11 de noviembre de 2010

Chile una mesa para todos

(Tema del Retiro para el Consejo Nacional de la OFS y el Consejo Parroquial de San Francisco de Chillán noviembre de 2010)

Hno. Manuel Alvarado S., ofm

La mesa siempre debe tener un puesto más. Ella como expresión de la catolicidad de la Iglesia.

Uno de los aspectos significativos sobre la “mesa” en los Evangelios es como expresa esa cualidad primera de la vocación de la Iglesia, ella es católica, abierta a la universalidad. Jesús aprende esta catolicidad, viene incubada en la tradición veterotestamentaria pero necesita tiempo y maduración de conciencia. Mateo termina su Evangelio con la siguiente imagen: “Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» (Mt 28, 18-20), aquí se funda la catolicidad. Sin embargo, sí seguimos a Mateo descubrimos que esta tarea se inicia con una mirada más restrictiva, convocado los doce y enviados, Jesús les dice: No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10, 5-6), la catolicidad parte entonces desde un grupo particular, desde un envío concreto a un grupo concreto, es una opción preferencial, en el caso mateano, la evangelización es preferentemente para los hijos e hijas de Israel, pero ¿preferente es necesariamente sinónimo de excluyente? Esta es la pregunta clave para la comunidad creyente, que si no se resolviera ninguno de nosotros, no judíos por nacimiento, podríamos ser miembros de la Iglesia. Preferente, entonces, no es igual ni conlleva exclusión, pero el “preferente” necesita de conversión del corazón, conversión afectiva, cultural, social y eclesial. Marcos y Mateo enseñan que una mujer pagana (cananea o siriofenicia) abre a la catolicidad a Jesús, es decir, le invita a una conversión:

“En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.» Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros.» Respondió él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: « ¡Señor, socórreme!» El respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.» «Sí, Señor - repuso ella -, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas.» Y desde aquel momento quedó curada su hija.” (Mt 15, 22-28)

La mesa aquí representa la deseada salvación, el deseo profundo presente en cada ser humano de ser amado incondicionalmente, que sólo el Gran Otro puede dar, este Dios que nos crea, nos sostiene y nos espera por, con y en su Amor, expresado en el don de su Hijo Jesucristo y manifestado por las formas del amor humano, de pareja, de amigos, de padre y de madre. Esta mujer es consciente de su necesidad de colmar su amor, está dispuesta a la humillación por el bien de su hija, ama tanto que no se avergüenza de manifestar su vulnerabilidad, su necesidad de otro, por eso llega a la mesa de Jesús, Él, por su parte, frente a esta mujer debe abrirse más allá de lo que hasta aquí su estructura cultural le permite, el diálogo con quienes están excluidos de la salvación, y la presencia de esa necesidad de colmar el amor ¿Qué es esa mujer pagana, un monstruo con un hambre de amor que no se podrá saciar o una creatura que puede ver colmada esa hambre en su Padre? Jesús descubre en el rostro de esa madre desesperada por amor, que la voluntad inserta en el corazón del proyecto de Dios, todos tienen cabida en su mesa, y no como “perritos”, “amos” o “hijos”, en un sentido excluyente o que determine tipos más o menos importantes de seres humanos, sino como herederos, amigos, hijos sin importar de donde se venga, la catolicidad expresa esa voluntad, “… vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. Y hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos.” (Lc 13, 29-30). Esta preferencia abierta a la universalidad, descubierta, enseñada y vivida por Jesús, no puede llevarnos a un engaño, toda preferencia es una opción que discrimina entre unos y otros, una opción no excluyente, pero que no olvida la necesaria diferencia que existe entre víctima y victimario, explotado y explotador, abusado y abusador, etc. Sí, vendrán de todas direcciones, pero se tomará en cuenta quienes viven en medio de la abundancia y olvidan a quien “… deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico…”(Cf. La parábola del pobre Lázaro, Lc 16)

La Mesa como el lugar de la misericordia.

