21 de junio de 2007

Liderazgo franciscano.

(Tema de formación OFS Zona Centro. Mayo 2007)

Hno. Manuel Alvarado, ofm.

Introducción.
En estos tiempos el tema del liderazgo ha tomado cierta centralidad paradojal en la discusión social, es habitual hablar de carencia o crisis de liderazgos en la estructura social, política y eclesial, pareciese que viviéramos como ovejas sin pastor; por otro lado, hay un surgimiento de liderazgos “mesiánicos”, con un fuerte culto al estilo y a la personalidad carismática del líder, apoyado por una fuerte presencia mediática. Esta búsqueda de líderes y estilos de liderazgos se expresa en la fuertes inversiones en formación para gestar, inventar o crear hombres y mujeres con capacidades de dirigir una empresa o una comunidad política o religiosa. ¿Qué es este liderazgo tan ansiado y como se relaciona con nuestra fe cristiana y nuestro seguimiento al estilo del hermano Francisco?

“Liderazgo” es la acción de liderar, y esto último, según el diccionario, es: “Dirigir o estar a la cabeza de un grupo, partido político, competición, etc...”[1], por lo tanto, el liderazgo esta unido a ser cabeza de una comunidad. En lenguaje bíblico, esto tiene mucha fuerza, pues quien esta en la cabeza representa al pueblo, en él se deposita la promesa de compañía de Dios, y de su fidelidad a la alianza depende la felicidad de los suyos, es lo que llamamos personalidad corporativa. De allí la importancia y centralidad que tienen los que deben dirigir al pueblo elegido, el rey, los profetas y los sacerdotes, todos ellos hombres y mujeres llamados a la proexistencia, es decir, abandonar sus propios y legítimos intereses para hacer de su vida un servicio a los demás, con preferencia a los más débiles y desposeídos. En la tradición bíblica, en general, el líder no nace sino que se hace, para ser más especifico surge cuando Dios llama a un hombre o a una mujer, es bueno recoger algún testimonio del Testamento Común que avalan lo acá expresado.

Vamos a tomar como ejemplo la vocación de Abraham: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra.» Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh, y con él marchó Lot. Tenía Abram 75 años cuando salió de Jarán” (Gén 12, 1-4). En este texto vemos como sobre el padre e la fe se depositan las promesas de Dios, la bondad de Dios será derramada en los pueblos pasando por él, su destino será el destino de la historia. Lo significativo es que con Abraham se inicia un nuevo orden en el mundo y un nuevo orden en las relaciones con Dios, se expresa en el cambio de nombre, de Abram a Abraham, y como es Dios esto se hace en su lógica, rompe los esquemas y hace líder a quién no tiene pasta de ello, en este caso a un anciano, sin descendencia y sin mérito explicito. Dios hace al líder, o sea, toda vocación esta llamada a liderar a su pueblo.

En el Testamento Cristiano, el liderazgo se centra en Jesús, el Buen Pastor, que es el icono juánico de un buen líder (Cf. Jn 10), éste se preocupa de sus ovejas y las saca a pastar, cuidar y nutrir a quienes llama, hasta dar la vida, para ser más fecundo aún, Jesús hace vida radicalmente la búsqueda del Testamento Común, vive pro-existentemente. Su modo de actuar lo demuestra y determina el seguimiento de su estilo de liderazgo: llama a discípulos entre quienes ningún maestro buscaría, pescadores, cobradores de impuestos; come con pecadores y prostitutas, del mismo modo que comparte con personajes seguramente connotados de la sociedad judía, como lo son Nicodemo y José de Arimatea; la síntesis de este estilo se descubre en la cruz y su resurrección, se entrega por todos: por los que lo siguieron y lo abandonaron, e incluso lo negaron, por quienes manipularon las acusaciones para causar su muerte, por la muchedumbre que primero lo aclama como rey y luego lo entrega como a un terrorista. La resurrección viene a sacar del fracaso histórico que implica la muerte en cruz al liderazgo del Buen Pastor, cuando parece que el liderazgo manipulador y asegurador de las cuotas de poder de esos pocos que controlan al pueblo y lo embarcan en la complicidad del asesinato de Jesús, ha triunfado colgado del madero al dolor de cabeza de turno, el Padre de Jesucristo, Aquel que espera incondicional y gratuitamente al pecador arrepentido, como se expresa en el “hijo pródigo”, reivindica su estilo, rompe la aparente neutralidad de Dios en la historia, levantándolo de la muerte. Esta reivindicación, que no es aislada de la vida y muerte de Jesús, sino consecuencia de ambas, dice a los seguidores de Jesús cual es la opción de Dios, preferente pero excluyente por los más pequeños, los débiles, los que no cuentan, los fracasados, los pobres, los sufrientes, y todo aquel que se haga testigo de este estilo del liderazgo recibirá en Cristo el mismo don, la resurrección de su carne. Es la Iglesia la continuadora de ese estilo de liderazgo, ella formada por testigos y seguidores, sabe que en cada uno de sus bautizados esta depositada toda la fuerza y la gracia para vivir este liderazgo, el ritual del sacramento del bautismo lo precisa con fuerza en la Unción con el santo crisma: “Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que te ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, te unge con el crisma de la salvación, para que incorporado a su pueblo santo, permanezcas como miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey...”[2]; con ello se expresa claramente que cada cristiano y cristiana esta llamado a ejercer ese triple ministerio en el lugar y contexto determinado en el que vive, hay que ser rey o reina, profeta o profetiza, sacerdote o sacerdotisa como trabajador o trabajadora, vecino o vecina, estudiante, dueña de casa, casado o casada, clérigo o laico o laica, sin excluir ningún ámbito de la vida y del quehacer humano. El ejercicio de este triple ministerio de los bautizados exige la constante confrontación con el obrar, morir y resucitar de Jesucristo, para que el liderazgo cristiano sea conforme al Buen Pastor y no al ejercido por los señores y príncipes de este mundo, de allí que se asemeje a la levadura en la masa, ésta es parte de la masa, la vivifica desde dentro, no se nota su presencia, pero sí su ausencia. Los cristianos deben alejarse, entonces, primero, de todo mal entendido con la humildad, una verdadera trampa diabólica, que nos enseña a no hacer nada para no tener presencia o importancia, con ella no se nota nuestra presencia en el mundo y sus diversos ámbitos, pero tampoco se nota nuestra ausencia; y en segundo lugar, debemos evitar la tentación de tener un liderazgo con tanta presencia e influencia en lo político, económico, etc., que llegue un momento en que se rece, especialmente los más débiles y pequeños, por nuestra ausencia.

Un liderazgo desde.
En el caso concreto de san Francisco de Asís podemos descubrir dos niveles de liderazgos, el primero de ellos vivido previo a su conversión y el segundo al que llamaremos un “liderazgo cristificado”. Sobre los años previos del hermano Francisco es difícil de encontrar “fuentes neutrales”, él es leído desde el “... estereotipo agustiniano y medioeval del convertido: el pecador que, tocado por la gracia de Dios, se convierte en caballero de Cristo...”[3], por ello no extraña el duro juicio de Tomás de Celano en su Primera Vida del Santo, al decir que el tiempo en que le ha tocado nacer es particularmente dificultoso para vivir la fe en Jesucristo, pues las familias, desde sus primeros días “... se empeñan en educar a los hijos con extrema blandura y disolutamente..., llegado el tiempo del destete, se les obliga no sólo a decir, sino a hacer cosas del todo inmorales y lascivas. Ninguno de ellos se atreve, por un temor propio de su corta edad, a conducirse honestamente, pues sería castigado con dureza... ¿Cómo imaginas que han de ser cuando estrenan la adolescencia? En este tiempo, nadando en todo género de disolución, ya que les es permitido hacer cuanto se les viene en gana, se entregan con todo ardor a una vida vergonzosa...” (1C1). El mismo Francisco descubrirá en sus primeros años de vida, un modo de relaciones humanas erradas, no por malas sino porque le llevaban al engaño de sentirse satisfecho y no se mostraban como lo que eran, atisbos de un gozo total, veraz y permanente, que el encontrará en Jesús, poéticamente él lo expresa como “... aquello que me era amargo, se me tornó dulzura del cuerpo y del alma...” (Test 2). De sus primeros años queremos rescatar, prescindiendo de los juicios y críticas contra las faltas morales de los contemporáneos a Francisco, su liderazgo entre sus pares. “Como en la vecina ciudad de Perusa, y en otras muchas ciudades de Italia, existía en Asís por ese tiempo una “sociedad” o compañía juvenil, registrada en los archivos comunales como “Compañía del monte Subasio”, con estatutos aprobados por la autoridad comunal, y cuyo presidente o “podestá” era, como por derecho propio, Francisco. Su único propósito era procurar pasatiempos y distracciones a los jóvenes de Asís, promoviendo y organizando, entre otras cosas, festejos populares, rondas y pasacalles, en los que cantaba y danzaba al son de diversos instrumentos, así como comidas y francachelas, de las que no podían estar ausentes las buenas mozas y los buenos mostos de la región, como tampoco las danzas... El presidente de la sociedad, llamado también “bastonero”, en razón de que portaba un bastón de mando como símbolo de autoridad, estaba autorizado para designar al pagador de los insumos de las “comidas de camaradería”... costumbre que daba lugar a frecuentes disputas y altercados que solían terminar en sonados zipizapes, y tanto que las autoridades comunales se vieron obligadas no pocas veces a intervenir, frenando a los desabridos, y aun prohibiendo las actividades de la Compañía...”[4]. Al contemplar este momento de la vida de Francisco, podemos descubrir en potencia al líder cristiano que llegará a fundar, en el sentido profundo de dar origen y fundamento, a nuestra Familia Franciscana.

¿Qué le faltaba a este liderazgo juvenil de Francisco? Es bueno darnos cuenta que hemos descartado el camino fácil de desechar y de negarle valor a este liderazgo juvenil suyo, sino que partiendo de él queremos descubrir el camino tomado por Francisco para llegar a ser el “alter Chistus”. Francisco de Asís y todo ser humano se ve enfrentado a la lucha por dar sentido a su existencia, la cual esta atravesada por tres coordenadas[5]: muerte, vida y convivencia. Cada una de estas coordenadas enfrenta al ser humano con su límite frente a su deseo egocéntrico, el hombre no se basta sólo, se frustra ante el deseo de vivir limitado ante la muerte; se frustra ante la monotonía y la inconsistencia del vivir; y se frustra ante el tener que convivir con otros, cediendo y no pudiendo ser el que domina, sino muchas veces es el dominado. Ante estas frustraciones, el camino usado por el hombre o la mujer no es enfrentarlas sino enmascararlas, disimularlas con el poder, con el dinero o con el placer, estas son las llamadas alienaciones y opresiones que generan en el día a día que nos desgastemos en el trabajolismo, nos hundamos en las depresiones y seamos protagonistas o cómplices de modelos sociales, culturales, religiosos o económicos en donde se discrimina, se perpetúan las estructuras de injusticia y de muerte. En esta línea, el liderazgo vivido por el joven Francisco disimula y enmascara lo que como ciudadanos de Asís viven, la profunda contradicción entre la utopía propuesta por la burguesía emergente, fraternidad, más igualdad y más justicia, frente al piramidal modelo feudal que consagraba la desigualdad entre señores y vasallos. En medio de las fiestas de los jóvenes, los rostros de los nuevos marginados de los beneficios del nuevo orden emergen y los confrontan, la verdad es que esos rostros pueden pasar anónimos para muchos, pero para otros no, quizás eso este unido a la experiencia de dolor y sufrimiento personal, por los biógrafos sabemos de dos momentos críticos en nuestro santo, en 1202 es hecho prisionero por casi un año y cae en una prolongada enfermedad que comienza en la prisión y de ella tenemos noticias, posiblemente de recaídas, hasta 1204[6]. Este proceso termina con la conversión de Francisco, unido a un hecho en su historia, el encuentro con el leproso, éste último representa ponerse frente a los propios límites, representa a un muerto en vida, a una vida condenada al sin sentido y negado en él y para él todo tipo de convivencia con los demás seres humanos, el milagro de la fe en Francisco es dar el salto desde ese encuentro con la miseria a un encuentro con Cristo. El encuentro con el leproso le abre a nuevas perspectivas consigo mismo, con los pobres, con el Crucifijo, con el Evangelio y con los hermanos, ya la vida de Francisco no será la misma, no puede engañarse es desenmascarado de sus propias alienaciones y no le queda más que reconocerse y construirse como un hombre pequeño, débil y necesitado, reconocerse en el leproso como en un espejo. El liderazgo de Francisco se cristifica cuando da vuelta los papeles de la historia, cuando no es un joven con aires de caballero que se encuentra con un leproso, sino cuando se empatiza, se hace uno y con la historia del leproso, por ello se va a vestir, se va relacionar, va a leer el Evangelio y a construir la Iglesia como lo que es, un leproso en búsqueda de la Gracia de un Señor. El líder se hace seguidor, he aquí la paradoja del liderazgo Franciscano, no lidera para sí mismo, sino desde el modelo vivido por otro, el testimonio evangélico de Jesús, no lidera siendo cabeza sino siendo el último, no lidera como jefe sino como esclavo, el modelo del líder es Jesús Buen Pastor, quién lava los pies a sus discípulos. El liderazgo de Francisco es desde ese Cristo hecho leproso, que hace de la muerte salvación y liberación, de la vida solidaridad y encarnación desde, para y entre los pobres, y basa la convivencia humana desde la fraternidad y desde el servicio al otro.

