esto tiene mucha fuerza, pues quien esta en la cabeza representa al pueblo, en él se deposita la promesa de compañía de Dios, y de su fidelidad a la alianza depende la felicidad de los suyos, es lo que llamamos personalidad corporativa. De allí la importancia y centralidad que tienen los que deben dirigir al pueblo elegido, el rey, los profetas y los sacerdotes, todos ellos hombres y mujeres llamados a la proexistencia, es decir, abandonar sus propios y legítimos intereses para hacer de su vida un servicio a los demás, con preferencia a los más débiles y desposeídos. En la tradición bíblica, en general, el líder no nace sino que se hace, para ser más especifico surge cuando Dios llama a un hombre o a una mujer, es bueno recoger algún testimonio del Testamento Común que avalan lo acá expresado.

Vamos a tomar como ejemplo la vocación de Abraham: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra.» Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh, y con él marchó Lot. Tenía Abram 75 años cuando salió de Jarán” (Gén 12, 1-4). En este texto vemos como sobre el padre e la fe se depositan las promesas de Dios, la bondad de Dios será derramada en los pueblos pasando por él, su destino será el destino de la historia. Lo significativo es que con Abraham se inicia un nuevo orden en el mundo y un nuevo orden en las relaciones con Dios, se expresa en el cambio de nombre, de Abram a Abraham, y como es Dios esto se hace en su lógica, rompe los esquemas y hace líder a quién no tiene pasta de ello, en este caso a un anciano, sin descendencia y sin mérito explicito. Dios hace al líder, o sea, toda vocación esta llamada a liderar a su pueblo.

En el Testamento Cristiano, el liderazgo se centra en Jesús, el Buen Pastor, que es el icono juánico de un buen líder (Cf. Jn 10), éste se preocupa de sus ovejas y las saca a pastar, cuidar y nutrir a quienes llama, hasta dar la vida, para ser más fecundo aún, Jesús hace vida radicalmente la búsqueda del Testamento Común, vive pro-existentemente. Su modo de actuar lo demuestra y determina el seguimiento de su estilo de liderazgo: llama a discípulos entre quienes ningún maestro buscaría, pescadores, cobradores de impuestos; come con pecadores y prostitutas, del mismo modo que comparte con personajes seguramente connotados de la sociedad judía, como lo son Nicodemo y José de Arimatea; la síntesis de este estilo se descubre en la cruz y su resurrección, se entrega por todos: por los que lo siguieron y lo abandonaron, e incluso lo negaron, por quienes manipularon las acusaciones para causar su muerte, por la muchedumbre que primero lo aclama como rey y luego lo entrega como a un terrorista. La resurrección viene a sacar del fracaso histórico que implica la muerte en cruz al liderazgo del Buen Pastor, cuando parece que el liderazgo manipulador y asegurador de las cuotas de poder de esos pocos que controlan al pueblo y lo embarcan en la complicidad del asesinato de Jesús, ha triunfado colgado del madero al dolor de cabeza de turno, el Padre de Jesucristo, Aquel que espera incondicional y gratuitamente al pecador arrepentido, como se expresa en el “hijo pródigo”, reivindica su estilo, rompe la aparente neutralidad de Dios en la historia, levantándolo de la muerte. Esta reivindicación, que no es aislada de la vida y muerte de Jesús, sino consecuencia de ambas, dice a los seguidores de Jesús cual es la opción de Dios, preferente pero excluyente por los más pequeños, los débiles, los que no cuentan, los fracasados, los pobres, los sufrientes, y todo aquel que se haga testigo de este estilo del liderazgo recibirá en Cristo el mismo don, la resurrección de su carne. Es la Iglesia la continuadora de ese estilo de liderazgo, ella formada por testigos y seguidores, sabe que en cada uno de sus bautizados esta depositada toda la fuerza y la gracia para vivir este liderazgo, el ritual del sacramento del bautismo lo precisa con fuerza en la Unción con el santo crisma: “Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que te ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, te unge con el crisma de la salvación, para que incorporado a su pueblo santo, permanezcas como miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey...”[2]; con ello se expresa claramente que cada cristiano y cristiana esta llamado a ejercer ese triple ministerio en el lugar y contexto determinado en el que vive, hay que ser rey o reina, profeta o profetiza, sacerdote o sacerdotisa como trabajador o trabajadora, vecino o vecina, estudiante, dueña de casa, casado o casada, clérigo o laico o laica, sin excluir ningún ámbito de la vida y del quehacer humano. El ejercicio de este triple ministerio de los bautizados exige la constante confrontación con el obrar, morir y resucitar de Jesucristo, para que el liderazgo cristiano sea conforme al Buen Pastor y no al ejercido por los señores y príncipes de este mundo, de allí que se asemeje a la levadura en la masa, ésta es parte de la masa, la vivifica desde dentro, no se nota su presencia, pero sí su ausencia. Los cristianos deben alejarse, entonces, primero, de todo mal entendido con la humildad, una verdadera trampa diabólica, que nos enseña a no hacer nada para no tener presencia o importancia, con ella no se nota nuestra presencia en el mundo y sus diversos ámbitos, pero tampoco se nota nuestra ausencia; y en segundo lugar, debemos evitar la tentación de tener un liderazgo con tanta presencia e influencia en lo político, económico, etc., que llegue un momento en que se rece, especialmente los más débiles y pequeños, por nuestra ausencia.

Un liderazgo desde.
En el caso concreto de san Francisco de Asís podemos descubrir dos niveles de liderazgos, el primero de ellos vivido previo a su conversión y el segundo al que llamaremos un “liderazgo cristificado”. Sobre los años previos del hermano Francisco es difícil de encontrar “fuentes neutrales”, él es leído desde el “... estereotipo agustiniano y medioeval del convertido: el pecador que, tocado por la gracia de Dios, se convierte en caballero de Cristo...”[3], por ello no extraña el duro juicio de Tomás de Celano en su Primera Vida del Santo, al decir que el tiempo en que le ha tocado nacer es particularmente dificultoso para vivir la fe en Jesucristo, pues las familias, desde sus primeros días “... se empeñan en educar a los hijos con extrema blandura y disolutamente..., llegado el tiempo del destete, se les obliga no sólo a decir, sino a hacer cosas del todo inmorales y lascivas. Ninguno de ellos se atreve, por un temor propio de su corta edad, a conducirse honestamente, pues sería castigado con dureza... ¿Cómo imaginas que han de ser cuando estrenan la adolescencia? En este tiempo, nadando en todo género de disolución, ya que les es permitido hacer cuanto se les viene en gana, se entregan con todo ardor a una vida vergonzosa...” (1C1). El mismo Francisco descubrirá en sus primeros años de vida, un modo de relaciones humanas erradas, no por malas sino porque le llevaban al engaño de sentirse satisfecho y no se mostraban como lo que eran, atisbos de un gozo total, veraz y permanente, que el encontrará en Jesús, poéticamente él lo expresa como “... aquello que me era amargo, se me tornó dulzura del cuerpo y del alma...” (Test 2). De sus primeros años queremos rescatar, prescindiendo de los juicios y críticas contra las faltas morales de los contemporáneos a Francisco, su liderazgo entre sus pares. “Como en la vecina ciudad de Perusa, y en otras muchas ciudades de Italia, existía en Asís por ese tiempo una “sociedad” o compañía juvenil, registrada en los archivos comunales como “Compañía del monte Subasio”, con estatutos aprobados por la autoridad comunal, y cuyo presidente o “podestá” era, como por derecho propio, Francisco. Su único propósito era procurar pasatiempos y distracciones a los jóvenes de Asís, promoviendo y organizando, entre otras cosas, festejos populares, rondas y pasacalles, en los que cantaba y danzaba al son de diversos instrumentos, así como comidas y francachelas, de las que no podían estar ausentes las buenas mozas y los buenos mostos de la región, como tampoco las danzas... El presidente de la sociedad, llamado también “bastonero”, en razón de que portaba un bastón de mando como símbolo de autoridad, estaba autorizado para designar al pagador de los insumos de las “comidas de camaradería”... costumbre que daba lugar a frecuentes disputas y altercados que solían terminar en sonados zipizapes, y tanto que las autoridades comunales se vieron obligadas no pocas veces a intervenir, frenando a los desabridos, y aun prohibiendo las actividades de la Compañía...”[4]. Al contemplar este momento de la vida de Francisco, podemos descubrir en potencia al líder cristiano que llegará a fundar, en el sentido profundo de dar origen y fundamento, a nuestra Familia Franciscana.