La mesa expresa la siempre necesaria apertura a la catolicidad de la Iglesia, como don y tarea, y es en el ejercicio de la misericordia donde esta apertura se verifica, valida y convence. Cuando Jesús convoca a Mateo o Leví, no se acerca simplemente a un pecador público, sino al representante de un grupo de hombres marginados en lo religioso o en lo social, por una decisión inexplicable se han convertido en traidores a la Patria, cobran el impuesto para el invasor romano, como tales abusaran y, quizás, robaran a sus compatriotas, además, son hombres en contacto permanente con lo extranjero, funcionarios del imperio por sobre ellos y la moneda, son impuros social, cultural y religiosamente. ¿Quién se querría identificar con estos individuos? Sabemos, de personajes importantes del judaísmo, como José de Arimatea o Nicodemo, que se acercan a Jesús pero mantienen una cierta distancia que les permita mantener su status o su fama o buen nombre, pero el Hijo del hombre va más allá, es más importante el ejercicio de la acogida y aceptación del otro, primer paso de la misericordia, más allá de los juicios u opiniones de los demás. Jesús llama a Mateo desde su lugar de trabajo, él estaba “… sentado en el despacho de impuestos, y le dice: “Sígueme” El se levantó y le siguió…” (Mt 9, 9). ¿Adónde le siguió? Jesús no lo llevó al Templo a purificarse o a hacer un mea culpa publica por sus delitos, lo invita a sentarse en su propia mesa, en su casa. “…Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos…” (Lc 5, 29), todos los necesitados de misericordia se acercan, este Maestro es un hombre acogedor, se acerca sin juicio; se acercan también, quienes no se cuentan entre los necesitados de misericordia, representados por fariseos y escribas, estos son probablemente esos “otros” del texto lucano, son quienes murmuran y se sienten en libertad de cuestionar esta cercanía y ausencia de juicio sobre esas vidas de conocida “lejanía de Dios”. La respuesta de Jesús en la mesa es sorprendente:

“No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal… No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores…” (Cf. Mt 9,9-13; Lc 5, 27-32; Mc 2, 15-17)

Los que “están mal” son su opción preferente más no excluyente, Mateo y sus compañeros publicanos serán quienes experimentarán esa vivida misericordia, no niega su realidad todo pecador es un hombre enfermo, enfermo de egoísmo, de poder, de apropiación, etc. La misericordia desea que el hombre pecador pase de ese estado que niega su vocación y dignidad, a ser justo, que llegue a ser lo que ha sido llamado, hombre de comunión, constructor de solidaridad.

El ejercicio de la misericordia de Jesús en la mesa de Mateo revela dos modos de encontrarnos unos con otros, está el modo de Jesús, del que hemos hablado en los párrafos precedentes, pero existe el otro modo, que Jesús quiere corregir y poner en evidencia, hay quienes no se sienten necesitados de la misericordia para su vida, son autosuficientes en su religiosidad, y como nadie puede dar lo que no tienen, al no tener necesidad de misericordia, no se ha sentido amado, no puede ser misericordioso, no puede perdonar. Son estos murmuradores, pero también quien invita a Jesús a su mesa y se asombra porque se deja tocar por “… una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume…” (Lc 7, 37-38), no ha descubierto que Jesús no tiene miedo al pecado del otro, ni miedo a arriesgar su buena fama. Jesús ve el corazón del pecador, ve su intención, ve su hambre de ser amado. Todo ello en torno a una mesa.

La mesa testigo de la corrección de Jesús a su Iglesia.

