20 de abril de 2014

Retiro de Viernes Santo 18-04-2014

Texto para la reflexión:

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro… María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: "Mujer, ¿por qué lloras?". María respondió: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto". Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?". Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo". Jesús le dijo: "¡María!". Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: "¡Raboní!", es decir "¡Maestro!". Jesús le dijo: "No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: "Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes". María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras. (Juan 20, 1. 11-18. Todos los textos están citados según La Biblia del Pueblo de Dios)

Introducción.

La Iglesia recibió como una tradición segura que la Magdalena fue la primera testigo de la resurrección ¿Quién es esta mujer? Es poco lo que sabemos desde los textos evangélicos de ella, Lucas nos dice que era del grupo de mujeres que habían vivido una liberación o una sanación física, la nombra explícitamente como de quien Jesús exorcizó siete demonios y que aportaba, junto a otras, con sus bienes a la comunidad del Maestro (Cf. Lc 8,2-3) En torno a ella ha habido dos tradiciones, una de los padres de la primera Iglesia, que la ensalzan como “la apóstol de los apóstoles” (San Hipólito, siglo III) y como la única con méritos para ser de los primeros testigos del triunfo de Cristo (San Jerónimo, siglo IV/V) Otras, que quizás ha persistido en el tiempo, son la versión que la identifica erróneamente con la mujer pecadora que lavó los pies a Jesús (Cf. Lc 7,37) o con afirmar que era adultera o prostitutas, seguramente por interpretar en clave moral la expresión misteriosa “poseída de siete demonios”, lo cual no puede decirse verazmente basándose en los escritos neotestamentarios.

María Magdalena como modelo de discipulado.

María Magdalena debe ser recibida en la comunidad eclesial como una discípula ejemplar. Ha partido su discipulado desde un encuentro liberador o sanador, desde allí ha construido una relación con el Maestro, como los apóstoles, los discípulos, los simpatizantes, e incluso los detractores o abiertamente enemigos, debe caminar con Jesús para ir develando el misterio de su persona. Como mujer fervorosa y valiente en su seguimiento, es de los pocos testigos oculares, de los que se da cuenta en los Evangelios, de la crucifixión y muerte de Jesús (Cf. Mc 15,40) ¿Dónde ha comenzado esta relación? Probablemente en su pueblo Magdala, en la rivera occidental del mar de Tiberiades, que según Mateo y Marcos visitó Jesús en su predicación itinerante (Cf. Mt 15,39; Mc 8,9) Seguramente, allí la encontró en sus quehaceres y la llamó, como lo hizo con Leví o con la mujer samaritana. ¿Qué hizo o que hablo Jesús con ella? Los detalles nunca lo sabremos, entran en el misterio de una relación de dos, lo que sabemos que aquello le cambio la vida, la liberó, le cambio el norte. María Magdalena se hace del grupo de los discípulos que acompañan a Jesús “… desde el bautismo de Juan hasta que nos fue quitado…” (Cf. Hc 1, 22), de lo segundo sabemos que fue testigo, de lo primero no, pero ella hizo un proyecto de vida desde las palabras reveladas por el Padre en el bautismo de Jesús y su transfiguración: “Este es mi Hijo querido, mi predilecto. (Mt 3,17, Mc 1,11, Lc 3,22) Escúchenlo (Mt 17,5, Mc 9,7, Lc 9,35)” ¿Qué recibe la Magdalena de Jesús? Junto a la conversión, al cambio de vida, le da pertenencia y ciudadanía plena a una nueva comunidad, formada no solo por las mujeres sino por todos aquellos que buscando han encontrado en Jesús la respuesta a sus crisis humanas, con Él han vencido a sus propios demonios interiores o exteriores. El regalo es un proyecto abierto, no se le da una comunidad ideal y perfecta, la Magdalena será testigo de hombres buscando poder, murmurando contra otros, siendo cobardes hasta negar o huir, sintiendo una decepción tal que desemboca en la traición y hasta en el suicidio. Y, sin embargo, ella sigue fiel, es a Pedro, quien ha negado descaradamente a su Maestro tres veces ante el riesgo de correr su misma suerte, a quien acude cuando cree que el cuerpo de Jesús ha sido robado (Cf. Jn 20,2)
De la Magdalena debemos aprender hoy. No hay discipulado o seguimiento que no parta por la invitación del Papa Francisco: “… a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso…” (Evangeli Gaudium, desde aquí EG, 3), sean de los fieles “… que regularmente frecuentan la comunidad…”, o de aquellos que “…no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe…”, o sean “… quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado…” (EG 14) Una vez iniciado el discipulado, hay que contemplar al Maestro en su caminar y desear imitarlo: “… Lo vemos accesible cuando se acerca al ciego del camino (cf. Mc 10,46-52) y cuando come y bebe con los pecadores (cf. Mc 2,16), sin importarle que lo traten de comilón y borracho (cf. Mt 11,19). Lo vemos disponible cuando deja que una mujer prostituta unja sus pies (cf. Lc 7,36-50) o cuando recibe de noche a Nicodemo (cf. Jn 3,1-15). La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo que marcó toda su existencia…” (EG 269) Es aquí donde surge la relación cómplice, de amados, entre Jesús y el fiel discípulo, de esta intimidad existencial que busca hacerse uno con lo amado, de la cual no se puede dar cuenta. El encuentro y la contemplación permite al seguidor “… detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad…”(EG 46). Ir al encuentro del otro, dentro o fuera de la comunidad, “… no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable…” (EG 14) Eso permite ser optimistas, misericordiosos y esperanzados en medio de un mundo hostil y de una Iglesia frágil.

María Magdalena y la Iglesia, entre la apertura y la cerrazón.

