16 de junio de 2011

Comentario a los Evangelios del mes de Junio 2011

Publicado en Revista "Nuestro Camino" del mes de Junio de 2011

Fecha Pentecostés 12 de junio 2011

Título: En ti hay algo de Dios, vive como un creyente habitado por ese Don.

Textos bíblicos: Hech 2, 1-11; Salm 103; 1 Cor 12, 3-7; Jn 20,19-23

Comentario al Evangelio.

La fiesta de la Ascensión del Señor que acabamos de celebrar el Domingo pasado, expresa una verdad de fe, en Dios hay humanidad, decir que Jesús, en cuerpo y espíritu, esta sentado a la derecha del Padre, o sea, que comparte su Gloria y su Poder, es decir que en el seno de la Trinidad la corporalidad y la experiencia, afectiva, social, cultural, etc., de existir como ser humano es conocida e integrada a la divinidad. En Dios hay algo de ti, como de toda la creación, pues el hombre es la síntesis del cosmos, tanto en lo físico como en lo espiritual. Pentecostés, que celebramos hoy, cierra una circularidad, así como en Dios hay algo de ti, en ti hay algo de Dios, ese Espíritu dado por el resucitado a todos los creyentes y trasmitido por la Iglesia por la imposición de manos al que es bautizado. Este Espíritu nos hace a todos iguales en dignidad, más allá de las válidas diferencias funcionales en la Iglesia, por eso cada bautizado puede dirigirse propiamente a su Padre del cielo, puede interceder por otros, puede bendecir a sus hijos o acceder al perdón paterno de Dios o fraterno con los miembros de su familia o su comunidad, en el ejercicio de una piedad verdadera, a la que es movido por el amor de Dios y el empeño por enmendar el daño realizado. Por este Espíritu somos verdadero pueblo sacerdotal y nación santa.

Este Espíritu disipa los temores del corazón, expresados en el Evangelio en esas puertas cerradas de los discípulos, “por temor a los judíos”, la verdad es que no temen a los judíos sino a perder la vida en sus manos, a ser maltratados o vejados; este Espíritu es el que nos convence de la resurrección del Maestro, la muerte no tiene la última palabra, hará de estos hombres cobardes, encerrados, testigos hasta dar la vida. El Espíritu hace de hombres y mujeres cobardes y temerosos, mártires. El martirio, que es dar la vida o desgastarla sin esperar recompensa de tu prójimo, nace desde tu interior, aquel que es el don de Dios en ti, te impulsa a la generosidad, a compartir, a la solidaridad, te convence que vale la pena sacrificarte, hacerte sagrado o hacer sagrado al otro, tu vida se hace sacramento de salvación, porque disipados los miedos al que dirán o que pensarán de mí, o a la muerte, o a los desafíos del futuro, porque sabes que el mañana esta asegurado en el triunfo de Jesús puedes entregarte a los demás, porque te sabes en manos de Aquel que nunca te abandonara a la muerte o a la soledad. El Espíritu desde tu corazón se hace luz que ilumina las tinieblas de tu corazón y te da fe recta y esperanza perfecta en el amor de tu Padre.

Este Espíritu te da la Paz, un corazón reconciliado invitado al perdón y a la alegría, que son sus consecuencias. La reconciliación no es acto mágico sino un proceso en cada creyente, reconciliación con el prójimo, que parte con no desear el mal a quien te ha maltratado o negado el válido amor que esperas, sea un padre, sea de una madre, sea un hijo o hija, de un vecino, de un hermano, de tu sociedad o de tu Iglesia, de ese piso comienza a elevarse hacia caminos más profundos, que te van a permitir aceptando al otro con su carácter, con su historia, con sus oscuridades, aceptación que te abrirán al don de Dios presente en aquel que te ha ofendido. El hombre o la mujer lleno de rencor no tendrá nunca paz, porque no puede pensar bien o esperar el bien del otro, se pierde la dulzura de la sorpresa de las caricias de Dios, que vienen del prójimo, por eso, un creyente lleno del Espíritu de Dios es portador y constructor de la Paz, felices los constructores de la paz porque ellos. Felices porque descubren que esa paz es inspirada desde tu corazón iluminado por el don de Quien te habita e impulsa. No te resistas, no tengas miedo, a su presencia o a sus exigencias.

Preguntas

¿A pesar de mi pequeñez y fragilidad, tengo conciencia de ser habitado por el Espíritu de Dios? ¿Cuáles son los temores que aún este Espíritu debe disipar en mi corazón para ser más santo en vida? ¿Soy un cristiano de perdón y alegría en mi vida diaria?

Fecha: Santísima Trinidad 19 de junio 2011

Título: El Padre te amó, el Hijo se entregó por ti, el Espíritu ha sido enviado para tu corazón. Todo un Dios a tu servicio.

Textos bíblicos: Éx 34, 4-6.8-9; {salm} Dan 3, 52-56; 2 Cor 13, 11-13; Jn 3,16-18.

Comentario al Evangelio.