Una familia sabe que es en torno a la mesa donde se vive los grandes momentos y acontecimientos de su vida, se ama, se llora, se celebra, se dialoga… La primera Iglesia pone en torno a la mesa, también, la corrección fraterna, un aspecto incómodo en las relaciones de cualquier comunidad. Uno de los aspectos permanentes a ser corregido son los dobleces de la vida, la simplicidad es el valor a rescatar entre los seguidores de Jesús, y ella vivida en las relaciones religiosas. Jesús sentado en la mesa de un fariseo, un hombre religioso, denuncia la sinceridad de las prácticas ante el escándalo por dejarse tocar por una pecadora. Sentado a la mesa de este fariseo dice:

«¡Bien! Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad. ¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior? Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros. Pero, ¡ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello. ¡Ay de vosotros, los fariseos, que amáis el primer asiento en las sinagogas y que se os salude en las plazas! ¡Ay de vosotros, pues sois como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!»Uno de los legistas le respondió: « ¡Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!» Pero él dijo: « ¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!«¡Ay de vosotros, porque edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron! Por tanto, sois testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis. » (Lc 11, 38-48)

La práctica religiosa debe ser coherente, cuando es sí es sí y cuando es no es no, no debe medirse desde los intereses personales o sectarios, debe buscar el bien de la comunidad y especialmente de los más pequeños; nace de un interior que se ha dejado habitar por el amor de Dios desde su pequeñez, debilidad y fragilidad: “Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?” (Lc 7, 41-42). Quien así la vive no puede levantarse como juez de otro, quien así lo vive es de los “… siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá…” (Lc 12,37), lo que aquí es promesa, los discípulos saben que se hace realidad en la vida, en torno a otra mesa, días antes de su partida el Señor se hizo servidor, Él “… se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido…” (Jn 13,4-5) Es sobre todo señorío mal entendido, un señorío que se centre en el poder y no en el servicio, que se cierre en el yo y no se abra al tú, debe ser expulsado, como cuando Jesús expulsa a los mercaderes del templo dando vueltas sus mesas (Cf. Jn 2,16 y Mc 11,15)

La mesa en el centro de la Eucaristía.

La Eucaristía se funda en torno a la mesa de una cena, no hay Eucaristía sin mesa, ¿Pero es sólo un objeto decorativo? La primera señal del sacrificio del amor eucarístico nos lo da Mateo, días antes de celebrar con sus discípulos, “… hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, se acercó a él una mujer que traía un frasco de alabastro, con perfume muy caro, y lo derramó sobre su cabeza mientras estaba a la mesa...” (Mt 26, 6-7), de esta mujer no recordamos el nombre, es probable que sea la misma de Lc 7, o sea una mujer pecadora pública, basta que sea mujer, en todo caso, para ser contada entre las excluidas y marginadas. En la casa de Simón el leproso, se forma una discusión sobre el despilfarro, los pobres y los dobleces que escondemos en la vida, Judas Iscariote, denuncia ese gasto inútil, pero su preocupación pareciese no ser tan honesta, corre, luego, de su alegato a favor de la solidaridad a vender por treinta monedas a su Maestro. El doblez del corazón de Judas es extremo, pero todos los que se sientan a la mesa de la Eucaristía revelaran su verdadero yo cuando la cosa se vuelva difícil, el resucitado se los reclamara, “…estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado…” (Mc 16,14). Acompañan a la Eucaristía, los marginados, los míos, los tuyos, y los nuestros; y el doblez de la vida.

Una conclusión así, puede sonar entristecedor y deprimente, pero allí viene Jesús con su modo de sentarse a la mesa, se sienta como servidor (Cf. Jn 13,4-5) y luego, “…se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.» Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.» Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros. »…” El servicio tiene un destino: la entrega sin reservas, cuerpo y sangre expresan la totalidad, la cual se expresa en la construcción de una comunión con las palabras, los gestos y la causa de Jesús:

“Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar Bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Lc 22, 25-30)

Por ello, la mesa de la acción de gracias es síntesis de la catolicidad, de la misericordia y de la corrección fraterna en la comunidad de Jesús, es el lugar donde nos encontramos como hombres y mujeres pecadores, pero llamados a aspirar y esperar las cosas del cielo, como don y tarea. Ponernos en la mesa del Señor es simplemente vivir nuestra vocación. Nos lo recuerda el mismo Jesús: “¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: "Pasa al momento y ponte a la mesa?" ¿No le dirá más bien: "Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?" ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.» (Lc 17,7-10)

Y ¿Es Chile una mesa para todos? Y ¿Qué estamos haciendo para hacer de este don una realidad?