La Iglesia descubre en la Magdalena un modo femenino de seguimiento, un modo místico que se enraíza en el Cantar de los Cantares, ella es la amante que llora la pérdida del amado, es la esposa fiel que aguarda, es la que visita la tumba en la madrugada porque es la enamorada, canta el himno de los Martes del tiempo pascual en la Liturgia de las Horas. Jesús lo anuncio a los discípulos:

“Llegará el momento en que el esposo les será quitado; entonces tendrán que ayunar” (Lc 5, 35)

            Y en la Magdalena el ayuno se hizo lágrimas, como lo manifiestan todos los relatos de la resurrección. Sólo el amor mueve a esta mujer, no espera encontrar a un Jesús vivo, va a visitar el cadáver del amante muerto. ¿Qué pensará María Magdalena, con sus perfumes abrazados a su pecho, camino a la tumba donde han dejado a su amado? Le he pedido versos a Gabriela Mistral, que en sus “Sonetos de la Muerte”, le canta a un amante fallecido:

“Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

    Te acostaré en la tierra soleada con una
dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

    Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
y en la azulada y leve polvareda de luna,
los  despojos  livianos irán quedando presos.

    Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,
¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos!”

                Aquí se narra una verdad profunda, para el que ha amado no hay tumba que arrebate o venza lo que siente el corazón. No es una simple cueva o un hoyo en la tierra, eso es a los ojos de quienes no tienen historia con los despojos, desde los ojos del corazón, el amado se coloca en la mejor tierra, humilde y soleada, y no se tapa sino se cubre, como una madre mece la cuna del hijo dormido, con tierra, polvo de rosas y de luna y el amante se hace uno con el amado, a pesar de la distancia la historia vivida crea una tierra sagrada donde se descansa y posee al enamorado. Por eso, es tan importante saber donde están los restos y por ello, es tan inhumano impedir por razones políticas, ideológicas o de cualquier tipo poder venerar los cuerpos de seres queridos. La impotencia frente a la muerte guarda, está preñada, de una misteriosa posesión, me consuela saber que ya nadie me lo podrá quitar o disputar, y una esperanza, no todo puede o debe acabar allí. Sin embargo, el dolor por la pérdida o muerte del amado tiene un riesgo o una tentación, encerrarse en el dolor. Una vez una mujer me compartía que descubría que haber llorado más de trece años la muerte de uno de sus hijos, le había impedido amar a los otros dos que estaban vivos, porque tenía miedo de perderlos. Su dolor y el miedo la cerraron al amor, la hizo ciega y lo peor es que no se puede recuperar el tiempo perdido ni reconstruir relaciones que no han echado raíces.  Cerrada en el dolor la Magdalena no puede ver a su amado, se hace invisible a sus ojos y a su corazón. Jesús testimonia en el Evangelio de Juan, que el problema no son las emociones, como el dolor o el llanto, el problema, llora la muerte de su amigo Lázaro, pero ese dolor no cierra a ver la acción permanente de Dios a favor del ser humano y toda su creación (cf. Jn 11, 1-46).

                Esta experiencia de la Magdalena, y de muchos, de volverse ciegos por el dolor o por el miedo, acompaña, también, a la comunidad cristiana. Juan narra en su Evangelio: “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos…” (Jn 20,19) Aquí se insertan nuestros miedos actuales como Iglesia, la perdida numérica de fieles, las bajas inscripciones a los sacramentos de iniciación cristiana, la falta de preponderancia en el ámbito de la política o los grupos de influencia, tener que compartir el escenario social con otras comunidades creyentes o actores sociales. Una comunidad de puertas cerradas, no puede ser discipular, pues cuando “…nos encontramos con un ser humano en el amor, quedamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios…” (EG 272), el encuentro con el Señor nos abre a los hermanos y nos hace reconocer que solo en el servicio a éstos, se está sirviendo al Señor que nos ha amado primero. Una Iglesia, que como la Magdalena, deja que las lágrimas nublen su mirada o sea feliz guardando, perfumando y poseyendo el cadáver, los puros despojos del amado, como lo describe Gabriela al final de los versos leídos, corre riesgos de ser manipulada por fuerzas o intereses lejanos a la propuesta del mismo amado, al que dice seguir. El papa Francisco exhorta que la comunidad cristiana no se deje arrebatar o robar la esencia de la fe en comunidad. Primero no dejarse arrebatar el entusiasmo misionero, quedándose en la búsqueda de seguridades económicas o de poder o de gloria humana, a través, de un ateísmo práctico presente entre los discípulos (cf. EG  80) Segundo, no perder la alegría evangelizadora, se necesita el compromiso de los fieles en la evangelización, y en una que sea creativa en el anuncio, que no se contente con administrar lo que hay, a vivir de grandezas pasadas, y sentarse a ver como la gente se va o se pierde, convirtiendo a la vida de fe y comunitaria en una espera por ver quién es el último para apagar la luz (cf. EG 81-83) No dejarse robar la esperanza frente a las dificultades e incluso hostilidades presente en el actual momento de la historia, una comunidad encerrada y sin esperanza ya se ha entregado a la derrota, se debe renovar el encuentro con Jesús que ha triunfado sobre los poderes humanos y naturales de este mundo (cf. EG 84-86) En cuarto lugar, no permitir que se diluya el valor de la comunidad, no hay verdadera fe cristiana sin una comunidad donde me formo y me envía, que está en contante conversión a la luz de la fidelidad a su amado (cf. EG 26),  y que busca ser “… una fraternidad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno…” (EG 92); por tanto, se opone a la fe cristiana los temores a ser invadidos, las sospechas sobre el prójimo o comunidades, o las defensas contra la apertura al encuentro gratuito y generoso con los otros, aunque se presenten como caminos espirituales (cf. EG 88-89) Aunque parezca paradójico, una comunidad cerrada puede dejarse robar el Evangelio, obra buscando su propio bien o intereses, dividiendo al mundo en buenos y malos, haciendo de la vida comunitaria un juego de estrategias políticas y manipulaciones burdas, no tiene interés por los que están fuera y viven sedientos de Cristo (cf. EG 93-97)El amor fraterno, también, entra en crisis en la cerrazón comunitaria, el modo de relaciones de los discípulos no se vuelve una real alternativa frente a la corruptela, divisiones y peleas, que caracterizan a las sociedades donde están insertos los creyentes (cf. EG 98-101) Finalmente, no perder la fuerza misionera en cada bautizado, más allá de su estado, género, edad, la comunidad debe buscar los caminos para el desarrollo de la vocación, con realismo, “… pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada…”(EG 109)