¿Qué le faltaba a este liderazgo juvenil de Francisco? Es bueno darnos cuenta que hemos descartado el camino fácil de desechar y de negarle valor a este liderazgo juvenil suyo, sino que partiendo de él queremos descubrir el camino tomado por Francisco para llegar a ser el “alter Chistus”. Francisco de Asís y todo ser humano se ve enfrentado a la lucha por dar sentido a su existencia, la cual esta atravesada por tres coordenadas[5]: muerte, vida y convivencia. Cada una de estas coordenadas enfrenta al ser humano con su límite frente a su deseo egocéntrico, el hombre no se basta sólo, se frustra ante el deseo de vivir limitado ante la muerte; se frustra ante la monotonía y la inconsistencia del vivir; y se frustra ante el tener que convivir con otros, cediendo y no pudiendo ser el que domina, sino muchas veces es el dominado. Ante estas frustraciones, el camino usado por el hombre o la mujer no es enfrentarlas sino enmascararlas, disimularlas con el poder, con el dinero o con el placer, estas son las llamadas alienaciones y opresiones que generan en el día a día que nos desgastemos en el trabajolismo, nos hundamos en las depresiones y seamos protagonistas o cómplices de modelos sociales, culturales, religiosos o económicos en donde se discrimina, se perpetúan las estructuras de injusticia y de muerte. En esta línea, el liderazgo vivido por el joven Francisco disimula y enmascara lo que como ciudadanos de Asís viven, la profunda contradicción entre la utopía propuesta por la burguesía emergente, fraternidad, más igualdad y más justicia, frente al piramidal modelo feudal que consagraba la desigualdad entre señores y vasallos. En medio de las fiestas de los jóvenes, los rostros de los nuevos marginados de los beneficios del nuevo orden emergen y los confrontan, la verdad es que esos rostros pueden pasar anónimos para muchos, pero para otros no, quizás eso este unido a la experiencia de dolor y sufrimiento personal, por los biógrafos sabemos de dos momentos críticos en nuestro santo, en 1202 es hecho prisionero por casi un año y cae en una prolongada enfermedad que comienza en la prisión y de ella tenemos noticias, posiblemente de recaídas, hasta 1204[6]. Este proceso termina con la conversión de Francisco, unido a un hecho en su historia, el encuentro con el leproso, éste último representa ponerse frente a los propios límites, representa a un muerto en vida, a una vida condenada al sin sentido y negado en él y para él todo tipo de convivencia con los demás seres humanos, el milagro de la fe en Francisco es dar el salto desde ese encuentro con la miseria a un encuentro con Cristo. El encuentro con el leproso le abre a nuevas perspectivas consigo mismo, con los pobres, con el Crucifijo, con el Evangelio y con los hermanos, ya la vida de Francisco no será la misma, no puede engañarse es desenmascarado de sus propias alienaciones y no le queda más que reconocerse y construirse como un hombre pequeño, débil y necesitado, reconocerse en el leproso como en un espejo. El liderazgo de Francisco se cristifica cuando da vuelta los papeles de la historia, cuando no es un joven con aires de caballero que se encuentra con un leproso, sino cuando se empatiza, se hace uno y con la historia del leproso, por ello se va a vestir, se va relacionar, va a leer el Evangelio y a construir la Iglesia como lo que es, un leproso en búsqueda de la Gracia de un Señor. El líder se hace seguidor, he aquí la paradoja del liderazgo Franciscano, no lidera para sí mismo, sino desde el modelo vivido por otro, el testimonio evangélico de Jesús, no lidera siendo cabeza sino siendo el último, no lidera como jefe sino como esclavo, el modelo del líder es Jesús Buen Pastor, quién lava los pies a sus discípulos. El liderazgo de Francisco es desde ese Cristo hecho leproso, que hace de la muerte salvación y liberación, de la vida solidaridad y encarnación desde, para y entre los pobres, y basa la convivencia humana desde la fraternidad y desde el servicio al otro.

Un liderazgo para.

La fuente de este liderazgo encarnado por Francisco es el testimonio de Jesús, es mirándole. En la iconografía franciscana es habitual pintarlo abrazado a la Cruz con los ojos fijos en el rostro del crucificado, uno de sus pies esta afirmado sobre un globo terráqueo, quizás muchos interpretan este último signo como el rechazo del Francisco al mundo, pero quizás debamos explorar otra pista no excluyente sino incluyente. Francisco puede representar en su abrazo a Cristo y su pisada sobre el mundo el ejercicio del triple ministerio bautismal, el ser profeta del mundo, rey del mundo y sacerdote del mundo, o sea, de ser vínculo de comunión entre Jesús pobre y crucificado y un mundo engañado, alienado y oprimido, que busca en donde no hay respuestas permanente ni veraces el llenar su vacío existencial. La reflexión franciscana apoya esta interpretación, al afirmar el valor de la secularidad de nuestra espiritualidad, para nosotros “... “secular”... no tiene nada que ver con “antirreligioso”... precisamente significa todo lo contrario. Quiere decir que no es posible encontrar a Dios más que en el mundo secular, “en todas las cosas de este mundo”, como bien lo dijo Ignacio de Loyola, es decir, en las personas humanas, con sus preocupaciones y necesidades, sus alegrías y esperanzas, en los animales, en las plantas y en las piedras, en las situaciones concretas y en los problemas y asuntos de la sociedad, en los acontecimientos y en las experiencias de la historia..”[7]. El testimonio de Francisco es claro y tajante, no es un “testimonio religioso”, en el mal sentido en que lo religioso no toca las realidades mundanas (política, economía, ecología, etc.) o en el actual sentido interesado por ciertas corrientes ideológicas que insisten en “lo privado” de la practica de fe. San Francisco de Asís tiene claro que su vivencia de lo religiosos toca al mundo y es pública, pues ¿qué puede ser más social o político que amar al prójimo, haciéndose servidor suyo? Por ello, su pasar por las ciudades se convierte en un testimonio y en liderazgo, no buscado, ciertamente, pero no evitado. “Volviendo la espalda a las guerras santas y a los señoríos de Iglesia, Francisco se dedica a recorrer el país, lanzando a todos su saludo: “Paz y Bien”. Invita a todos los hombres a reconciliarse, a vivir como hermanos. De este modo en Bolonia, ante la ciudad reunida en la plaza pública, su discurso gira en torno al deber de apagar los odios y de concluir un nuevo tratado de paz...”[8], esto implica involucrarse con la gente, con las autoridades, etc. La fuerza del movimiento franciscano, en forma sobreabundante, estuvo, y estará para sus seguidores, en una vivencia coherente de lo que desean ser, una respuesta a las más profundas búsquedas del ser humano, para ello es fundamental el ser signos concretos y cotidianos de lo que se predica, más que discursos son obras tangibles de amor a los hermanos, estas primeras fraternidades eran “... hogares de paz y reconciliación. A decir verdad, los hermanos vivían una doble fraternidad: entre ellos, por supuesto, pero también con el resto de los hombres con los que se relacionaban, y más particularmente con los más pobres, los más pequeños. Ninguno de ellos debía ejercer un poder de dominación... Procedentes de diversos estratos de la sociedad, los hermanos aprendían a vivir juntos respetando sus diferencias, es decir, no tenían nada que ver con un modelo de alistamiento, sino que en una fraternidad de estas características, para Francisco, cada hermano era un ser singular, una persona única. La fraternidad solo se podía construir sobre el respeto hacia las personas...”[9]. Esta experiencia la podemos unir con la del joven Francisco, el liderazgo sigue buscando la fiesta en la vida de los demás, en la de los jóvenes amigos como ahora en los hermanos, en los pobres, en la Iglesia, en los enemigos, no olvidemos el encuentro con el Sultán, con la Creación, hacer que la vida sea alegría sea buena noticia, no ha cambiado sino que se ha profundizado, ha cambiado el “para”, ya no busca un liderazgo que disimule o enmascare el dolor, la angustia, el fracaso individual y social, sino que se va al encuentro de eso tan temido, que tiene cara y olor a leproso, se inserta en la propia realidad, se es limitado, se es frágil, se es necesitado y, entonces, se entrega a Aquel que puede dar sentido, y se es encontrado como líder por quienes buscan salir de su propio estado de angustia. En este sentido, el liderazgo de Francisco cristificado lo encuentra y el no lo rehuye, sabe, como dice Pablo, que no es él quién pacifica, quién reconcilia, quién canta a la Creación, sino que es Cristo que habita en él.