El 20 de noviembre de 2010, nuestra Conferencia episcopal entregó a la opinión pública un documento titulado “Chile una mesa para todos” como documento final de su 98ª Asamblea Plenaria, teniendo como telón de fondo el Bicentenario nacional y la Misión Continental. Invita a priorizar temas como “…la vida, la dignidad humana, el matrimonio y la familia, la educación, el trabajo, la salud, la vivienda, el respeto por el medio ambiente, la preocupación por nuestros pueblos originarios, la convivencia pacífica e intercultural, iluminada a la luz del Evangelio…” (Chile una mesa para todos 3), para ayudarnos a lograr “… el verdadero desarrollo incluye siempre al ser humano en plenitud y a toda la humanidad; no se limita al solo aspecto económico; exige, además, una visión trascendente y espiritual de la persona…” (Chile una mesa para todos 2) y así poder construir una sociedad sobre la base al “…apoyo a la familia y el respeto a la vida desde la concepción, pasando por todas las etapas de su desarrollo, hasta la muerte natural; la superación de la miseria y del desempleo; el desarrollo económico y humano que contribuya a una mayor equidad social y a la generación de fuentes de trabajo estables; el acceso a una educación libre, integral y de calidad, sobre todo para los pobres; políticas de salud pública que honren la dignidad de las personas; y la superación de los gravísimos problemas producidos por la droga…” (Chile una mesa para todos 4). Por lo tanto, la base de la celebración de los doscientos años de nuestra independencia y del proyecto evangelizador renovado, que nos pide Aparecida y que pretende ser aterrizado en este tiempo de Misión Continental, tiene como base el don y tarea de la catolicidad, del ejercicio de la misericordia y de la corrección fraterna, y de un proyecto de vida personal, fraterno y eclesial que pretenda ser eucarístico. ¿Cómo esta nuestro aporte a esta tarea?

La OFS se define como una asociaciones de fieles que en la vivencia de su vocación secular busca la santidad en medio del mundo y de la Iglesia, según el modo de vida de san Francisco de Asís, por lo tanto, el don y tarea de ser “una mesa para todos”, es decir, constructores de catolicidad, de relaciones misericordiosas, de corrección fraterna en su modo habitar el mundo como seres humanos, cristianos y franciscanos; y de tener como proyecto de vida la Eucaristía, no escapa de su identidad, pertenencia y forma de vida. El mejor aporte que puede hacer la OFS, en esta línea, a la Familia Franciscana, la Iglesia, Chile y el mundo es sentarse a la mesa del Señor viviendo lo que debe ser, aportando la santidad que conlleva su vocación, por ende, no debe inventar nada nuevo, ni tener nuevos planes de formación o publicidad, sino atestiguar que es posible ser santos con los hermanos, don de Dios, construyendo fraternidad y comunión donde les toca estar. Así se cambia al mundo.

Una revisión profunda de nuestro modo de sentarnos a la mesa del Señor, a la luz de este retiro, debe tomar en cuenta las siguientes preguntas:

· Sobre nuestra catolicidad:

¿Estamos como OFS abiertos a salir de nuestras estructuras para abrirnos a proyectos de Familia Franciscana, Diócesis donde estamos insertos?

¿Cuáles son los grupos por los cuales hacemos opción preferente más no excluyente desde nuestras fraternidades?

¿Cómo está la inserción de mi familia o de mis amistades en mi proyecto de vida fraterno?

· Sobre el ejercicio de la misericordia:

¿Cómo esta nuestro acercamiento al sacramento de la reconciliación?

¿Cómo acompañamos a nuestros hermanos y hermanas en crisis de fe o de vida matrimonial o de proyecto fraterno o de vida?

¿Cómo está el ejercicio del perdón entre nosotros?

· Sobre la corrección fraterna:

¿Cómo confrontamos los conflictos entre nosotros? ¿Cómo hermanos?

