10 de enero de 2013

Homilía Nochebuena 2012.


En esta Nochebuena, en nuestro templo San Francisco de Alameda, quiero invitarlos a recorrer sus imágenes, seis de ellas tienen en sus brazos al Niño Jesús, Benito de Palermo, Cayetano, Antonio de Padua, las imágenes de María bajo la advocación del Carmen y la Socorro, que preside nuestro Altar Mayor, y el pesebre. Cada una de estas imágenes abraza o muestra la inocencia, la fragilidad y la pequeñez del recién nacido, es una tradición fuertemente occidental tener veneración por el Niño Dios, pero es una tradición con riesgos, puede quedarse en el folclor o en la pura emocionalidad, que no nos permita entrar en la profundidad del misterio que esta noche celebramos. En la iconografía de oriente, la Virgen María no lleva un niño sino un “pequeño hombrecito”, que manifiesta la carne asumida por el Verbo en su vientre de doncella. Lo que celebramos esta noche es que la pequeñez, debilidad y fragilidad de la condición humana es amada hasta el extremo, amada hasta ser uno con lo amado, sin miedo ha ser confundido o rechazado. El Niño Jesús, de la tradición occidental, o el hombrecito, de la tradición oriental, nos hablan de un Dios que ama la condición humana.
Por eso esta noche santa, es la noche para reflexionar sobre que es dicha condición humana tan amada por el Creador. Pablo Neruda reflexiona sobre ella en un poema, “Working around”, lanzando un grito desgarrador: “Sucede que me canso de ser hombre”, me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra, me canso de peregrinar de un lado a otro. ¿Qué es lo que cansa a Neruda? El agobio, el absurdo y el sin sentido que acompañan el caminar del ser humano, el deambular por peluquerías, establecimientos, mercaderías, anteojos y ascensores, la vida es un ir y venir sin norte, sin tiempos, sin poder reflexionar, sin poder detenernos, la vida como un ser arrastrado por la inercia, que tiene como única meta la nada o el vacío.  Neruda, como buen poeta, se convierte en profeta, porque ese absurdo hoy lo sentimos como carga, no son pocos los que por el endeudamiento, el empobrecimiento, la enfermedad o la vejez, por el aparente triunfo de las estructuras de muerte pueden gritar con él, yo también me canso de ser hombre, me canso de sentirme como una raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, agobiado por el peso de la tierra y de la incapacidad de dar frutos. De allí, nace la frustración, que nos lleva a la violencia sin sentido, en una manifestación política o social, o en un partido de futbol; el menosprecio por la vida, la muerte y la violencia impera en los videojuegos, en la televisión, en nuestras relaciones cotidianas familiares, laborales y en la calle. El cansancio de ser hombres nos hace morbosamente sentir y querer la destrucción del mundo, en las últimas décadas el cine nos ha mostrado la destrucción del planeta, con éxito de taquilla, por guerras, cataclismos, extraterrestres, calendarios mayas, etc. ¿Es qué el cansancio de ser hombres nos hacen desear la destrucción de la condición humana? Lo más triste, es que Neruda no puede ver la luz de la condición humana, puede rebelarse, llorar a gritos, manifestar su ira y frustración frente a los “lunes” de la vida, pero no le queda más que conformarse con los huesos que salen de las ventanas de los hospitales, el olor a vinagre de las zapaterías y las calles como grietas en la ciudad. De este pesimismo vital estamos borrachos en nuestros días.
Los dolores, frustraciones y molestias presentes en la reflexión de Neruda, no son ajenas a nuestra celebración de Nochebuenas, el cansancio de ser hombre y sus consecuencias ha atravesado toda la liturgia de la Palabra, que acabamos de escuchar,  Isaías, en la primera lectura, lo llama “tinieblas” o “país de la oscuridad”, Pablo lo designa como “impiedad”, “iniquidad”, “impureza”, en su carta a Tito, el Evangelio lo llama “gran temor”, expresado en la sorpresa de los pastores, hombres considerados sospechosos de ser pecadores por el trabajo que ejercían, ellos mismos se encuentran impuros o indignos de ser los primeros portadores de la Buena Noticia esperada por Israel, un Salvador nos ha sido dado. ¿Será, entonces que el hombre está condenado y destinado al “cansancio” de su propia condición? ¿Será posible salir de ese estado? Revisemos, nuevamente, que es lo que celebramos en esta noche santa. En la oración colecta, al inicio de la celebración, hemos reconocido que el Niño que ha nacido es la Luz, y que la hemos conocido, por el Evangelio y el testimonio de los bautizados que se lo han tomado en serio. ¿Qué ilumina esta Luz? Nuestra vida, manifestada en José y María, una pareja formada por un obrero y una adolescente dueña de casa; desplazados, no se movilizan porque quieren, sino porque un poderoso lo ha mandado; y sin un lugar donde dar a luz. Los pastores, igualmente, nos representan, hombres a la intemperie para ganar el pan de cada día. Allí está la condición humana en su expresión débil, frágil, a la deriva. Es lo primero que el nacimiento del Salvador quiere iluminar, la realidad de nuestra  vida, sin mentiras y sin maquillajes, por más que recubramos nuestra condición humana, tarde o temprano, su pequeñez y su miseria se nos presenta cara a cara, en mis actitudes, en el bien que deseo, pero no hago, o en el mal que no deseo, pero realizo; o por otros, los que deben amarme o quienes deben, por razones políticas, religiosas o sociales, buscar el bien común, no responden o me abandonan o fallan.  Esta realidad iluminada por el Verbo hecho carne nos dice que la condición humana no puede salir verdaderamente de su cansancio por sí misma, y que debe ir más allá de sus límites, con el cuidado de no caer en los “sucedáneos de sentido” que acompañan la historia humana, entre ellos, el mercado, el mito del desarrollo, que al final solo profundizan este cansancio. La condición humana en su fragilidad, vulnerabilidad y debilidad es representada en la carne del Verbo presentada en las imágenes del Niño de Belén.
Y ¿Qué gana el hombre con que Dios asuma su pequeñez? He aquí la segunda iluminación de Belén, Dios no se cansa de la hombre, al contrario Éste lo ama hasta llegar a ser uno con la condición humana, el verdadero amante quiere parecerse, hacerse una carne, con lo amado. Sin esta experiencia de descubrirse amado el  ser humano está perdido. Cada hombre o mujer que entra al mundo vive esta experiencia, está perdido sí está solo, sólo puede crecer, subsistir y desarrollarse, en todas sus dimensiones, sí tiene quien lo ama, lo nutra, le hable. El ser amado es el destino del hombre, y este nacimiento es la prueba, desde aquí podemos afirmar que todo lo humano le importa y es querido por el Padre, construir familia, educar, trabajar, tener amigos, sufrir por la pérdida, enfrentarnos a la enfermedad, donarse, soñar que un mejor mundo es posible, comprometerse, y todo ello desde abajo; en palabras de Isaías la condición humana que descubre ser amada esta llamada a la reconciliación, todo lo que nos divide y nos impide ser hermanos será presa de las llamas o será quebrado, y Pablo invita a vivir el tiempo de espera, no mirando al cielo, sino construyendo un mundo mejor desde la sobriedad, la justicia y la piedad. El Evangelio por su parte nos invita a desterrar el miedo, a recuperar las confianzas en Dios y en el hombre. La condición humana que carga con el cansancio es a la vez amada y está preñada de un deseo que se frustra en la soledad, pero se consuma en la fraternidad, que nace de reconocer que necesitamos al otro por amor, así como el Creador al enviar a su Hijo en el vientre de María reconoce que nos necesita y ama. El hombre es más que sus circunstancias y más que su cansancio vital, necesita fidelidad incondicional al otro para poder construir cielos nuevos y tierra nueva, necesita del hermano y de Aquel que le ama hasta unirse a Él. En palabras de santa Clara de Asís,  “… por la gracia de Dios, la más digna de las criaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo, ya que los cielos y las demás criaturas no pueden contener al Creador, y sola el alma fiel es su morada y su sede, y esto solamente por la caridad, de la que carecen los impíos, como dice la Verdad: El que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y vendremos a él, y moraremos en él…” Ese es nuestro gozo y el camino para salir del cansancio, descansar en Jesús.
Que nuestro destino es ser amados hasta confiarnos y descansar en nuestro único Salvador, y no el cansancio es un don y una tarea, de allí que necesitemos recurrir a la fuente del Amor, para que en la consumación de su voluntad nos complemente y nos de lo que nos falta. Frente al pesebre nos servimos de Isaías, y con el Espíritu que nos habita, la Esposa, la comunidad de los bautizados, gime:

¡Ven, Consejero maravilloso! Ayúdanos a discernir cuales son las culpas, las estructuras, las ideologías que nos impiden descubrirnos como hermanos y encargarnos unos de otros en el amor.
¡Ven, Dios fuerte! Reviste nuestra debilidad con tu Gracia, la misma Gracia que revistió a María, a los pastores y a los Apóstoles, para aceptar que Tú eres nuestro único Salvador.
¡Ven, Padre para siempre! Y convéncenos que no hay pecado, enfermedad o muerte que pueda quitarnos tu mirada tierna.
¡Ven, Príncipe de la Paz! Y vence en nosotros el cansancio de ser hombres, reconciliándonos con nuestras historias, nuestros dolores y frustraciones, para que la Paz que infundes en nuestros corazones nos haga protagonistas de la construcción de un mundo más fraterno, justo y ecológico.
¡Ven, Señor, y no tardes! Para hacernos santos en nuestra propia condición humana, frágil pero amada por Ti.
Amén.