            Superar estas tentaciones no es simplemente un acto de voluntad, es un acto de la gracia unida a nuestra voluntad. Es descubrir que en medio del dolor y del miedo el Señor nos llama por nuestro nombre y nos lanza al desafío de anunciarlo, no como arrogados sino como guiados. Aquí es donde el discípulo se juega su crecimiento y sus raíces, en donde debe discernir, si se predica a sí mismo o a una ideología o a una estructura pastoral o eclesial, o si esta cerca del anuncio fundamental, “…el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entrego por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad…”(EG 127)

25 de mayo de 2013

Tema 2: En búsqueda un concepto de un concepto de “laico”.

Formación Permanente Comunidades Parroquia San Francisco de Alameda 2013

Hno. Manuel Alvarado S.

Introducción.

La palabra laico debe ser de las más usadas en el interior de la Iglesia en los últimos tiempos. Se habla mucho de “participación de los laicos”, “misión de los laicos”, “el lugar de los laicos en la Iglesia”, “el futuro de la iglesia está en los laicos”, y así en un sinnúmero de frases y slogans pastorales y eclesiales. Sin embargo, tenemos claro ¿Qué es un laico?

Debemos reconocer que es una palabra difícil, la RAE define laico con dos acepciones:

“1. adj. Que no tiene órdenes clericales. U. t. c. s.
2. adj. Independiente de cualquier organización o confesión religiosa. Estado laico. Enseñanza laica.”[1]

Ambas definiciones son problemáticas, la primera porque parte de lo negativo, que como veremos más abajo no se puede definir una cosa o un sujeto desde lo que no es o no tiene. Y la segunda, es quizás la más compleja, el concepto de “laico” es usualmente usado para expresar lo que se opone, o lo que al menos quisiera ser alternativo a lo confesional, en este sentido decir que se es cristiano, católico, musulmán o judío, ya sea como ministro o como miembro de una organización religiosa impediría definirse como “laico”. De allí, que no pocas veces el término laico pudiese llegar a ser una “mala palabra” desde el interior de las organizaciones religiosas. Este modo de entender “laico” llega a su máxima problemática en la esfera de las decisiones sociales, políticas o económicas, en donde se llega a exigir la total prescindencia de lo religioso en las decisiones o votaciones. El tema se resolvería de un modo sencillo, sí alguno de sus sinónimos fuesen menos ambiguos, pero los conceptos de seglar o secular por su referencia al concepto de “mundo”, igualmente tienen una carga negativa u opositora a las estructuras religiosas.

El concepto de laico viene del griego “laos”. “En la septuaginta, frecuentemente se habla de Israel como el laos de Dios. En los primeros capítulos de Hechos, hay un contraste claro entre "pueblo" (laos) y sus dirigentes, de modo que mientras el "pueblo" muestra simpatía hacia la iglesia naciente, son sus jefes quienes se le oponen. Luego, el término "pueblo" se usaba frecuentemente en el sentido de pueblo común, y es de ese uso que la práctica cristiana tradicional surgió, de referirse a los creyentes en general como el "laicado", en contraposición al clero... Aunque al principio el movimiento monástico era en parte una protesta contra la profesionalización de la fe en manos del clero, y por ello era un movimiento estrictamente laico, pronto se le asoció con el clero, de tal modo que en algunos casos el "laicado" incluye a los creyentes que no son ordenados, incluyendo a los monásticos, y a veces se refiere a quienes no son ordenados ni tampoco llevan vida monástica... Fue de todo esto que surgió el uso común hoy de "laico" para una persona que no es profesional y que posiblemente no conoce bien cualquier tema...”[2] La dificultad presente es resultado de un proceso histórico que tendría su origen en el Medioevo: “A partir de la Edad Media presenciamos un desdoblamiento de la palabra laico: a) Se pierde paulatinamente el sentido de participación activa del laicado en el ámbito propio de la Iglesia, tan vivo en los primeros siglos, hasta el punto de que la misión de la Iglesia llega a identificarse de modo casi exclusivo con el ministerio de los clérigos. a la vez, se piensa que la plenitud de la vida cristiana corresponde solamente a clérigos y religiosos, mientras que los l. han de contentarse con vivir las virtudes comunes en el ejercicio de sus tareas profanas, consideradas por muchos como un obstáculo para la verdadera santidad. En este contexto ideológico, la palabra laico designará a un miembro meramente pasivo de la Iglesia -no ordenado ni religioso-, sin ningún elemento positivo que especifique su condición, puesto que, como hemos dicho, la inserción en el orden temporal se ve sólo como algo negativo, como reflejo de una falta de vocación más alta.
 b) A la vez, la palabra laico se aplicará a los señores seculares, que pretenden arrogarse prerrogativas en el gobierno de la Iglesia durante la época de lucha entre el Imperio y el Pontificado.”[3]

Antes del Concilio Vaticano II, tanto la mirada negativa de las realidades mundanas como la identificación entre misión de la iglesia y clero, como también el de santidad o apostolado, era dado como un lugar común en la tarea pastoral de la Iglesia, de allí vienen conceptos aún tan arraigado entre nosotros, tales como creer que “los laicos solo son colaboradores del sacerdote de turno”, o que “los laicos no pueden tomar parte en los círculos de toma de decisiones pastorales, económicos, nombramientos en la Iglesia”. Sobre el primer aspecto, la mirada negativa sobre la realidad secular, se hizo cargo la Constitución Pastoral GAUDIUM ET SPES sobre la Iglesia en el mundo de hoy, tema en el cual no entraremos en el presente artículo. Y sobre la identidad y misión de los laicos en el mundo y la iglesia, el Concilio trató del tema en Lumen Gentium, particularmente en el Capítulo homónimo, y en el Decreto APOSTOLICAM ACTUOSITATEM sobre el apostolado de los seglares. Ellos serán base de la reflexión posterior  sobre el lugar e importancia de los laicos en la comunidad creyente, presente en el Catecismo de la Iglesia Católica y en otros documentos de la Iglesia.