¿ Cuáles son los aspectos humanos, religiosos, sociales o culturales que requieren conversión en mi vida y en las estructuras de la OFS, de la Familia Franciscana, de la Iglesia?

Sobre la Eucaristía como proyecto de vida:

¿Tengo conciencia de la necesaria vinculación entre la comunión sacramental y mi vida diaria?

¿Cómo esta mi servicio a la iglesia, a la Orden, a la Familia Franciscana?

¿Descubro mi vocación OFS como camino de santidad en comunión a las palabras, gestos y testimonio de Jesús?

Junto a las preguntas, deben venir los desafíos y tareas que como Consejo Nacional, a la luz de la Misión Continental, que a mi parecer deben apuntar a:

a) Incorporar a las familias en el proyecto de vida OFS. Invitaciones, encuentros gratuitos, celebraciones, fiestas litúrgicas.

Fortalecer la conciencia de pertenencia a la OFS, evitando los excesos de localismos.

Crear equipos de misión al servicio de la Familia Franciscana y de la Iglesia.

Fortalecer el cuidado de los hermanos enfermos y alejados.

Trabajar el tema de las relaciones humanas, particularmente la resolución de conflictos.

28 de octubre de 2010

Hacia una fundamentación bíblica de la misión.

(Ponencia en el curso de formación de los Catequistas y Ministros Extraordinarios de la Comunión Parroquia San Francisco de Chillán. 19-22 de octubre de 2010)

Hno. Manuel Alvarado S., ofm

La Misión en el tiempo de la Iglesia. La Evangelización como don del Espíritu.

¿Por qué la Iglesia evangeliza? ¿Por qué la Iglesia misiona? ¿Por qué hay pastoral en la Iglesia? ¿Es sólo una decisión tomada por ella? ¿En que se funda esta labor? La Evangelización como tarea atraviesa cada uno de las estados en los que podemos encontrar a Jesús, la exigencia de ir por el mundo y anunciar la Buena Noticia de Jesús y la persona misma de Él, está presente en el Jesús carismátizado, o sea, el que es recibido por la predicación de la comunidad post pentecostés, es puesto en boca del Jesús resucitado por cada uno de los evangelistas y el mandato es presentado como parte central de la enseñanza del Jesús Maestro y predicador con sus discípulos. Por lo tanto, podemos afirmar con certeza que Jesús es el fundamento del porque vamos al encuentro del ser humano.

Hechos de los Apóstoles tiene una perícopa central para el vínculo entre Evangelización y Espíritu Santo: Hch 8, 1b-4: “Aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, a excepción de los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él. Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel. Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra.” Este texto nos presenta la consecuencia del Martirio de Esteban, el primer mártir de la fe, debe llamarnos la atención que Lucas nos dice que toda la labor misionera de la Iglesia depende de un hecho fortuito, no buscado ni esperado por la comunidad. La persecución es usada por el Espíritu para impulsar el encuentro entre los judíos y los paganos con la comunidad creyente en Jesús, judeocristianos. Éstos salen de sus comodidades y de sus seguridades para testimoniar, no como algo buscado o preparado, como sí naciese de un proyecto con objetivos, medios y tareas, sino guiados por la acción de Dios en la historia. Esta persecución, convertida en oportunidad para testimoniar lo que significa Jesús en la vida de sus discípulos, abre a la Iglesia más allá de donde sus miembros pudiesen imaginar, la comunidad perseguida que testimonia a su maestro lo hace incluso a los paganos, lo que sigue a esta perícopa es la misión de Felipe entre los samaritanos, su encuentro con el eunuco etíope, un pagano, que es bautizado y culmina con el bautismo de Cornelio y toda su casa, de manos de Pedro, luego de un sueño y una manifestación del Espíritu Santo. El perseguidor Saulo, que se convertirá en el apóstol de los gentiles, que cambiará incluso su nombre a Pablo, es precedido por estos signos, será él quien entenderá con mayor radicalidad la universalidad esta apertura de Dios a todos los pueblos, se manifiesta como la gran exigencia de Dios, se la reveló a Pedro y la manifestó en su dirigir la historia del nuevo pueblo adquirido en el sacrificio de su Hijo. Nace así la Iglesia con su catolicidad, que es don y tarea.