WALKING AROUND
SUCEDE que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a  un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto, 
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

23 de noviembre de 2012

Homilía Pascua hermano Fidel Clavijo, ofm.



28 de octubre de 2012

Hoy día, hermanos, en el marco de la celebración del triunfo de Jesucristo sobre el pecado y la muerte, ha querido la vida encontrarnos para recordar y alabar a Dios por el don de Fidel Clavijo, hermano franciscano. Fidel nació en el seno de la una familia de fe, sus papas Hernán y María, 7 hermanos, su padre diácono permanente de la Iglesia, desde allí se sintió llamado y conducido, “por amor de su nombre”, a las “verdes praderas” y las “aguas tranquilas”, el lugar del descanso y de la paz, como dice el Salmo 22, que no sólo es la vida eterna, sino la realización de la propia vocación, en su caso vocación sus laical a ser hermano menor, seguidor de Cristo al modo del hermano Francisco.

Pedí al coro cantar “Todo hombre simple”, que acabamos de escuchar, porque el Evangelio nos recuerda a un “hombre simple” a Timeo, el ciego. Un hombre simple es un hombre libre, con poco que perder y mucho que ganar. ¿Qué tiene que perder por invocar a Jesús? Timeo no se sienta a elaborar una teoría sobre el Mesías o “el Hijo de David”, está lejos de las escuelas farisaicas o saduceas, contemporáneas a Jesús, que necesitan pruebas, Timeo necesita solo misericordia con una vida de sufrimiento y marginalidad. Su fe nace de su humildad no teorizada sino vivida. Una humildad, que seguramente fue también humillación vivida. “Muchos lo reprendían para que se callara”, nos dice el Evangelio proclamado. Y Timeo recibe como premio esa misericordia esperada, me ha llamado la atención en los Evangelios, que las palabras de Jesús dadas a Timeo, y a otros pobres y marginados: “Vete, tu fe te ha salvado”, no son dirigidas nunca a los Apóstoles o a los discípulos más cercanos. De Timeo no sabremos más en el Nuevo Testamento, que se hizo discípulo no hay duda, luego de recuperar la vista seguía a Jesús, pero no fue de los círculos más íntimos, Timeo representa la santidad anónima y cotidiana de tantos hombres y mujeres de fe, que nunca llegarán a un altar, pero que innegablemente, han marcado vida ¿a cuántos convirtió Timeo contando como paso de ciego a vidente gracias a Jesús? Nunca lo sabremos, pero no tengo dudas que el corazón de muchos abrazó a Jesús por su testimonio. Junto a Timeo, los franciscanos tenemos al hermano Junípero, uno de los primeros compañeros de Francisco, cuanto era el cariño que se profesaban y quizás, porque no, San Francisco y san Buenaventura no habrán envidiado la libertad de acción y de palabras del más simple de los primeros compañeros en la vida fraterna franciscana. En esa tradición quiero unir el testimonio de Fidel entre nosotros.

Fidel fue un “hombre simple”, de esos hermanos menores que no elaboran ni teología, ni pueden ostentar títulos académicos o ser contados entre los llamados a ocupar los oficios o servicios de autoridad entre los hermanos, siento que por ello, era un hombre simple y libre, como un niño grande, que dice lo que piensa, a su modo, pues es “poco” lo que tiene que cuidar o perder, su vida, sencillez y humildad, nos recuerda al ciego Timeo del Evangelio, y a Junípero de la primera fraternidad de hermanos menores. Un hombre simple necesita pocas cosas para ser feliz. Cosas como tecnología o ropa, no son malas en sí, pero pueden robarnos la libertad de amar o peor aún pueden desviar la atención sobre lo esencial, ser hermanos menores en misión, en el caso de cualquier seguidor de la vida franciscana ¿Podríamos negar que Fidel fuese un hombre simple y pobre? Pocas las cosas que podamos decir fuesen de él y pocas las cosas que anhelase como propias, trabajaba con sus propias manos, podía ser sacristán o estar inserto en la población, o en una casa de misiones, Fidel era siempre el mismo, feliz y bonachón. Encarnó que “… los gozos simples son los más hermosos, son aquellos que al fin son los más grandiosos…”, era un gozador de la vida, como dice el canto, verlo disfrutar de alimentar al pavo real o a las aves del parque del Convento, cantar a toda voz en las misas, o verlo correr a la puerta del templo en medio de las protestas callejeras del último tiempo, era descubrirlo niño ¿Quién puede olvidar su risa estruendosa, capaz de llenar una sala? Su fuerza era el Señor, no tengo dudas, fiel a la oración cada mañana y tarde, compañero fiel en el oratorio de nuestro hermano Lele. Esa fuerza lo llevaba a creer con firmeza en que para Dios nada es imposible, sanar el cuerpo y el alma, allí no necesitaba de las discusiones de escuela sobre que es un milagro o sí es canónico, es decir, dentro de las normas de la Iglesia, que un laico pueda imponer manos. Podía intelectualmente no dar razones de esa fe, pero no podemos negar a cuantos ayudo a superar un problema o a vivir un dolor, una enfermedad, una pérdida ¿Cuántos abrazaron o profundizaron su fe gracias al testimonio de esa fe simple? Quizás nunca lo sabremos. Sólo esa fe de hombre simple, explica que siendo no pocos quienes lo buscaban, nunca hiciese de ello un negocio o se llenase de un orgullo apropiador del don, todo lo contrario, la misma humildad en el actuar y sentir en el día a día. Como “hombre simple” se consagró como hermano laico franciscano, estudió, cosa que le costó, como ya dije vivió en la inserción, formación, casas misioneras, sus últimos años acá en san Francisco de Alameda, sirvió en la OFS, acompañó comunidades, especialmente, en estos últimos años se asocio a la Renovación Carismática. Se destacó con un profundo sentido social, una profunda opción por los pobres, en el Comedor san Antonio y la Ayuda Fraterna, que los extrañaran mucho, igual que los beneficiados por su ayuda anónima. Los extrañaran, también, quienes se vieron acompañados por sus tés o cafés bien conversados, nunca acompañados por quesos calientes, que le hacían mal. Lo extrañaremos, también, sus hermanos franciscanos ¿Quién va a ser el primero en bajar a la cripta para ayudar a bajar a los hermanos difuntos? ¿Quién nos va a sorprender con las preguntas-discurso en los Capítulos o jornadas provinciales? ¿Quién va a ser el primero disponible para los trabajos de fuerza bruta?  Sí. Lo vamos a extrañar, su familia, sus hermanos, el pueblo de Dios, porque hemos perdido a un hombre simple, que nos ha hablado de Dios, de su gracia, de su misericordia, de su fidelidad, en la limitación y debilidad de un hermano, capaz del bien y la solidaridad. Descansa en paz, Fidel, y ahora goza junto al Amado siendo plenamente tú, porque lo que nosotros esperamos, en ti ya se ha manifestado. Paz y Bien

19 de mayo de 2012

El Espíritu Santo como "aire".