A la luz del Concilio Vaticano II ¿Qué es un laico?

A esta pregunta el Concilio da dos definiciones:

1.       Son “… todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia…”
2.       Son “…los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde…”[4]

La primera definición mantiene la fidelidad a la tradición histórica sobre el concepto de laico, pero quedarnos con ella nos termina dejando en el vacío. Decir que los laicos se definen por lo que no son, es como decir que bastaría definir mujer como no varón o definir gato como no perro. Nos puede dar una idea de donde no buscar, pero jamás nos dará las notas propias y riquezas que significa el término. Y además, tener claro donde no buscar nos puede terminar engañando, y llegar a imágenes deformadas o falsas sobre qué es lo verdaderamente buscado. Más allá de los problemas lógicos de esta definición, dividir los miembros de la Iglesia en laicos y clérigos, como dos polos presenta el riesgo de no dar con los vínculos permanentes entre ambos grupos humanos. El mismo Concilio reconoce que existe una diferencia entre laicos y clérigos, en cuanto sacerdotes, ambos “…difieren esencial y no sólo gradualmente…”, es decir, la diferencia no está en la dignidad de uno u otro, sino en su misión, el clérigo “…dirige y forma al pueblo de Dios…”, tiene la misión de marcar el norte, no por mérito o capricho propio sino en la persona de Cristo, y los demás miembros de la Iglesia, los laicos, “… concurren a la oblación de la Eucaristía… con la recepción de los sacramentos, con la oración con la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante…”[5], obligaciones que también son del Clérigo y que se suman a la nota propia de éste párrafo, pues nunca debe ser olvidado que un Clérigo ha sido llamado a un servicio desde su ser laico, primero es un bautizado que ha buscado el querer de Dios. “Esta vocación se fundamenta en el Bautismo, que caracteriza al presbítero como un «fiel» (Christifidelis), como un «hermano entre hermanos», inserto y unido al Pueblo de Dios, con el gozo de compartir los dones de la salvación (cf.Ef 4, 4-6) y el esfuerzo común de caminar «según el Espíritu», siguiendo al único Maestro y Señor. Recordemos la célebre frase de San Agustín: «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquél es un nombre de oficio recibido, éste es un nombre de gracia; aquél es un nombre de peligro, éste de salvación»…”[6]

La segunda definición que da el Concilio Vaticano II sí nos ayuda a comprender mejor quienes son los laicos. Tiene como punto de partida el sacramento del Bautismo. “El Bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión en la Iglesia…”[7], “«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22)…”[8] De estas palabras de nuestros pastores podemos sacar algunas conclusiones:

1.    El bautismo es la razón de una primera y fundamental igualdad entre los fieles. Sólo se llega a la santidad, a la condición de hijo de Dios, a ser miembro pleno, a ser habitado por la trinidad, al pasar esta puerta. No se puede tener otro sacramento o abrazar un estilo de vida sin haberle recibido previamente[9].
2.       Es un proyecto integral que abarca toda la vida.
3.       Funda la dignidad de cada fiel y le abre a su misión.

Aquí esta puesto el acento en el termino fiel, cada bautizado llega a ser un fiel cristiano. Esta perspectiva nos abre al ecumenismo y al diálogo interreligioso y con los diversos ambientes culturales. Es verdad que fiel cristiano es primeramente todo bautizado, sin diferenciar el en que Iglesia o comunidad cristiana, el mismo Concilio afirma que la Iglesia de Cristo, “… establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica…”[10], abriéndonos a buscar caminos de encuentros con nuestros hermanos separados, con quienes compartimos un mismo bautismo. Pero tiene una misión aún más universal, que no puede ser olvidado, abrazar a cada hombre o mujer sin importar el lugar o sus creencias. “…Este pueblo mesiánico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como de instrumento de la redención universal y lo envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra…”[11]

Entonces ¿Cómo se entiende la división clérigo/laico o religioso/laico? El Papa Juan Pablo II enseña: “La comunión eclesial se configura, más precisamente, como comunión «orgánica», análoga a la de un cuerpo vivo y operante. En efecto, está caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la complementariedad de las vocaciones y condiciones de vida, de los ministerios, de los carismas y de las responsabilidades…”[12], por lo tanto, nunca debemos confundir comunión con uniformidad de pensamientos, de estilos de vida, o de vocaciones. El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda la profunda comunión que existe entre toda vocación suscitada en la Iglesia, y además, insiste en que no hay unas más importantes que otras, en particular parece importante destacar la comunión entre matrimonio y virginidad consagrada y su aporte a la construcción del proyecto de Dios:
“Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad (cf. Mt 19,3-12). La estima de la virginidad por el Reino (cf. LG 42; PC 12; OT 10) y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente: Denigrar el matrimonio es reducir a la vez la gloria de la virginidad; elogiarlo es realzar a la vez la admiración que corresponde a la virginidad... (S. Juan Crisóstomo, virg. 10,1; cf. FC, 16)”[13]

En esta comunión al estilo de un cuerpo vivo, cada vocación esta llamada a vivir su bautismo para la edificación, dirección, crecimiento del pueblo de Dios, así entendemos “en la parte que le corresponde”, correspondiente al final de la definición conciliar, que nos ha llevado a esta reflexión.