La invitación del resucitado a ir al encuentro de todos los hombres y mujeres.

El Resucitado, según san Juan, nos permite mantener la continuidad entre el Espíritu Santo y la misión, Éste “… les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» (Jn 20, 20b-22) La alegría de los discípulos no debe engañarnos, su situación es de temor, están a puertas cerradas por temor de que los judíos les hagan correr la misma suerte de su Maestro, además, no se alegran todos, Tomás, uno de los doce, no será testigo de esta aparición. Lo central en este texto es el envío, pero no es cualquier tipo de envío, tiene un modelo, son enviados a reproducir la obra de Jesús teniendo en vista, que finalmente deben hacer la obra de su Padre. Así, como ningún hombre puede ver a Dios ni reconocerlo, sino es por la mediación de su Hijo, nadie puede arrojarse la autoridad de estar viviendo la voluntad de Dios o de estar realizando su Obra sino lo hace incrustado en el modo de actuar de su Hijo y eso, tampoco, por propia voluntad sino facultado por el Espíritu. Dos cosas son necesarias para reproducir la misión de Hijo, encuentro con Jesús, de aquí se funda la constante necesidad de ir a los lugares que profundizan este encuentro, tales como la Palabra, la Comunidad, los Pobres, la Creación. Y, recibir el Espíritu, que es dado por Jesús, se tiene “más espíritu” en la medida en que se va mejorando la calidad de encuentro con Cristo. El texto continua con la falta de fe del ausente Tomás, “ver para creer”, que demuestra el límite de la predicación y de la misión de los discípulos, nosotros podemos darle todo a los que vienen a la Iglesia, los mejores proyectos pastorales, pero no puede dar la experiencia personal de Jesús, pues ella es gracia de Dios y abre al Espíritu y a sus frutos, pero ese encuentro se enriquece o se entorpece por el Testimonio de los creyentes, de allí una paradoja la Iglesia no puede convencer, pero no puede cejar en su esfuerzo por atestiguar que ha sido encontrada, perdonada y salvada, pues ella es el cuerpo de Cristo resucitado pero marcado por la cruz.

Lucas nos aporta el valor de la tradición. Jesús resucitado anuncia a sus discípulos que son testigos del cumplimiento de la Palabra más allá de lo que siquiera pudiese haber imaginado el pueblo depositario de las promesas, Israel. Su pasión, muerte y resurrección deben ser leídas a la luz de “… todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí…” y desde allí debe anunciarse a “…a todas las naciones, empezando desde Jerusalén…” (Cf. Lc 24, 44-48). Jesús no se inventa, no es la creación o la fantasía de un grupo, viene de una tradición, la judía, de allí el valor que tiene el Antiguo Testamento para la comunidad cristiana desde su origen, entre las primeras herejías combatidas por los Padres estará aquella que le resta valor o niega la revelación de los textos judíos. El reconocer este valor en el Testamento Común va unido a la clave de lectura que da Jesús, su mensaje, sus obras y el acompañamiento y auxilio que da a la comunidad el Espíritu Santo. La tradición, pasada por el Resucitado y el don del Espíritu, permite abrir el entendimiento a los discípulos y permite la continuidad, con los matices de la cultura y el avance en la verdad que el hombre y la mujer tienen en el tiempo, entre lo que creo y celebro hoy, con la primera comunidad y con la fe de mis padres o abuelos. La comunidad que anuncia a Jesús no debe inventarlo sino transmitirlo como lo ha recibido y enriquecer ese anuncio con el aporte de su testimonio. La tradición debe apuntar a descubrir lo esencial, la buena nueva hecha carne en Cristo, a quien padeció, murió, resucitó y envió a su Espíritu Santo, que es lo que debe ser anunciado, desde allí nos abriremos a la comunidad y a la solidaridad; la tradición, bien vivida, transmitida y enseñada, fortalece la fe para cuando se nos caen los templos o los clérigos o los fieles, porque enraíza la fe en lo único importante y absoluto. Desde Lucas, debemos aprender el respeto debido al modo de vivir la fe desde un pueblo o un ámbito cultural o una generación y tener una memoria agradecida por el don de la fe que hemos recibido por la transmisión de nuestros catequistas, padres, etc.