Hno. Manuel Alvarado S., ofm

¿Existe algo más sutil, en nuestra experiencia humana que el aire? No pesa, no tiene olor o color, y sin embargo, es esencial para la existencia de la vida, es una mediación fundamental para ella. La vida se va en inspirar y expirar a cada momento, este movimiento biológico habla, también, de nuestra experiencia religiosa, “inspirar” o “estar inspirado” habla de estar invadido de un “buen espíritu”, que nos abre a la felicidad o al placer; y expirar nos habla de la muerte, de abandonar o ser deshabitado del “espíritu”. De la experiencia biológica y religiosa podemos entrar al misterio de la Trinidad, con los cuidados y salvaguardas correspondientes: “El Espíritu de Dios es, pues, la misma Vida divina, su propio hálito o respiración. Tanto el Padre como el Hijo respiran el mismo «aire» (pneuma) divino; ese es su único y común Espíritu, que se identifica con el Amor gratuito”[1]. El Padre y el Hijo inspiran y expiran amor, pero de cualquier tipo o forma, sino de aquel que “… es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca…”[2].

Iluminación bíblica.

Dos textos del Antiguo Testamento nos invitan a descubrir como el Padre y el Hijo respiran en el mundo su amor gratuito:

·         Génesis 1,1-2:
“En el principio creó Dios el cielo y la tierra.
La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento[3] de Dios aleteaba por encima de las aguas”.
               
                Con estas palabras comienzan los textos sagrados de la tradición judeocristiana, en el inicio está Dios y el vacío o la nada, que sería el lugar del caos y la confusión, mejor dicho sería el “no-lugar”. Y Dios, el Padre respira sobre él, de allí que el autor sagrado use al aire en movimiento, como un viento o un soplo. Lo que expira el Padre, el Amor gratuito, da el orden, construye el escenario de la existencia, tierra, agua, cielo, lo que las habita, hasta el ser humano, en quien el respiro de Dios se hace explicito, “… Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente…” (Gén. 2,7). La liturgia de la Iglesia expresa esta verdad con claridad y maestría, “… hiciste todas las cosas para colmarlas de tus bendiciones…”[4], de aquí que todo y todos sean intrínsecamente buenos, pues han nacido de la inspiración del Padre. La fe cristiana ha agregado el rol del Hijo o de la Palabra en la Creación: “Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada. Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron...” (Jn 1,3-5) El Paso del “no-lugar” a un “donde poner las bendiciones” del Creador, no se ha hecho sin modelo o un motivo, sino que desde el amado por el Padre, Él es la medida y forma de las cosas y del ser humano, por lo tanto, es el sentido último de todo lo existente, y es la inspiración de todo lo salido del Amor gratuito del Padre, y su expirar es la “luz” que vence toda oscuridad. En la Creación el Padre y el Hijo respiran al Espíritu Santo, van más allá de sí mismos, no basta con amarse a sí y en sí mismo, abren su mundo, del cual se ocupan y preocupan, hasta el extremo que todo lo realizado será desde el primer momento de la creación “por nosotros, los hombres, y nuestra salvación”[5], como lo expresa el Credo Niceno-Constantinopolitano.

·         1Reyes 19,9-16:
“Allí se introdujo [Elías] en la cueva, y pasó en ella la noche. Le llegó la palabra de Yahvé, diciendo: "¿Qué haces aquí, Elías?" Él dijo: "Ardo en celo por Yahvé, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela." Le dijo: "Sal y permanece de pie en el monte ante Yahvé." Entonces Yahvé pasó y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante Yahvé; pero en el huracán no estaba Yahvé. Después del huracán, un terremoto; pero en el terremoto no estaba Yahvé. Después del terremoto, fuego, pero en el fuego no estaba Yahvé. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, enfundó su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva. Le llegó una voz que le dijo: "¿Qué haces aquí, Elías?" Él respondió: "Ardo en celo por Yahvé, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela." Yahvé le dijo: "Vuelve a tu camino en dirección al desierto de Damasco. Cuando llegues, unge rey de Aram a Jazael, rey de Israel a Jehú, hijo de Nimsí, y profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá.” Al que escape de la espada de Jazael, lo hará morir Jehú; al que escape de la espada de Jehú, lo hará morir Eliseo. Pero yo preservaré en Israel un resto de siete mil hombres: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal y todas las bocas que no lo besaron".


                El “susurro de una brisa suave” tiene más fuerza que lo tremendo de un viento huracano, un terremoto o un fuego, esta es la experiencia del Profeta Elías en el Horeb, en el mismo lugar donde Moisés se encontró con la zarza ardiente, inicio de la liberación de Egipto. Hay que tomar en cuenta, que este encuentro no es el punto de partida de la conversión o de la misión de Elías, sino, prácticamente, el final de su camino. ¿De qué, entonces, tendría que liberarse un profeta hecho y derecho?[6] Dos son las ambigüedades presentes en la experiencia del profeta que serán convertidas en el encuentro con la “brisa”, primero el apropiarse de Dios y de su obra, Elías en su búsqueda de ser reconocido como autoridad, convencido que él sería el mejor consejero, por el Rey Ajab, quien ha abrazado al ídolo Baal, por influencia de su esposa Jezabel, ha hecho de Yahvé un instrumento de su plan, abusando de la palabra que le ha sido confiada. Dios le ha pedido que anuncie el fin de la sequia que azota al pueblo al rey y Elías, en vez, de ello desafía al rey y los profetas de Baal, desafío en el que vence con la ayuda de Yahvé, y más aún aplica violencia, exterminio, sobre los vencidos profetas de Baal. El camino de Elías es adquirir un pueblo, en tensión entre la fe de sus padres y el ídolo de los poderosos, a través, de la violencia y la fuerza. Este camino sólo lo lleva a enfrentarse con su impotencia, Jezabel será más fuerte y más violenta que él, y el aparente triunfo se convierte en derrota, depresión y frustración. Segundo, Elías no está sólo, no es verdad que todo el pueblo ha sido seducido o arrastrado al culto de Baal, hay un pequeño resto siempre fiel, aunque anónimo y conocido por Dios. Cuando Elías es tocado por la “brisa” descubre el verdadero rostro de Dios, no es el Dios de la violencia o de la fuerza, ni es el Dios de una gran masa, es el Dios suave que no quiere la muerte del pecador, no quiere el exterminio sino ser la buena noticia, el es la acogida y la compañía en medio de las alegrías y las miserias de la vida del ser humano; para Él cada gesto y obra de gratuidad, justicia o solidaridad no cae en el vacío o en el olvido, por muy anónimo que sea el gesto o quien lo realice, sus ojos están atentos a los corazones. El Amor gratuito inspirado y expirado por el Padre y el Hijo obra en la historia, que es su propiedad, por ser la primera criatura, según sus designios y no según los del ser humano, por muy loables que sean, y desde lo pequeño. A esta convicción somos invitados a convertirnos junto a Elías.

Iluminación franciscana.

Al tocar el tema del Espíritu Santo como el hálito o aquello que el Padre y el Hijo inspiran y expiran, y unirlo al testimonio de san Francisco de Asís, es imposible no releer el Cantico del Hermano Sol. Este poema es fruto de una vida ya vivida, al igual que la experiencia de Elías y la suave brisa no es punto de partida sino el de llegada, es la síntesis de una experiencia vital. El “aire” es nombrado en el Cántico, “Loado seas, mi Señor, por el hermano viento, y por el aire, el nublado y el sereno, y todo tiempo por el cual a tus creaturas das sustento”[7], esta alabanza nos une al Credo Niceno-Constantinopolitano, al decir que el Espíritu Santo es Señor y dador de vida, este elemento de la naturaleza, en sus distintas manifestaciones climáticas nos abre a abrazar la vida como el gran don de Dios, sin el “aire” expiramos definitivamente, sin sus movimientos y cambios la existencia de todo lo creado sería imposible. De allí, hay que descubrir que todo es gracia, hasta el tan anónimo e inconsciente acto de respirar y eso hace explotar en una alabanza extática al hermano Francisco, la vida es un don y el mismo Dador la sostiene, en su biología, en su espiritualidad, en su historia, toda posibilidad de existencia es un don en el amor gratuito e incondicional con que Él se nos da. En esta línea considerar al Espíritu Santo como un viento, una brisa o el aire, es signo de respeto por la vida, en todas sus formas, y de la vida humana en todos sus momentos, desde el primer instante de su concepción hasta su muerte natural, pasando por el cuidado de la salud, propia y del prójimo, y de la dignidad encerrada en cada ser humano, y de la de cada creatura. El mismo san Francisco lo testimonia al final de sus días, “…estando ya para morir, confesó que había pecado mucho contra el hermano cuerpo…”[8]
El Espíritu Santo como don gratuito e incondicional, el aire es para todos y todo, nos muestra, también, que es tarea. La vida es para vivirla y para vivirla bien. El Cántico enseña que el modo de habitar el mundo es la comunión, la integración, de lo masculino y lo femenino, Sol, luna, estrellas, viento, aire, nube, clima, fuego, agua, la tierra, no están solos sino en parejas en la alabanza. Incluso, aquello que acallamos como realidad, la muerte, tiene espacio y es signo y don. El hombre y la mujer alaban a Dios con una vida reconciliada, el perdón, consigo mismo, con su historia, con sus prójimos, con la Creación. El camino para esta reconciliación o vivencia del perdón, como signo de estar en el movimiento trinitario, es la fraternidad, hermano de todos y de todo, no como un simple sentimiento sino, también racional, profesar al Padre Creador, al Hijo solidario con la miseria y la pequeñez humana y al Espíritu Santo como dador de toda existencia, nos hace profundizar en nuestras relaciones sociales, eclesiales y ecológicas. De allí, que para el hermano Francisco, hermano sea el que abraza con él su estilo de vida, funda la Orden de los hermanos menores; sean los pobres, los creyentes y cada creatura. El don de la vida se hace tarea en nuestras relaciones, quien descubre lo que se respira en la Trinidad no puede volverse indiferente, ya que amar es respetar la libertad del otro, deja a Dios ser Dios y al hermano ser hermano, se aleja de la violencia como camino de convencimiento; y busca abrazar en su pequeñez la fragilidad de otros, aunque estos otros me hayan herido o no crean como yo, o en lo que creó yo, el abrazo impide la discriminación y va más allá de la tolerancia, así abre los ojos para ver a los pequeños “restos” de hombres o mujeres, que tienen su misma búsqueda, hacer un mundo mejor.