Un liderazgo para.

La fuente de este liderazgo encarnado por Francisco es el testimonio de Jesús, es mirándole. En la iconografía franciscana es habitual pintarlo abrazado a la Cruz con los ojos fijos en el rostro del crucificado, uno de sus pies esta afirmado sobre un globo terráqueo, quizás muchos interpretan este último signo como el rechazo del Francisco al mundo, pero quizás debamos explorar otra pista no excluyente sino incluyente. Francisco puede representar en su abrazo a Cristo y su pisada sobre el mundo el ejercicio del triple ministerio bautismal, el ser profeta del mundo, rey del mundo y sacerdote del mundo, o sea, de ser vínculo de comunión entre Jesús pobre y crucificado y un mundo engañado, alienado y oprimido, que busca en donde no hay respuestas permanente ni veraces el llenar su vacío existencial. La reflexión franciscana apoya esta interpretación, al afirmar el valor de la secularidad de nuestra espiritualidad, para nosotros “... “secular”... no tiene nada que ver con “antirreligioso”... precisamente significa todo lo contrario. Quiere decir que no es posible encontrar a Dios más que en el mundo secular, “en todas las cosas de este mundo”, como bien lo dijo Ignacio de Loyola, es decir, en las personas humanas, con sus preocupaciones y necesidades, sus alegrías y esperanzas, en los animales, en las plantas y en las piedras, en las situaciones concretas y en los problemas y asuntos de la sociedad, en los acontecimientos y en las experiencias de la historia..”[7]. El testimonio de Francisco es claro y tajante, no es un “testimonio religioso”, en el mal sentido en que lo religioso no toca las realidades mundanas (política, economía, ecología, etc.) o en el actual sentido interesado por ciertas corrientes ideológicas que insisten en “lo privado” de la practica de fe. San Francisco de Asís tiene claro que su vivencia de lo religiosos toca al mundo y es pública, pues ¿qué puede ser más social o político que amar al prójimo, haciéndose servidor suyo? Por ello, su pasar por las ciudades se convierte en un testimonio y en liderazgo, no buscado, ciertamente, pero no evitado. “Volviendo la espalda a las guerras santas y a los señoríos de Iglesia, Francisco se dedica a recorrer el país, lanzando a todos su saludo: “Paz y Bien”. Invita a todos los hombres a reconciliarse, a vivir como hermanos. De este modo en Bolonia, ante la ciudad reunida en la plaza pública, su discurso gira en torno al deber de apagar los odios y de concluir un nuevo tratado de paz...”[8], esto implica involucrarse con la gente, con las autoridades, etc. La fuerza del movimiento franciscano, en forma sobreabundante, estuvo, y estará para sus seguidores, en una vivencia coherente de lo que desean ser, una respuesta a las más profundas búsquedas del ser humano, para ello es fundamental el ser signos concretos y cotidianos de lo que se predica, más que discursos son obras tangibles de amor a los hermanos, estas primeras fraternidades eran “... hogares de paz y reconciliación. A decir verdad, los hermanos vivían una doble fraternidad: entre ellos, por supuesto, pero también con el resto de los hombres con los que se relacionaban, y más particularmente con los más pobres, los más pequeños. Ninguno de ellos debía ejercer un poder de dominación... Procedentes de diversos estratos de la sociedad, los hermanos aprendían a vivir juntos respetando sus diferencias, es decir, no tenían nada que ver con un modelo de alistamiento, sino que en una fraternidad de estas características, para Francisco, cada hermano era un ser singular, una persona única. La fraternidad solo se podía construir sobre el respeto hacia las personas...”[9]. Esta experiencia la podemos unir con la del joven Francisco, el liderazgo sigue buscando la fiesta en la vida de los demás, en la de los jóvenes amigos como ahora en los hermanos, en los pobres, en la Iglesia, en los enemigos, no olvidemos el encuentro con el Sultán, con la Creación, hacer que la vida sea alegría sea buena noticia, no ha cambiado sino que se ha profundizado, ha cambiado el “para”, ya no busca un liderazgo que disimule o enmascare el dolor, la angustia, el fracaso individual y social, sino que se va al encuentro de eso tan temido, que tiene cara y olor a leproso, se inserta en la propia realidad, se es limitado, se es frágil, se es necesitado y, entonces, se entrega a Aquel que puede dar sentido, y se es encontrado como líder por quienes buscan salir de su propio estado de angustia. En este sentido, el liderazgo de Francisco cristificado lo encuentra y el no lo rehuye, sabe, como dice Pablo, que no es él quién pacifica, quién reconcilia, quién canta a la Creación, sino que es Cristo que habita en él.

A modo de conclusión.

De lo dicho hasta aquí es bueno sacar algunas pistas para el ejercicio y vivencia del liderazgo en nuestras fraternidades:

1. El liderazgo cristiano nace del bautismo, él nos une a la causa, muerte y resurrección de Jesucristo y al ejercicio de su triple ministerio: rey, profeta y sacerdote. Esta dignidad heredada y donada en este sacramento debe fortalecer nuestro ejercicio de la autoridad, ella no es dominación sino servicio. Nuestro servicio como rey se ejerce en la libertad frente a los bienes, somos señores de las cosas y debemos ponerlas, y ayudar para que ello sea así, a disposición de todos. Él de profetas nos impulsa a vivir y testimoniar la relatividad del poder, del tener y del ser alguien, abre a la esperanza, no somos pregoneros de un fatalismo sino del triunfo de Jesús en el final de la historia. El ejercicio del sacerdocio común nos invita a ser intercesores ante de Dios de todos los que sufren y de todos los hermanos y hermanas en la comunidad y en la sociedad, y también intercesores de los más pobres y débiles ante quienes tienen poder o responsabilidad.

2. El liderazgo cristiano es una vocación, un llamado de Dios para servir a su pueblo, por ende, nadie puede desoírlo. El ejercicio de este liderazgo es la vivencia de la obediencia a Dios, obedecer es ponerse bajo la escucha, y Dios habla en la comunidad. El liderazgo es para el bien de su pueblo y sus necesidades hacen que Dios reaccione y pide, habla, revela a algunos de sus fieles que se comprometan más, que se hagan depositarios de su promesas y de su bondad, el líder es llamado por Dios para representar su compañía y su compromiso con los que ama.

3. El liderazgo franciscano exige mirar el rostro de Jesús, invita a crucificarse con Jesús en el servicio preferente, más no excluyentemente, por los más pobres, por los leprosos, teniendo claro que al servirles se sirve al crucificado.

4. El liderazgo franciscano se hace con el oído abierto a la realidad, el líder franciscano busca encarnar las esperanzas y gozos de los pobres y de los hombres de buena voluntad, desea ser alternativa frente a modelos sociales y económicos que pretender engañar al hombre y a la mujer prometiéndoles “cielos nuevos y tierras nuevas”, pero que al apropiarse de la historia no son más que más de lo mismo, más exclusión, más marginación, más empobrecimiento, ricos más ricos frente a pobres más pobres.

5. El líder cristiano y franciscano no busca el aplauso y la alabanza, sabe que sí el líder por excelencia, Jesús el Buen Pastor, por llevar una vida de coherencia y de denuncia frente a los poderes y a las minorías que manipulan y se aseguran sus cuotas de poder, muere crucificado, por lo tanto, no espera un mejor trato ni de los que le persigan e incluso, de sus hermanos o hermanas en la fe.

[1] Voz Liderar. En: El Pequeño Larousse ilustrado, 1998: 607.
[2] Ritual de bautismo: 78 En: Ritual conjunto , 1987. San Pablo. Chile.
[3] Camilo Luquin, 1982: 33. El joven Francisco. Cefepal. Santiago de Chile.
[4] Ibidem: 34-35
[5] Sigo aquí la propuesta antropológica del profesor Antonio Bentué (Antonio Bentué, 2001: 33-44. La opción Creyente. San Pablo6. Santiago de Chile)
[6] Cf. Leonardo Boff, 1982:226-227. San Francisco de Asís. Ternura y vigor. Ediciones Paulinas. Santiago de Chile.
[7] VVAA, 2000: 11. CBCMF, Lección 1Cristianismo: religión de la encarnación. Secretariado del CCFMC2. Bonn.
[8] Eloi Leclerc, 1999: 27. En: VVAA, 1999. Franciscanos por la justicia, la paz, la ecología. Editorial franciscana Arantzazu. Oñati: 22-34.
[9] Ibidem: 28

12 de abril de 2007

Un comentario a “Acoger y promover la vida” de nuestros obispos chilenos.