Es el Resucitado según Mateo, quien tiene la frase evangelizadora más famosa, “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (perícopa completa Mt 28, 18-20). Este mandato expresa con claridad la universalidad de los llamados a salvación, nadie queda fuera ni por su condición racial, social, de género, de orientación sexual o moral, como vamos a ver más adelante este desenlace mateano es visto como un proceso, de acá nace la catolicidad de la Iglesia, como don y tarea. La catolicidad debe ser construida, no viene dada, ella se puede ver entorpecida por las estructuras culturales o sociales, a las cuales se les debe hacer frente, hay que buscar ensanchar la tienda generación a generación, el único límite que conoce la catolicidad es la Verdad, como lo ha afirmado el papa Benedicto XVI, con todas las problemáticas que para nuestra época significa este concepto, su definición y él quien la define, de aquí nace la necesidad del diálogo con las demás comunidades creyentes, cristianas o no, y con quienes por otros caminos buscan a Dios tácitamente. Esta catolicidad se hace cósmica en Marcos: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”, naciendo así una olvidada conexión entre evangelización y compromiso con la tierra, el que anuncia a Cristo debe conformar su vida a un esquema sustentable y respetuoso para el ambiente.

La misión es libertaria, según Marcos: “El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Cf. Mc 16, 18-20). La comunidad creyente reconoce que debe actuar como quien lo ha enviado, Jesús propone, invita no se impone, este puede ser un camino marcado por la frustración ante la falta de respuesta, pero es el camino correcto, hay que dejar que las obras hablen. La Iglesia hoy desespera ante la indiferencia del mundo juvenil, por ejemplo, que se muestra ajeno a lo sacramental o a lo ritual, la proclamación no debe depender del éxito numérico o de efectividad, puede evaluarse negativamente estadísticamente, pero no puede, nunca, cejarse en el deber de testimoniar con la vida lo que se cree, celebra y espera.

La misión en el corazón del encuentro con el Jesús histórico.

¿Para qué llamó Jesús a sus discípulos? Mc con simplicidad establece el vínculo entre vocación y Misión: “Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 16). Lejos de la voluntad de Jesús, entonces, crear un grupo cerrado, sectario o ajeno a la realidad de su entorno social, religioso, político, ecológico. Hay que buscar estar con Él, pero para ser enviados. ¿Cómo ir por el mundo? (Cf. Mc 6, 7-13) Según Marcos, de dos en dos, “livianos de equipaje”, con la confianza puesta en quien envía y es el dueño de la misión, los discípulos no deben centrar su preocupación en el éxito o fracaso de la misma, aunque existe la licencia para molestarse al enfrentarse a un grupo indiferente o abiertamente agresivo a la recepción de la Buena Nueva, la imagen de sacudir el polvo es un insulto en el contexto cultural del medio oriente, lo vimos en la caída de Hussein en Iraq, ante sus estatuas en el suelo la gente arrojaba sus zapatos como señal de desprecio. Lo esencial del texto, en todo caso, es la prontitud en el cumplimiento de la misión, los discípulos son llamados y gracias a su disponibilidad en el envío son capaces de ser lo que deben ser y eso se les nota, la promesa que conlleva el encargo se hace realidad en los llamados.