Las palabras claves del Evangelio de este domingo son: Amó, entregó y envió a su Hijo al mundo. La Trinidad es una comunidad con una finalidad, amar lo que se ha creado, toda la creación tiene como fin ser el lugar donde Dios ponga su amor y toda su bondad, y ese amor se expresa en la salvación, cada cosa y cada persona es sostenida en el mundo y no arrojada a la existencia. Es uno el que te ama y un uno no cerrado en sí mismo sino abierto en sí y para todo lo creado, ese es el misterio del amor, cuando se ama se divide sin perder consistencia, el que ama puede amar a muchos o a uno con la misma intensidad si perder nada de sí mismo, dividir el amor es distinto de dividir una torta, en donde al repartirse va quedando nada, cuando se divide el amor se produce el milagro, mientras mas se da o reparte más va quedando. Por lo tanto, cuando el Padre ama al mundo, le entrega lo que más quiere a su Hijo, una entrega que se da primero en la Creación, entrega a cada criatura y en particular al ser humano la impronta el sello del rostro del amado, esa es la imagen presente en la pequeña molécula de polvo cósmico o en la complejidad del hombre o de la mujer, a quien le es agregado el don de la semejanza, la última creatura es capaz de amar como el Padre. Entonces, cuando el Padre mira a cualquiera de sus creaturas ve a su Hijo. Una entrega que se da en la salvación, todo lo creado no esta destinado a la nada sino destinado a la comunión plena con su creador, así como el Padre no puede dejara a su Hijo en la muerte y lo resucita, no puede dejar que ninguno de los suyos se quede en el silencio y la desolación del valle de las tinieblas, del sin sentido o de la muerte, el Padre por el Hijo da sentido a la vida, expresado en el modo de vida enseñado y testimoniado por Jesús, tu vida tiene norte cuando abrazas al otro como un hermano y estas dispuesto a desgastar y incluso a darla por los derechos, la dignidad o la felicidad suya. Del mismo modo que la muerte, ni los poderes o egoísmos que la provocaron, tuvieron la última palabra en Jesús, la fe en el amor del Padre por el Hijo, y por quienes llevan su signo, enseña que tampoco la tendrá en tu vida ni en la existencia de todo lo creado. La entrega del Hijo por parte del Padre mira a esa salvación universal y cósmica, que paso por la cruz y la resurrección, la primera como opción del hombre y su egoísmo, y la segunda como opción del Padre y su amor, que es más fuerte que cualquier egoísmo, pecado o poder. La entrega va unida al envío, para ser coherentes, debemos decir que sí el amor es apertura no basta con sentirlo o experimentarlo, como yo y mi Dios, o yo y mi altar, o yo mis oraciones o mi misa, sino que debe ser compartido como solidaridad y testimonio de palabra y de actos en la Iglesia y la sociedad, quienes han sido marcados por el sello del Hijo deben comportarse a la altura del don.

Y ¿Quién permite que ese amor sea descubierto e impulsado? Cuando alguien ama o es amado, el vínculo puede ser invisible, pero no por ello inexistente, existe un medio o un mediador entre el amado y el amante y ese es el Espíritu Santo. Él es el vinculante, cuando el Padre mira al Hijo y en Él mira al ser humano y a toda creatura, y ama y salva, esa mirada bondadosa es posible gracias a este Espíritu. Cuando el Hijo devuelve el amor recibido, entregándose como ofrenda agradable al Padre en su solidaridad con toda naturaleza caída y esclava de su egoísmo, va allí nuestros esfuerzos por amar con raíces y profundidad al prójimo. El Hijo lleva al Padre tu solidaridad, tu compartir, tu sufrimiento unido al amor, incomprensiones, abandonos, traiciones que conlleva el darse a los demás, es el mismo Espíritu el que lo permite. La Trinidad es comunidad de salvación para ti y todo lo creado.

Preguntas

¿Cuál es mi imagen de Dios, un Dios castigador o un Dios amante? ¿Cómo responder al amor de un Dios puesto a mi servicio? ¿Puedo hacer del milagro trinitario, dividir para multiplicar el amor, un proyecto en mi vida? ¿Tengo conciencia de que todo el bien que me es regalado y el cual comparto va y viene de la dinámica trinitaria del Padre que ama a su Hijo en el Espíritu Santo y de este Hijo que responde a este amor en el Espíritu Santo al Padre? ¿Qué significa escuchar que Dios me mira como su Hijo?

Fecha Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. 26 de Junio 2011

Título: Caminando hacia una coherencia eucarística transformaremos nuestro corazón, nuestra Iglesia, nuestra sociedad.

Textos bíblicos: Deut 8,2-3; Salm 147; 1 Cor 10, 16-17; Jn 6, 51-58

Comentario al Evangelio.

Una de las primeras imágenes caricaturescas de los cristianos, de las cuales hoy abundan mucho, es la de tener un culto antropófago, se leía de modo literal esto de comer la carne o beber la sangre de Cristo, era uno de los argumentos para desprestigiarlos o justificar las persecuciones. La Eucaristía, compartir el cuerpo y la sangre de Cristo, nos inserta en lo materno de Dios ¿Cuál es la experiencia humana en donde somos alimentados por la carne y la sangre de otro? ¿no es acaso nuestra experiencia en el vientre de la madre? Una madre por nueve meses alimenta con su cuerpo y con su sangre el don de la vida que porta en su interior, entonces, cada vez que estamos y participamos de la comunión volvemos al seno materno de Dios, de donde hemos venidos. La Eucaristía es la respuesta a Nicodemo, sí hermano es posible para un ser humano joven o viejo, volver al vientre de su madre.

El Evangelio de este Domingo nos invita a la comunión con Cristo, quien no come su cuerpo y no bebe su sangre no tendrá acceso al dulcísimo don de la salvación. Esta comunión no puede ser restringida sólo a la de la misa, pasa por ella, pero no se agota en ella. Nuestro Dios sería incoherente al manifestar una salvación cósmica y universal, que tuviese o se agotase en una sola puerta abierta, la comunión eucarística. Debemos reflexionar, invitados por Benedicto XVI, en nuestra coherencia eucarística, un tema que desde los orígenes ha provocado discusiones. La Iglesia primitiva debió frenar el ritualismo de la fracción del pan, no eran pocas las comunidades en donde se sentía suficiente participar de la liturgia pero no unir el pan partido y compartido con la vida, esta tentación de divorcio entre lo celebrado y lo vivido debe ser superada por cada generación que comparte la fe. Pablo frente a esta tentación en la comunidad de los Corintos, les recuerda que partir el pan en el altar debe ser signo de buscar ser una verdadera comunidad de hermanos que supera las diferencias sociales, permanecer en el Señor es buscar destruir las estructuras de muerte y división, cuyo origen es el odio, según el Apóstol, que impiden ver y actuar frente al otro, con una mirada y un encuentro fraterno. San Juan, en su Evangelio, nos recuerda que el Pan bajado del Cielo, no vino a ser señor del mundo sino servidor en éste, la Eucaristía es ponerse a lavar los pies a sus discípulos e invitados a hacer lo mismo con los que vendrán. Hacen Eucaristía, en esta línea, san Francisco de Asís y su cuidado por los leprosos; San Alberto Hurtado y su cuidado por los niños bajo los puentes de Santiago; la beata Teresa de Calcuta y su cuidado por los moribundos y los abandonados en la India. La coherencia eucarística parte de allí, partir el pan no basta sino existe la voluntad de compartirlo, esto abre a una espiritualidad renovada, que se siente hermano de todos y de todo, pero con voluntad de servir como madre a esos hermanos encontrados y descubiertos. La Solidaridad es el primer camino para vivir una Comunión del Cuerpo y la Sangre con raíces y sentido. Por lo tanto, si tenemos hermanos, por razones que no juzgamos, que no pueden participar de la comunión litúrgica, los podemos invitar a una comunión solidaria con los más necesitados de tu barrio o de tu comunidad.