A modo de conclusión.

De lo dicho hasta aquí es bueno sacar algunas pistas para el ejercicio y vivencia del liderazgo en nuestras fraternidades:

1. El liderazgo cristiano nace del bautismo, él nos une a la causa, muerte y resurrección de Jesucristo y al ejercicio de su triple ministerio: rey, profeta y sacerdote. Esta dignidad heredada y donada en este sacramento debe fortalecer nuestro ejercicio de la autoridad, ella no es dominación sino servicio. Nuestro servicio como rey se ejerce en la libertad frente a los bienes, somos señores de las cosas y debemos ponerlas, y ayudar para que ello sea así, a disposición de todos. Él de profetas nos impulsa a vivir y testimoniar la relatividad del poder, del tener y del ser alguien, abre a la esperanza, no somos pregoneros de un fatalismo sino del triunfo de Jesús en el final de la historia. El ejercicio del sacerdocio común nos invita a ser intercesores ante de Dios de todos los que sufren y de todos los hermanos y hermanas en la comunidad y en la sociedad, y también intercesores de los más pobres y débiles ante quienes tienen poder o responsabilidad.

2. El liderazgo cristiano es una vocación, un llamado de Dios para servir a su pueblo, por ende, nadie puede desoírlo. El ejercicio de este liderazgo es la vivencia de la obediencia a Dios, obedecer es ponerse bajo la escucha, y Dios habla en la comunidad. El liderazgo es para el bien de su pueblo y sus necesidades hacen que Dios reaccione y pide, habla, revela a algunos de sus fieles que se comprometan más, que se hagan depositarios de su promesas y de su bondad, el líder es llamado por Dios para representar su compañía y su compromiso con los que ama.

3. El liderazgo franciscano exige mirar el rostro de Jesús, invita a crucificarse con Jesús en el servicio preferente, más no excluyentemente, por los más pobres, por los leprosos, teniendo claro que al servirles se sirve al crucificado.

4. El liderazgo franciscano se hace con el oído abierto a la realidad, el líder franciscano busca encarnar las esperanzas y gozos de los pobres y de los hombres de buena voluntad, desea ser alternativa frente a modelos sociales y económicos que pretender engañar al hombre y a la mujer prometiéndoles “cielos nuevos y tierras nuevas”, pero que al apropiarse de la historia no son más que más de lo mismo, más exclusión, más marginación, más empobrecimiento, ricos más ricos frente a pobres más pobres.

5. El líder cristiano y franciscano no busca el aplauso y la alabanza, sabe que sí el líder por excelencia, Jesús el Buen Pastor, por llevar una vida de coherencia y de denuncia frente a los poderes y a las minorías que manipulan y se aseguran sus cuotas de poder, muere crucificado, por lo tanto, no espera un mejor trato ni de los que le persigan e incluso, de sus hermanos o hermanas en la fe.

[1] Voz Liderar. En: El Pequeño Larousse ilustrado, 1998: 607.
[2] Ritual de bautismo: 78 En: Ritual conjunto , 1987. San Pablo. Chile.
[3] Camilo Luquin, 1982: 33. El joven Francisco. Cefepal. Santiago de Chile.
[4] Ibidem: 34-35
[5] Sigo aquí la propuesta antropológica del profesor Antonio Bentué (Antonio Bentué, 2001: 33-44. La opción Creyente. San Pablo6. Santiago de Chile)
[6] Cf. Leonardo Boff, 1982:226-227. San Francisco de Asís. Ternura y vigor. Ediciones Paulinas. Santiago de Chile.
[7] VVAA, 2000: 11. CBCMF, Lección 1Cristianismo: religión de la encarnación. Secretariado del CCFMC2. Bonn.
[8] Eloi Leclerc, 1999: 27. En: VVAA, 1999. Franciscanos por la justicia, la paz, la ecología. Editorial franciscana Arantzazu. Oñati: 22-34.
[9] Ibidem: 28

12 de abril de 2007

Un comentario a “Acoger y promover la vida” de nuestros obispos chilenos.

Hno. Manuel Alvarado S., ofm

En medio de las vacaciones del año 2007, nuestros Obispos han emitido nuevamente una declaración fijando su posición frente a las políticas públicas de control de la natalidad, Acoger y promover la vida (En: http://documentos.iglesia.cl/documento.php?id=2477 ), es su título. Esto puede parecer un tema reiterativo y algo desenfocado, pero es bueno detenerse a preguntarnos como vivimos y aportamos desde nuestra eclesialidad y nuestra tradición franciscana a la construcción y profundización de un mundo más fraterno y reconciliado, denunciando las estructuras que sostienen la muerte de unos para la vivencia ostentosa de unos pocos, que en el contexto actual tiene, entre muchos otros rostros, rostro de niño o niña en el vientre materno, la finalidad de estas líneas es aportar a nuestra reflexión y a nuestra formación permanente. Quiero compartir algunas reflexiones sobre el este escrito de nuestros obispos, a la luz de nuestra opción por la Justicia y la Paz:

1.- Es valioso el aporte del documento a una correcta enseñanza de nuestra defensa de la vida, ella es integral, así lo manifiesta nuestro episcopado al citar el Magisterio reciente (se cita a GS 27 y a EV 27, carta encíclica de Juan Pablo II, en los números 3 y 4 de dicha Declaración), queremos acoger y defender la vida no sólo del que esta por nacer, sino también del que esta por morir, y de todo aquel que es puesto en situaciones de violencia social, discriminación, explotación o exclusión que impliquen una pérdida o una merma en su dignidad y en la promoción de su calidad de vida. Esta integralidad de nuestra acogida y defensa del don de la vida nos debe alejar de dos peligros: Primero de una genitalización del discurso moral, la presencia de pastores y de las voces de la Iglesia en el último tiempo han tenido que ver con numerosos “no” a temas vinculados con la sexualidad, “no al condón”, “no a la píldora del día después”; lo cual si no es leído y predicado en este contexto integral de nuestra opción por la vida, nos puede hacer caer en la caricatura de ser una iglesia meramente preocupada de los asuntos de intimidad sexual, los cuales nos preocupan, es verdad, pero insertos en el horizonte de toda amenaza que sufren hombres y mujeres, en cuanto, son sujetos de la dignidad de hijos e hijas de Dios, y, por tanto, sus vidas están signadas y atravesadas por el amor de nuestro Dios, y su desfiguración o su destrucción nos duele por ser nuestros hermanos y hermanas que los padecen, “… Ayer la defensa de los derechos humanos exigió el acompañamiento solidario de las víctimas de todo tipo de violencia; hoy exige la defensa del más indefenso…” (Acoger y defender la vida 8). En segundo lugar, nos invita a ser cautos con quienes desde mundo político se nos acercan y hacen alianza con nosotros. Es bueno recordar que vivimos en sociedades democráticas y pluralistas, con diversas perspectivas ideológicas y partidarias, “… es importante hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios básicos de la teoría política, y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los católicos para ejercitar -particularmente por la representación parlamentaria- su derecho-deber de participar en la construcción de la vida civil de su país. Esta obvia constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales…” (Congregación para la doctrina de la fe, 2003. Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política 3. En: http://www.iglesia.cl/iglesiachile/especiales/politica/doctrinal.html#3), por lo tanto, nuestra propuesta de fe y moral no puede ser ni de derecha ni de izquierda, sino evangélica, lo cual implica esta visión integral, la cual es la medida que ayuda a las laicas y laicos católicos de los diversos partidos en el gobierno y la oposición a discernir. La correcta y sincera enseñanza de lo que esta en juego en nuestra oposición a las actuales políticas de fertilidad del Estado permitirán acercarnos al mundo político con libertad, pues con algunos de ellos podremos estar más cerca en estos temas de moralidad sexual y, con otros, en los tópicos de moralidad social, y con ambos, deberemos anunciarles la parcialidad del Evangelio que les falta, esto exige adultez en la fe y no andar como niños que hoy demonizamos a estos porque no piensan como nosotros y mañana a los otros. Sólo así, como hombres y mujeres de fe libre y no ingenuos podremos no ser manipulados ni ser cómplices de los intereses egoístas y corruptos que, lamentablemente, tanto descubrimos en el ejercicio de la actividad pública. “Por lo mismo, valoramos inmensamente la opción por la vida de parlamentarios de distintas agrupaciones políticas. Con ellos tenemos una deuda no sólo de gratitud, sino también de acompañamiento en sus fundamentales responsabilidades de legislar a favor de la vida desde su concepción hasta la muerte natural, y que se exprese en una coherente opción por los más pobres y marginados, por los ancianos y enfermos, por los niños, los jóvenes y las mujeres, por los esposos y las familias, por el derecho al trabajo y a salarios dignos, es decir, por una opción gratuita por promover la vida, don de Dios y responsabilidad de los seres humanos” (Acoger y defender la vida 30).

2. El Documento recoge algunos datos estadísticos recientes que dan cuenta de dos fenómenos preocupantes en nuestra sociedad, la caída en la tasa de fecundidad y el aumento del embarazo adolescente. Los obispos constatan una paradoja sobre el primero, él esta en contradicción con el deseo y la opción por la maternidad expresado por las mujeres (cf. Acoger y defender la vida 14), sin entrar en profundidades nuestros pastores apuntan al tipo de sociedad que hemos ido creando, la neoliberal: la maternidad entra en crisis con las necesidades de las empresas, ella sale caro, se debe pagar por el pre y posnatal, además, del respectivo reemplazo, y los costos asociados a los primeros años del bebe, licencias por enfermedad, pago de sala cunas, etc. La maternidad tiene, además, otros enemigos tales como el exceso de trabajo o las grandes distancias a recorrer desde el hogar al lugar de trabajo o las cargas de horas extras voluntarias, detrás de las cuales esta nuestro sobreendeudamiento, en las clases sociales más pobres, la maternidad viene controlada implícitamente por el espacio que da el Estado en las casas, y especialmente, en los departamentos sociales, ello ayudado por un modelo cultural que ve en la fecundidad de los pobres un riesgo y un signo de su falta de educación, por ello, no nos debe extrañar que muchas veces los temas sexuales sean enfrentados como una enfermedad, pues cuando un órgano esta enfermo se extirpa, desde el año 2000 forma parte de las políticas de salud pública esterilización voluntaria de las mujeres, incluso sin consulta del cónyuge. Muchas de las amenazas de la fecundidad de la familia chilena vienen de políticas, o de las faltas de ellas, laborales, salariales, etc., en donde muchas veces la voluntad de cambio no viene de la mano de quienes solidarizan con nuestra defensa de los no nacidos. Por su parte, el embarazo adolescente, tiene una variopinta causalidad, entre ellas debemos denunciar las que nacen de este modelo neoliberal, existe cada vez menos tiempo para el diálogo y el compartir familiar producto de las exigencias laborales. Sobre la problemática del embarazo adolescente es bueno detenernos, sí aceptamos que entre una de sus causalidades se encuentra el modelo socioeconómico que sobre exige en el ámbito laboral, hasta el punto de no quedar tiempo para conversar o para verse en las familias, debemos reconocer que ello pone en crisis el principio, defendido especialmente en la educación católica, que plantea a la educación sexual como exclusiva de la unidad familiar. Las familias hace mucho tiempo que al adaptarse a los procesos de cambios socio-culturales, que implica la inserción en el modelo neoliberal, intuyeron que la educación y formación valórica correspondía a los instituciones religiosas y educacionales, ello, a mi parecer, explica el fenómeno que a pesar de la baja participación de fieles en las Iglesias exista una gran preocupación y un buen prestigio de la educación impartida en colegios de inspiración religiosa, sin negar el prestigio social y el buen desempeño académico que muchos de ellos dan o tienen, la formación valórica, en la práctica, ha terminado siendo vista como una más de las áreas de servicios exteriores a la familia. En esta línea, las propuestas de pastoral juvenil en nuestras parroquias deben asumir el desafío de la formación integral de la defensa y acogida de la vida en las comunidades de jóvenes, asumiendo que su presencia es una bendición y que están entre nosotros cuando definitivamente podrían estar en otros lados. La formación valórica de los jóvenes, en particular de la JUFRA entre nosotros, respetando nuestra espiritualidad que pone el acento en la práctica más que en la teoría, debe ser una tarea prioritaria en nuestros proyectos fraternos, tenemos una riquísima experiencia, somos hombres y mujeres encontrados en el amor de Dios en la persona de Jesucristo, amados incondicional e integralmente, sí lográramos proyectar esa experiencia en la solidaridad, en el trato afectuoso con los pobres, con la creación y con cada ser humano que se nos acerca, podríamos despertar las fuerzas espirituales presentes en los jóvenes, podrían tener una nueva visión sobre su cuerpo, sobre su sexualidad, sobre el sentido y valor de la entrega y de la donación por el otro, habrían más vocaciones, no sólo religiosas o sacerdotales, sino laicales y humanas, que reencantarían el valor y sentido de la vida. Necesitamos levantar una propuesta valórica en esta línea para no vernos como caricaturas de personajes recalcitrantemente negativos y amargados, que pareciera nos levantáramos como jueces justos de las nuevas generaciones, poniéndoles cargas que de pronto nosotros no movemos ni con un dedo. Una propuesta nueva y alternativa a la del Estado, que ante un problema que habla de lo mal que lo hemos hecho como sociedad reacciona proponiendo un mal menor, por eso es el poder repartir anticonceptivos de emergencia en consultorios, incluso a niñas menores de edad, entre 14 y 18 años, sin consulta a sus padres o tutores. Sin embargo, debemos reconocerle al Estado que hace frente a temas problemáticos en nuestro actual momento social: la superar vulnerabilidades y desigualdades de género, raciales, etarias que hacen que la fecundidad no se realice del modo deseado; reducir las tazas de aborto indeseado y sus riesgos asociados; y, reducir el embarazo adolescente no deseado (Cf. Normas Nacionales para la regulación de la fertilidad: 8), insistiendo en que como Iglesia no estemos de acuerdo con sus soluciones, y ante lo cual debemos preguntarnos, ¿Cómo reaccionamos ante esta realidad de adolescentes embarazadas en nuestros colegios y parroquias? ¿Cuáles son nuestros proyectos de formación en temas de sexualidad con nuestros jóvenes? ¿Cómo anda nuestra formación permanente en los temas de bioética o educación sexual? Los obispos afirman que Dios y la religión no es ni carente de racionalidad ni es un asunto meramente privado (Cf. Acoger y promover la vida 28), pero debemos reconocer que nuestro pasotismo, ignorancia, indiferencia y espiritualismos desencarnados frente a la realidad contingente, nos hacen vivir y mostrarnos de ese modo frente a muchos, y lo que es peor le enseñamos a muchos a relacionarse de este modo con el mundo y sus problemas.