Hno. Manuel Alvarado S., ofm

En medio de las vacaciones del año 2007, nuestros Obispos han emitido nuevamente una declaración fijando su posición frente a las políticas públicas de control de la natalidad, Acoger y promover la vida (En: http://documentos.iglesia.cl/documento.php?id=2477 ), es su título. Esto puede parecer un tema reiterativo y algo desenfocado, pero es bueno detenerse a preguntarnos como vivimos y aportamos desde nuestra eclesialidad y nuestra tradición franciscana a la construcción y profundización de un mundo más fraterno y reconciliado, denunciando las estructuras que sostienen la muerte de unos para la vivencia ostentosa de unos pocos, que en el contexto actual tiene, entre muchos otros rostros, rostro de niño o niña en el vientre materno, la finalidad de estas líneas es aportar a nuestra reflexión y a nuestra formación permanente. Quiero compartir algunas reflexiones sobre el este escrito de nuestros obispos, a la luz de nuestra opción por la Justicia y la Paz:

1.- Es valioso el aporte del documento a una correcta enseñanza de nuestra defensa de la vida, ella es integral, así lo manifiesta nuestro episcopado al citar el Magisterio reciente (se cita a GS 27 y a EV 27, carta encíclica de Juan Pablo II, en los números 3 y 4 de dicha Declaración), queremos acoger y defender la vida no sólo del que esta por nacer, sino también del que esta por morir, y de todo aquel que es puesto en situaciones de violencia social, discriminación, explotación o exclusión que impliquen una pérdida o una merma en su dignidad y en la promoción de su calidad de vida. Esta integralidad de nuestra acogida y defensa del don de la vida nos debe alejar de dos peligros: Primero de una genitalización del discurso moral, la presencia de pastores y de las voces de la Iglesia en el último tiempo han tenido que ver con numerosos “no” a temas vinculados con la sexualidad, “no al condón”, “no a la píldora del día después”; lo cual si no es leído y predicado en este contexto integral de nuestra opción por la vida, nos puede hacer caer en la caricatura de ser una iglesia meramente preocupada de los asuntos de intimidad sexual, los cuales nos preocupan, es verdad, pero insertos en el horizonte de toda amenaza que sufren hombres y mujeres, en cuanto, son sujetos de la dignidad de hijos e hijas de Dios, y, por tanto, sus vidas están signadas y atravesadas por el amor de nuestro Dios, y su desfiguración o su destrucción nos duele por ser nuestros hermanos y hermanas que los padecen, “… Ayer la defensa de los derechos humanos exigió el acompañamiento solidario de las víctimas de todo tipo de violencia; hoy exige la defensa del más indefenso…” (Acoger y defender la vida 8). En segundo lugar, nos invita a ser cautos con quienes desde mundo político se nos acercan y hacen alianza con nosotros. Es bueno recordar que vivimos en sociedades democráticas y pluralistas, con diversas perspectivas ideológicas y partidarias, “… es importante hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios básicos de la teoría política, y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los católicos para ejercitar -particularmente por la representación parlamentaria- su derecho-deber de participar en la construcción de la vida civil de su país. Esta obvia constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales…” (Congregación para la doctrina de la fe, 2003. Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política 3. En: http://www.iglesia.cl/iglesiachile/especiales/politica/doctrinal.html#3), por lo tanto, nuestra propuesta de fe y moral no puede ser ni de derecha ni de izquierda, sino evangélica, lo cual implica esta visión integral, la cual es la medida que ayuda a las laicas y laicos católicos de los diversos partidos en el gobierno y la oposición a discernir. La correcta y sincera enseñanza de lo que esta en juego en nuestra oposición a las actuales políticas de fertilidad del Estado permitirán acercarnos al mundo político con libertad, pues con algunos de ellos podremos estar más cerca en estos temas de moralidad sexual y, con otros, en los tópicos de moralidad social, y con ambos, deberemos anunciarles la parcialidad del Evangelio que les falta, esto exige adultez en la fe y no andar como niños que hoy demonizamos a estos porque no piensan como nosotros y mañana a los otros. Sólo así, como hombres y mujeres de fe libre y no ingenuos podremos no ser manipulados ni ser cómplices de los intereses egoístas y corruptos que, lamentablemente, tanto descubrimos en el ejercicio de la actividad pública. “Por lo mismo, valoramos inmensamente la opción por la vida de parlamentarios de distintas agrupaciones políticas. Con ellos tenemos una deuda no sólo de gratitud, sino también de acompañamiento en sus fundamentales responsabilidades de legislar a favor de la vida desde su concepción hasta la muerte natural, y que se exprese en una coherente opción por los más pobres y marginados, por los ancianos y enfermos, por los niños, los jóvenes y las mujeres, por los esposos y las familias, por el derecho al trabajo y a salarios dignos, es decir, por una opción gratuita por promover la vida, don de Dios y responsabilidad de los seres humanos” (Acoger y defender la vida 30).

2. El Documento recoge algunos datos estadísticos recientes que dan cuenta de dos fenómenos preocupantes en nuestra sociedad, la caída en la tasa de fecundidad y el aumento del embarazo adolescente. Los obispos constatan una paradoja sobre el primero, él esta en contradicción con el deseo y la opción por la maternidad expresado por las mujeres (cf. Acoger y defender la vida 14), sin entrar en profundidades nuestros pastores apuntan al tipo de sociedad que hemos ido creando, la neoliberal: la maternidad entra en crisis con las necesidades de las empresas, ella sale caro, se debe pagar por el pre y posnatal, además, del respectivo reemplazo, y los costos asociados a los primeros años del bebe, licencias por enfermedad, pago de sala cunas, etc. La maternidad tiene, además, otros enemigos tales como el exceso de trabajo o las grandes distancias a recorrer desde el hogar al lugar de trabajo o las cargas de horas extras voluntarias, detrás de las cuales esta nuestro sobreendeudamiento, en las clases sociales más pobres, la maternidad viene controlada implícitamente por el espacio que da el Estado en las casas, y especialmente, en los departamentos sociales, ello ayudado por un modelo cultural que ve en la fecundidad de los pobres un riesgo y un signo de su falta de educación, por ello, no nos debe extrañar que muchas veces los temas sexuales sean enfrentados como una enfermedad, pues cuando un órgano esta enfermo se extirpa, desde el año 2000 forma parte de las políticas de salud pública esterilización voluntaria de las mujeres, incluso sin consulta del cónyuge. Muchas de las amenazas de la fecundidad de la familia chilena vienen de políticas, o de las faltas de ellas, laborales, salariales, etc., en donde muchas veces la voluntad de cambio no viene de la mano de quienes solidarizan con nuestra defensa de los no nacidos. Por su parte, el embarazo adolescente, tiene una variopinta causalidad, entre ellas debemos denunciar las que nacen de este modelo neoliberal, existe cada vez menos tiempo para el diálogo y el compartir familiar producto de las exigencias laborales. Sobre la problemática del embarazo adolescente es bueno detenernos, sí aceptamos que entre una de sus causalidades se encuentra el modelo socioeconómico que sobre exige en el ámbito laboral, hasta el punto de no quedar tiempo para conversar o para verse en las familias, debemos reconocer que ello pone en crisis el principio, defendido especialmente en la educación católica, que plantea a la educación sexual como exclusiva de la unidad familiar. Las familias hace mucho tiempo que al adaptarse a los procesos de cambios socio-culturales, que implica la inserción en el modelo neoliberal, intuyeron que la educación y formación valórica correspondía a los instituciones religiosas y educacionales, ello, a mi parecer, explica el fenómeno que a pesar de la baja participación de fieles en las Iglesias exista una gran preocupación y un buen prestigio de la educación impartida en colegios de inspiración religiosa, sin negar el prestigio social y el buen desempeño académico que muchos de ellos dan o tienen, la formación valórica, en la práctica, ha terminado siendo vista como una más de las áreas de servicios exteriores a la familia. En esta línea, las propuestas de pastoral juvenil en nuestras parroquias deben asumir el desafío de la formación integral de la defensa y acogida de la vida en las comunidades de jóvenes, asumiendo que su presencia es una bendición y que están entre nosotros cuando definitivamente podrían estar en otros lados. La formación valórica de los jóvenes, en particular de la JUFRA entre nosotros, respetando nuestra espiritualidad que pone el acento en la práctica más que en la teoría, debe ser una tarea prioritaria en nuestros proyectos fraternos, tenemos una riquísima experiencia, somos hombres y mujeres encontrados en el amor de Dios en la persona de Jesucristo, amados incondicional e integralmente, sí lográramos proyectar esa experiencia en la solidaridad, en el trato afectuoso con los pobres, con la creación y con cada ser humano que se nos acerca, podríamos despertar las fuerzas espirituales presentes en los jóvenes, podrían tener una nueva visión sobre su cuerpo, sobre su sexualidad, sobre el sentido y valor de la entrega y de la donación por el otro, habrían más vocaciones, no sólo religiosas o sacerdotales, sino laicales y humanas, que reencantarían el valor y sentido de la vida. Necesitamos levantar una propuesta valórica en esta línea para no vernos como caricaturas de personajes recalcitrantemente negativos y amargados, que pareciera nos levantáramos como jueces justos de las nuevas generaciones, poniéndoles cargas que de pronto nosotros no movemos ni con un dedo. Una propuesta nueva y alternativa a la del Estado, que ante un problema que habla de lo mal que lo hemos hecho como sociedad reacciona proponiendo un mal menor, por eso es el poder repartir anticonceptivos de emergencia en consultorios, incluso a niñas menores de edad, entre 14 y 18 años, sin consulta a sus padres o tutores. Sin embargo, debemos reconocerle al Estado que hace frente a temas problemáticos en nuestro actual momento social: la superar vulnerabilidades y desigualdades de género, raciales, etarias que hacen que la fecundidad no se realice del modo deseado; reducir las tazas de aborto indeseado y sus riesgos asociados; y, reducir el embarazo adolescente no deseado (Cf. Normas Nacionales para la regulación de la fertilidad: 8), insistiendo en que como Iglesia no estemos de acuerdo con sus soluciones, y ante lo cual debemos preguntarnos, ¿Cómo reaccionamos ante esta realidad de adolescentes embarazadas en nuestros colegios y parroquias? ¿Cuáles son nuestros proyectos de formación en temas de sexualidad con nuestros jóvenes? ¿Cómo anda nuestra formación permanente en los temas de bioética o educación sexual? Los obispos afirman que Dios y la religión no es ni carente de racionalidad ni es un asunto meramente privado (Cf. Acoger y promover la vida 28), pero debemos reconocer que nuestro pasotismo, ignorancia, indiferencia y espiritualismos desencarnados frente a la realidad contingente, nos hacen vivir y mostrarnos de ese modo frente a muchos, y lo que es peor le enseñamos a muchos a relacionarse de este modo con el mundo y sus problemas.

3. Un tercer aspecto a valorar de Acoger y promover la vida es la correcta presentación de nuestra oposición al uso del anticonceptivo de emergencia o “píldora del día después”. El tema de fondo, el momento exacto del origen de la vida, no le corresponde definirlo ni al pastor ni al teólogo, sino al mundo científico, el cual por diversas razones no ha podido establecer con exactitud ese momento, cada escuela científica describirá y aducirá pruebas para defender su posición, muchas de ellas más inspiradas en una determinada ideología en el rigor científico. En esta nebulosa es tarea de la Iglesia prevenir la posible ejecución de un mal, como es terminar con la vida de un inocente, en este caso un niño en gestación, por tanto, afirmamos que ella es posiblemente abortiva si se toma posteriormente a una relación sexual, lo que pedimos es que se use el sentido común, él cual enseña que ante la duda es mejor abstenerse. “Para afirmar que el LNG no es abortivo se requerirían estudios con el mayor nivel de evidencia y donde el peso de la prueba recaería, como sucede con cualquier otro compuesto farmacéutico, sobre quienes comercializan o distribuyen el LNG. Sin embargo, tal experimentación conlleva el riesgo de matar seres humanos ¿Sería ético realizarlo?” (Acoger y promover la vida 22)

4. Un aspecto, a mi parecer, errado en el Documento es correr el riesgo de demonizar dos corrientes de pensamiento contemporáneo, la perspectiva de género y el principalismo (Cf. Acoger y promover la vida 10), es verdad que ambas tienen limitaciones y no podemos aceptarlas plenamente en coherencia con nuestra perspectiva de fe, pero ambas también han cooperado para tener un mundo más justo, por ejemplo, las reflexiones en torno al género y las estructuras de poder que limitaron, y aún limitan, a las mujeres en el pleno desarrollo de sus potencialidades sociales, políticas, económicas, y culturales, no pueden negar que abren el horizonte hacia la realización de un mundo más fraterno y justo, donde cada ser humano, hijo e hija de Dios, tiene asegurado poder llegar a vivir con la dignidad que le es merecida. Los riesgos de estas teorías, como los de cualquier cosmovisión científica y religiosa, es caer en el absolutismo ideológico, que hace incapaz de ver los límites de cualquier saber humano, se pueden acercar más no dan cuenta de toda la verdad. En esta perspectiva, a mi parecer, debemos pedir a quienes, legítimamente, piensan desde el género y el principalismo que sean sinceros en su reflexión y búsqueda de la verdad, lo cual pasa por descubrir sí en su puesta en práctica en las actuales políticas y su justificación desde ellas, no sobrepasan su ámbito o son usadas manipuladoramente frente a otros interés económicos o políticos. La crítica debe ir unidas a una formación en estas teorías, que nos permitan entrar en contacto con sus métodos, búsquedas y orientaciones, para ayudarnos en profundizar las preguntas del hombre y de la mujer de hoy, como también para enfrentarla con nuestras tradiciones y fortalecer lo bueno y provechoso que hay en ellas.