Frente a la comunión debemos reconocer, que no son pocos los que sienten que basta comer el pan o beber el vino eucaristizados, sin que esto exija un cambio en su vida, un cambio en sus relaciones sociales, laborales, ecológicos; otros, sienten que porque se les ha pedido no comulgar litúrgicamente, ya no son parte de la Iglesia, olvidando los demás caminos de salvación, la comunión espiritual y la solidaria. La invitación es ir caminando como Iglesia hacia una coherencia eucarística, que sea capaz de desafiar y transformar la propia Iglesia y el mundo, que apunte a la fraternidad como norte y a la solidaridad como motor de sus relaciones. Así ese amor paterno y materno de Dios podrá ser más visible en nuestra actualidad.

Preguntas

¿Cómo está mi coherencia eucarística? ¿Descubro a la Eucaristía como la fuerza que me impulsa a mi compromiso con los demás? ¿Cómo ayudo a quienes no pueden acercarse al altar a la comunión a vivir la comunión espiritual y solidaria? ¿O simplemente los margino o los excluyo de mis preocupaciones?

Fecha 3 de Julio de 2011. 14º Domingo durante el año

Título:

Textos bíblicos:

Comentario a las lecturas.

Hemos vuelto al tiempo de la esperanza, al tiempo de gracia en donde en lo ordinario de la vida y del paso del calendario nuestro Dios nos acaricia con su ternura y nos regala el don de las eternas oportunidades, marcado por el verde litúrgico, que nos acompañara hasta el adviento.

¿Cuáles son esas cosas sencillas ocultas a sabios y reveladas a los pequeños? ¿Es que Dios discrimina entre las personas? Las cosas sencillas se descubren en la vida pública de Jesús, el Padre es un Dios cercano que se mueve por la misericordia y que ha puesto todo su empeño, y el de su Hijo y su Espíritu, en función del proyecto de crear, sostener y salvar lo que nacido de su amor. La cercanía se manifiesta: en sentarse a la mesa de pecadores y publicanos, no tener ser contados entre ellos; en quedarse en lo cotidiano del pan y en asumir la alegría de la fiesta que se expresa en el vino; en quedarse colgado de un madero, como una de las tantas víctimas inocentes sacrificados en los altares o cruces del poder, del prestigio, de la seguridad de unos pocos; en ser resucitado, Dios tiene un lado, el de las víctimas. Esta cercanía, según algunos que creen saber les parece abiertamente insultante, ofensivo o peligroso, la verdadera sabiduría consiste, desde aquí, no en conocer mucha información y ser capaz de entenderla, poseerla o manipularla, sino saber vivir en espíritu fraterno con los demás, lo cual sólo se puede lograr en la adhesión al Hijo, que conoce y da a conocer el verdadero rostro del Padre. Esto toma una actualidad profunda hoy día, la interconectividad que vivimos, gran número de celulares y de conexiones a internet, nos han hecho más cercanos más no más hermanos, curiosamente estar más cercanos nos ha hecho más solitarios, egoístas e indiferentes, casi nada nos asombra. El Evangelio de hoy invita a volver a lo central de la fe y de la vida, a descubrirnos hermanos en la cercanía del Dios trinitario, que se manifiesta en la paciencia y humildad de corazón, a descubrirlo como un don para ser compartido, no debemos evangelizar desde los datos de la fe sino, primeramente, desde el testimonio de la vida en donde descubrir al otro hermano, exige ocuparse y preocuparse de él. Invita, también, a demoler los ídolos de nuestras falsas sabidurías que invitan a afirmar la vida en los sucedáneos que nacen del egoísmo, la autosuficiencia, el arribismo, la acumulación… esas sabidurías nos llevaran a radicalizar la soledad y la indiferencia, que nada tienen que ver con Jesús y su proyecto, por eso, la fe es camino para los cansados y afligidos, que han descubierto no como una desgracia sino como una oportunidad su momento, sólo cuando la necesidad se hace manifiesta, en la crisis, en la enfermedad, en la soledad, el hombre o la mujer pueden revisar sus estructuras valóricas y preguntarse porque vale la pena vivir, e incluso morir. Enseñar a saber vivir, es hoy la gran tarea de la pastoral, en todas sus dimensiones, de la Iglesia.

Preguntas

¿Me siento un hombre o mujer sabia a la luz del Evangelio? ¿Voy tras Jesús con mis agobios y dolores? ¿Vivo mis malestares como una desgracia o como la oportunidad de dejarme encontrar por Quien me ama hasta dar la vida por mí? ¿Cuán hermano me siento en mi familia, en mi comunidad y en mi barrio?

1 de junio de 2011

Comentario a los Evangelios del mes de Mayo 2011

Publicado en Revista Nuestro Camino mes de Mayo de 2011.

Fecha Domingo III de Pascua, 08 de mayo de 2011.

Título: Venzamos a la decepción con el testimonio del amor.

Textos bíblicos: Hch 2, 14. 22-33; Salm 15; 1 P 1, 17-21; Lc 24, 13-35

Comentario a las lecturas.

La vida cristiana se define en ser testigos. A este Jesús Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos, nos dice Pedro. La resurrección de Jesús es parte de un plan de amor que se inicia cuando Dios creó, allí ya eligió a su Hijo muy amado para manifestar su bondad sobre sus criaturas, resurrección es, entonces, rescate, liberación, vuelta a la casa paterna, ya no como siervos sino como herederos. Resurrección es esperanza, que el destino de Jesús sea nuestro destino, y de ello debemos dar razón y testimonio en obras. Dios se hace responsable de su Creación y más que responsable se hace solidario con ella, la asume con su desobediencia y la rescata por la sangre preciosa de su Hijo. El seguidor de Jesús, que no sólo espera para una vida más allá de la muerte vivir como un resucitado, sino que debe existir en el hoy de su historia desde este don de la resurrección, asume la responsabilidad en el amor de todo prójimo. Así la resurrección se convierte en don y tarea.