3. Un tercer aspecto a valorar de Acoger y promover la vida es la correcta presentación de nuestra oposición al uso del anticonceptivo de emergencia o “píldora del día después”. El tema de fondo, el momento exacto del origen de la vida, no le corresponde definirlo ni al pastor ni al teólogo, sino al mundo científico, el cual por diversas razones no ha podido establecer con exactitud ese momento, cada escuela científica describirá y aducirá pruebas para defender su posición, muchas de ellas más inspiradas en una determinada ideología en el rigor científico. En esta nebulosa es tarea de la Iglesia prevenir la posible ejecución de un mal, como es terminar con la vida de un inocente, en este caso un niño en gestación, por tanto, afirmamos que ella es posiblemente abortiva si se toma posteriormente a una relación sexual, lo que pedimos es que se use el sentido común, él cual enseña que ante la duda es mejor abstenerse. “Para afirmar que el LNG no es abortivo se requerirían estudios con el mayor nivel de evidencia y donde el peso de la prueba recaería, como sucede con cualquier otro compuesto farmacéutico, sobre quienes comercializan o distribuyen el LNG. Sin embargo, tal experimentación conlleva el riesgo de matar seres humanos ¿Sería ético realizarlo?” (Acoger y promover la vida 22)

4. Un aspecto, a mi parecer, errado en el Documento es correr el riesgo de demonizar dos corrientes de pensamiento contemporáneo, la perspectiva de género y el principalismo (Cf. Acoger y promover la vida 10), es verdad que ambas tienen limitaciones y no podemos aceptarlas plenamente en coherencia con nuestra perspectiva de fe, pero ambas también han cooperado para tener un mundo más justo, por ejemplo, las reflexiones en torno al género y las estructuras de poder que limitaron, y aún limitan, a las mujeres en el pleno desarrollo de sus potencialidades sociales, políticas, económicas, y culturales, no pueden negar que abren el horizonte hacia la realización de un mundo más fraterno y justo, donde cada ser humano, hijo e hija de Dios, tiene asegurado poder llegar a vivir con la dignidad que le es merecida. Los riesgos de estas teorías, como los de cualquier cosmovisión científica y religiosa, es caer en el absolutismo ideológico, que hace incapaz de ver los límites de cualquier saber humano, se pueden acercar más no dan cuenta de toda la verdad. En esta perspectiva, a mi parecer, debemos pedir a quienes, legítimamente, piensan desde el género y el principalismo que sean sinceros en su reflexión y búsqueda de la verdad, lo cual pasa por descubrir sí en su puesta en práctica en las actuales políticas y su justificación desde ellas, no sobrepasan su ámbito o son usadas manipuladoramente frente a otros interés económicos o políticos. La crítica debe ir unidas a una formación en estas teorías, que nos permitan entrar en contacto con sus métodos, búsquedas y orientaciones, para ayudarnos en profundizar las preguntas del hombre y de la mujer de hoy, como también para enfrentarla con nuestras tradiciones y fortalecer lo bueno y provechoso que hay en ellas.

5. Finalmente, creo que el Documento puede sufrir de una cierta ingenuidad, no se hace preguntas que apuntan a otros actores interesados en permanecer anónimos en esta discusión. ¿Quiénes se benefician económicamente con esta obligación que se pone el Estado de tener stock de LNG en todos sus consultorios en el país? ¿De cuanto dinero se esta hablando? ¿Existe una relación entre la falta de stock de LNG en los laboratorios chilenos y el negocio que significará la compra estatal de este medicamento?

1 de diciembre de 2006

Algunas pistas para vivir una Navidad cristiana y franciscana.

(Retiro de la Familia Franciscana Región Metropolitana, Navidad del 2005)
Hno. Manuel Alvarado, ofm


Introducción.

La Navidad es la fiesta más paradójica del calendario litúrgico, pues por un lado celebramos el nacimiento de Jesús, Dios y Hombre verdadero, que nace pequeño y pobre en Belén, en un pesebre por no haber posada, o sea, víctima de la indiferencia y de la nula solidaridad humana, el abrigo lo encuentra entre bestias de trabajo y es reconocido por extranjeros y por pastores, personajes de dudosa reputación moral y religiosa en el pueblo de Israel; esa contradictoria realidad se une a una más contradictoria celebración social, llena de regalos, compras, ofertas, endeudamientos, aumento en las tazas de delincuencia, depresión y suicidios, una nota curiosa es que estos son los días en que más riesgo existe de fugas carcelarias La pregunta ¿de quién es el cumpleaños? ¿De Jesús? O ¿del viejito pascuero? Se hace cada vez más imperiosa. La verdad es que la Navidad dejó de ser una fiesta cristiana y paso a ser una fiesta de la religión del mercado, en donde la pobreza del Niño de Belén es cambiada por las suntuosas vitrinas de los Mall y de las diversas ofertas de las Multitiendas, las cuales ya seguramente, religiosamente, hemos visitado; la pobreza de José y María es disfrazada en el rojo invernal del viejo pascuero y su mágica capacidad de dar y dar regalos “a todos los niños del mundo”; y la pobreza del pesebre, con su olor a excremento y animales es disimulada con un modelo norteamericano y europeo de blanca y pulcra navidad. Lo poco de cristiano que le queda son nuestros “gestos solidarios” navideños, cajas de mercaderías, hacerse cargo de alguna “carta al pascuero” de Correos de Chile, onces u otro tipo de convivencia para los niños o ancianos de los grupos de riesgo en nuestros sectores, todo ello muy válido, pero que no logra hacernos nuevamente dueños de esta fiesta y, reconozcámoslo, humildemente, pues lo vivimos, generalmente, como un “debe hacerse”, carente de gratuidad, es parte de nuestra planificación o siempre se ha hecho así, y de proyección, porque los pobres, los abandonados, de cualquier edad no comen o no tienen necesidades sólo en torno a esta fiesta.

Los franciscanos y franciscanas, además, tenemos una doble deuda con la Navidad, ella es una de las fiestas centrales de nuestra espiritualidad, para ninguno es un secreto la importancia y cariño que Francisco y Clara de Asís tenían por ella, el primer pesebre en Greccio (1 Cel 84-87) y la asistencia milagrosa a la misa de Nochebuena en Asís (Flor 35), respectivamente, lo confirman. Por lo tanto, hacer de esta fiesta nuestra y de devolverle su sentido no es un favor que hacemos, sólo, siervos inútiles realizamos nuestro cometido, reconociendo que debemos nuevamente empezar, porque, al juzgar por la publicidad navideña de este año, poco y nada hemos hecho.