¿Qué parte le corresponde al laico?

A todo fiel bautizado le corresponde representar a Cristo en su triple dimensión de sacerdote, profeta y rey, y ello es igual sea casado, soltero, clérigo, obrero, empresario, joven, agente pastoral, dirigente sindical, religiosa, etc. O en palabras del Concilio: “… Cuanto se ha dicho del Pueblo de Dios, se dirige tanto a laicos, religiosos y clérigos…”[14], pues todos estos estados de vida, variopintos en sí mismos, tienen su origen en el bautismo, son sus gracias y frutos, y conforman el pueblo de Dios.

El sacerdocio bautismal del Pueblo de Dios se define en el Concilio, como la gracia para que “… todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (cf. Hch 2,42-47), ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12,1) y den testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. 1 P 3,15)…”[15], por lo tanto, una vida espiritual y sacramental es deber y don para todos los fieles, y se realiza en el ofrecimiento de sí mismo y de todas sus actividades “…Pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor. De este modo, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios…”[16] La dimensión profética o carismática, la presencia del Espíritu en el bautizado, “…no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia…”[17], son los dones dados para que más allá de nuestras fuerzas humanas y contextos la obra buena de Dios se realice. Estos dones o carismas dados a la Iglesia para transformar el mundo “…habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía…”[18] Finalmente, la comunión en Cristo da al bautizado la condición regia, que lo impulsa a la catolicidad, pues es a este “…Rey a quien han sido dadas en herencia todas las naciones (cf. Sal 2,8) y a cuya ciudad ellas traen sus dones y tributos (cf. Sal 71 [72], 10; Is 60,4-7; Ap 21,24). Este carácter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor con el que la Iglesia católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular toda la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza, en la unidad de su Espíritu…”[19] y que los fieles laicos viven haciendo “…de nuevo a la entera creación todo su valor originario. Cuando mediante una actividad sostenida por la vida de la gracia, ordenan lo creado al verdadero bien del hombre, participan en el ejercicio de aquel poder, con el que Jesucristo Resucitado atrae a sí todas las cosas y las somete, junto consigo mismo, al Padre, de manera que Dios sea todo en todos (cf. Jn 12, 32; 1 Co 15, 28)...”[20]

¿Cuál es la misión específica del laico?

Todos los fieles sin distinción comparten una vocación común: “… la noble obligación de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra…”[21], particularmente los laicos deben ejercerla “…con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres, y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu evangélico de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Pero siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento…”[22]
De estas palabras del Concilio deben salir algunas conclusiones sobre la misión de los laicos en la Iglesia hoy:

·       La misión de los laicos es un apostolado propio que nace como una noble obligación en su condición de bautizado. Evangelizar no es un favor que se le hace al sacerdote  de turno sino una tarea propia por estar inserto en el Cuerpo de Cristo.
·     Dos son los lugares de trabajo del laico, por un lado el trabajo pastoral y por otro los ambientes seculares en los que se mueve habitualmente (trabajo, familia, sociedad, política). Debe evitar convertirse en un “pequeño sacerdote”, del mismo modo que dejarse seducir o “llevar” por las corrientes sociales o ideológicas o modas. Debe hacer un constante discernimiento en ambos lados de su quehacer cristiano.
·         La misión es abierta en una doble dimensión, es una misión recibida con un camino ya hecho, del cual el fiel laico es heredero, pero a la vez debe ser siempre renovada y dar a luz nuevos caminos de encuentro con los hombres o mujeres de cada tiempo. Es una misión lejos de la novedad por la novedad como de los fatídicos “siempre se ha hecho así”. Requiere de la humildad del fermento de la levadura en la masa, puede no verse, pero se nota sí falta.

Y finalmente ¿Qué es un laico?

·         Es un fiel bautizado con un modo propio de vivir el sello de Cristo sacerdote, profeta y rey.
·         Es un fiel plenamente inserto en el Pueblo de Dios.
·         Es un fiel con una misión propia en la construcción del reino.
·         Una misión en la que debe buscar el equilibrio entre lo pastoral y lo secular.


[1] Según la pagina www.rae.es
[2] Voz laicado en Diccionario manual de teología. Justo L. González
[3] Voz Laicos. Gran Enciclopedia Rialp
[4] Ambas definiciones en Lumen Gentium (LG) 31
[5] LG 10
[6] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis (PDV) 20
[7] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christifideles laici (CFL) 19
[8] Benedicto XVI, Porta Fidei (PF) 1
[9] Juan Pablo II, les recuerda a los clérigos: “…Revestido por el bautismo con la dignidad y libertad de los hijos de Dios en el Hijo unigénito, el sacerdote es miembro del mismo y único cuerpo de Cristo (cf. Ef 4, 16). La conciencia de esta comunión lleva a la necesidad de suscitar y desarrollar la corresponsabilidad en la común y única misión de salvación, con la diligente y cordial valoración de todos los carismas y tareas que el Espíritu otorga a los creyentes para la edificación de la Iglesia. Es sobre todo en el cumplimiento del ministerio pastoral, ordenado por su propia naturaleza al bien del Pueblo de Dios, donde el sacerdote debe vivir y testimoniar su profunda comunión con todos,…” (PDV 74) Y a los religiosos: “…En la tradición de la Iglesia la profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización de la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, la íntima unión con Cristo, ya inaugurada con el Bautismo, se desarrolla en el don de una configuración más plenamente expresada y realizada, mediante la profesión de los consejos evangélicos…” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Vita Consecrata 30)
[10] LG 8
[11] LG 9
[12] CFL 20
[13] CEC 1620
[14] LG 30
[15] LG 9
[16] LG 34
[17] LG 12
[18] CFL 14
[19] LG 13
[20] CFL 14
[21] Apostolicam Actuositatem (AA) 3
[22] AA2

27 de abril de 2013

Tema 1: Laicado y Santidad


Formación Permanente Comunidades Parroquia San Francisco de Alameda 2013

Introducción.