En el primer domingo de Pascua se nos recordaba el exigente ideal de ser comunidad cristiana, que con tristeza debemos reconocer la distancia entre ese ideal y lo que logramos construir, este domingo se nos llama a volver del desencanto, no todos los cristianos viven el don y la tarea de manifestar la resurrección como un proyecto de vida, no son pocos los cristianos que manifiestan la muerte del ideal: la indiferencia o la indolencia hacia el prójimo o hacia la creación. Nuevamente, sólo el encuentro con el Crucificado que ha Resucitado, ese hombre con una historia trágica que huele a fracaso ante los ojos de sus discípulos, pero reivindicado por el amor de Dios, que no puede permitir que el don de su salvación, la sangre preciosísima de Jesús, se pierda. Esta vez se manifestara en la riqueza del encuentro con la Palabra y del partir el pan, signo claro de la Eucaristía. La decepción, de mi propio pecado o del pecado de los demás, se vence alimentándose de la Palabra y de la Comunión, que no consiste sólo en un acto ritual, oír o comulgar en misa, sino en una acción existencial, hago de mi vida una acción de gracias y comunión viviendo el don de la resurrección de Jesús y mía, en el día a día.

Preguntas

¿Cuáles son mis decepciones conmigo mismo, en cuanto discípulo de Jesús? ¿Cuáles son mis decepciones como miembro de una comunidad, en cuanto al compromiso o al testimonio? ¿Cuánto me falta para volver de esa decepción? ¿Cómo esta mi vivencia de hombre o mujer reconciliado y resucitado en Cristo en mi vida familiar, social y de iglesia?


Fecha: IV Domingo de Pascua, 15 de mayo de 2011.

Título: El Buen Pastor

Textos bíblicos: Hch 2, 14. 36-41; Salm 22; 1 P 2, 20-25; Jn 10, 1-10

Comentario a las lecturas.

¿Quién quiere en este tiempo ser oveja? A través, de los medios de comunicación se nos presenta la exaltación del modelo del líder o del pastor, en cierto modo todos deseamos ser quienes lideremos la iglesia, la sociedad o la comunidad. Claro, el pastor exaltado en nuestros tiempos dista mucho de Jesús y su modelo de pastor, hoy deseamos ser pastores fuertes y exitosos, sin importar mucho cuales son los medios para llegar a serlo, se instaura la aceptación de la mentira, del pasar sobre los derechos del otro. Quizás nunca hemos tenidos más “pastores con piel de ovejas”, como en nuestros días. De allí viene el primer discernimiento querido en la Iglesia, ¿Cuáles son nuestros modelos de liderazgo y a cuáles aspiramos en la comunidad de fieles y en la sociedad? ¿Y cuanto tienen del modelo vivido y enseñado por el Buen Pastor? El encuentro de los obispos en Aparecida invita a la Iglesia Latinoamericana a discernir sus estructuras pastorales y este criterio sobre nuestro liderazgo eclesial y social debe ser fundamental a la hora de preguntarnos que mantener, que purificar, que reformar, que renovar y que crear.

La comunidad de los seguidores de Jesús debe poner su confianza total en quien es el Pastor y la Puerta para las ovejas, este es un Dios al servicio de su Creación, su amor lo impulsa a crear, a sostener, a salvar y a esperar el retorno de lo amado a su fuente, el Padre de Jesucristo. Como es el verdadero y único Pastor, su voz es escuchada y seguida, podrá querer ser usurpada o manipulada por este mundo corrompido, como dice la Primera Lectura, pero el Espíritu dado a las “ovejas”, les hace mirar a quien traspasaron y a reconocer en Él la regla de vida: Así como el Pastor nunca busco o deseo la destrucción del prójimo, aún de aquellos que lo hirieron o abandonaron o negaron, sino su salvación, quien sigue al Pastor verdadero sabe que puede llegar a ser víctima más nunca victimario.

Como es la verdadera y única puerta, sólo en Él puede haber vida y no cualquier vida sino sobreabundante. La vida que el Buen Pastor promete es de buena calidad, por lo tanto, nuestra opción por la vida no puede detenerse en estar contra el aborto, la eutanasia o la pena de muerte, sino que debe ser integral, lo anterior unida a la calidad de vida, en lo económico, en la salud, en lo laboral, en lo eclesial y en lo cultural, la solidaridad se convierte, de este modo, en el verdadero compromiso pro-vida. No asumir esta integralidad de la opción por la vida, es jugar, por ingenuidad o por falta de critica o discernimiento, del lado de quienes buscan manipular y servirse de nuestros valores para intereses egoístas o partidistas.

Finalmente, el salmo nos dice que el Pastor, que es el Señor, lleva una vara y un cayado, imagen fuerte de Jesús, con el cayado guía a su pueblo y con la vara ahuyenta y protege a su rebaño de los lobos, incluso de aquellos que quieren ocupar su lugar de pastor con artimañas y artilugios, pero que por la fe en la resurrección sabemos que no vencerán.

Preguntas

¿Me dejo conducir por Jesús, su Palabra y su Testimonio? ¿Cuáles son los modelos de liderazgo que descubro en mi comunidad? ¿Cuáles encuentro más cercanos al Evangelio y cuáles más necesitados de conversión? ¿Cómo està mi compromiso con la vida?

Fecha V Domingo de Pascua, 22 de mayo de 2011.

Título: Jesús es verdader Camino, Verdad y Vida.

Textos bíblicos: Hch 6, 1-7; Salm 32; 1 P 3, 4-9; Jn 14, 1-12

Comentario a las lecturas.