Navidad la fiesta de los pobres.


Uno de los textos claves para entender la Navidad lo encontramos en el inicio del Evangelio de Juan, “... la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros,...” (Jn 1, 14), sin olvidar que esa Palabra estaba y era Dios (Cf. Jn 1,1), y esto no ocurrió en el aire sino en una historia humana, que como toda historia humana se da en un lugar y en un tiempo, “... fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. » Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios»...” (Lc 1, 26-35), y no sin dificultades, José estuvo a punto de “... repudiarla en secreto...” (Mt 1, 19), lo cual pudo tener nefastas consecuencias. ¿Qué es lo que esta detrás de esta historia humana? El misterio del proyecto de Dios, “Dios quiso comunicarse de un modo total a otro ser diferente de sí. Se digno entregarse como don a alguien. Dios no quiso limitarse a ser únicamente Dios. El Creador tuvo deseo de hacerse también criatura. No juzgó oportuno comunicar únicamente su Bien, su Verdad y su Belleza... Quiso quedarse: Dios da al mismo Dios”[1], destaca en su proyecto la gratuidad, el respeto a la libertad del otro, espera el “sí” de María y el de José, y el designio de salvación universal y cósmica.

La Encarnación es el primer paso en el cumplimiento de promesas muy antiguas hechas a hombres justos del Testamento Común judeocristiano: es el cumplimiento de la donación de Dios mismo que se promete en Abraham a todos los pueblos (Cf. Gn 12, 1-3), de compañía y liberación a su pueblo oprimido hecha a Moisés (Cf. Ex 3, 6-10) y la descendencia a la casa de David (Cf. 2 Sam 7, 12 ) y la presencia de un reinado de Dios en medio de su pueblo (Cf. Sal 72) . Lo curioso es que, muy de nuestro Dios, las cosas no ocurren desde una la lógica humana sino desde la lógica de un Dios enamorado de sus creaturas, particularmente del ser humano. El Emmanuel, el liberador, el descendiente de David y el Rey Justo esperado se presenta desde la contradicción de un ser humano, “... no dudó en asumir la condición humana, a veces trágica y, en muchos aspectos absurda. ¿Quién podría imaginar que Dios se hiciera hombre de este modo? A nadie se le oculta la condición humana. A pesar de su bondad fundamental, el hombre también es un ser fracasado en la historia. Puede ser un lobo para los demás y una máquina destructora para sí mismo”[2], por eso, nos cuesta tanto asumir la plena humanidad de Jesús, nos deja más tranquilo un Jesús espiritualizado que uno con nuestra carne, con nuestra psiquis, con nuestros afectos, con el devenir y la inseguridad del futuro y las culpas del pasado, pero nuestra fe y nuestra tradición es clara, creemos en que la Palabra se encarnó en “... Jesús de Nazaret, un judío por raza y por religión, que se formó en el reducido espacio del seno materno; que creció en el reducido espacio de una patria insignificante; que maduró en el reducido espacio de una minúscula y remota aldea; que trabajó en un medio limitado y muy poco culto, donde no se hablaba griego ni latín, las lenguas de la época, sino un dialecto, el arameo, con acento de Galilea; que sintió la opresión de las fuerzas de ocupación de su país; que conoció el hambre, la sed, la soledad, las lágrimas por la muerte del amigo, la alegría de la amistad, la tristeza, el temor, las tentaciones y el horror de la muerte; y que pasó por la noche oscura del abandono de Dios. Todo esto lo asumió Dios en Jesús”[3], y al ocurrir esto toda historia humana se hace historia de Dios, o sea, de liberación y salvación, pues “... somos todos hermanos de Cristo. Cada uno de nosotros es representante suyo; cada persona humana concretiza en sí determinadas facetas del Hijo eterno”[4].

La Navidad en particular concretiza un nuevo matiz de este proyecto de Dios, asume la condición humana plena y total, pero no de cualquier modo. “Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, (! En Belén para cumplir el mandato del censo) se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento” (Lc 2, 6-7). La Palabra construye su morada entre nosotros y lo hace como un pobre: no tiene lugar para nacer, cuando es consagrado en el Templo se realiza el sacrificio de los necesitados (Cf. Lc 2, 22-24, Lv 12, 8), Jesús mismo se define como un menesteroso: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20); este modo de encarnación será llamado por Pablo kenosis-abajamiento-despojamiento, “... siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; ...” (Fil 2, 6-7), cuya máxima expresión desde el Apóstol es su morir en la cruz (Cf. Fil 2, 8). En esta línea, nosotros como franciscanos y franciscanas agregamos un par de notas a la reflexión paulina:

  • Apareció como un hombre, pero no de cualquier modo sino como un pobre, de este modo el pobre se hace sacramento, o sea un instrumento sagrado, que nos actualiza a Cristo. En la experiencia de Francisco de Asís esto se expresa de múltiples formas, los leprosos son la mediación de su conversión, de su volver el rostro a Cristo (Test 1-3), por ello, el querer cristificarse, seguir a Jesús Pastor en la tarea de salvación y sus dificultades (Cf. Adm 6, 1-2), pasa por hacer alianza-desposar a la dama pobreza: “Hemos oído decir que tú eras la reina de las virtudes, y de hecho lo comprobamos ahora con nuestros propios ojos. Por eso, postrados a tus plantas, imploramos humildemente que te dignes vivir en nuestra compañía y seas para nosotros el camino que nos conduzcas al Rey de la Gloria, así como lo fuiste para Él cuando, naciendo de lo alto, se dignó visitar a los que estaban sentados en tinieblas y en sombra de muerte” (Sacrum Commercium 16).
  • Este modo de ser pobre, no fue vivido como víctima sino como opción. Esto queda demostrado en el compromiso que Jesús tuvo con los leprosos, las mujeres, los pecadores y los extranjeros en su caminar histórico, con esta “calaña” de excluidos sociales y religiosos se sienta a la mesa, conversa, hace discípulos. Recordemos que nace en Belén y los primeros convocados son pastores (Cf. Lc 2, 8-18), hombres de dudosa reputación moral, asociados a delincuentes y ladrones; y son unos sabios de oriente los segundos convocados (Mt 2, 9-11), hombres extranjeros, ambos grupos excluidos por quienes se sentían poseedores de la santidad, de la verdad, e incluso de Dios. Jesús devuelve así la dignidad a quienes estaban en los círculos de marginación. Francisco descubre esta clave y la hace vida, cuando descubre a un pobre más pobre que el se avergüenza. “Yo he elegido la pobreza por todas mis riquezas, por mi señora; y ve aquí que la pobreza brilla más en él ¿No sabes que se ha propagado por todo el mundo que somos los más pobres por amor de Cristo? Pero este pobre nos convence que de lo dicho no hay nada” (2 Cel 84), por ello no perdona que se le falte el respeto a uno de ellos, en esta lógica eso es un sacrilegio. “Anda listo y quítate la túnica y, postrado a los pies del pobre reconócete culpable. Y no sólo le pedirás perdón, sino también que ore por ti” (2 Cel 85), le dice a un hermano que hablaba mal de un pobre. La sacramentalidad del marginado exige de nosotros la reverencia y el cuidado que se tiene por las presencias sacramentales de Cristo, tomar en serio aquello es una tarea abierta, desafiante y pendiente, por ello es bueno recordar lo que como Iglesia latinoamericana hemos reflexionado en torno a esto, los rostros de los pobres son los rostros de Cristo y ello no como un pietismo religioso, sino como compromiso preferente más no excluyente, “rostros de niños, golpeados por la pobreza” (Puebla 32), “... de jóvenes, desorientados por no encontrar un lugar en la sociedad...” (Puebla 33), “... de indígenas y ...afroamericanos... viviendo marginados y en situaciones inhumanas...” (Puebla 34), “... de campesinos... que viven relegados en casi todos nuestro continente, a veces, privados de tierra...” (Puebla 35), “... de obreros frecuentemente mal retribuidos...” (Puebla 36), “... de subempleados y desempleados despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y muchas veces de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos” (Puebla 37), “... de ancianos... frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen” (Puebla 39), a lo que se sumas los rostros de las víctimas de la violencia política del Estado o las guerrillas, de quienes son atropellados en sus derechos humanos más básicos, y otros muchos más (Cf. Puebla 40-50).
  • Una tercera nota no menos importante es el rol de María en esta línea de una encarnación y opción de pobreza de Jesús. De ella decimos que es Madre de Dios, de la Iglesia, pero quizá es bueno rescatarla como Madre del POBRE, con mayúscula. El rol de María en los Credos de la antigüedad y en los que rezamos hasta hoy, el de los Apóstoles y el Nicenoconstantinopolitano, la nombran para confirmar la plena humanidad de Jesús, no hay una carne aparente sino real en la que se encarnó la Palabra, desde nuestra tradición franciscana ella, además, confirma la pobreza como el modo de vivir elegido por Cristo. San Francisco al hablar de María, la nombra en algunos párrafos como “la madre pobre o pobrecilla”, por ejemplo, en 2 Cel 85, en donde el pobre-social es imagen del Señor y de su “madre pobre”, y al igual que en su Hijo esta condición de pobre fue en ella también opción (Cf. 1R 5). Lo que destaca en ella es el modelo de discípula, pues al abrazar la pobreza radicalmente en su vida se hizo portadora del Pobre, su Palacio, su Tabernáculo, su Casa, su Vestidura, su Esclava (Cf. SalVM 4-5), y este no es un modelo estático para ser contemplado, sino que debe impulsar y renovar el compromiso creyente, la tarea será mirar el pesebre y buscar ser otras “madres de Jesús” para el aquí y el ahora, y ello lo somos “... cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo (Cf. 1 Cor 6, 20) por el amor divino y por una conciencia pura y sincera, y lo alumbramos por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros (Cf. Mt 5, 16)” (1 CtaF 10). Esta es una pista para quienes nos excusamos a ser más radicales amparándonos en el olvido de la plena humanidad de Jesús y exaltando su divinidad, pues María es criatura como nosotros.
  • Finalmente, junto a Pablo reconocemos la cruz como el culmen de la pobreza de Cristo y reconocemos en este modo de presentarse, lo que lo llevará a la cruz; ella no es el fin primario de su encarnación, sino la consecuencia de fidelidad al proyecto del Padre, la comunión entre los seres humanos, la creación y el mismo Dios, él cual es rechazado por los hombres y las mujeres.