5. Finalmente, creo que el Documento puede sufrir de una cierta ingenuidad, no se hace preguntas que apuntan a otros actores interesados en permanecer anónimos en esta discusión. ¿Quiénes se benefician económicamente con esta obligación que se pone el Estado de tener stock de LNG en todos sus consultorios en el país? ¿De cuanto dinero se esta hablando? ¿Existe una relación entre la falta de stock de LNG en los laboratorios chilenos y el negocio que significará la compra estatal de este medicamento?

1 de diciembre de 2006

Algunas pistas para vivir una Navidad cristiana y franciscana.

(Retiro de la Familia Franciscana Región Metropolitana, Navidad del 2005)
Hno. Manuel Alvarado, ofm


Introducción.

La Navidad es la fiesta más paradójica del calendario litúrgico, pues por un lado celebramos el nacimiento de Jesús, Dios y Hombre verdadero, que nace pequeño y pobre en Belén, en un pesebre por no haber posada, o sea, víctima de la indiferencia y de la nula solidaridad humana, el abrigo lo encuentra entre bestias de trabajo y es reconocido por extranjeros y por pastores, personajes de dudosa reputación moral y religiosa en el pueblo de Israel; esa contradictoria realidad se une a una más contradictoria celebración social, llena de regalos, compras, ofertas, endeudamientos, aumento en las tazas de delincuencia, depresión y suicidios, una nota curiosa es que estos son los días en que más riesgo existe de fugas carcelarias La pregunta ¿de quién es el cumpleaños? ¿De Jesús? O ¿del viejito pascuero? Se hace cada vez más imperiosa. La verdad es que la Navidad dejó de ser una fiesta cristiana y paso a ser una fiesta de la religión del mercado, en donde la pobreza del Niño de Belén es cambiada por las suntuosas vitrinas de los Mall y de las diversas ofertas de las Multitiendas, las cuales ya seguramente, religiosamente, hemos visitado; la pobreza de José y María es disfrazada en el rojo invernal del viejo pascuero y su mágica capacidad de dar y dar regalos “a todos los niños del mundo”; y la pobreza del pesebre, con su olor a excremento y animales es disimulada con un modelo norteamericano y europeo de blanca y pulcra navidad. Lo poco de cristiano que le queda son nuestros “gestos solidarios” navideños, cajas de mercaderías, hacerse cargo de alguna “carta al pascuero” de Correos de Chile, onces u otro tipo de convivencia para los niños o ancianos de los grupos de riesgo en nuestros sectores, todo ello muy válido, pero que no logra hacernos nuevamente dueños de esta fiesta y, reconozcámoslo, humildemente, pues lo vivimos, generalmente, como un “debe hacerse”, carente de gratuidad, es parte de nuestra planificación o siempre se ha hecho así, y de proyección, porque los pobres, los abandonados, de cualquier edad no comen o no tienen necesidades sólo en torno a esta fiesta.

Los franciscanos y franciscanas, además, tenemos una doble deuda con la Navidad, ella es una de las fiestas centrales de nuestra espiritualidad, para ninguno es un secreto la importancia y cariño que Francisco y Clara de Asís tenían por ella, el primer pesebre en Greccio (1 Cel 84-87) y la asistencia milagrosa a la misa de Nochebuena en Asís (Flor 35), respectivamente, lo confirman. Por lo tanto, hacer de esta fiesta nuestra y de devolverle su sentido no es un favor que hacemos, sólo, siervos inútiles realizamos nuestro cometido, reconociendo que debemos nuevamente empezar, porque, al juzgar por la publicidad navideña de este año, poco y nada hemos hecho.

Navidad la fiesta de los pobres.


Uno de los textos claves para entender la Navidad lo encontramos en el inicio del Evangelio de Juan, “... la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros,...” (Jn 1, 14), sin olvidar que esa Palabra estaba y era Dios (Cf. Jn 1,1), y esto no ocurrió en el aire sino en una historia humana, que como toda historia humana se da en un lugar y en un tiempo, “... fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. » Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios»...” (Lc 1, 26-35), y no sin dificultades, José estuvo a punto de “... repudiarla en secreto...” (Mt 1, 19), lo cual pudo tener nefastas consecuencias. ¿Qué es lo que esta detrás de esta historia humana? El misterio del proyecto de Dios, “Dios quiso comunicarse de un modo total a otro ser diferente de sí. Se digno entregarse como don a alguien. Dios no quiso limitarse a ser únicamente Dios. El Creador tuvo deseo de hacerse también criatura. No juzgó oportuno comunicar únicamente su Bien, su Verdad y su Belleza... Quiso quedarse: Dios da al mismo Dios”[1], destaca en su proyecto la gratuidad, el respeto a la libertad del otro, espera el “sí” de María y el de José, y el designio de salvación universal y cósmica.

La Encarnación es el primer paso en el cumplimiento de promesas muy antiguas hechas a hombres justos del Testamento Común judeocristiano: es el cumplimiento de la donación de Dios mismo que se promete en Abraham a todos los pueblos (Cf. Gn 12, 1-3), de compañía y liberación a su pueblo oprimido hecha a Moisés (Cf. Ex 3, 6-10) y la descendencia a la casa de David (Cf. 2 Sam 7, 12 ) y la presencia de un reinado de Dios en medio de su pueblo (Cf. Sal 72) . Lo curioso es que, muy de nuestro Dios, las cosas no ocurren desde una la lógica humana sino desde la lógica de un Dios enamorado de sus creaturas, particularmente del ser humano. El Emmanuel, el liberador, el descendiente de David y el Rey Justo esperado se presenta desde la contradicción de un ser humano, “... no dudó en asumir la condición humana, a veces trágica y, en muchos aspectos absurda. ¿Quién podría imaginar que Dios se hiciera hombre de este modo? A nadie se le oculta la condición humana. A pesar de su bondad fundamental, el hombre también es un ser fracasado en la historia. Puede ser un lobo para los demás y una máquina destructora para sí mismo”[2], por eso, nos cuesta tanto asumir la plena humanidad de Jesús, nos deja más tranquilo un Jesús espiritualizado que uno con nuestra carne, con nuestra psiquis, con nuestros afectos, con el devenir y la inseguridad del futuro y las culpas del pasado, pero nuestra fe y nuestra tradición es clara, creemos en que la Palabra se encarnó en “... Jesús de Nazaret, un judío por raza y por religión, que se formó en el reducido espacio del seno materno; que creció en el reducido espacio de una patria insignificante; que maduró en el reducido espacio de una minúscula y remota aldea; que trabajó en un medio limitado y muy poco culto, donde no se hablaba griego ni latín, las lenguas de la época, sino un dialecto, el arameo, con acento de Galilea; que sintió la opresión de las fuerzas de ocupación de su país; que conoció el hambre, la sed, la soledad, las lágrimas por la muerte del amigo, la alegría de la amistad, la tristeza, el temor, las tentaciones y el horror de la muerte; y que pasó por la noche oscura del abandono de Dios. Todo esto lo asumió Dios en Jesús”[3], y al ocurrir esto toda historia humana se hace historia de Dios, o sea, de liberación y salvación, pues “... somos todos hermanos de Cristo. Cada uno de nosotros es representante suyo; cada persona humana concretiza en sí determinadas facetas del Hijo eterno”[4].

La Navidad en particular concretiza un nuevo matiz de este proyecto de Dios, asume la condición humana plena y total, pero no de cualquier modo. “Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, (! En Belén para cumplir el mandato del censo) se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento” (Lc 2, 6-7). La Palabra construye su morada entre nosotros y lo hace como un pobre: no tiene lugar para nacer, cuando es consagrado en el Templo se realiza el sacrificio de los necesitados (Cf. Lc 2, 22-24, Lv 12, 8), Jesús mismo se define como un menesteroso: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20); este modo de encarnación será llamado por Pablo kenosis-abajamiento-despojamiento, “... siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; ...” (Fil 2, 6-7), cuya máxima expresión desde el Apóstol es su morir en la cruz (Cf. Fil 2, 8). En esta línea, nosotros como franciscanos y franciscanas agregamos un par de notas a la reflexión paulina:

  • Apareció como un hombre, pero no de cualquier modo sino como un pobre, de este modo el pobre se hace sacramento, o sea un instrumento sagrado, que nos actualiza a Cristo. En la experiencia de Francisco de Asís esto se expresa de múltiples formas, los leprosos son la mediación de su conversión, de su volver el rostro a Cristo (Test 1-3), por ello, el querer cristificarse, seguir a Jesús Pastor en la tarea de salvación y sus dificultades (Cf. Adm 6, 1-2), pasa por hacer alianza-desposar a la dama pobreza: “Hemos oído decir que tú eras la reina de las virtudes, y de hecho lo comprobamos ahora con nuestros propios ojos. Por eso, postrados a tus plantas, imploramos humildemente que te dignes vivir en nuestra compañía y seas para nosotros el camino que nos conduzcas al Rey de la Gloria, así como lo fuiste para Él cuando, naciendo de lo alto, se dignó visitar a los que estaban sentados en tinieblas y en sombra de muerte” (Sacrum Commercium 16).
  • Este modo de ser pobre, no fue vivido como víctima sino como opción. Esto queda demostrado en el compromiso que Jesús tuvo con los leprosos, las mujeres, los pecadores y los extranjeros en su caminar histórico, con esta “calaña” de excluidos sociales y religiosos se sienta a la mesa, conversa, hace discípulos. Recordemos que nace en Belén y los primeros convocados son pastores (Cf. Lc 2, 8-18), hombres de dudosa reputación moral, asociados a delincuentes y ladrones; y son unos sabios de oriente los segundos convocados (Mt 2, 9-11), hombres extranjeros, ambos grupos excluidos por quienes se sentían poseedores de la santidad, de la verdad, e incluso de Dios. Jesús devuelve así la dignidad a quienes estaban en los círculos de marginación. Francisco descubre esta clave y la hace vida, cuando descubre a un pobre más pobre que el se avergüenza. “Yo he elegido la pobreza por todas mis riquezas, por mi señora; y ve aquí que la pobreza brilla más en él ¿No sabes que se ha propagado por todo el mundo que somos los más pobres por amor de Cristo? Pero este pobre nos convence que de lo dicho no hay nada” (2 Cel 84), por ello no perdona que se le falte el respeto a uno de ellos, en esta lógica eso es un sacrilegio. “Anda listo y quítate la túnica y, postrado a los pies del pobre reconócete culpable. Y no sólo le pedirás perdón, sino también que ore por ti” (2 Cel 85), le dice a un hermano que hablaba mal de un pobre. La sacramentalidad del marginado exige de nosotros la reverencia y el cuidado que se tiene por las presencias sacramentales de Cristo, tomar en serio aquello es una tarea abierta, desafiante y pendiente, por ello es bueno recordar lo que como Iglesia latinoamericana hemos reflexionado en torno a esto, los rostros de los pobres son los rostros de Cristo y ello no como un pietismo religioso, sino como compromiso preferente más no excluyente, “rostros de niños, golpeados por la pobreza” (Puebla 32), “... de jóvenes, desorientados por no encontrar un lugar en la sociedad...” (Puebla 33), “... de indígenas y ...afroamericanos... viviendo marginados y en situaciones inhumanas...” (Puebla 34), “... de campesinos... que viven relegados en casi todos nuestro continente, a veces, privados de tierra...” (Puebla 35), “... de obreros frecuentemente mal retribuidos...” (Puebla 36), “... de subempleados y desempleados despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y muchas veces de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos” (Puebla 37), “... de ancianos... frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen” (Puebla 39), a lo que se sumas los rostros de las víctimas de la violencia política del Estado o las guerrillas, de quienes son atropellados en sus derechos humanos más básicos, y otros muchos más (Cf. Puebla 40-50).
  • Una tercera nota no menos importante es el rol de María en esta línea de una encarnación y opción de pobreza de Jesús. De ella decimos que es Madre de Dios, de la Iglesia, pero quizá es bueno rescatarla como Madre del POBRE, con mayúscula. El rol de María en los Credos de la antigüedad y en los que rezamos hasta hoy, el de los Apóstoles y el Nicenoconstantinopolitano, la nombran para confirmar la plena humanidad de Jesús, no hay una carne aparente sino real en la que se encarnó la Palabra, desde nuestra tradición franciscana ella, además, confirma la pobreza como el modo de vivir elegido por Cristo. San Francisco al hablar de María, la nombra en algunos párrafos como “la madre pobre o pobrecilla”, por ejemplo, en 2 Cel 85, en donde el pobre-social es imagen del Señor y de su “madre pobre”, y al igual que en su Hijo esta condición de pobre fue en ella también opción (Cf. 1R 5). Lo que destaca en ella es el modelo de discípula, pues al abrazar la pobreza radicalmente en su vida se hizo portadora del Pobre, su Palacio, su Tabernáculo, su Casa, su Vestidura, su Esclava (Cf. SalVM 4-5), y este no es un modelo estático para ser contemplado, sino que debe impulsar y renovar el compromiso creyente, la tarea será mirar el pesebre y buscar ser otras “madres de Jesús” para el aquí y el ahora, y ello lo somos “... cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo (Cf. 1 Cor 6, 20) por el amor divino y por una conciencia pura y sincera, y lo alumbramos por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros (Cf. Mt 5, 16)” (1 CtaF 10). Esta es una pista para quienes nos excusamos a ser más radicales amparándonos en el olvido de la plena humanidad de Jesús y exaltando su divinidad, pues María es criatura como nosotros.
  • Finalmente, junto a Pablo reconocemos la cruz como el culmen de la pobreza de Cristo y reconocemos en este modo de presentarse, lo que lo llevará a la cruz; ella no es el fin primario de su encarnación, sino la consecuencia de fidelidad al proyecto del Padre, la comunión entre los seres humanos, la creación y el mismo Dios, él cual es rechazado por los hombres y las mujeres.