San Juan, durante esta Pascua, nos irá enriqueciendo con una serie de títulos que sirven para ir profundizando en la pregunta más importante para cualquier creyente ¿Quién es este Jesús crucificado que ha resucitado? La semana pasada nos invitaba a descubrirlo como Pastor y como Puerta, hoy nos dice que es el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús es el Camino que lleva de retorno a la casa del Padre, en la primera lectura se da la gran pista de los tres elementos por los cuales hacemos camino en Jesús: la oración, el servicio a la Palabra y el atender las mesas de los huérfanos y de las viudas. Estos tres elementos los descubrimos en Jesús, hombre orante, hombre que hace la obra de Dios, que se sienta, acompaña y contiene a los pobres y pecadores de su entorno. Este camino esta en la Iglesia, ella es escuela de oración, educa y vive la relación sacerdotal de cada bautizado; es escuela de liturgia, acto público de adoración a Dios, educa la comunión entre lo celebrado y lo vivido; es escuela de solidaridad, acto público del amor al prójimo, allí están los comedores, los hogares de niños o de ancianos, y la búsqueda permanente de atender a los pobres y necesitados que nos toca encontrar en el día a día.

Jesús es la Verdad, una verdad que no es simplemente información, sino transformación desde el corazón, verdad pascual que invita a pasar de las tinieblas a la luz admirable. Y ¿Qué verdad es esa? Que alguien te ama y te espera, que alguien esta dispuesto a dar la vida de aquel que más ama, su Hijo amadísimo, por ti. Que ese amor se expresa en el testimonio del mismo Hijo, que hace las obras del Padre, en Él se revela ese rostro paterno-materno de Dios, este Jesús que se sienta a la mesa de pecadores y publicanos, que exhorta al cambio de vida, es rostro de su Padre. Y quien ama espera, espera tu cambio, que descubras tu verdadera realidad y potencialidades, que salgas de la mala conciencia del miedo a Dios, a su voluntad o a su acción en la historia, eres piedra viva y no sola, sino unida a otras, construyendo el amor y la espera de Dios. Este amor sentido, experimentado y profundizado en la vida del creyente son las obras maravillosas que debemos anunciar, la mejor evangelización es dar cuenta de todo el bien que Cristo ha hecho en nosotros y de cómo devolvemos ese bien por bien en el amor al prójimo.

Jesús es Vida. ¿Qué es la vida? ¿Sólo el paso rutinario de las páginas de un calendario?¿Sólo una experiencia de agonía? La Vida sin el fundamento de Cristo puede desembocar en el sin sentido de pensarla como destinada a la nada o a un accidente natural. La vida es ante todo un don y una tarea, don porque nadie elije ser llamado a ella y una tarea porque el día a día puede ser vivido desde el egoísmo y sus pequeñeces o desde la grandeza de la entrega al otro, yo me hago don. De esto último Jesús dio testimonio desde el primer momento de su encarnación en el vientre de María, la impulsa a ser solidaria con Isabel, como impulsará a sus discípulos a abandonar toda pretensión de poder, de autosuficiencia, para poder abandonarse en Él. Vida es entonces entrega y abandono en aquel que nos ama y espera, espera que donde Él estuvo, con los pecadores y los pobres, y está, ocupando su lugar en su casa del Padre, allí lleguemos nosotros, no por nuestros meritos, que son pocos, sino por la gracia de Quién nos esta preparando un lugar.

Preguntas

¿Jesús es una propuesta de Camino para mi vida? ¿Cómo esta mi caminar en la vida de oración, de escucha de la Palabra y solidaridad? ¿Cómo he ido avanzando en mi vida en el descubrimiento del rostro paterno-materno de Dios? ¿Cómo estoy viviendo mi vida? ¿Cuál es el proyecto de vida cristiana que voy desarrollando en mi día a día?

Fecha VI Domingo de Pascua, 29 de mayo de 2011.

Título: Hch 8, 5-8; 14-17; Salm 65; 1 P 3, 15-18; Jn 14, 15-21

Textos bíblicos: La alegría es el nombre de la gracia.

Comentario a las lecturas.

¿Cuál es el mayor miedo que padece el ser humano? Sin lugar a dudas, el mayor de nuestros temores es quedar solos, es un temor que nos acompaña desde niños, la idea del abandono de los que nos aman, de su desaparición y de estar en este mundo desolados y sin rumbo. Ese es también el miedo que pueden padecer los discípulos de Jesús y de allí la importancia del Espíritu Santo, como don para ella. Pueden padecer del miedo cuando parece que la falta de testimonio domina el escenario de la Iglesia, cuando se hace invisible la solidaridad, la atención a nuestros “huérfanos y viudas”, y parece imponerse el ritualismo o el farisaísmo, que agota la fe en el cumplimiento de normas y celebraciones. El Espíritu recuerda el dinamismo de la fe: la fe es amar como Cristo amó, esto denuncia las ideologías que quieren una Iglesia de sacristía sin compromiso con el hombre o con la tierra, nada hay más social ni más transformador de las estructuras que la acción solidaria. La fe es testimonio de nuestra esperanza, no esperamos la venganza de los “buenos” ni la aniquilación de los “malos”, sino que con sencillez y respeto esperamos el triunfo definitivo del bien sobre todo padecimiento.

El hombre que descubre que nunca quedará solo, el creyente que se deja atravesar por el Espíritu, se le nota, es hombre de alegría. La alegría es el sello de los cristianos, no hay peor testimonio que un catequista o un religioso o un fiel saliendo de celebrar la Eucaristía con cara larga o sombría o entristecido. Es la alegría el fruto de la gracia, de eso da cuenta Felipe en la primera lectura, es discípulo lleno de Espíritu que convoca por su testimonio, muchos poseídos salían los espíritus inmundos, lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados quedaban curados, es decir, quienes estaban entristecido encontraban razones para alegrarse. Ya no estamos solos y esa es la mejor noticia que podemos compartir.

Preguntas

¿Me siento de parte de la gran familia de los seguidores de Cristo? ¿Me siento unido al Espíritu de Jesús? ¿Soy un cristiano que expresa la alegría de ser amado por un Dios capaz de dar la vida de su Hijo muy amado por mí?

Fecha 05 de junio de 2011. La Ascensión de Señor.

Textos bíblicos: Hech 1, 1-11; Salm 46; Ef 1, 17-23; Mt 28, 16-20

Comentario a las lecturas.