Mateo (Cf. Mt 10, 5-23) mantiene la exigencia de ir “livianos de equipaje” en la misión, al igual que en Marcos, Jesús no viene a engañarnos, no nos asegura el éxito en la tarea evangelizadora ni que ella nos eximirá de problemas, dolores, frustraciones, tanto desde dentro de la misma comunidad como por agentes externos a esta, nos envía como ovejas en medio de lobos. El texto mateano tiene una característica llamativa en el envío, claramente excluye la misión entre los paganos, “no toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, para descubrir la catolicidad en el Evangelio de Mateo es necesario descubrirla como un proceso, en diálogo con la realidad, sí nos quedamos sólo con este envío ningún hijo de madre no judía sería sujeto de la evangelización y del pastoreo de la Iglesia, es necesario contemplar a Jesús en proceso de apertura, dejándose asombrar por la fe de la mujer extranjera, cananea (cf. Mt 15, 21-28), que lo invita a ensanchar la tienda de la salvación ¡Que lección para la comunidad creyente! Los versículos siguientes nos muestran a un Jesús sanador en medio de una multitud de lisiados y enfermos, con los que se vincula sin preguntar de donde son y de qué origen. La catolicidad, vocación y misión de la Iglesia, se manifiesta así como don y tarea de los creyentes en Jesús.

Lucas, a su vez, nos ofrece la novedad de dos envíos, a doce (Cf. Lc 9, 1-6) y a setenta y dos (Cf. Lc 10, 1. 3-11. 19-21), este es el modo de este autor de expresar la catolicidad de la misión, claramente los doce representan a Israel, fundada sobre las doce tribus, a su vez los setenta o los setenta y dos expresan, según el libro del Génesis la totalidad de los pueblos paganos. Esta duplicidad no significa que las responsabilidades o la misión sean distintos, Lucas, con distintas palabras, duplica la autoridad de los discípulos, van por el mundo con poder de sanar y exorcizar, que las promesas se cumplen cuando se va por el mundo. Mantiene la exigencia de ir “livianos de equipaje”. Lucas, nos entrega la urgencia de anunciar que el reino o el reinado de Dios está cerca, más allá del éxito o el fracaso, acepten o no acepten el mensaje el discípulo tiene la obligación de hacerlo.

A modo de conclusiones.

La Misión es obra de la Trinidad, actúa en ella el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, por lo tanto, la misión es en comunidad y es para la comunidad, lo prioritario es la comunidad. Un discípulo de Jesús es miembro de una comunidad y desde ella es enviado. Como actúa el Padre, esta es una comunidad de hermanos, cuya meta es ser una fraternidad universal, abierta a todos los hombres y mujeres, y cósmica, abierta a toda creatura. Por la actuación del Hijo en la evangelización, la Iglesia, vocacionada y convocada, debe aprender a como habitar el mundo, a ir liviana de equipaje, en respeto por su tradición, en diálogo con la realidad, invitando a la comunión fraterna más con el testimonio que con las palabras. En la actuación de Espíritu Santo, vínculo del amor, la comunidad creyente siempre enviada, debe profundizar en sus lazos afectivos al interior de sus comunidades y estructuras, en la Iglesia debe habitar el don de la reconciliación y de la paz, ser ella el lugar para seguir esperando, solidarizando y creyendo.

La misión, es a la vez, obra del ser humano, quien al descubrirse descubierto por el amor del Gran Otro en su Hijo Jesucristo, se lanza a la aventura comunitaria de anunciar lo vivido. Anuncia lo que recibió de su comunidad, el testimonio de solidaridad, acogida y la escuela de comunión, reconciliación y paz, que ha encontrado con los otros discípulos en torno al único Maestro. Anuncia el corazón nuevo que se la ha dado, que le enseña a relativizar el valor de las cosas, los afectos y la vida, descubre que su vocación es que no sea más él sino Cristo crezca y nazca en él. Anuncia que aquí y ahora es posible y se debe vivir los valores del Reino, no como un discurso sino como los frutos de su propia conversión. Anuncia que lo celebrado, la comunión de Dios con los hombres en los ritos, los sacramentos y en la oración se prolonga en una solidaridad activa y fecunda, que nace y a la vez retroalimenta lo celebrado. Y, finalmente, anuncia lo que viene, la comunión es el destino del hombre y de la mujer.