Jesús asumió a la humanidad, y con especial y preferente amor asumió a quien esta en condición de marginado, indigente, excluido, débil, víctima inocente y pobre, es eso lo que contemplamos en el pesebre. Con estas pistas, vayamos al relato de Greccio (1 Cel 84-87):

  • Lo que acontece en Greccio es primeramente una actualización de la Navidad, es un Memorial, o sea, es revivir en el presente un hecho significativo, un hecho que da sentido al hoy e impulsa al futuro con esperanza, un memorial sacramental es la Eucaristía, hacemos recuerdo de la Última Cena de Jesús y a la vez lo traemos al presente, vuelve a ocurrir frente a nuestros ojos y nos abre a la novedad salvadora del futuro: “¡Ven, Señor Jesús!”. Francisco quiere vivir la Navidad, no como un relato sino como un memorial, “Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, como fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre el heno entre el buey y el asno” (1 Cel 84)
  • En segundo lugar es la fiesta de los verdaderos discípulos pobres. “Donde hay pobreza con alegría, no hay codicia ni avaricia” (Adm 28,3), o sea , se puede compartir, hacer comunión, “... hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche...” (1 Cel 85), son los pobres quienes privilegiadamente deben celebrar y ser celebrados en la santa Noche del nacimiento de Cristo. “Quería que los ricos den de comer en abundancia a los pobres y hambrientos...” (2 Cel 200). La consecuencia de la comunión es un nuevo Pentecostés, la gente “... ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos...” (ídem), Francisco “... está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo...” (ídem), el sacerdote que preside la misa “... goza de singular consolación” (ídem), y la naturaleza que los rodea “... responden a los himnos de júbilo...” (ídem). Navidad se convierte en la fiesta trinidad, el Padre que nos hace hijos iguales en dignidad, el Hijo que nos hace hermanos sin distinción y el Espíritu Santo que nos une en el gozo y la fruición. Es la anticipación de la comunión escatológica que esperamos en el Reino definitivo de Jesús, esperanza de los pobres, de las víctimas y de los rostros de la marginación y la exclusión.
  • Finalmente, esta el milagro de Greccio, “... un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño...” (1 Cel 86), según Celano, entonces, no es Francisco el que ve al Niño Jesús sino otro varón, el hagiógrafo interpreta esto como confirmación de las muchas conversiones debidas al testimonio de vida de Francisco de Asís, “... el niño Jesús, sepultados en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados...” (ídem). Así, podemos unir a Francisco con María en el rol de “madres de Dios”, como expresión del verdadero discipulado.

Navidad la fiesta de la Creación.

Sí leemos con atención el texto de Celano encontramos la presencia de la creación en medio del pesebre de Greccio, el heno, el buey y el asno, son sus representantes. El dato curioso es que el texto bíblico canónico (Cf. Lc 2, 1-14) no da cuenta de la presencia de animales en el lugar de nacimiento, escuetamente dice que María “... dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento... ” (Lc 2, 7), es por este Evangelista de quien tomamos el dato de la pesebrera como lugar de nacimiento, pues tanto Marcos como Juan guardan silencio sobre el lugar y el modo de nacer de Jesús, y Mateo habla de un Jesús ya nacido cuando los sabios de orientes llegan a adorarle, y ello no ocurre en el pesebre sino en una casa (Cf. Mt 2, 11). La tradición popular además a agregado la presencia de otros animales en el nacimiento de Jesús, corderos, perros, gallos, etc., los variados villancicos dan cuenta de esta realidad. ¿Qué hay de detrás de esta intuición?

A mi parecer, una toma en serio del tema de la Creación es un tema pendiente en la reflexión de la Iglesia y de la Familia Franciscana, no hemos dado el paso de una intuición de la relación entre Cristo y la Creación a una reflexión del cristo cósmico y de un cosmos crístico[5], y aún más lejos de nosotros está una praxis y un testimonio de vida que hable de un compromiso con la defensa y el cuidado del don de un mundo hecho bueno por el Creador (Cf. Gn 1-2, 4). Por eso, en torno a Nochebuena es una labor necesaria pasar de una caricatura de san Francisco y los pajaritos al san Francisco patrono de los ecologistas, o sea, de hombres y mujeres comprometidos con la causa de la tierra, muchos de los cuales están más allá de las fronteras de nuestra Familia Franciscana y de nuestra fe, algo por lo que tenemos que pedir perdón y pedir la gracia de revertir.

Que san Francisco haya insistido en poner animales en el primer pesebre de la historia no es un hecho aislado en su vida. La naturaleza toda era para él un sacramento de su Creador, “... para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros....” (1 Cor 8, 6), pues por Cristo, la Palabra encarnada, “... todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe...” (Jn 1, 3). Este dato de la fe el hermano de Asís lo hizo vida: “A los hermanos que hacen leña prohíbe cortar del todo el árbol, para que le quede la posibilidad de dar brotes. Manda al hortelano que deje a las orillas del huerto franjas sin cultivar, para que a su tiempo el verdor de las hierbas y la belleza de las flores pregonen la hermosura del Padre de todas las cosas. Manda que se destine una porción del huerto para cultivar plantas que den fragancia y flores, para que evoquen a cuantos las ven la fragancia eterna.

Recoge del camino los gusanillos para que no los pisoteen; y manda poner a las abejas miel y el mejor vino para que los días helados de invierno no mueran de hambre. Llama hermanos a todos los animales, si bien ama particularmente, entre todos, a los mansos” (2 Cel 165), este modo de actuar no es un romanticismo por la naturaleza, sino fruto de una contemplación madura de un hombre creyente que descubre en las cosas materiales una escala que lleva al Creador[6], descubre al pintor que ha elaborado tan bella y perfecta obra de arte que rodea al ser humano. Es el Cántico de las Creaturas donde más claramente se expresa el lugar privilegiado y sacramental del cosmos, todo él desde el Señor hermano Sol hasta la hermana Madre tierra significan a su modo alguna de las perfecciones y los beneficios que Dios revela y da a los hombres y a las mujeres (Cánt 3-9), ese es el modo de servir y de adorar a Dios de las Creaturas (Cf. Adm 5, 2), en lo cual aventajan al ser humano, cuyo modo de testimoniar a Dios en la vida es la reconciliación en el amor a Dios con las demás creaturas, humanas y no humanas, con las contradicciones de la propia vida, y con Dios mismo (Cf. Cánt 10-13). Es el hombre o la mujer reconciliado quien puede cantar estas maravillas y a la vez operarlas en la historia, pues mirar el pesebre descubre que el Dios encarnado no se ha hecho sólo ser humano, sino que ha asumido toda la materia y sus ambigüedades, de simple materia se ha hecho materia crística, ha hecho uno al cosmos, “... toda la creación, y no sólo la esfera humana, posee un carácter filial y fraternal. Se da una cristificación de la materia Las piedras, el polvo de los caminos, las plantas, los animales de la selva y de nuestro entorno, todo lo que existe, todo cuanto se mueve, siente, vive y piensa, tiene algo que ver con el Niño que hoy nace, por cuanto todos somos hermanos del Hijo Primogénito”[7]. Una verdadera celebración de la Navidad supera el antropocentrismo en el que hemos encerrado la liberación ofrecida por el Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, y le da sentido a la tarea de la construcción de una fraternidad cósmica, para nosotros franciscanos y franciscanas la contemplación del pesebre nos revela él porque los elementos, los animales y la materia toda se hacen hermano. El rol central del hombre no se minimiza o se niega, pero es reubicado en su lugar, Jesús asume la carne humana, y con ella a la humanidad toda y a la materia toda, pues como dice san Buenaventura “el hombre es un microcosmo”, una síntesis de lo creado material y espiritualmente. Esto pone al hombre y a la mujer no como un depredador sin límites sino como el custodio de un mundo que él representa, sin olvidar que el destino de su medio es su propio destino.

Hemos dicho que la piedad popular ha intuido la presencia de la Creación en el misterio encarnatorio de Jesucristo, a pesar de la carencia de datos canónicos, pero más profunda es aún la intuición de que ella participa de la fiesta de la encarnación. El pueblo judío esperaba al Mesías pero sólo poseía las tinieblas del anuncio de su llegada, es un signo natural el que da certeza del cumplimiento y plenitud de la promesa de Dios, Mateo nos narra como una estrella es la que guía a los sabios de oriente, desde desconocidas distancias los trae a una casa en Belén (Mt 2, 1-13), este astro no es sólo un anunció es el gesto de la participación del cosmos en el gran evento del Dios hecho Niño. Un texto de la Iglesia de los primeros siglos nos expresa esta participación: “Alcé los ojos y vi el aire paralizado de asombro. Elevé la mirada al cielo y vi que todo estaba inmóvil, y las aves quietas. Mire a la tierra y vi una mesa preparada, y a los hombres inclinados sobre ella para comer. Pero los que debían masticar no masticaban... Y he aquí que venían ovejas, pero no avanzaban. Estaban inmóviles... Las aguas del riachuelo fluían, y las cabritillas que las tocaban no las bebían. Por un momento, permaneció todo quieto, ajeno a su propio movimiento”[8], estas imágenes del Proto-evangelio de Tomás expresan que el Nacimiento de Jesús es para la creación el inicio de sus bodas con Cristo. Que el Hijo haga su morada entre nosotros, entonces, es también signo de esperanza y liberación para toda la creación, como lo es para y con la humanidad, pues, “... desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (Rom 8, 19-23). Pues, la Navidad es el inicio y certeza de la definitiva consumación de la humanidad y de la creación cósmica, que aún esperamos se plenifique en el último desvelamiento de Cristo en su parusía, en donde habrá resurrección de la carne y una renovación de todo lo creado, según lo profesamos en el credo al decir que el Reino de Jesús que ha de terminar de venir no tendrá fin.