Bibliografía.

a)      Fuentes del Magisterio.
·         Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus Caritas est (DCe)
b)      Fuentes Franciscanas.
·         Cántico del Hermano Sol (Cánt) en: Los Escritos de Francisco y Clara de Asís, textos y apuntes de lectura. Editorial franciscana Arantzazu. Oñati. 2001.
·         Leyenda de los tres compañeros (TC) en: San Francisco de Asís, escritos, biografías, documentos de la época. BAC. 1985.
c)       Libros de autor.
·         Bentué, Antonio, 2004. En qué creen los que creen. Claret, 1° edición. Buenos Aires.
·         Varone, François, 1988. El dios “sádico” ¿Ama Dios el sufrimiento? Sal terrae, 1° edición. Santander.


[1] Bentué, Antonio, 2004: 114
[2] DCe, 6.
[3] Todos los textos bíblicos serán tomados de la Biblia de Jerusalén edición del 2001. En otras traducciones se opta por “soplo” (La Biblia del Pueblo de Dios), “Espíritu de Dios” (Biblia de las Américas, Latinoamericana) al traducir el pneuma de la versión griega. En todas estas opciones de traducción se tiende a entender el Espíritu Santo en conexión con el aire en movimiento.
[4] Prefacio de la Plegaria Eucarística IV.
[5] El Credo Niceno-Constantinopolitano usa esta expresión para referirse específicamente a la encarnación, pero eso no excluye la Creación y el destino de todo y todos, la escatología, pues el Verbo bajado del cielo y encarnado en el vientre de María da luz, profundidad y plenitud a estas dos acciones del Dios Trinitario.
[6] Vamos a seguir aquí la interpretación de 1Re 17-19 en Varone, François, 1988: 31-47.
[7] Cánt 6
[8] TC 14

8 de mayo de 2012

EL 2012 el año de la Fe.


(Publicado en PANCHITO de abril del 2012)

Hno. Manuel Alvarado S.
Asistente Nacional OFM

El Papa Bendicto XVI ha convocado desde el 11 de Octubre de 2012 a la fiesta de Cristo Rey del 2013 a un año de la Fe, cuyos objetivos están expresados en Carta Apóstolica en forma motu proprio titulado Porta Fide (PF). En el horizonte de esta celebración esta el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II, inspiración del Beato Juan XXIII, miembro de la OFS, y los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica por el Beato Juan Pablo II. Estos dos hechos marcan para nuestra espiritualidad franciscana un tiempo de gracia, nos invitan a renovar nuestra vuelta a las fuentes, al Cristo de Francisco y a la experiencia bautismal del pobre de Asís y de Clara, de quien aún celebramos los ochocientos años de su huida en Domingo de Ramos y funda a las Damas Pobres. El Catecismo nos renueva en nuestra Formación Permanente, directa o explícitamente estamos citándolo, aun nos queda la no fácil tarea de leerlo a la luz de nuestra tradición, en fidelidad a la comunión y a la inspiración de nuestros Padres, Francisco y Clara. Al mirar estos últimos cincuenta años, con sus gozos y dolores, somos invitados a volver a pasar por la “puerta de la fe”, lo cual “… supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22)” (PF 1). Este camino del bautismo a la vida eterna, nosotros lo hacemos profesando la forma y vida de los franciscanos, en la cual yo “… renuevo las promesas del bautismo y me consagro al servicio de su Reino…”, prometiendo “… vivir el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo en la Orden Franciscana Seglar, observando la Regla según mi estado laical (fórmula de profesión OFS). Este Año de la Fe, nos debe abrir a renovar el compromiso con el Credo, la síntesis de las verdades de nuestra fe, no sólo como conocimiento sino ante todo como práctica cotidiana de nuestro modo de vida franciscana.

11 de septiembre de 2011

Comentarios a los Evangelios mes de septiembre.

Publicados en Nuestro Camino de Septiembre de 2011

Domingo 23º durante el año. 04 de septiembre de 2011.

Lecturas: Ez 33,7-9; Salm 94; Rom 13,8-10; Mt 18, 15-20.

Título: El desafío de corregir al hermano desde el amor.

Comentario al Evangelio.

El Evangelio de este día nos enfrenta a uno de los temas más difíciles de nuestras relaciones comunitarias: la corrección fraterna. Jesús parte diciendo “Sí tu hermano peca contra ti”, y, por lo tanto, esta en relación al pecado y ¿Qué es pecar? Pecar es faltar al amor, y no al amor como una sencilla emoción sino que aquello que permite vincular el amor con las intenciones y las acciones del hermano, se falta al amor cuando se niega la verdad, el respeto por las cosas, la dignidad, el cuerpo del otro. Pecar es negarle el amor debido al hermano y es herirlo porque no actúas a la altura de lo esperado. Pecar es herir al otro. Y es mayor la herida cuando esta es proferida por quien debe amarte, por ello, no hay mayor dolor que la infidelidad de pareja o el abandono de los padres o la traición del amigo. La única deuda entre ustedes es el amor mutuo, dice san Pablo, y cuando esa deuda se acrecienta, porque no somos amados con intención y con actos por los que deben, sólo nos queda enfrentarnos a la desazón y la frustración. Cuando tu hermano falta al amor contra ti, que te duela, pero que ese dolor válido y legítimo, has sido herido, no se cierre solo en lo realizado contra ti, ábrete y ponte en su lugar ¿Qué oscuridades? ¿Qué luchas existen en el interior de ese hermano para que actuara así en tu contra? Sal de tu dolor y ponte es su lugar, sí tu amas a tu hermano no lo puedes dejar en su error, en su oscuridad, en su falta de testimonio, por eso, “ve y corrígelo”. La corrección fraterna parte desde el amor del herido por su victimario, es la actualización del “perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”, grito de Jesús en la cruz. El secreto es sentir a ese capaz de herirte como hermano o hermana, no es cualquiera, es quien comparte contigo un origen común, un mismo Padre, y una herencia común, la de ser hijos en el Hijo. Hacerse otro Cristo es desear y trabajar para bajar de la cruz del egoísmo, del carácter, del límite moral a quien tiene dificultades para amar, cuando tu sales de tu dolor y abrazas ese dolor secreto e íntimo de tu hermano, causante de tu dolor, e incluso de tu rabia, lo desclavas, lo bajas de su cruz, en palabras de este Evangelio, lo liberas, lo absuelves. El hombre o la mujer no cambia de vida, se libera, se convierte, por un conjunto de normas o de reglas, lo más transformador es el descubrirse amado y aceptado por otro, otros y por el Gran Otro. Ese abrazo con el ofensor es “desatar” a tu hermano en la tierra, para que pueda abrirse al cielo.