El año 2013 está marcado en la Iglesia por volver al Concilio Vaticano II y al catecismo de la Iglesia Católica, en sus años jubilares, es la gran invitación y el legado de Benedicto XVI, en su Motu proprio “Porta fidei”. Como Parroquia queremos que parte de los documentos conciliares estén en nuestro referente de reflexión y adentrarnos a la experiencia de descubrir la vocación laical y su servicio desde las Comunidades que forman San Francisco de la Alameda, uniendo a la solicitud del Concilio de volver a las fuentes ponemos en el horizonte el tesoro de la espiritualidad de San Francisco de Asís y, especialmente, el testimonio laical de Fr. Pedro de Bardeci, cuya tumba, lugar de su veneración, se encuentra en nuestro Templo. Con estos tres ejes, Concilio Vaticano II y Catecismo de la Iglesia, espiritualidad franciscana, y laicado iniciamos la búsqueda de Jesús, centro de nuestra vida.

                El primer tema será un acercamiento a la “santidad” en la Iglesia, un tema no menor de reflexionar, cuando la comunidad de los creyentes se encuentra en la encrucijada producida por la pública falta de testimonio de algunos de sus ministros, lo cual se hace causa de su pérdida de credibilidad entre sus fieles y más allá de ellos. Volver a preguntarnos, ¿es posible ser santos para el mundo de hoy?, es una exigencia para dar razón de nuestra fe en Jesús y en su comunidad, en este momento de la historia.

¿Qué es la Santidad?

El Concilio Vaticano II reflexiona dentro del documento Lumen Gentium sobre la este tema. Veamos, en primer lugar su contexto, en este documento. Lumen Gentium parte definiendo que es la Iglesia, ella “… es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal, abundando en la doctrina de los concilios precedentes…” (LG 1). “Es en Cristo” es un elemento central, cualquier figura o imagen que usemos para comprenderla, sea redil, barca, viña, comunidad, etc., debe hacer referencia a su pertenencia y a quien le da sentido (Cf. LG 6-7), o como decimos en al final de las plegarias Eucarísticas, parafraseamos, la iglesia es por, con y en Cristo. Su misión manifestar la comunión con Dios y con el género humano, esta exigencia nunca se nos debe olvidar, no puede haber divorcio, o no debe mejor dicho, entre fe y vida, entre lo celebrado y lo vivido. Los Padres Conciliares optan por entender la Iglesia como Pueblo de Dios: “… fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente…” (LG 9), prefigurada en la elección de Israel,  es plenificada al ser adquirida por la sangre de Cristo. “Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutífera…” (LG 9) “Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios…” (LG 13) “…A esta sociedad de la Iglesia están incorporados plenamente quienes, poseyendo el Espíritu de Cristo, aceptan la totalidad de su organización y todos los medios de salvación establecidos en ella, y en su cuerpo visible están unidos con Cristo, el cual la rige mediante el Sumo Pontífice y los Obispos, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y comunión eclesiástica. No se salva, sin embargo, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia «en cuerpo», mas no «en corazón»…” (LG 14)

Hay elementos importantes de destacar:

·         El Concilio Vaticano II no parte de la distinción entre los fieles, al Pueblo de Dios se pertenece por voluntad de Dios, “tener el Espíritu”, y por una adhesión cordial. No por poseer o no un ministerio o un estado de vida. Es coherente con su misión y tarea, la construcción de la comunión.
·         Reconoce la universalidad de su identidad, “todos los hombres están llamados a ella”, comunión, fraternidad son expresiones que hablan de su catolicidad. Si bien cierto lo católico tiene una dimensión visible, la unión en la doctrina, la fe y la obediencia al sumo pontífice, sin excluirla es mucho más que ello. Es ante todo la búsqueda de una casa común donde todos los seres humanos puedan reconocerse en lo suyo y entre hermanos.

En el marco de esta comunión universal de fieles, don y tarea de los seguidores de Jesús, los Padres Conciliares comienzan a expresar las diversas vocaciones y ministerios que encarnan la identidad de la Iglesia: Ministros ordenados (Cf. LG 18-29), laicos (Cf. LG 30-38) y religiosos (Cf. LG 43-47), como su destino escatológico ya hecho realidad (Cf. LG 48-51), como anticipo, en María (Cf. LG 52-69)