¿Qué hacen ahí viendo el cielo? ¿Acaso no han comprendido que el que subido atraviesa todo lo que ven? ¿No comprenden que se ha quedado en la pequeñez, en la sencillez y en la cotidianidad del pan y del vino? Este es un Dios cercano, cabeza de esta su Iglesia. Deja de mirar el cielo, Jesús habita entre los hombres en la historia y en los corazones disponibles para el amor. El riesgo de vivir “pegado” con la mirada en el cielo, es que se te pase las visitas del Señor en tu vida y en la historia, que no puedas ver los obstáculos del camino y no descubras que haces camino al andar con otros hombres y mujeres creyentes y de buena voluntad. Jesús sube al cielo, pero no para quedarse, sino para hacerse más presente por la comunidad, por la Eucaristía y su Palabra, por los pobres y la creación. Esperamos su presencia definitiva, la que llamamos segunda venida, mientras somos testigos de sus nuevos retornos mediados por la Iglesia, cuando dos o más estén reunidos en mi nombre allí está, cuando atendemos a un desnudo, a un desolado, con Él lo hacemos; cuando testimoniamos la Palabra o la Eucaristía haciéndonos responsables del otro, de su dolor, de su agonía, verificamos en la historia su presencia. Él es cabeza de la Iglesia, por lo tanto, donde esta su Iglesia, que es más que estructuras y más que testimonios humanos, allí su presencia medida se manifestará. Sí el hombre o la mujer de nuestro tiempo se empeñan en buscar en el cielo o en el neopaganismo o en el vacío las respuestas a su vida y la salvación ¿de quién será la culpa?

Cuando se deja de vivir fijos con la mirada en el cielo, y se comienza a mirar al horizonte, donde habita el prójimo, se descubre el sentido de la misión, no somos comunidad para quedarnos encerrados en nuestros ritos o en nuestra ética o en nuestras piedades, todas buenas, pero con un norte: Evangelizar, portar la Buena Noticia a todos los pueblos, nadie queda excluido de este anuncio. ¿Qué anunciar? ¿Las estructuras? ¿las jerarquías? Lo que debemos anunciar es primero lo vivido, somos descubiertos en el amor de Dios, y con Él vamos al encuentro del otro, desarmados y pequeños, pero engrandecidos por ese amor que se nos ha derramado. La Evangelización sólo tiene sentido, si entregamos lo que tenemos, lo que somos, pequeños pero amados, frágiles pero fortalecidos por la gracia de Jesús, su Palabra y testimonio, que hacemos regla de nuestra vida; y su Espíritu Santo que nos une y nos da certeza de su cercanía.

Preguntas

¿Dónde esta puesta mi mirada de fe, en el cielo o en el horizonte? ¿Cómo esta mi vivencia de las presencias de Cristo en mi vida y en la historia? ¿Le descubro en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad reunida, en la solidaridad con el hermano, en la Creación? ¿Estas presencias son capaz de enviarme a ser buena noticia en mi familia, mi barrio, mi parroquia?

2 de abril de 2011

Catequesis: Camino de encuentro con la misericordia de Dios.

(Tema del Retiro para los catequistas de la Parroquia San Francisco de Chillán. 02 de abril de 2011)

Introducción

Uno de los objetivos principales de la catequesis, sea esta familiar, de jóvenes, matrimonial, bautismal, etc., es: “... que el creyente aprenda a entregarse integralmente al Señor al cual se ha convertido: que conozca su mensaje, que se adhiera a su persona, que haga su voluntad”[i]. Catequizamos para educar en el encuentro con Jesucristo, se nos ha confiado a un hombre o mujer o pareja o niño o niña que ya ha hecho una primera opción por Jesús, pero que requiere ser profundizada. Aquí, nos sirve la parábola del sembrador, Jesús, el sembrador, ya plantó la semilla, la fe, la inquietud por encontrarse con el Amor Fontal, con el amado, con el amigo que nunca falla, el catequista como cara visible y testigo de la Iglesia, debe abonar, alumbrar, dar calor, regar esa semilla, pero, también, debe tener conciencia de sus límites, puede convertirse en cardo o en espinas que la ahoguen; puede erosionar esa tierra hasta convertirla en un desierto en donde ninguna semilla puede dar fruto; puede convertirse en esas aves que arrebatan lo sembrado.

Entonces, toma la mayor importancia la pregunta: ¿A que Jesús anunciamos? Debemos reconocer primeramente, que no pocas veces proclamamos a un Jesús más cercano a los fariseos, con su dictadura del cumplimiento, que al cercano a los pobres, afligidos y pecadores, por eso, la primera conversión que debemos buscar en nuestros corazones es la purificación de la imagen de Jesús, debe ser confrontada con la del Evangelio. Cercanía, acogida, misericordia, encuentro, dialogo, son las palabras claves que acompañan al Jesús del Evangelio, en Él estos términos se convierten en valores que deben regir nuestro modo de acercarnos a quienes buscan en nosotros guía para profundizar su fe.

En los tiempos que nos toca vivir, tiempos marcados por la paradoja de la conectividad global aparejada con las mayores soledades padecidas por el ser humano, que se expresan en los aumentos de tazas de suicidios, enfermedades mentales, sentimientos de abandono o de “no saber para donde va la micro”, la misericordia y la acogida, primeramente por parte de Dios y, luego, por ser discípula toda la Iglesia, debe ser centro de nuestro testimonio, con gestos y actos concretos, medibles y eficientes. Cada hombre o mujer debe sentir que al llegar a la Capilla o a la Sede, a su casa no mas llega, y los agentes pastorales, mirando al Padre del hijo pródigo, y al Buen Pastor, deben hacer fiesta por cada familia o hermano que nos pide que le acompañemos a enraizarse en la fe. No somos “funcionarios” de la Iglesia, ni mucho menos de Dios, somos hermanos en la fe, discípulos, con más o menos “carrete”, del mismo Maestro. La acogida exige el desapropio, de oficios, de servicios, de encargos, otros lo podrán hacer mejor que yo, no importa cuan visible o cuan anónimo sea mi servicio, la importante es estar disponible.