La corrección fraterna no puede ser realizada de cualquier modo, debe nacer del amor y mantener el sigilo, el respeto por la buena fama y la honra del ofensor, por eso, “corrígelo en secreto”. Ese respeto es debido también para los testigos y la propia comunidad, que debería irse involucrando en la crisis de amor entre hermanos. No es un tema fácil, una de nuestras mayores debilidades humanas, hoy acrecentadas por la “farandulización” de las relaciones humanas, es ser livianos “de lengua” y de juicio sobre el otro, nos cuesta guardar silencio y secretos del otro, pero esta es una condición necesaria e impuesta por el propio Jesús. La corrección fraterna no tiene como finalidad la expulsión del hermano ofensor, la verdad es que sí tu hermano no tiene la voluntad de ser liberado por el amor, no es echado fuera de la comunidad, sino que el mismo se ha puesto en la periferia y ya se ha ido. El don de la comunión fraterna tiene responsabilidades, una de ellas es contribuir a la construcción y la consolidación de la misma, y ello, implica comprometerse con el otro y revisar periódicamente el propio actuar, sentir y vivir.

Finalmente, debemos reconocer que nuestra experiencia puede contradecir a Jesús, corregir al otro no hace ganarme a mi hermano, al contrario, puede significar que lo pierda. Por eso, es fundamental tomarse en serio las últimas frases del texto de hoy, “donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. La verdadera corrección fraterna no es un acto impulsivo sino un acto de discernimiento, requiere paz interior, la cual nace del encuentro con Jesús. ¿Qué es la paz interior para enfrentar la corrección de tu hermano? Hay un ejercicio sencillo, sí tienes que corregir a tu hermano, pero descubres que no tienes nada bueno que decir de él, es mejor esperar y orar, para que sea el amor el motor del reencuentro fraterno.

Preguntas:

¿Puedo actuar más allá de mi legítimo dolor y rabia frente a la ofensa de mi hermano? ¿Puedo perdonar o soy fiel a la fatídica frase “yo no perdono, sólo Dios puede hacerlo, a lo más disculpo? ¿Estoy dispuesto a ser corregido fraternalmente por mis hermanos, pastores y familiares?

Domingo 24º durante el año. 11 de septiembre de 2011.

Lecturas: Ecli 27,30-28; Salm 102; Rom 14,7-9; Mt 18,23-35.

Título: Que la misericordia recibida se convierta en misericordia con tus hermanos.

Comentario al Evangelio.

La corrección fraterna, tema central del Evangelio del domingo pasado, no es un tema fácil de vivir, la tentación es interpretar equívocamente la expulsión, del corazón, de la agenda, de la comunidad al ofensor, al que tiene dificultades para amar, como la solución, Pedro lo expresa con claridad en el inicio del texto de este domingo. Pareciera de sentido común, que las oportunidades tienen un techo, un límite. No se puede perdonar siempre “¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me hagas? ¿Hasta siete veces?” Y sí ya lo perdone siete veces ¿Se hace válido, entonces, negarle el saludo, desconocerlo, marginarlo? El riesgo de todo techo es que se puede alcanzar y lo que pase más allá, puede ser fuente de injusticia y de falta de testimonio. La respuesta de Jesús es no pongas tú los limites, “hasta setenta veces siete” es un juego simbólico de palabras, quiere decir siempre. Cargar con tu hermano desde el amor no tiene límite, y ese amor se expresa en el perdón, la gratuidad y la compasión, y esta tarea debe ser vivida con humildad, ama sin esperar cambios, y ama no porque sea tu propiedad el hermano o el amor, ama porque has sido amado primero, perdona porque has sido perdonado primero, como decimos en la consagración del vino en la liturgia, haz lo mismo en memoria de quien te ha amado incondicional y gratuitamente. Ese es el norte de la parábola que corona Mateo 18.

Revisemos esta parábola. El “rey” es una imagen de Dios y las “cuentas a arreglar” son la conciencia del creyente que su vida, su familia, su iglesia, su sociedad son prestadas, no son su propiedad, y como vive y existe no por sí mismo sino por gracia y don del Gran Otro, hay un momento en que debe dar cuenta por lo hecho o dejado de hacer, dicho y sentido, es el fondo del “Yo pecador” de la liturgia, hemos faltado al amor en “pensamiento, palabra, obra y omisión” ¿Cuándo se tiene esta conciencia? Normalmente cuando se vive una crisis de salud, de relaciones humanas en la familia, en lo laboral, en lo eclesial o en lo social, frente a la muerte; hay no damos cuenta de la no propiedad sobre las cosas, los proyectos y el prójimo. La crisis nos pone frente al espejo de nuestra pequeñez. Como el rey es el dueño de la vida es justo que realice el ajuste de cuentas, y cuando se encuentra con el primer deudor, ojo representa al ofendido, al herido por su hermano; es igualmente justo aplicar la pena o castigo, ser vendido como esclavo junto a los suyos y sus propiedades. El rey da la primera señal, va más allá de la justicia, no la niega pero la supera, la misericordia es más perfecta que lo justo, abrazar el dolor, el miedo, la poquedad del otro y sentirla como propia es un camino que no niega exigir o pedir lo que corresponde, pero es un modo más unido al amor y a la tarea de cargar y encargarse del hermano. Trata a los demás como te gustaría ser tratado, dice una vieja frase en boca de Jesús, pero más antigua que la encarnación del Verbo, esta en la conciencia del hombre y la mujer de diversas culturas y tradiciones religiosas. Es bueno notar, que lo que pide el deudor, “dame un tiempo y te pagaré todo”, es sobreabundantemente superado por la misericordia del rey, “le perdonó la deuda”, no hay techo para la misericordia. No hay techo o límite pero hay responsabilidad, “haz tú lo mismo” es la exigencia que nace de ser agraciado por la misericordia del rey.

Surge en escena un segundo personaje, el ofensor, quien te hirió o pecó contra ti. La justicia tiene como finalidad superar el “ojo por ojo, diente por diente”, pues la verdad es que la aplicación de la Ley del talión solo generaría una sociedad de tuertos, ciegos y desdentados, por lo tanto, lo justo no es hacer a tu hermano el mismo mal que te realizó, no es válido devolver mal por mal. Ese es un avance de la cultura humana, pero el seguimiento de Jesús pide un paso más, no es suficiente para el creyente buscar la restitución del mal sufrido, sino abrirse al perdón, a la reconciliación, a reconstruir la comunión y la convivencia fraterna. Lo que escandaliza es que los creyentes, quienes se suponen se han encontrado con Jesús en la forma de la sobreabundante misericordia derramada sobre su vida y sus relaciones sociales, religiosas, familiares, etc., no puedan realizar lo mismo que Jesús y su Padre han hecho en él, lo han aceptado y acogido en el seno de su familia, le han perdonado, le han dado un norte para vivir… haz tú lo mismo… No hacerlo es hacer de la fe algo superficial e inútil para transformar la vida de otros, quien no da lo que ha recibido gratis corre el riesgo de ser sobreabundantemente mal tratado, de ser tratado como él ha tratado a su hermano, con la regla que midas serás medido. La misericordia de Dios no tiene límite, pero muchas veces la tuya sí, y por eso, tu capacidad de perdón, de construcción de la comunión y la solidaridad, será la regla del juicio del Maestro.

Preguntas:

¿Con qué regla quiero ser juzgado por el Jesús? ¿Por la sin techo o límite de Dios, o por la estrecha que uso con mi prójimo? ¿Cuáles son los signos en mi vida donde descubro la sobreabundante misericordia del Padre? ¿Soy misericordioso con mis relaciones familiares, laborales y comunitarias?

Domingo 25º durante el año. 18 de septiembre de 2011.

Lecturas: Is 55,6-9; Salm 144; Flp 1,20-26; Mt 19,30-20,16.

Título: La vocación cristiana a servir debe respetar el proceso de cada ser humano.

Comentario al Evangelio.