El tema de la santidad no puede quedar fuera de estos dos ejes centrales definidos por el Concilio:
·         Ella es voluntad y don de Dios. Un don del Hijo para la Iglesia, “… amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a sí mismo por ella…” (LG 39), tiene como origen ese amor que se hace entrega, donación hasta la muerte, amor que enriquece al otro, que lo mejora en todas sus dimensiones. Un don del Espíritu Santo, Él es quien “… los mueve interiormente para que amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y  con todas las fuerzas… y [los mueve] para que se amen unos a otros como Cristo nos amó…” (LG 40). La santidad no es externa al ser humano, está dentro de él para cumplir la justicia, lo justo ante Dios, reconocerle y alabarle, y lo justo ante el prójimo, amarle y servirle. La santidad es fruto de la acción trinitaria, pues aún cuando no se explicite la acción del Padre, siempre es bueno recordar que es la Fuente del Hijo y del Espíritu Santo.
·         Una vocación de la Iglesia a dar frutos para “…edificación de los demás…”, según el “… propio estado de vida [que lleva] a la perfección de la caridad…” (LG 39). La santidad no es “mi propiedad”, “ni algo privado o intimista”, es profundamente social, sus frutos son el compromiso con la realidad y con las transformaciones que dicha realidad requiere para llegar a la comunión universal, tanto en mi vida personal, en la sociedad o cultura donde me toca vivir, e incluso, dentro de la propia comunidad creyente. Edificación, también, puede significar cuestionar los estilos de vida o mentalidades, que pueden conllevar algún grado de molestias o incomodidades. Sí en la Iglesia no hay vocaciones más importantes que otras, tampoco existen estados de vida que por sí mismos realicen la santidad o la excluyan, se exige la adhesión corporal y cordial al amor y su modelo que es Jesús.
·         En LG 41, los Padres Conciliares detallan el cómo en cada estado de vida se opera el camino de santidad. Para los pastores se expresa en el cumplir  “… su deber ministerial, santamente y con entusiasmo, con humildad y fortaleza, a ejemplo del Sumo y Eterno Sacerdote, pastor y obispo de nuestras almas…” Para los sacerdotes en el ofrecimiento de “… sus oraciones y sacrificios por su pueblo y por todo el Pueblo de Dios, reconociendo lo que hacen e imitando lo que tratan…” Para “… los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, deben ayudarse mutuamente con fiel amor a mantenerse en la gracia durante toda la vida, y educar en la doctrina y en las virtudes evangélicas a la prole recibida amorosamente del Señor. De esta manera ofrecen al mundo el ejemplo de un incansable y generoso amor, edifican la fraternidad en la caridad y se presentan como testigos y cooperadores de la fecundidad de la Madre Iglesia,…” “… Ejemplo parecido lo proporcionan, de otro modo, quienes viven en estado de viudez o de celibato, los cuales también pueden contribuir no poco a la santidad y a la actividad de la Iglesia. Aquellos que están dedicados a trabajos muchas veces fatigosos deben encontrar en esas ocupaciones humanas su propio perfeccionamiento, el medio de ayudar a sus conciudadanos y de contribuir a elevar el nivel de la sociedad entera y de la creación. Pero también es necesario que imiten en su activa caridad a Cristo, cuyas manos se ejercitaron en los trabajos manuales y que continúan trabajando en unión con el Padre para la salvación de todos. Gozosos en la esperanza, ayudándose unos a otros a llevar sus cargas, asciendan mediante su mismo trabajo diario, a una más alta santidad, incluso con proyección apostólica… ” Al final del numero aparecen las palabras claves para entender el cómo santificarse en cualquier estado de vida: “…aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo”.

Ejercicio práctico: Visitar el templo y descubrir las imágenes de santos o santas laicos.

Tenemos que hacer una primera opción "técnica", hacer una distinción básica entre laicos y clérigos, o sea, entre quienes han sido llamados a un ministerio ordenado y quienes no. En la Iglesia Católica solo pueden ser ordenados varones, por lo tanto se incluyen entre los santos laicos automáticamente las imágenes de las santas del Templo:

Santa Clara de Asís

.

Asís, Italia, 16 de julio de 1194 -  11 de agosto de 1253,  religiosa. Seguidora fiel de San Francisco de Asís con el que fundó la segunda orden franciscana o de hermanas clarisas. Después de abandonar su antigua vida de noble, se estableció finalmente en el monasterio de San Damián hasta su muerte.
Clara de Asís fue la primera y única mujer en escribir una regla de vida para mujeres.
Su fiesta litúrgica es el 11 de agosto. 

Santa Isabel de Hungría



Isabel nació en 1207 como hija del rey Andrés II de Hungría y su esposa Gertrudis de Merania. Se casó con el margrave Luis de Turingia-Hesse y según los registros y leyendas, el matrimonio estuvo caracterizado por amor correspondido y felicidad.
Isabel se quedó viuda siendo aún joven, dedicó su riqueza a los pobres, construyó hospitales.
A partir de su canonización en 1236 se convirtió en un símbolo de caridad cristiana para toda Europa, extendiéndose su culto muy rápidamente y profundamente desde los territorios germánicos, polacos, húngaros, checos, hasta los italianos, ibéricos y franceses.

Virgen María

Mujer judía de Nazaret en Galilea que vivió entre finales del siglo I a.C. y la primera parte del siglo I d.C.
Según la narración bíblica en el Nuevo Testamento, y según el Corán, María fue la madre de Jesús de Nazaret.

Una segunda nota "técnica", no haremos distinción entre religiosos y laicos, cosa que ya hicimos con Clara de Asís, por ello, consideraremos entre los seglar a los religiosos franciscanos no clérigos:

San Luis de Francia


 25 de abril de 1214 — Túnez, 25 de agosto de 1270. Educado en la devoción y el misticismo por su madre, Luis IX combinó su tarea de gobierno con un ascetismo que ha sido destacado tanto por la hagiografía católica como por comentaristas laicos (Voltaire llegó a decir que "No es posible que ningún hombre haya llevado más lejos la virtud"). Por momentos parecía un anacoreta, entregándose a prácticas de mortificación como el hacerse azotar la espalda con cadenillas de hierro los días viernes, o actos de auto humillación como lavar los pies a los mendigos o compartir su mesa con leprosos.
Perteneció a la Orden franciscana seglar, fundada por San Francisco de Asís. Fundó muchos monasterios.
Asistió al Concilio Ecuménico latino de Lyon I, (convocado en 1245 y presidido por el Papa Inocencio IV); donde, además de deponer y excomulgar al emperador Federico II se convocó una cruzada (la séptima) de la que se designó a Luis IX al mando.