Celano no exagera, de este modo, al incluir a la Creación entre quienes celebran en el pesebre de Greccio. Ella pone su parte para el éxito de la celebración: “La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y los animales” (1 Cel 85). Y además es protagonista del evento: “La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo” (ídem), además de estar representada por el buey, el asno y el heno (Cf. Ídem). Y como hemos fundamentado en los párrafos previos no son meros adornos o invitados de piedra, sino protagonistas y actores principales de la historia de salvación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, con todo el derecho a celebrar y a ser celebrados en la Nochebuena, “Sí llegare a hablar con el emperador..., le rogaré que dicte una disposición general por la que todos los pudientes estés obligados a arrojar trigo y grano por los caminos, para que en tan solemnidad las avecillas, sobre todo las hermanas alondras, tengan en abundancia” (2 Cel 200), decía san Francisco, junto con pedir que a los bueyes y asnos se les alimentará con más ración de los normal (Cf. ídem).

Finalmente, al insistir en esta doble dimensión festiva en la que San Francisco vivía la Navidad, es bueno recordar sus palabras sobre los ejemplos de los santos, “... es grandemente vergonzoso para nosotros los siervos de Dios que los santos hicieron las obras, y nosotros, con narrarlas, queramos recibir gloria y honor” (Adm 6, 3). Por ende, no simplemente contemplemos el pesebre esta Nochebuena, sino que renovemos nuestro compromiso preferente por los pobres y reflexionemos, para profundizar o comenzar a asumir, nuestro compromiso con la Creación. Pobres y Creación son los sacramentos de Cristo, en los cuales nuestro hermano Francisco contemplaba y testimoniaba para su “aquí y ahora” la credibilidad de la fe y de la Iglesia, y ellos deben ser para nosotros los sagrados instrumentos que en la contemplación operante del amor nos hagan nuevos franciscos para nuestro tiempo y sociedad.

Notas

[1] Leonardo Boff, “Encarnación, la humanidad y la jovialidad de nuestro Dios”, Sal Térrea, 2ª edición, Santander: 9

[2] Ibídem: 12

[3] Ibídem: 13-14

[4] Ibídem: 22-23

[5] Cf. Juan Noemí. “Misterium creationis. Sobre la posibilidad de una aproximación a la realidad en cuanto creación de Dios” en Teología y Vida, Vol. XL(1999): 372-399.

[6] En esta línea no debe sorprendernos el “Itinerario de la Mente a Dios” de san Buenaventura, obra cumbre de la filosofía, teología y mística franciscana, que expresa esta verdad y experiencia del hermano Francisco en el lenguaje académico de la época.

[7] Leonardo Boff : 25-26.

[8] Proto-evangelio de Tomás 17,2 citado en Leonardo Boff : 38-39

24 de octubre de 2006

Bautizados en el amor y seguidores de Jesús.

(Apuntes para el retiro de la OFS de Chillán. Octubre del 2006)

Hno. Manuel Alvarado, ofm.


I. La vida cristiana como un encuentro en el amor.

¿Qué es la vida cristiana? “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva...” [1]. Este es un encuentro que transforma desde el corazón la mirada del hombre o a la mujer que lo experimenta, san Francisco lo expresa en sencillas y claras palabras: “... aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo...”[2]. La nueva mirada pone las cosas en su lugar, el hombre y la mujer distanciado de Dios, “... todos pecaron y están privados de la gloria de Dios...” (Rom 3, 23), incluso las demás creaturas están sometidas al yugo del pecado (Cf. Rom 8, 20). Esta nueva mirada, entonces, no es ingenua, asume el estado de malestar que acompaña la vida humana, la contradicción y la incoherencia entre lo que queremos hacer y lo que realizamos, la distancia entre nuestros discursos por la paz y la justicia, y el mundo que logramos construir que no puede evitar las guerras y sus víctimas; ni la depredación del hombre por el hombre, cuyos rostros concretos denunció Puebla, en 1979 y que mantiene plena actualidad: “rostros de niños, golpeados por la pobreza” (Puebla 32), “... de jóvenes, desorientados por no encontrar un lugar en la sociedad...” (Puebla 33), “... de indígenas y ...afroamericanos... viviendo marginados y en situaciones inhumanas...” (Puebla 34), “... de campesinos... que viven relegados en casi todos nuestro continente, a veces, privados de tierra...” (Puebla 35), “... de obreros frecuentemente mal retribuidos...” (Puebla 36), “... de subempleados y desempleados despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y muchas veces de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos” (Puebla 37), “... de ancianos... frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen” (Puebla 39), a lo que se sumas los rostros de las víctimas de la violencia política del Estado o las guerrillas, de quienes son atropellados en sus derechos humanos más básicos, y otros muchos más (Cf. Puebla 40-50); ni la depredación del medio ambiente en aras del desarrollo económico que no piensa más que en el hoy y no se pregunta por la contaminación y la muerte asociada a ella, mucho menos puede ser sensible a la tierra como hermana y madre, como la saluda el hermano Francisco[3]. Esta mirada incisiva de la realidad esta abierta a la esperanza, no es una mirada catastrófica, sabe que en medio de las contradicciones del día a día están las semillas de un mundo mejor, posible de ser construido, el hombre o la mujer encontrados por Jesús no las contempla ni en un más allá de la muerte o en un grupo particular se sabe heredero de ellas, San Pablo lo dice claramente “ ... poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo...” (Rom 8, 23), eso funda una esperanza activa y protagónica en la historia, pues, no es el mismo hombre o mujer quien se liberará del peso del malestar, sino que alguien nos va a redimir, o sea, alguien va a pagar un precio por nuestra libertad, y ese “alguien” no es otro sino quien nos encontró, y a ese encuentro y liberación le debemos responder amando.

Y ¿De dónde nace y qué es ese malestar vivido en nuestro corazón? El designio de Dios para el hombre y la mujer desde su creación es ser un otro capaz de entrar en diálogo directo con su Creador, lo cual se rompe con la desobediencia de los primeros padres (Cf. Gn 2-3), la mayor consecuencia es la ruptura de la comunión en todos los niveles, el hombre desconoce a la mujer, Eva pasa de ser “... hueso de mis huesos y carne de mi carne...” (Gn 2,23) a la acusada, esa “.. mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí...” (Gn 3, 12), y no sólo a ella, todo el género humano no descubrirá el rostro del hermano o la hermana en el otro, por ello, la primera acción de los hombres fuera del Edén será el fratricidio, Caín asesina a Abel (Cf. Gn 4, 1-16); la relación con el Creador pasa de la cercanía del diálogo directo a la desconfianza, el hombre y la mujer ya no quieren ser vistos desnudos por su Creador (Gn 3, 8-10), o sea, hay algo en la relación de amor mutuo que quiere ser reservado, se niega a la entrega total, esta opción del ser humano lo pone fuera del Paraíso, que no es otro lugar que el de la muerte; y, finalmente, el ser humano deja de ser compañero de la creación, “... Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera...” (Gn 2,19), para convertirse en y por sentencia de Yahvé en adversario suyo, “... maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan...” (Gn 3, 17-19). La vida cristiana, se inserta aquí, ella no es otra cosa que la historia de amor del Dios Trino y Uno con el su creación toda y, en particular, con cada ser humano, “....resulta evidente que, por la gracia de Dios, la más digna de las criaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo, ya que los cielos y las demás criaturas no pueden contener al Creador, y sola el alma fiel es su morada y su sede, y esto solamente por la caridad, de la que carecen los impíos, como dice la Verdad: El que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y vendremos a él, y moraremos en él (Jn 14,21.23)...”[4]. Es una relación que se ha dado, como ya hemos insinuado al inicio del párrafo, desde el inicio de los tiempos, “... la idea de una creación existe también en otros lugares, pero sólo aquí queda absolutamente claro que no se trata de un dios cualquiera, sino que el único Dios verdadero, Él mismo, es el autor de toda la realidad; ésta proviene del poder de su Palabra creadora. Lo cual significa que estima a esta criatura, precisamente porque ha sido Él quien la ha querido, quien la ha « hecho ». Y así se pone de manifiesto el segundo elemento importante: este Dios ama al hombre...”[5]. Amor que tomó rostro concreto en la compañía y defensa que hace de su pueblo elegido, Israel, al cual salvó “... de la esclavitud de Egipto. Estableció con él la alianza del Sinaí y le dio por medio de Moisés su Ley, para que lo reconociese y le sirviera como al único Dios vivo y verdadero, Padre providente y juez justo, y para que esperase al Salvador prometido...”[6], y que llegó a su máxima expresión en la encarnación, pasión, muerte, resurrección de Jesús y en Pentecostés, que manifiestan el designio de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, “.... el designio del Padre que, movido por el amor (cf. Jn 3, 16), ha enviado el Hijo unigénito al mundo para redimir al hombre. Al morir en la cruz —como narra el evangelista—, Jesús « entregó el espíritu » (cf. Jn 19, 30), preludio del don del Espíritu Santo que otorgaría después de su resurrección (cf. Jn 20, 22). Se cumpliría así la promesa de los « torrentes de agua viva » que, por la efusión del Espíritu, manarían de las entrañas de los creyentes (cf. Jn 7, 38-39). En efecto, el Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado, cuando se ha puesto a lavar los pies de sus discípulos (cf. Jn 13, 1-13) y, sobre todo, cuando ha entregado su vida por todos (cf. Jn 13, 1; 15, 13)...” [7].

La relación del creyente con el Dios Trino y Uno no tiene otro fundamento ni otra expresión que los rostros humanos de las relaciones de amor, Dios no es ni un dios sanguinario, ni castigador, ni lejano, ni indiferente al quehacer de sus creaturas, sino, en lenguaje de Francisco de Asís, los creyentes fieles “... serán hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45), cuyas obras hacen. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50). Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a Jesucristo. Somos ciertamente hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo (cf. Mt 12,50); madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf. Mt 5,16). ¡Oh cuán glorioso y santo y grande, tener un Padre en los cielos! ¡Oh cuán santo, consolador, bello y admirable, tener un esposo! ¡Oh cuán santo y cuán amado, placentero, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable, tener un tal hermano y un tal hijo!, que dio su vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15) y oró al Padre por nosotros...”[8], todas ellas son modos de hablar que se relacionan con nuestras experiencias cotidianas de relaciones familiares y sociales, la filiación, la maternidad y el desposorio. Sobre este último quiero resaltar que es, según el papa Benedicto XVI, la fuente de donde emana cualquier otro tipo de vínculo, pues “... en toda esta multiplicidad de significados [del amor] destaca, como arquetipo por excelencia, el amor entre el hombre y la mujer, en el cual intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma, y en el que se le abre al ser humano una promesa de felicidad que parece irresistible, en comparación del cual palidecen, a primera vista, todos los demás tipos de amor...”[9], entonces, ese es el tipo de relación amorosa que quiere ofrecer el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo a cada hombre y mujer llamado a la salvación, una relación que involucra la integralidad de la creatura, no quiere salvar sólo nuestras almas sino también nuestros cuerpos, nuestra historia personal con sus virtudes y sus deficiencias, nuestra vida síquica, emocional, en fin todo lo que somos y tenemos; es una invitación a abrirnos a la legitima búsqueda de la felicidad propia y de los demás, viviéndola en el ya del el hoy de nuestra historia, pero con conciencia que sólo en Él estará la plenitud de la dicha; es una relación que exige exclusividad, no pueden haber otros “dioses” u otros “amores” que dividan el corazón, todo, los bienes, los proyectos, los afectos, se vuelven relativo frente al único absoluto.