La acogida es la puerta que abre a la misericordia. Cuando alguien llega a nosotros y es recibido con una sonrisa, o cuando nos damos el tiempo de escuchar el problema o situación del otro, antes de imponer la norma, ya estamos permitiendo que ese otro comience a saborear la misericordia. Misericordia significa que la miseria del otro pase por mi corazón, no por mi rabia o mi frustración, como suele ocurrir. Tener misericordia del otro, es un acto segundo, para poder vivirla realmente debo tener conciencia que el Gran otro la ha tenido conmigo, no se puede dar lo que no se tiene o no se ha sentido. Por eso, en este retiro queremos profundizar en la experiencia de la misericordia que Dios por su Hijo, Jesucristo, y en su Espíritu Santo ha tenido con nosotros, en la Iglesia y en mi vida personal.

1. ¿Qué es el pecado? ¿Contra quién peco?

Hemos dicho que misericordia es hacer pasar la miseria de otro por mi corazón, esa miseria del otro es lo que llamamos pecado. En la Sagrada Escritura no existe una sola palabra para expresar lo que llamamos pecados, distintos vocablos se usaron para dar cuenta de esta experiencia, pero todos ellos refieren a una experiencia muy común, la de “equivocar el camino”, diremos que pecado es “... el hecho de no alcanzar una meta y la no-observancia de ciertas normas o reglas para alcanzar dicha meta. Se trata de una acción equivocada; pero no cualquier equivocación se llama pecado. Debe ser “voluntaria”, es decir, libremente aspirada. Además, esta en juego la misma persona humana...”[ii], en su desarrollo e integralidad. ¿Qué camino equivocado toma el hombre cuando peca?

El Catecismo de la Iglesia nos enseña:

“Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar.”[iii]

De este texto podemos concluir que la vocación de ser ser humano es comunión en diversos niveles, consigo mismo, con los demás hombres, con la creación y con el Creador. Esta vocación es un don recibido en esa creación desde la nada que Dios ha realizado con cada uno de nosotros y con todas las cosas, pero es, también, una tarea, de allí el símil con un camino, tiene un origen, el don de la creación y una meta, la vida eterna, que no es otra cosa que “... el abrazo con la totalidad...”[iv], vocacionados y destinados a la comunión, entre ambos polos esta la nuestra vida y lo que hacemos con ella.

“…El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna…”[v], por lo tanto, debemos tener conciencia de que nuestro pecado, errar el camino, siempre es padecido por nuestro hermano, puede ser negación de la verdad, del respeto a las cosas, a la cultura, a la dignidad o al cuerpo del prójimo. Por la muerte y resurrección de Jesús sabemos que el Padre no es ni ciego ni sordo ni mudo frente a la explotación, la violencia o la muerte injusta de sus criaturas, el hace solidario con la víctima, esa solidaridad es la que lo hace identificarse con la víctima de nuestro desviarnos del camino.

2. Vivir la reconciliación de Dios en una Iglesia preñada de misericordia.

El ser humano funda su vocación en la misma voluntad de Dios. Pablo en la Carta a los Efesios lo describe con maestría:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en si mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.

En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo. En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.” (Ef 1, 3-14)

De este texto podemos destacar:

La Voluntad de Dios es la Salvación universal, con diversos nombres: Salva por medio de la elección, salva por medio de la adopción, salva por medio de la inserción en su pueblo, nada de ello por propio mérito sino por Jesucristo. La opción de Dios, Universal y Cósmica, apunta a un futuro, que no es más que volver al punto de origen, al primer momento de la Creación, “... reunir todas las cosas en Cristo...”. Sí aceptamos esto, entonces, debemos reconocer que las puertas de esta salvación deben ser muchas, no sería coherente de parte de Dios con su propia voluntad, tener un proyecto cósmico y universal, con pocos modos históricos de realizarse en la historia de la Creación y en la vida de cada uno de nosotros. Sí el proyecto es un sueño ambiciosos exige ambiciosas y abundantes mediaciones para pasar de sueño a realidad.

No bastaría con que Dios sea coherente, la comunidad depositaria de sus promesas, también debo serlo. Sí la salvación de todos y de todas las cosas centra la relación entre el Creador-Salvador con su Creación, abrazar este proyecto como propio es una exigencia de ser vivida y enseñada por sus discípulos.

2.1. La misericordia de Dios en la vida cotidiana.

El Catecismo de la Iglesia enseña: “La lectura de la Sagrada Escritura, la oración de la Liturgia de las Horas y del Padre Nuestro, todo acto sincero de culto o de piedad reaviva en nosotros el espíritu de conversión y de penitencia y contribuye al perdón de nuestros pecados”[vi]. Una vida de oración que busca profundizar en la relación con Jesús en la Iglesia, da frutos de salvación pues reaviva y contribuye a tener conciencia de la necesidad que tenemos de Dios, como Padre, como Hermano, como nexo y comunión de amor. No existe “el modo de oración” más perfecto, debemos buscar aquel que nos contribuya a santificar las horas, las actividades cotidianas, pastorales, sociales, etc. Debe ser una vida de oración tomada en serio. Rosario, Lectio Divina, Rosario de la misericordia, visita al Santísimo, rezo del Via Crucis, etc., contribuirán a nuestra propia Salvación, por eso, es bueno aprovechar los tiempos de gracia especial, especialmente Cuaresma y Adviento, y sus propuestas de acercamiento a las liturgias y a las prácticas de piedad[vii].

A una vida de oración profunda y seria se une la práctica del amor, que nos recuerda el Catecismo, cubre una multitud de pecados (Cf. 1 P 4,8), que se expresa en “... los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo (cf St 5,20)...”[viii], y “... en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho (Am 5,24; Is 1,17),...”[ix]. Y la práctica de la humildad, que invita a mirar nuestra vida y nuestras relaciones desde la sinceridad de nuestra pequeñez y fragilidad, “... por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia (cf Lc 9,23)...”[x]. Tanto la oración como la práctica del amor tiene un sólo fin la búsqueda de la propia conversión, volver el corazón a ese Padre Misericordioso que vive observando el horizonte esperando nuestro retorno.