San Roque

No existe consenso sobre el lugar y fecha de su nacimiento. La tradición dice que nació en  Montpellier, entre los años 1295 o 1348/50 - 1317 o 1376/79.
Fue un peregrino laico que se desplazó a Roma. Recorrió Italia y se dedicó a curar a todos los infectados de la peste.
Su onomástica es el 16 de agosto. Santo protector ante la peste y toda clase de epidemias

San Benito de Palermo


Fraile italiano nacido en Sicilia en el año 1526 se cree que cerca de Mesina y fallecido en 1589 en Palermo.
De origen africano, fue hijo de esclavos y negro de piel,  ingresó en el convento de Santa María de Palermo. Su analfabetismo le relegó a la cocina del convento. Desde la cocina su piedad, su humildad y sobre todo los milagros que se le atribuyeron, sobre todo curaciones, le dieron gran fama, lo que le llevó a ser elegido prior en 1578. Después fue maestro de novicio, para después volver a ser cocinero, donde sus platos le daban fama de taumaturgo. Su fiesta se celebra el 4 de abril.

San Diego de Alcalá


Sevilla, 14 de noviembre de 1400 – Alcalá de Henares (Madrid); 13 de noviembre de 1463.
Vistió el hábito franciscano, como hermano lego en la Orden de los Frailes Menores de la Observancia. Fue misionero en Canarias donde llegó a ocupar el puesto de guardián del convento. Fue canonizado por el papa Sixto V en 1588 en la única canonización realizada por la Iglesia Católica durante el siglo XVI, ya a finales del mismo. Es considerado patrono de los Hermanos legos franciscanos (no clérigos) por haber sido el primer hermano lego canonizado en la Orden.
Su celebración tiene lugar el 13 de noviembre.

Fray Pedro de Bardeci



Nació en Orduña, (Vizcaya) en 1641, hijo de una familia acomodada y profundamente cristiana. Alrededor de 1661, emigró con sus hermanos José y Francisco hacia México. Una vez instalados, se dedicó al comercio del tabaco, que le proporcionó bienestar y dinero. Dado que algunas propuestas de los negocios lo alejaban de la rectitud y la justicia, decidió abandonar el negocio y se contrató como escribano en una nave que lo trasladó el año 1666 al Virreinato del Perú, estableciéndose en el Alto Perú, actualmente Potosí-Bolivia. Allí sirvió de ensayista de metales y pedagogo de dos jóvenes de una aristocrática familia.

Los testimonios recogidos relatan pasajes que destacan su amor a Cristo crucificado y a la Santísima Virgen María, llegando hasta nuestros días la crónica de sus contemporáneos relativa a su vida de austeridad y penitencia. En 1674 una imagen de la Virgen María lo guiará en su viaje a la ciudad de Santiago de Chile. El 8 de septiembre de 1675 ingresó al noviciado en la Provincia Franciscana de la Santísima Trinidad, perteneciente a la Observancia, en la Recoleta Franciscana de Nuestra Señora de la Cabeza y al año siguiente profesó las Reglas del Padre San Francisco.
Falleció  el 12 de septiembre de 1700 

San José de Nazaret



Según diversos textos neotestamentarios, el esposo de María, la madre de Jesús de Nazaret y, por tanto, padre terrenal de Jesús. Según los Evangelios, era de oficio artesano (en el original griego, «τεχτων»; Mateo 13:55a), lo que ya en los primeros siglos del cristianismo se concretó en carpintero, profesión que habría enseñado a su hijo, de quien igualmente se indica que era "artesano" (Marcos 6:3a). De condición humilde, aunque las genealogías de Mateo 1:1-17 y Lucas 3:23-38, lo presentan como perteneciente a la estirpe del rey David. Se ignora la fecha de su muerte, aunque se acepta que José de Nazaret murió cuando Jesucristo tenía ya más de 12 años pero antes del inicio de su predicación. 


Y finalmente:


Si, Jesús de Nazaret es un laico. Es verdad no le podemos aplicar ninguna de las dos distinciones "católicas" que hicimos entre clérigos o laicos dentro de nuestra Iglesia, como tampoco a la Virgen María o a san José. Pero desde la fe y práctica judía de Jesús podemos afirmar:

En la época de Jesús existía algo parecido a nuestro ministerio ordenado, los levitas y el sacerdocio. En Israel las funciones cultuales fueron confiadas a los levitas [/ Levítico]. Los textos más antiguos relativos a Leví no hacen referencia al sacerdocio (Gén 34,25-31; 49,5ss); pero la bendición pronunciada por Moisés sobre la tribu de Leví atribuye a esta tribu las diversas funciones sacerdotales (Dt 33,8-11). La tradición referida en Jue 17 demuestra que se reconocía a los levitas una competencia especial para el culto (Jue 17,7-13). En el Pentateuco, el sacerdocio propiamente dicho fue confiado a "Aarón y a sus hijos" (Ex 28,1; Lev 8,1). Aarón, hermano de Moisés, era de la tribu de Leví. Los otros levitas fueron dados a Aarón para ayudarle en las tareas secundarias (Núm 3,5-10). Las genealogías de los libros de las Crónicas relacionan con la descendencia de Aarón a los sumos sacerdotes del templo de Jerusalén (1 Crón 5,27-41; 24,1ss). Así se afirmaba el principio del sacerdocio hereditario, que aseguraba la continuidad de la institución. A diferencia de los profetas, cuya vocación no dependía de su origen familiar, sino de una iniciativa imprevisible de Dios, los sacerdotes y los levitas eran tales en virtud de su pertenencia a una familia sacerdotal o levítica. Los antecedentes que tenemos de Jesús es que pertenecía o descendía de la tribu de Judá, por ende, no pertenecía a las familias sacerdotales. Así podemos afirmar sin dudas que Jesús era un laico.

En conclusión es bueno ver en un cuadro general los estilos y modos de vidas de estos testigos:

Casados
4
Padres
4
Viudos
1
Dedicados a asuntos de Estado
2
Religiosos
4
Dedicados a la atención de enfermos
3
Obreros
2
Dueña de Casa
1
Peregrinos
2
Comerciante
1