II. El bautismo, un llamado desde, hacia y en el amor.

Como toda relación de amor, sólo madura en la socialización del compromiso. Quienes se aman de verdad desean compartir la felicidad del encuentro con ese otro que colma los anhelos más profundos y que da sentido a la vida. En el caso de una pareja es la unión matrimonial quien los saca del riesgo del intimismo y los abre a la responsabilidad social de no ser sólo dos sino de ser familia y constructores de la sociedad. En el vínculo de amor entre Dios y el hombre es el bautismo quien sella el compromiso de amor. Este compromiso no es igual en ambas partes, Dios-Padre no sólo salva o libera al hombre o la mujer pagando con la sangre de su Hijo nuestro rescate, sino que reparte en los redimidos las gracias y auxilios necesarios para alcanzar y permanecer en ese estado. El creyente bautizado, por su parte, responde aceptando libremente el don de la salvación, lo cual se ratifica en el testimonio de vida, busca el culmen de todo amante-amado, “... querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común...”[10].

Desde los inicios de la Iglesia, el bautismo fue vivido en la línea de hacer del creyente convertido otro Cristo, la versión de Mateo del Bautismo de Jesús (Mt 3) y su paralelo en Lucas (Lc 3, 1-22), según creen algunos exegetas tienen “... la intención de presentar[lo]... como modelo arquetípico del bautismo cristiano e incluso como su institución...”[11]. Esta intención no olvida la diferencia con la que llegamos al bautismo los cristianos con respecto a Jesús, Él “... se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para "cumplir toda justicia" (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su "anonadamiento" (Flp 2,7)...”[12], de su opción por ser solidario en todo con los hombres y mujeres. Profundizando en Mt 3, en la línea de ser modelo de lo que ocurre en el hombre o mujer que se bautiza, encontramos los elementos necesarios para entender que es nuestro bautismo:


1. Los personajes.

A) Juan el Bautista. Representa el nexo entre el Testamento común y la novedad de Jesús (Cf Mt 3,2). El bautismo cristiano hunde sus raíces en la conciencia del pueblo de Israel de estar permanentemente necesitado de purificación, son un pueblo de labios impuros necesitados de la acción benéfica de Dios que los haga dignos (Cf. Isaías 6). Influenciados por el movimiento bautista, que se presenta entre el siglo II aC al IV dC en los pueblos del valle del Jordán, los israelitas tienen el bautismo de los prosélitos, “... baño de purificación que debía tomar todo pagano convertido a la religión judía. Formaba parte del rito de iniciación y era irrepetible... el prosélito judío se sumergía él mismo dentro del agua ante testigos judíos; el bautismo de los prosélitos sólo confería una purificación ritual (el perdón de los pecados se relacionaba con el sacrificio que venía a continuación)...”[13]. Otros grupos, como los esenios, también poseían baños rituales que eran repetibles[14]. “El bautismo de Juan presentaba aspectos novedosos... Juan actuaba de ministro: el sujeto era bautizado por él... Por otra parte, cada uno recibía el bautismo una sola vez (aunque esto no se diga expresamente)... su bautismo se puede considerar de alguna manera como rito de iniciación y agregación a la comunidad de los penitentes que se preparaban para la inminente venida de Yahvé...”[15]. Los elementos básicos del bautismo cristianos están contenidos en la práctica de Juan.

B) Jesús. Su presencia en la historia representa una novedad, una novedad de la que esta preñado el Testamento Común, éste la intuye, pero se quedan cortas y miopes sus expectativas ante la plena realización del Amor de Dios en la vida de Jesús. Con Él lo impensable va a ocurrir, el bautismo de Juan no perdona los pecados, sólo bautiza a los arrepentidos, él mismo conoce y reconoce las limitaciones de su celebración: “Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego...” (Mt 3,11). Para comprender bien lo que expresa Juan Bautista, debemos tomar en cuenta el lugar del bautismo en el ministerio de Jesús y en el de la Iglesia. La misión de Jesús comienza con su bautismo, y el bautismo estará en el centro de la misión de la Iglesia post-resurrección, “... después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt 28,19-20; cf Mc 16,15-16)”[16]. La misión no es una tarea de la mera voluntad de los discípulos, ella se puede llevar a cabo, porque el mismo Jesús asegura su desarrollo con el auxilio del Espíritu Santo, por ello desde “... el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo...”[17], de hecho la Iglesia apostólica ve en cada bautismo la repetición de la llegada del Espíritu, cumplimiento de las profecías veterotestamentarias[18]. “En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un "Bautismo" con que debía ser bautizado (Mc 10,38; cf Lc 12,50). La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado (cf. Jn 19,34) son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva (cf 1 Jn 5,6-8): desde entonces, es posible "nacer del agua y del Espíritu" para entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5). Considera donde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: El padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado. (S. Ambrosio, sacr. 2,6)”[19]. Por ello, es inseparable, en el bautismo, la presencia de Jesús con su historia de nuestra liberación y su prolongación, que es la comunidad de sus discípulos y discípulas, y la del Espíritu Santo.


2. El agua y el Espíritu.

A pesar de la rupturas de la comunión, Dios no nos abandonó a nuestra suerte, se hace encontradizo de muchos modos en la historia: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas;...” (Heb 1,1), o sea, por la revelación, pero sin olvidarnos que el mismo que se Reveló es el mismo que Creó, por lo cual, su materia creada se convierte, también, en “libro revelado” que debemos auscultar, como dice San Francisco de Asís, “... las creaturas... sirven, reconocen y obedecen, a su modo, a su Creador...”[20], y en ello le significan como él bello y radiante[21], el hacedor de lo claro, precioso y bello[22], el providente de todas las creaturas[23], etc., y el ser humano puede leerlo, pues “... no es un mero manipulador de su mundo, sino alguien capaz de leer el mensaje que el mundo trae en su interior...”[24], de ello se sirve Dios para establecer un camino que devuelva a la comunión perdida. Ante ello no debe extrañarnos que se sirviera del agua como signo para la salvación o liberación, ella simboliza con la misma fuerza la vida, en el estado fetal es el agua, el líquido amniótico, en el vientre materno el que nos permite vivir; quizás con menos fuerza hoy por los procesos potabilización, la experiencia de dejar agua en un lugar y ver que al pasar el tiempo bulle en ella vida; sin ir más lejos, nuestra discusión con Bolivia tiene que ver con el agua, es la falta de ella la que es acusada como causa de la pobreza, o sea, de muerte entre los ciudadanos del altiplano; finalmente, sabemos que sin agua no podemos sobrevivir ni puede haber vida. Pero a la vez, el agua significa la muerte, eso lo saben muy bien los pescadores, y esta en el sustrato de nuestros miedos a los monstruos marinos o a la fuerza devastadora de un tsunami, por ejemplo. Esta dualidad, aparentemente contradictoria, es muy útil para entender que ocurre en el creyente que se bautiza. En primer lugar, el bautismo nos pone en el vientre del Padre para nacer de nuevo, “... el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios...” (Jn 3,5), o sea no puede ser salvo. “Nacer de nuevo y Nacer del Espíritu vienen a ser sinónimos de nacer de Dios, expresión que es frecuente en la pluma de Juan (cf. Jn 1,13; 1Jn 2,29; 3,9; 4,7; 5,1.4.18) para significar la raíz de la nueva condición en que se encuentra el bautizado”[25]. Esto marca una profunda diferencia con el bautismo de Juan bautista, en él son bautizados los que se arrepienten, en el bautismo como nacimiento en Dios, que es la propuesta cristiana, es el mismo Padre quien elige incondicionalmente, sólo movido por el amor decide preñarse de cada uno de nosotros. “... Su amor, además, es un amor de predilección: entre todos los pueblos, Él escoge a Israel y lo ama, aunque con el objeto de salvar precisamente de este modo a toda la humanidad...”[26], cuando Él nos eligió para ser bautizados, en su mente esta su voluntad de que todos y todo sea retornado a la comunión original. Por esta gratuidad e incondicionalidad se sella la relación entre Dios y el creyente de una vez y para siempre[27].

Cuando Jesús sale del agua y se abren los cielos (Cf. Mt 3, 16), presenciamos su “parto”, que también es el nuestro, nace una nueva creatura. “En este contexto donde hemos de situar y valorar la expresión hoiothesia que, referida a los cristianos en relación con Dios, encontramos en Rom 8,23, Gál 4,5 y Ef 1,5. Se traduce generalmente por adopción filial. Se trata de un término de uso común en la jurisprudencia del mundo greco-romano y del semítico; allí la acción jurídica significada no afecta intrínsecamente al que es objeto de adopción; es pura denominación extrínseca. En cambio, el contexto en que lo encontramos en el NT y la mención de la potencia creadora del Espíritu que se hace en algunos textos obligan a traducirlo por el término más expresivo de filiación (divina), atribuyéndole significación y consistencia ontológica. No es una ficción jurídica, sino que presupone la comunicación real de una vida nueva. Esta vida es la vida nueva comunicada por el Espíritu a Cristo por su resurrección. Es ya la vida inmutable, incorruptible, inmortal, eterna. Es la misma vida de Dios, en la medida en que ésta es participable por las creaturas...”[28], esta conciencia en la Iglesia primitiva permite elaborar, especialmente en el mundo oriental cristiano, la doctrina de la divinización. Para los padres de la Iglesia “... el bautismo, que nos confiere la vida eterna (que es la vida misma de Dios) y nos hace partícipes de la naturaleza divina, nos hace también dioses: «hacerle a uno hijo (de Dios...)» equivale a divinizarlo. Repiten el adagio: «Dios se hizo hombre, para que los hombres se hicieran dioses», obviamente por el bautismo...”[29]. Esta nueva creatura no nace para sí, ni vive su filiación en un intimismo “mi-Padre-y-yo”, sino que es parido para la comunidad de los salvados, la Iglesia, el “... Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. "Por tanto...somos miembros los unos de los otros" (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo"...”[30], es en y con ella donde vive el triple modo de ser hijo o hija de Dios, profeta, sacerdote y rey, a través del “... anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia)...”[31]. Existe, entonces, un doble nacimiento en nuestro bautismo, nacemos para Dios y para la Iglesia.