Jesús asumió a la humanidad, y con especial y preferente amor asumió a quien esta en condición de marginado, indigente, excluido, débil, víctima inocente y pobre, es eso lo que contemplamos en el pesebre. Con estas pistas, vayamos al relato de Greccio (1 Cel 84-87):

  • Lo que acontece en Greccio es primeramente una actualización de la Navidad, es un Memorial, o sea, es revivir en el presente un hecho significativo, un hecho que da sentido al hoy e impulsa al futuro con esperanza, un memorial sacramental es la Eucaristía, hacemos recuerdo de la Última Cena de Jesús y a la vez lo traemos al presente, vuelve a ocurrir frente a nuestros ojos y nos abre a la novedad salvadora del futuro: “¡Ven, Señor Jesús!”. Francisco quiere vivir la Navidad, no como un relato sino como un memorial, “Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, como fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre el heno entre el buey y el asno” (1 Cel 84)
  • En segundo lugar es la fiesta de los verdaderos discípulos pobres. “Donde hay pobreza con alegría, no hay codicia ni avaricia” (Adm 28,3), o sea , se puede compartir, hacer comunión, “... hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche...” (1 Cel 85), son los pobres quienes privilegiadamente deben celebrar y ser celebrados en la santa Noche del nacimiento de Cristo. “Quería que los ricos den de comer en abundancia a los pobres y hambrientos...” (2 Cel 200). La consecuencia de la comunión es un nuevo Pentecostés, la gente “... ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos...” (ídem), Francisco “... está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo...” (ídem), el sacerdote que preside la misa “... goza de singular consolación” (ídem), y la naturaleza que los rodea “... responden a los himnos de júbilo...” (ídem). Navidad se convierte en la fiesta trinidad, el Padre que nos hace hijos iguales en dignidad, el Hijo que nos hace hermanos sin distinción y el Espíritu Santo que nos une en el gozo y la fruición. Es la anticipación de la comunión escatológica que esperamos en el Reino definitivo de Jesús, esperanza de los pobres, de las víctimas y de los rostros de la marginación y la exclusión.
  • Finalmente, esta el milagro de Greccio, “... un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño...” (1 Cel 86), según Celano, entonces, no es Francisco el que ve al Niño Jesús sino otro varón, el hagiógrafo interpreta esto como confirmación de las muchas conversiones debidas al testimonio de vida de Francisco de Asís, “... el niño Jesús, sepultados en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados...” (ídem). Así, podemos unir a Francisco con María en el rol de “madres de Dios”, como expresión del verdadero discipulado.

Navidad la fiesta de la Creación.

Sí leemos con atención el texto de Celano encontramos la presencia de la creación en medio del pesebre de Greccio, el heno, el buey y el asno, son sus representantes. El dato curioso es que el texto bíblico canónico (Cf. Lc 2, 1-14) no da cuenta de la presencia de animales en el lugar de nacimiento, escuetamente dice que María “... dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento... ” (Lc 2, 7), es por este Evangelista de quien tomamos el dato de la pesebrera como lugar de nacimiento, pues tanto Marcos como Juan guardan silencio sobre el lugar y el modo de nacer de Jesús, y Mateo habla de un Jesús ya nacido cuando los sabios de orientes llegan a adorarle, y ello no ocurre en el pesebre sino en una casa (Cf. Mt 2, 11). La tradición popular además a agregado la presencia de otros animales en el nacimiento de Jesús, corderos, perros, gallos, etc., los variados villancicos dan cuenta de esta realidad. ¿Qué hay de detrás de esta intuición?

A mi parecer, una toma en serio del tema de la Creación es un tema pendiente en la reflexión de la Iglesia y de la Familia Franciscana, no hemos dado el paso de una intuición de la relación entre Cristo y la Creación a una reflexión del cristo cósmico y de un cosmos crístico[5], y aún más lejos de nosotros está una praxis y un testimonio de vida que hable de un compromiso con la defensa y el cuidado del don de un mundo hecho bueno por el Creador (Cf. Gn 1-2, 4). Por eso, en torno a Nochebuena es una labor necesaria pasar de una caricatura de san Francisco y los pajaritos al san Francisco patrono de los ecologistas, o sea, de hombres y mujeres comprometidos con la causa de la tierra, muchos de los cuales están más allá de las fronteras de nuestra Familia Franciscana y de nuestra fe, algo por lo que tenemos que pedir perdón y pedir la gracia de revertir.

Que san Francisco haya insistido en poner animales en el primer pesebre de la historia no es un hecho aislado en su vida. La naturaleza toda era para él un sacramento de su Creador, “... para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros....” (1 Cor 8, 6), pues por Cristo, la Palabra encarnada, “... todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe...” (Jn 1, 3). Este dato de la fe el hermano de Asís lo hizo vida: “A los hermanos que hacen leña prohíbe cortar del todo el árbol, para que le quede la posibilidad de dar brotes. Manda al hortelano que deje a las orillas del huerto franjas sin cultivar, para que a su tiempo el verdor de las hierbas y la belleza de las flores pregonen la hermosura del Padre de todas las cosas. Manda que se destine una porción del huerto para cultivar plantas que den fragancia y flores, para que evoquen a cuantos las ven la fragancia eterna.