El ser humano es complejo por naturaleza, nace, crece y se consolida según procesos sociales, psicológicos, afectivos, etc. Es criatura de procesos y los procesos tienen tiempos y respuestas que dependen de los sujetos, nadie vive una adolescencia o un enamoramiento o un proceso de inserción laboral igual al vivido por otro, pueden haber semejanzas más no serán iguales. Nada es más inhumano que los uniformismos culturales, sociales o religiosos, ni nada más desfigurador de la condición humana que exigir al otro que piense, sienta o actúe como yo. Las dictaduras, de cualquier signo, caen finalmente al no tomar en cuenta el valor de la diversidad y de la individualidad. La Trinidad creadora, el Padre que formó, el Hijo que dio su imagen y el Espíritu Santo que donó la subsistencia a todo lo existente, no puede desconocer esa realidad, de hecho la diversidad de las creaturas y del ser humano no es una desgracia ni un límite sino su mayor riqueza, la suma de lo diverso da como resultado lo perfecto, lo pleno. Sí el Dios Trino y Uno esta en el origen, el plan de salvación asume la complejidad y la diversidad del hombre o la mujer, es una propuesta para cada ser humano, según su edad, condiciones, lugares sociales, cultura y capacidades; espera la madurez para que la propuesta de respuesta. De ello nos habla la parábola de este domingo.

El propietario de la viña, quien desea contratar obreros, no es otro que el mismo Dios, propone un trato justo, un denario por el día de trabajo. La viña es el mundo y es el lugar donde los contratados son enviados, el trabajo allí consiste en hacer pasar de mundo a Reino de Dios, por lo tanto, la labor esta unida al testimonio. Los discípulos esto lo sabemos, debemos convertir las estructuras de muerte en estructuras de vida; discernir en el hoy y sus ídolos, como el mercado, el dinero y el status, y la propuesta de Jesucristo, solidaridad, comunión, encuentro; no son pocos los esfuerzos de las iglesias por dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, acompañar al moribundo, según los lugares y las necesidades, en tiempos fuertes o como algo permanente, allí están nuestros comedores, hogares de ancianos, campañas en torno a Navidad o a algún santo como San Alberto Hurtado. Así se trabaja en la viña del Señor, pero en este mismo trabajo se encuba una de las mayores tentaciones del creyente, la apropiación de la obra. Reflexionemos un poco sobre esto, nos falta de pronto generosidad y gratuidad para dar espacio a otros o a otros proyectos en el amor al prójimo, que da fruto en la solidaridad o en la construcción de la comunidad. No son pocos los agentes pastorales, religiosos e inclusos pastores, que sospechan de toda novedad en la entrega; no son pocos los que tienen una mirada “militarizada” de ser Iglesia, “antigüedad constituye grado”, cerrando puertas o restando gente en vez de sumar; la mayor deuda de nuestras comunidades esta en la acogida a las personas y a los aportes de jóvenes o los recién llegados. Nos falta purificar nuestros modos de ejercer la autoridad, que en su origen no es poder sino acompañar a otros en el crecer, nos predicamos mucho a nosotros mismos, por nuestras propias debilidades y fragilidades, olvidando que desde el último bautizado y al Papa, esta y habla el mismo Espíritu, que nadie es tan rico como para no necesitar nada ni tan pobre como para no tener algo que compartir. La falta de generosidad y gratuidad con el prójimo, no sólo se expresa en la horizontalidad fraterna, se vuelca, también, a la relación con Dios, el creyente puede olvidar que es sólo un contratado en la viña y sentirse y actuar como el propietario, la alarma la expresa Lucas, por ejemplo, en el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, Mateo la expresa en esa queja de los que se sienten injustamente tratados por el propietario, al recibir la misma paga que los del mediodía o los del atardecer. Es una queja recurrente, que oímos en parroquias, comunidades y diócesis, “porque se reconoce al recién llegado” o “se me posterga a mí con equis años de párroco o de catequista o de animador”, no son pocos los que al dejar un oficio se enojan tanto que dejan la comunidad o notoriamente se alejan.

El Reino de Dios se construye en la suma de todos los dones, la comunidad perfecta no se crea por uno o unos pocos, sino por el aporte desde lo diverso de cada seguidor de Cristo, sin importar cuando se llegó o cuanto tiempo se ha trabajado. El Reino es para y de todos, pero exige profundizar en la generosidad y en la gratuidad de lo hacemos pastoralmente, no sentirnos propietarios de la viña sino siervos contratados no por mérito propio sino por pura gracia a asumir un proyecto más grande que yo y mis debilidades, en donde debo sumar lo que soy, tengo y sueño, no sólo ni sólo con Dios, sino caminando con otros, unos con más camino y otros más lentos que yo en la fe, no dependiendo ni de la edad ni la condición sino del proceso de vida, que sí Dios respeta en su diversidad e individualidad ¿Con que derecho yo, puedo no aceptar a mi hermano con su vida, sus preguntas, su ritmo?

Preguntas:

¿Me siento libre para asumir o dejar servicios en mi comunidad? ¿Cómo esta la acogida al recién llegado o al retornado o a los proyectos en mi comunidad? ¿Cómo construir esa acogida necesaria para el testimonio?

Domingo 26º durante el año. 25 de septiembre de 2011.

Lecturas: Ez 18,24-28; Salm 24; Flp 2,1-11; Mt 21,28-32

Título: Hay que involucrar toda mi existencia en una verdadera obediencia al plan de Dios.

Comentario al Evangelio.

La parábola que acabamos de leer es la versión de Mateo de la parábola del Hijo Pródigo de Lucas, tiene aspectos semejantes y diferencias notorias. Esta dirigida a la clase dirigente de Israel, “sacerdotes y ancianos del pueblo”, estos representan la autoridad no sólo religiosa sino, también, la representación política, y lo más importante son los depositarios del saber y quienes sirven a Dios y al pueblo. Habla de los “seguros de la fe”. El texto encierra una profunda crítica a la conducción y guía de quienes tienen la misión de animar la vida del pueblo, en todas sus dimensiones. En el centro esta la obediencia, ella significa escuchar con atención, implica hacer el esfuerzo por saber discernir y comprender lo que el otro quiere, exige apertura y cercanía con el otro. La obediencia no se reduce a sencillamente realizar lo que se manda y pedir la obediencia es más que simplemente mandar ¿Cómo Dios pide nuestra obediencia? “Hijo, quiero que vayas a mi viña a trabajar”, es lo que pide a ambos hijos, la frase no habla de imposición sino de proposición. La propuesta nace de un diálogo que asume la libertad, yo quiero que vayas, pero finalmente la decisión es tuya. La respuesta negativa del primero no da como resultado la rabia o la amenaza del castigo; de igual modo, la respuesta positiva del segundo no se acompaña ni con la alabanza ni con la promesa de una recompensa. Tanto la promesa de amenaza como de recompensa, coartan la libertad, esta bien, quizás, para tratar con niños, pero no con adultos, el hombre o la mujer maduro debe decidir motivado por su libertad y por la búsqueda de aquello que más convenga a sí mismo y a su sociedad. Jesús manifiesta, primeramente, que vivir la voluntad de Dios debe nacer de un acto libre, de hombres y mujeres maduros en la fe, capaces de discernir lo que es acorde o no con lo que creen y esperan. El primer acto libre es aceptar haber sido amado primero gratuita e incondicionalmente, que de esa libertad de y para amar nace la responsabilidad por mi vida y la vida de mi prójimo, responsabilidad se traduce en cargar y encargarme de mi hermano desde mi contexto, esa es la misión, “trabajar en la viña”, a la que soy llamado. Debo comprender la voluntad de Dios, asumir mi misión para la humanidad, la iglesia y el mundo con gratuidad, generosidad y humildad, no olvidarse somos “contratados” no somos “propietarios”.

Toda propuesta espera una respuesta, no sólo de labios sino de toda mi persona. El primer hijo dice que “no”, pero luego reflexiona y sin más vive su vocación, en cambio, el segundo, dice “si”, pero no es sincero, quiere dejar tranquilo a su padre y él mismo quedar bien, finalmente no hace lo que su padre quiere, sino sólo lo que el quiere. Este último modelo es el más peligroso, detrás esta la manipulación, manejar a los demás para mis intereses y satisfacciones, con la boca dejo felices a muchos, pero en mi interior no hago nada que no me sirva, es un verdadero ególatra, mi yo se hace dios. Esta egolatría unida al poder es nefasta, una Iglesia o una sociedad en manos de quienes no quieren servir a nadie más que a sí mismo y sus intereses partidistas, políticos, religiosos, o de clase, edificarán sociedades donde los pobres serán más pobres y los ricos serán más ricos, y no pueden construir el Reino, pues éste es apertura y comunión. La parábola es una bofetada a toda clase dirigente, creyente o no, que olvida que todo poder es servicio, sea éste en la pequeña capilla o en la santa sede en Roma, en la junta de vecinos o en la Moneda. Y una invitación a mirar la sencillez y la pequeñez de los que no cuentas, “publicanos y prostitutas”, no para seguir su ejemplo de vida sino para descubrir la solidaridad que se vive entre pobres, la mano que se tiende entre presos y el apoyo desinteresado que se da entre marginados, el discernimiento creyente parte de sentirse pequeño, humilde, frágil, pecador y necesitado del prójimo, al dar soy yo el que más recibe; cuando evangelizo, yo profundizo en mi fe. Sólo un discernimiento desde la pequeñez puede dar como fruto realizar con toda mi persona la voluntad de Dios, sin importar que sea mendigo o rey, laico o clérigo, de derecha o de izquierda.