Hemos dicho que el designio de nuestro Dios Trino y Uno es hacer del ser humano una creatura en comunión integral, consigo mismo y con los otros seres humanos y creaturas, y con el Gran Otro, que es su Creador, comunión que pasa por el amor concreto al prójimo y a las demás seres, sin embargo, la cerrazón del hombre en sí mismo, el egoísmo y la egolatría, ponen al hombre en competencia fratricida con el otro, ese divorcio entre lo que debería ser y lo que logramos construir en nuestra sociedad, es lo llamamos pecado original, el malestar en la vida. El único modo de salir de ese estado es volviendo a nacer, a la creatura nueva, por el amor del Padre al Hijo en el Espíritu Santo, “... todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado (cf DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más grave de las cuales es la separación de Dios...”[32]. Este es el sentido de morir del bautismo, el creyente muere, al ser sumergido en las aguas, a la esclavitud del pecado, que lo hace repugnante a los ojos de Dios: “Viendo Yahveh que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó a Yahveh de haber hecho al hombre en la tierra, y se indignó en su corazón. Y dijo Yahveh: «Voy a exterminar de sobre la haz del suelo al hombre que he creado, - desde el hombre hasta los ganados, las sierpes, y hasta las aves del cielo - porque me pesa haberlos hecho.» ...” (Gn 6,5-7). Es sólo en el sacrificio en la Cruz de su Hijo Jesús, que es un “... ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical...”[33], en donde la mirada de Dios cambia, “... estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo por gracia habéis sido salvados y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús...” (Ef 2, 5-6); en el bautismo actualizamos el misterios de nuestra salvación. “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado...” (Rom 6, 2-6). Bautizados no sólo en la muerte de Jesús sino por él mismo, “... Él es quien bautiza, él quien actúa en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el sacramento significa...”[34].

Este cambio se opera en el baño ritual, por medio del agua. Hemos dicho que Dios se comunica en el profundo significado de las cosas materiales, y que el hombre y la mujer tienen la gracia de poder escrutar ese misterio, el simbolismo de vida y muerte del agua tiene como trasfondo al mismo Espíritu Santo, “... el binomio agua-Espíritu, bautismo de agua-bautismo de Espíritu, no ha de entenderse primordialmente como oposición, sino como semejanza: para una mente bíblica, el agua es símbolo del Espíritu. «En la Escritura, frecuentemente, el Espíritu es prefigurado por el agua» (Orígenes). Desde las aguas primordiales de la creación sobre las que se cernía el Espíritu fecundándolas (Gn 1,2), el agua. En la Biblia, es signo del Espíritu vivificante. El don mesiánico del Espíritu: «Derramaré sobre vosotros un agua pura, que os purificará...; Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos» (Ez 36, 25-26). Es símbolo del Espíritu capaz de convertir el desierto en vergel floreciente (cf. Is 44, 3-4)...”[35]. Cuando en Jesús hemos salido del agua bautismal se ha abierto el cielo y el Espíritu Santo se ha posado sobre nosotros (Cf. Mt 3, 16), es importante unir este momento a la al inicio de la misión de Jesús, según Lucas, en la sinagoga de Nazaret (Cf. Lc 4, 16ss), poniendo atención en el texto leído de Isaías: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciego, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor...” (Lc 4, 18-19), allí esta el programa de vida de todo discípulo del Nazareno, vivir el amor como opción preferente, pero no excluyente, por los pobres, por los que no cuentan (Cf. Puebla 1145), pues en y por su Amor donado y transformante “...aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde... [su] perspectiva... Su amigo es mi amigo...”[36], partiendo desde nuestro círculo más cercano, “...quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad...”[37], de ningún tipo, ni material ni espiritual ni afectiva ni social. La misión de los discípulos y discípulas cristificados y carismatizados, especialmente de los laicos, debe aportar a la construcción de una sociedad más justa, “...a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar...”[38], es sobre este último punto en donde los franciscanos y franciscanas debemos tener especial participación, nuestra vivencia de la fraternidad universal, ecuménica y cósmica debe ser una invitación a concretizar el sueño de nuestro Dios para su Creación.

3. La mirada del Padre.

Finalmente, detengamos en el último versículo de la versión mateana del Bautismo de Jesús. “Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»” (Mt 3,17). Desde la perspectiva de quien escribió, la acción es oír una voz, pero debemos invitarnos a ponernos en la perspectiva del que emitió esa voz, la frase oída evoca la imagen del hablante apuntando, con el dedo, por ejemplo, y con la mirada fija en Jesús. Detengámonos en la mirada de Dios. Frente a ella podemos aterrarnos, revivir la experiencia de nuestros primeros Padres y querer ocultar nuestra desnudez (Cf. Gn 3, 6ss), o posiblemente si fija su mirada entre nosotros o en nuestras sociedad para “...ver si hay un sensato, alguien que busque a Dios. Todos ellos están descarriados, en masa pervertidos. No hay quien haga el bien, ni uno siquiera...” (Salm 53, 3-4), o sea, revele nuestros dobleces, nuestras hipocresías e incoherencias en el estilo de vida. Una mirada de este estilo es parcial, Dios no es ni se hace el ingenuo con nuestras falsedades e incoherencias, las conoce, más aún en su Hijo las asumió, su mirar es severo pero invita a la esperanza, en el Salmo 53, por ejemplo, junto con constatar la universalidad de la insensatez, la promesa de salvación de ese estado abre a la esperanza en Yahvé, “ ¡Cuando Dios cambie la suerte de su pueblo, exultará Jacob, se alegrará Israel!” (Salm 53,7). Dios siempre promete al hombre mirarlo para salvarlo, que lejos estamos de tantas creencias incrustadas entre nosotros que le sienten y le piensan como un avasallador o como un destructor de la humanidad. La misma Sagrada Escritura lo afirma con abundancia, en el poema sacerdotal de la Creación (Cf. Gn 1–2,4a), ante cada día Dios ve su obra y contempla que es buena (Cf. Gn 1, 3.10.13.19.21.25), debe llamar la atención que cuando crea al ser humano, con lo cual culmina su Creación, no sólo mira y lo ve como “bueno”, sino como “muy bueno” (Cf. Gn 1,31), “... es algo más que un mero recurso poético; esta al servicio de una opción teológica que ve la creación como una obra buena que procede de un Dios bondadoso y fiel a su alianza...”[39], tanto con toda sus creaturas, como con el ser humano. “Dijo Dios a Noé y a sus hijos con él: «He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros, y con vuestra futura descendencia, y con toda alma viviente que os acompaña: las aves, los ganados y todas las alimañas que hay con vosotros, con todo lo que ha salido del arca, todos los animales de la tierra. Establezco mi alianza con vosotros, y no volverá nunca más a ser aniquilada toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra»...” (Gn 9,8-11). Es quizás Lucas quién con mayor maestría recoge esta enseñanza de Jesús sobre la mirada del Padre en la parábola del hijo pródigo (Cf. Lc 15,11-32), cuando el hijo se levanta, recapacita y se encamina a la casa paterna, estando “... él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente...”(Lc 15,20), esa es la experiencia afectiva de la salvación-liberación, nuestro Padre nos anticipa, espera nuestro retorno, antes que la reprimenda nos acoge con afecto, hace fiesta por nuestro regreso. “La alegría está ostensiblemente presente en la praxis, en la teología y en la catequesis bautismales de la Iglesia antigua...”[40], este sentir se vive en el cielo (Cf. Lc 15,7), y en la Iglesia, ella se goza “... al recibir a nuevos miembros, primeros como catecúmenos, luego como neófitos. Es un lugar común de las catequesis bautismales..., el expresar la alegría exultante de la Ecclesia Mater y de sus ministros ante el nacimiento de nuevos hijos...”[41]. Queda establecido el como Dios Trino y Uno nos mira, su mirada es de protección y anticipación, somos sus aliados, y de alegría sobreabundante cuando respondemos con un corazón abierto a la propuesta de amor que nos hace. No debemos rehuir entonces de su mirada.

¿Por qué su mirada es así? Sí seguimos la presente argumentación sobre el texto del bautismo de Jesús de Mateo, o sea, que ese texto narra como es nuestro bautismo, entonces tenemos que decir que cuando fuimos bautizados el Padre nos miró y dijo: «Este es mi hijo amado o mi hija amada, en quien me complazco», o sea en quien me alegro, en quien hallo plena satisfacción. Una adecuada comprensión de lo dicho exige dos aclaraciones. Primero, sería errado pensar que esa mirada del Padre ocurre en un pasado, el momento del bautismo esta siempre frente a Él, ese “nos miró y dijo” es un “nos mira y dice”, por lo tanto, debe ser erradicada cualquier creencia o enseñanza que de al pecado poder de alejarnos de Dios, éste, es verdad, puede impedir dar los frutos de salvación[42]. Segundo, sería errado pensar que esa mirada se debe al hombre o a la mujer por sí mismas, como sí Dios tuviese una obligación o una deuda que cumplir, ella es debida a que somos bautizados “en” Jesús, hemos sido “... revestido de Cristo...” (Ga 3,27), o sea, nuestro cuerpo, que según Francisco de Asís es “...imagen de su Hijo Amado...”[43], ha sido cristificado, pues al ser sumergido en las aguas bautismales se ha asegurado “... una participación real en la muerte-resurrección de Cristo...”[44], con ello hemos cambiado de señorío, somos sellados como pertenencia de Cristo[45], desde allí cuando el Padre nos ve, nos mira en Cristo. No solo hemos sido cristificados en nuestros cuerpos, sino además, constituidos templos del Espíritu Santo (Cf. 1 Co 6,19), o sea, cuando el Padre nos ve, mira el lugar de su morada. Entonces, la mirada de complacencia del Padre es porque nos ve como alguien suyo.


Bibliografía.

Biblia y textos del Magisterio.

Biblia de Jerusalén.
o Catecismo de la Iglesia Católica. En: http://www.vatican.va/archive/ESL0022/_INDEX.HTM
o Deus Caritas Est. Carta Encíclica de Benedicto XVI, 2005. En: www.Vatican.va
o Puebla En: Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, 1993.

§ Textos Franciscanos y Clareanos.

o Admoniciones de San Francisco de Asís. (Adm)
o Cántico del hermano Sol, compuesto por San Francisco (Cant)
o Carta 3ª de Santa Clara de Asís a la beata Inés de Praga (Cl3C)
o Carta de san Francisco a los fieles, segunda redacción (CtaF2).
o Testamento de San Francisco de Asís (Test).

§ Libros y publicaciones.

o Boff, Leonardo, 1990. Los sacramentos de la vida y la vida de los sacramentos. Indo-american Press Service-Editores. 9º edición.
o Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, 1993. Río de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo. Documentos Pastorales. San Pablo. 1º edición.
o Noemí, Juan, 1996. El mundo, creación y promesa de Dios. San Pablo. 1ª edición. Chile.
o Oñatibia, Ignacio, 2000. Bautismo y confirmación. BAC. Madrid.
[1] Deus Caritas est (Desde aquí DCE) 1
[2] Test 3
[3] Cf. Cant 9
[4] CL3C 21-23
[5] DCE 9
[6] Catecismo de la Iglesia Católica (Desde aquí CEC) 62
[7] DCE 19.
[8] CtaF2 49-56
[9] DCE 2
[10] DCE 17
[11] Ignacio Oñatibis, 2000: 41.
[12] CEC 1224
[13] Ignacio Oñatibia, 2000: 38.
[14] Cf. Ídem
[15] Íbidem: 39
[16] CEC 1223
[17] CEC 1226
[18] Cf. Ignacio Oñatibia, 2000: 35-36.
[19] CEC 1225
[20] Adm 5
[21] Cf. Cant 4
[22] Cf. Cant 5
[23] Cf. Cant 6
[24] Leonardo Boff, 1990: 11
[25] Ignacio Oñatibia, 2000: 181
[26] DCE 9
[27] Cf. CEC 1272
[28] Ignacio Oñatibia, 2000: 181
[29] Ignacio Oñatibia, 2000: 183-184.
[30] CEC 1267
[31] DCE 25
[32] CEC 1263
[33] DCE 12
[34] CEC 1127
[35] Ignacio Oñatibia, 2000: 35-36
[36] DCE 18
[37] DCE 25
[38] DCE 28
[39] Juan Noemí, 1996: 41
[40] Ignacio Oñatibia, 2000: 200
[41] Ibídem: 201
[42] Cf. CEC 1272
[43] Adm 5,1
[44] Ignacio Oñatibia, 2000: 183
[45] CEC 1272