Recoge del camino los gusanillos para que no los pisoteen; y manda poner a las abejas miel y el mejor vino para que los días helados de invierno no mueran de hambre. Llama hermanos a todos los animales, si bien ama particularmente, entre todos, a los mansos” (2 Cel 165), este modo de actuar no es un romanticismo por la naturaleza, sino fruto de una contemplación madura de un hombre creyente que descubre en las cosas materiales una escala que lleva al Creador[6], descubre al pintor que ha elaborado tan bella y perfecta obra de arte que rodea al ser humano. Es el Cántico de las Creaturas donde más claramente se expresa el lugar privilegiado y sacramental del cosmos, todo él desde el Señor hermano Sol hasta la hermana Madre tierra significan a su modo alguna de las perfecciones y los beneficios que Dios revela y da a los hombres y a las mujeres (Cánt 3-9), ese es el modo de servir y de adorar a Dios de las Creaturas (Cf. Adm 5, 2), en lo cual aventajan al ser humano, cuyo modo de testimoniar a Dios en la vida es la reconciliación en el amor a Dios con las demás creaturas, humanas y no humanas, con las contradicciones de la propia vida, y con Dios mismo (Cf. Cánt 10-13). Es el hombre o la mujer reconciliado quien puede cantar estas maravillas y a la vez operarlas en la historia, pues mirar el pesebre descubre que el Dios encarnado no se ha hecho sólo ser humano, sino que ha asumido toda la materia y sus ambigüedades, de simple materia se ha hecho materia crística, ha hecho uno al cosmos, “... toda la creación, y no sólo la esfera humana, posee un carácter filial y fraternal. Se da una cristificación de la materia Las piedras, el polvo de los caminos, las plantas, los animales de la selva y de nuestro entorno, todo lo que existe, todo cuanto se mueve, siente, vive y piensa, tiene algo que ver con el Niño que hoy nace, por cuanto todos somos hermanos del Hijo Primogénito”[7]. Una verdadera celebración de la Navidad supera el antropocentrismo en el que hemos encerrado la liberación ofrecida por el Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, y le da sentido a la tarea de la construcción de una fraternidad cósmica, para nosotros franciscanos y franciscanas la contemplación del pesebre nos revela él porque los elementos, los animales y la materia toda se hacen hermano. El rol central del hombre no se minimiza o se niega, pero es reubicado en su lugar, Jesús asume la carne humana, y con ella a la humanidad toda y a la materia toda, pues como dice san Buenaventura “el hombre es un microcosmo”, una síntesis de lo creado material y espiritualmente. Esto pone al hombre y a la mujer no como un depredador sin límites sino como el custodio de un mundo que él representa, sin olvidar que el destino de su medio es su propio destino.

Hemos dicho que la piedad popular ha intuido la presencia de la Creación en el misterio encarnatorio de Jesucristo, a pesar de la carencia de datos canónicos, pero más profunda es aún la intuición de que ella participa de la fiesta de la encarnación. El pueblo judío esperaba al Mesías pero sólo poseía las tinieblas del anuncio de su llegada, es un signo natural el que da certeza del cumplimiento y plenitud de la promesa de Dios, Mateo nos narra como una estrella es la que guía a los sabios de oriente, desde desconocidas distancias los trae a una casa en Belén (Mt 2, 1-13), este astro no es sólo un anunció es el gesto de la participación del cosmos en el gran evento del Dios hecho Niño. Un texto de la Iglesia de los primeros siglos nos expresa esta participación: “Alcé los ojos y vi el aire paralizado de asombro. Elevé la mirada al cielo y vi que todo estaba inmóvil, y las aves quietas. Mire a la tierra y vi una mesa preparada, y a los hombres inclinados sobre ella para comer. Pero los que debían masticar no masticaban... Y he aquí que venían ovejas, pero no avanzaban. Estaban inmóviles... Las aguas del riachuelo fluían, y las cabritillas que las tocaban no las bebían. Por un momento, permaneció todo quieto, ajeno a su propio movimiento”[8], estas imágenes del Proto-evangelio de Tomás expresan que el Nacimiento de Jesús es para la creación el inicio de sus bodas con Cristo. Que el Hijo haga su morada entre nosotros, entonces, es también signo de esperanza y liberación para toda la creación, como lo es para y con la humanidad, pues, “... desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (Rom 8, 19-23). Pues, la Navidad es el inicio y certeza de la definitiva consumación de la humanidad y de la creación cósmica, que aún esperamos se plenifique en el último desvelamiento de Cristo en su parusía, en donde habrá resurrección de la carne y una renovación de todo lo creado, según lo profesamos en el credo al decir que el Reino de Jesús que ha de terminar de venir no tendrá fin.

Celano no exagera, de este modo, al incluir a la Creación entre quienes celebran en el pesebre de Greccio. Ella pone su parte para el éxito de la celebración: “La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y los animales” (1 Cel 85). Y además es protagonista del evento: “La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo” (ídem), además de estar representada por el buey, el asno y el heno (Cf. Ídem). Y como hemos fundamentado en los párrafos previos no son meros adornos o invitados de piedra, sino protagonistas y actores principales de la historia de salvación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, con todo el derecho a celebrar y a ser celebrados en la Nochebuena, “Sí llegare a hablar con el emperador..., le rogaré que dicte una disposición general por la que todos los pudientes estés obligados a arrojar trigo y grano por los caminos, para que en tan solemnidad las avecillas, sobre todo las hermanas alondras, tengan en abundancia” (2 Cel 200), decía san Francisco, junto con pedir que a los bueyes y asnos se les alimentará con más ración de los normal (Cf. ídem).

Finalmente, al insistir en esta doble dimensión festiva en la que San Francisco vivía la Navidad, es bueno recordar sus palabras sobre los ejemplos de los santos, “... es grandemente vergonzoso para nosotros los siervos de Dios que los santos hicieron las obras, y nosotros, con narrarlas, queramos recibir gloria y honor” (Adm 6, 3). Por ende, no simplemente contemplemos el pesebre esta Nochebuena, sino que renovemos nuestro compromiso preferente por los pobres y reflexionemos, para profundizar o comenzar a asumir, nuestro compromiso con la Creación. Pobres y Creación son los sacramentos de Cristo, en los cuales nuestro hermano Francisco contemplaba y testimoniaba para su “aquí y ahora” la credibilidad de la fe y de la Iglesia, y ellos deben ser para nosotros los sagrados instrumentos que en la contemplación operante del amor nos hagan nuevos franciscos para nuestro tiempo y sociedad.

Notas

[1] Leonardo Boff, “Encarnación, la humanidad y la jovialidad de nuestro Dios”, Sal Térrea, 2ª edición, Santander: 9

[2] Ibídem: 12

[3] Ibídem: 13-14

[4] Ibídem: 22-23

[5] Cf. Juan Noemí. “Misterium creationis. Sobre la posibilidad de una aproximación a la realidad en cuanto creación de Dios” en Teología y Vida, Vol. XL(1999): 372-399.

[6] En esta línea no debe sorprendernos el “Itinerario de la Mente a Dios” de san Buenaventura, obra cumbre de la filosofía, teología y mística franciscana, que expresa esta verdad y experiencia del hermano Francisco en el lenguaje académico de la época.

[7] Leonardo Boff : 25-26.

[8] Proto-evangelio de Tomás 17,2 citado en Leonardo Boff : 38-39