2.2. Los Sacramentos como puertas a la misericordia de Dios.

Generalmente, se piensa que el sacramento de la misericordia es el de la Reconciliación o Confesión, sin embargo, siendo fieles a la definición del Concilio Vaticano II, es la Eucaristía la fuente de la mayor presencia de la misericordia del buen Dios, ella es hacia quien “... tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza...”[xi]. En el punto anterior hemos afirmado que la oración y la solidaridad que buscan la propia conversión son fuente de la salvación, y es en la Eucaristía donde con más fuerza se unen ambas expresiones, es en ella donde la “...Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda...”[xii], se convierte en el modo de oración más perfecta, y, además, ella impulsa a la solidaridad: “La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40): Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4)”[xiii]. Por tanto, quien participa viva y eficazmente en la Cena del Señor renueva el amor al prójimo. “Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales...”[xiv].

Si revisamos la liturgia eucarística, la expresión misericordia y perdón de los pecados, abundan, por ejemplo, en el inicio de la Misa, a la petición de perdón va unida una oración del presidente de la celebración, invocando la misericordia, perdón de los pecados y el don de la vida eterna. Otro momento privilegiado de la conciencia de ser salvados, está en el momento posterior a la consagración del pan y el vina o relato de la institución, esta parte es llamada técnicamente anamnesis, cuando se “... hace memoria de la pasión, de la resurrección y del retorno glorioso de Cristo Jesús; presenta al Padre la ofrenda de su Hijo que nos reconcilia con él...”[xv]. Esta reconciliación se expresa con bellas frases como: este es el sacrificio sacrificio agradable a Dios y salvación para todo el mundo[xvi], sacrificio que expresa la reconciliación perfecta[xvii], estos son los dones que nos dan la vida eterna y la salvación[xviii], que nos devuelven su amistad[xix], su gracia o favor[xx] y nos hacen dignos de servir en su presencia[xxi]. ¿Que duda nos puede quedar que la Eucaristía es fuente de misericordia?

El bautismo, por su parte, “... es un baño que purifica, santifica y justifica...”[xxii], lo cual significa que “... todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado...”[xxiii]. “Por la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee...”[xxiv] Ambos sacramentos nos permiten ir viviendo y profundizando lo que implica la misericordia y la salvación donada por Jesucristo, sentirnos hijos de un Padre común y hermano de todos y de todo, como don y tarea, lo cual se va logrando desde la oración y la práctica del amor.

“Si el sacramento de la unción de los enfermos es concedido a todos los que sufren enfermedades y dolencias graves, lo es con mayor razón "a los que están a punto de salir de esta vida" ("in exitu viae constituti"; Cc. de Trento: DS 1698), de manera que se la llamado también "sacramentum exeuntium" ("sacramento de los que parten", ibid.). La Unción de los enfermos acaba de conformarnos con la muerte y a la resurrección de Cristo, como el Bautismo había comenzado a hacerlo. Es la última de las sagradas unciones que jalonan toda la vida cristiana; la del Bautismo había sellado en nosotros la vida nueva; la de la Confirmación nos había fortalecido para el combate de esta vida. Esta última unción ofrece al término de nuestra vida terrena un sólido puente levadizo para entrar en la Casa del Padre defendiéndose en los últimos combates...”[xxv] Es un sacramento que apunta a la integridad del ser humano, “... por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios (cf Cc. de Florencia: DS 1325). Además, "si hubiera cometido pecados, le serán perdonados" (St 5,15; cf Cc. de Trento: DS 1717)”[xxvi]

El Sacramento de la reconciliación o penitencia tiene un doble efecto, perdón de los pecados y reintegración a la comunidad, apunta directamente a las consecuencias del pecado, y esto lo aprendió la Iglesia de su propio Maestro y Fundador. “Durante su vida pública, Jesús no sólo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo manifiesto de ello es el hecho de que Jesús admite a los pecadores a su mesa, más aún, él mismo se sienta a su mesa, gesto que expresa de manera conmovedora, a la vez, el perdón de Dios (cf Lc 15) y el retorno al seno del pueblo de Dios (cf Lc 19,9)”[xxvii]. Volver a la mesa del Señor, significa poder unirse nuevamente a la plena comunión en la oración y a la búsqueda de reencontrarse con el prójimo, por ello, exige un proceso de preparación que se inicia con la contrición, que es “… un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar…”[xxviii]. “Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama "contrición perfecta"(contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental (cf Cc. de Trento: DS 1677)”[xxix] “La contrición llamada "imperfecta" (o "atrición") es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia (cf Cc. de Trento: DS 1678, 1705)”[xxx] “…Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro.”[xxxi] La confesión consiste en acusarse de los pecados graves[xxxii], acusarse de los veniales es aconsejable más no obligatorio[xxxiii] y por norma de la Iglesia debe realizarse al menos una vez al año[xxxiv]. “Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas)… debe "satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados. Esta satisfacción se llama también "penitencia"…”[xxxv]

En el caso de los Sacramentos del matrimonio y del orden sagrado, llamados en el Catecismo Sacramentos al servicio de la comunidad: “…Contribuyen ciertamente a la propia salvación, pero esto lo hacen mediante el servicio que prestan a los demás. Confieren una misión particular en la Iglesia y sirven a la edificación del Pueblo de Dios”[xxxvi]



[i] Orientaciones para la Catequesis en Chile 64

[ii] Anneliese Meis, 1998: 42-43

[iii] CEC 357

[iv] Spe Salvi 12

[v] CEC 1469

[vi] CEC 1437

[vii] Cf. CEC 1438

[viii] CEC 1434

[ix] CEC 1435

[x] Idem

[xi] SC 10

[xii] CEC 1368

[xiii] CEC 1397

[xiv] CEC 1394

[xv] CEC 1354

[xvi] Cf. Plegaria Eucarística IV

[xvii]Cf. Plegaria Eucarística Reconciliación II

[xviii]Cf. Plegaria Eucarística I

[xix]Cf. Plegaria Eucarística III

[xx] Cf. Plegaria Eucarística Reconciliación I

[xxi] Cf. Plegaria Eucarística II

[xxii]CEC 1228

[xxiii]CEC 1263

[xxiv]CEC 1294

[xxv]CEC 1523

[xxvi]CEC 1520

[xxvii]CEC 1443

[xxviii] CEC 1451

[xxix] CEC 1452

[xxx] CEC 1453

[xxxi] CEC 1455

[xxxii] Cf. CEC 1456

[xxxiii] Cf. CEC 1458

[xxxiv] Cf CEC 1457

[xxxv] CEC 1459

[xxxvi] CEC 1536