Preguntas:

¿Cómo es el liderazgo que descubro en mi Iglesia y sociedad? ¿Cómo ejerzo la autoridad en mis servicios comunitarios? ¿Tengo conciencia de dejarme evangelizar por los pequeños y los pobres? ¿Soy como el primer o el segundo hijo?

13 de julio de 2011

Comentario a los Evangelios del mes de Julio 2011

Publicados en Revista Nuestro Camino Julio 2011

Fecha: Domingo 10 de Julio de 2011. 15° durante el año.

Textos bíblicos: Is 55,10-11; salm 64; Rom 8, 18-23; Mt 13, 1-23.

Comentario al Evangelio.

Los próximos tres domingos leeremos en Mateo un conjunto de parábolas en boca de Jesús. Las parábolas manifiestan la actitud de Maestro de Jesús, era usual que los rabinos de la época se centrasen en algún versículo o tema del Antiguo Testamento al que unen algún relato campesino o de raíz popular para explicar el sentido y el fondo de la Palabra de Dios. Jesús se manifiesta como el Maestro, aquel capaz de expresar en forma sencilla el misterio de su Padre y con autoridad, “subió a la barca y se sentó”, frente a Él hay una comunidad expectante, hambreada de palabras que le ayuden a sostenerse en la vida y que le comuniquen la necesaria cercanía amorosa de Dios.

Las parábolas de Mateo 13 están centradas en el Reino o Reinado de Dios. La muchedumbre debe comprender que este Reinado no se identifica con un régimen político determinado sino con la seriedad que exige la aceptación personal y la vivencia comunitaria de las “semillas” plantadas por el “sembrador”. Éste último no es otro que Él mismo, por lo tanto las semillas son su palabra, sus gestos, su modo de habitar el mundo, que se vuelve ejemplar, lo que se quiere plantar es el proyecto de Dios para el mundo, que no es otra cosa que la solidaridad, la comunión, la construcción de un mundo renovado en el amor y sus exigencias. El Reinado se centra en el amor al prójimo como único camino de verdadero y autentico amor a Dios, hasta la cruz si fuese necesario. Y esto exige seriedad: exige un corazón purificado y vuelto a Dios, nadie puede servir a dos señores, a su propio egoísmo y a la alteridad, encuentro fraterno con el otro, que nace de descubrirse amado por el Gran Otro, y ante lo cual solo se puede responder amando a tu hermano. Exige ser adulto en el amor, no una adultez unida a la edad sino en echar raíces en el proyecto de solidaridad del Padre con el hombre, expresado en la encarnación de su Hijo, el amor no es una mera emocionalidad, un fuego que arde muy rápido se apaga muy rápido, el verdadero amor al prójimo no teme ni la mala comprensión, ni la falta de gratuidad, ni la falta de reconocimiento, solo busca hacer comunión con su hermano, comprometerse con Él. Exige disponibilidad, el Antiguo Testamento hablaba de amar a Dios sobre todas las cosas, Jesús matiza esas “cosas”, hay que amar al prójimo en Dios, más allá de tus afectos, predilecciones, lugar social, autoridad o cultura, y sobretodo más allá de los bienes, en sencillo, quien quiera que Dios reine en su corazón y en su vida debe ser libre para amar y servir. Estas exigencias son irrenunciables.

Quien no esté dispuesto a vivir su vida de fe o su compromiso con el ser humano y la creación con estas exigencias, encontrará que Jesús y su propuesta de reinado se convierten en una piedra de tope. Quienes adherimos públicamente a la fe, en una tradición religiosa cristiana determinada, somos privilegiados, “muchos profetas y justos ansiaron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y escuchar lo que ustedes escuchan, y no lo escucharon”. Pero ese privilegio es madre de una responsabilidad, lo que vemos, el paso de Dios donde un hombre o una mujer oran y se comprometen con el dolor, la miseria, la postergación o el olvido de quienes sufren, allí Jesús se hace pan partido y compartido, no es para agotarse en una fe divorciada de la vida, sino para convertirse en una vida que busca a su hermano y bajarlo de la cruz, sin esta fe, profesada y vivida, la Iglesia y su propuesta se convierte en un mero ritualismo sin alma, en una pieza de museo o lo peor en enemiga de quienes verdaderamente quieren hacer del reinado de Dios una realidad para los pobres, los abatidos, los pecadores. Muchas veces la piedra de tope no es Jesús sino nuestra falta de testimonio más allá de la misa dominical o nuestras manifestaciones de piedad. Tanto dentro como fuera de la Iglesia debemos combatir aquello que nos hace ciegos del paso de Dios y su Reino, partiendo por nuestra propia comunidad siempre necesitada de conversión y de allí al resto de la sociedad, el Reino no se identifica ni con la Iglesia ni con un modo particular de organizar la sociedad, pero su centralidad en el corazón y en la opción fundamental, que debe hacer cada creyente, iluminará estas realidades comunitarias.

Preguntas

¿Descubro a Jesús como el Maestro, más aún como el único Maestro, para mi vida y mis opciones? ¿En mi labor de catequista o pastor hago el esfuerzo por presentar la causa de Jesús en un lenguaje sencillo? ¿Cómo esta me testimonio de vida frente al Evangelio? ¿Descubro mi fe como un privilegio del nace una responsabilidad?

Fecha: Domingo 17 de Julio de 2011. 16° durante el año.

Textos bíblicos: Sab 12,13.16-19; salm 85; Rom 8, 26-27; Mt 13,24-43

Comentario al Evangelio.

El domingo pasado el Evangelio nos expresaba el donde debe situarse el Reino o Reinado de Dios y las exigencias, las cuales vividas permiten verificar la sinceridad con la que estamos viviendo la fe en Cristo. Este domingo, Jesús da un paso más: ¿Hacia dónde debe tender ese Reino de Dios? Mateo dice una frase central: “el mundo es el campo de Dios”, el concepto de mundo es un término complejo, desde el Evangelio de Juan tenemos una identificación entre mundo y los enemigos de Cristo, de allí nacen expresiones como “desprecio”, “renuncia”, “alejamiento” del mundo como camino para los creyentes. Sin embargo, en la tradición de Mateo, Marcos y Lucas la palabra “mundo” no tiene una carga negativa, simplemente mundo es el lugar que se habita o el entorno, pero esta sencillez que no nos engañe no es sinónimo de insignificancia o que el mundo carezca de importancia.

El mundo es el campo de Dios, el lugar creado para manifestar la bondad de Dios en todo lo creado, más aún creado para que este Señor tenga donde depositar sus beneficios. No son pocos los cristianos que sufren de una “sana envidia” al ver a hombres o mujeres que con o sin el don de la fe se desgastan en ir en ayuda de los pobres o necesitados, que se comprometen con nuestra hermana la madre tierra, o abandonan sus carreras o familias para sumarse a organizaciones cristianas o no, en favor de los menos beneficiados en Haití o el Amazonas, por ejemplo. Podemos decir, sin lugar a dudas, que el amor da frutos en medio del mundo desde dentro y fuera de la Iglesia. Esa experiencia va unida a la contemplación dolorosa de que aún no podemos extirpar ni la guerra, seguimos gastando más dinero en armas que en proyectos sociales, ni la explotación del hombre por el hombre, tráfico de inmigrantes, condiciones inhumanas en vastas extensiones del planeta y aún dentro de los llamados países desarrollados y cuanto más en los que nos llamamos en vías de desarrollo. La grandeza humana sigue coexistiendo con la podredumbre de nuestro egoísmo. El mundo es lo que es no por un designio divino, sino por estar constantemente tirado y exigido por estas dos realidades que nacen de nuestro corazón.

El hombre es un animal en tensión entre el simio y el superhombre, dice un pensador alemán, para nosotros ese superhombre no es otro que Jesús y su propuesta, está llamado a sacar lo mejor de sí, abriéndose al otro, sirviendo al otro, comprometiéndose con el otro, saliendo de su egoísmo, el ser humano se engrandece y se acerca a su verdadera identidad, hacerse otro Cristo, como el Padre Hurtado o la Madre Teresa lo manifestaron en el siglo recién pasado. No cualquier camino o proceso es válido, hay que aprender de los pobres, y dar un paso a la vez y partir de lo pequeño, descubrir el valor de esa pequeñez, muchas veces despreciada en nuestras sociedades de consumo, con su culto al lucro y la imagen, lo pequeño esta preñado de grandeza, como María, nuestra madre, como el grano de mostaza. Sí se es pobre, como actitud del corazón, y pequeño se sabe que se debe renunciar a la pretensión de construir un mundo paralelo, se debe vivir en este mundo con la decisión de cambiarlo, de hacerlo más acogedor, más justo, más ecológico, etc., no con las armas o la violencia, sino con la fuerza del testimonio, como la levadura en la masa, es la menor de las partes que hacen la masa, pero es fundamental, sí no ésta se nota; del mismo modo los creyentes, no estamos llamados a la fuga del mundo, sino al compromiso con él, no para liderarlo sino para acompañar y apoyar los procesos y liderazgos que se unen a nuestra búsqueda del Reino. Podemos llegar a ser minoría, pero nuestro testimonio debe convencer al mundo, que nuestra presencia es un faro de solidaridad.

Preguntas

¿Cómo me enfrento al mundo y sus desafíos evangélicos en el día de hoy? ¿He evangelizado mi sentir y mi comprender “el mundo”? ¿Cuánto estoy dispuesto a dar de mi tiempo, de mis bienes, de mi compromiso para construir un mundo más cercano al reinado de Dios? ¿Construyo una Iglesia que acompañe los procesos de Justicia y de Compromiso con los pobres y la Tierra?

Fecha: Domingo 24 de Julio de 2011. 17° durante el año.

Textos bíblicos: 1 Rey 3, 5-12; salm 118; Rom 8,28-30; Mt 13, 44-52

Comentario al Evangelio.

Finalizamos este domingo con Mateo 13. Nos encontramos con cuatro parábolas de Jesús. En las dos primeras, la del tesoro y la de perla fina se centran en el encuentro. Es un tema recurrente en el Nuevo Testamento, Dios sale al encuentro del hombre y ese encuentro se transforma en asombro, el ser humano es alcanzado por el amor, por la aceptación, en fin, por la gracia que se derrama sobre sí. Se mira a sí mismo y descubre la incondicionalidad de ese amor, el sin mérito propio. “Vender todas las posesiones” expresa la única respuesta posible, abandona su yo y su carga de egoísmo, se descentra para centrarse en aquel que le ofrece lo que con conciencia o sin ella ha buscado su corazón. El hombre o la mujer busca ser amado sin condiciones o dobleces, entonces cuando le sale al camino Jesús y su proyecto de vida ¿Qué valor tiene el dinero o la posición o la fama cuando has alcanzado lo deseado? Su valor es nada, solo queda liberarse de las cargas para poder disfrutar al máximo las caricias y el descanso en el Amado. El fruto de ese encuentro en el creyente es la alegría, una constante en el mensaje de Jesús, su vivencia es la mayor prueba de tu conversión, la mejor evangelización comienza, se sostiene y da frutos en una cara sonriente y acogedora.

Seguir a Jesús exige seriedad en la vida y las opciones. Esas imágenes del fin del mundo en que aparecen ángeles separando a buenos y malos requieren de una lectura correcta, deben ser leídas desde, primero, la voluntad de Dios manifestada en Jesús es la salvación universal y cósmica, todos y todo será salvado, y alejarse de la tentación de pensar que ya hay destinados a la salvación y otros a la condenación. Sí habrá juicio, pero lo correcto es decir que ya hay juicio en tu vida, la pregunta de Dios a Caín por su hermano Abel: ¿Dónde está tu hermano? Nos es hecha día a día por la Palabra y la Eucaristía. No creas, hermano o hermana, que la red será echada al mar mañana o pasado, está siendo echada en este momento de tu vida y exige que tomes con seriedad el compromiso al que este Padre, que te ama y te lo ha probado con el sacrificio y resurrección de su Hijo muy amado, y este compromiso que no se agota en la celebración de ritos o prácticas de piedad, sino que se alimenta de estos, pero busca dar frutos de solidaridad en medio del mundo, que es campo de Dios. La misión no es pequeña, “ser bueno” es actuar, sentir y amar como aquel que te ha salido al encuentro, y ser tú mediación para que otros deseen abrazar al muy Amado.

¿Lo han entendido todo? Nos pregunta Jesús y expresa su cuarta parábola. Cada tiempo tiene el desafío de hacer viable caminar los senderos del Evangelio, purificarse de las estructuras caducas, como nos dice Aparecida, transformar otras para que den los frutos deseados, renovar otras para que expresen su fuerza y su testimonio al hombre o a la mujer de su tiempo. La sabiduría es saber mirar el pasado como origen del presente para proyectar el mañana; ella se articula aquí a la sana tradición de la meditación de la palabra, la misma palabra que transformó la vida de Francisco de Asís o del Padre Hurtado, unida a una fuerte solidaridad, buscar bajar de la cruz a los crucificados de tu hoy. No hay que dejarse seducir ni por la mera novedad o por la dictadura del “siempre se ha hecho así”. El tesoro que se ha hecho encontradizo, Aquel que te ama sin condiciones y misericordiosamente hasta sacrificar al más Amado por ti, ya está en el camino recorrido por la Iglesia, testimonio son sus vencedores, los santos y santas, pero unido a las inquietudes, malestares y búsquedas del hombre o la mujer de hoy, neoliberal, hambreado de espiritualidad, que busca en el oriente o en una religiosidad que toma elementos de aquí y de allá, que defiende la naturaleza. De ambos salen las “cosas nuevas y viejas” que renovarán el “campo de Dios”.

Preguntas

¿Me siento encontrado por un Dios que me ama? ¿Cómo se expresa ese encuentro en mi vida? ¿Cuánto estoy dispuesto a dejar para construir el Reino? ¿Descubro la urgencia para hoy, cuando se está tirando la red, para amar más efectivamente a mi prójimo? ¿Cómo esta mi fidelidad a la sabiduría y a la tradición en mi caminar creyente?

Fecha: Domingo, 31 de Julio de 2011. 18° durante el año.

Textos bíblicos: Is 55,1-3; salm 144; Rom 8, 35.37-39; Mt 14,13-21

Comentario a las lecturas.

La multiplicación de los panes es el milagro de Jesús que somos invitados a contemplar este domingo ¿Por qué Jesús realiza este acto? El mismo Mateo nos da la clave: “al ver la multitud, se compadeció”. La compasión es el motor de su milagro, consiste en sentir con el otro, tu dolor es mi dolor, tu miseria es mi miseria, ella es lo contrario a la indiferencia. La compasión está unida al amor, amar es querer parecer e, incluso, padecer lo que el amado vive. No hemos escuchado o dicho, por ejemplo, a una madre decir frente al dolor de su hijo, ojala lo sufriera yo. O que experiencia más frustrante es la de no poder evitar el dolor o el daño que padece por sí o por otros, alguien a quien amamos. Esa es la experiencia de la compasión que vive Jesús, lo primero que hace es sanar un número indeterminado de enfermos, Él no puede ser indiferente frente al sufrimiento de quienes ama. Sanar y salvar son sinónimos, de allí que ser sanado en el cuerpo es anticipo de la salvación integral que esperamos en la resurrección y en la creación nueva que profesamos en el Credo dominical. Nunca debemos olvidar que Jesús pasa por tu lado y no puede ser indiferente, sino al contrario se hace solidario y compasivo ante el dolor de tu pérdida, de tu enfermedad, de angustia, de la injusticia que padeces, y, también, de tu miedo a morir.

El milagro de la multiplicación de los panes no es, por lo tanto, una mera muestra de poder, es prueba de que tus necesidades son importantes para tu Señor. Nada más básico que saciar el hambre, no podríamos hablar de un Dios bueno, clemente y compasivo, mientras vemos masas que esperan la muerte con el dolor del hambre. Sí, Jesús está dispuesto a dar pan y pescado a una multitud hambrienta, te imaginas ¿Cuántos dones no querrá multiplicar en tu vida? ¿Cuántos consuelos no querrá darte? ¿Cuántas gracias no estará dispuesto a compartir contigo? Y ¿Cuánto ya no ha compartido contigo?