19 de mayo de 2012

El Espíritu Santo como "aire".





Hno. Manuel Alvarado S., ofm

¿Existe algo más sutil, en nuestra experiencia humana que el aire? No pesa, no tiene olor o color, y sin embargo, es esencial para la existencia de la vida, es una mediación fundamental para ella. La vida se va en inspirar y expirar a cada momento, este movimiento biológico habla, también, de nuestra experiencia religiosa, “inspirar” o “estar inspirado” habla de estar invadido de un “buen espíritu”, que nos abre a la felicidad o al placer; y expirar nos habla de la muerte, de abandonar o ser deshabitado del “espíritu”. De la experiencia biológica y religiosa podemos entrar al misterio de la Trinidad, con los cuidados y salvaguardas correspondientes: “El Espíritu de Dios es, pues, la misma Vida divina, su propio hálito o respiración. Tanto el Padre como el Hijo respiran el mismo «aire» (pneuma) divino; ese es su único y común Espíritu, que se identifica con el Amor gratuito”[1]. El Padre y el Hijo inspiran y expiran amor, pero de cualquier tipo o forma, sino de aquel que “… es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca…”[2].

Iluminación bíblica.

Dos textos del Antiguo Testamento nos invitan a descubrir como el Padre y el Hijo respiran en el mundo su amor gratuito:

·         Génesis 1,1-2:
“En el principio creó Dios el cielo y la tierra.
La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento[3] de Dios aleteaba por encima de las aguas”.
               
                Con estas palabras comienzan los textos sagrados de la tradición judeocristiana, en el inicio está Dios y el vacío o la nada, que sería el lugar del caos y la confusión, mejor dicho sería el “no-lugar”. Y Dios, el Padre respira sobre él, de allí que el autor sagrado use al aire en movimiento, como un viento o un soplo. Lo que expira el Padre, el Amor gratuito, da el orden, construye el escenario de la existencia, tierra, agua, cielo, lo que las habita, hasta el ser humano, en quien el respiro de Dios se hace explicito, “… Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente…” (Gén. 2,7). La liturgia de la Iglesia expresa esta verdad con claridad y maestría, “… hiciste todas las cosas para colmarlas de tus bendiciones…”[4], de aquí que todo y todos sean intrínsecamente buenos, pues han nacido de la inspiración del Padre. La fe cristiana ha agregado el rol del Hijo o de la Palabra en la Creación: “Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada. Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron...” (Jn 1,3-5) El Paso del “no-lugar” a un “donde poner las bendiciones” del Creador, no se ha hecho sin modelo o un motivo, sino que desde el amado por el Padre, Él es la medida y forma de las cosas y del ser humano, por lo tanto, es el sentido último de todo lo existente, y es la inspiración de todo lo salido del Amor gratuito del Padre, y su expirar es la “luz” que vence toda oscuridad. En la Creación el Padre y el Hijo respiran al Espíritu Santo, van más allá de sí mismos, no basta con amarse a sí y en sí mismo, abren su mundo, del cual se ocupan y preocupan, hasta el extremo que todo lo realizado será desde el primer momento de la creación “por nosotros, los hombres, y nuestra salvación”[5], como lo expresa el Credo Niceno-Constantinopolitano.

·         1Reyes 19,9-16:
“Allí se introdujo [Elías] en la cueva, y pasó en ella la noche. Le llegó la palabra de Yahvé, diciendo: "¿Qué haces aquí, Elías?" Él dijo: "Ardo en celo por Yahvé, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela." Le dijo: "Sal y permanece de pie en el monte ante Yahvé." Entonces Yahvé pasó y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante Yahvé; pero en el huracán no estaba Yahvé. Después del huracán, un terremoto; pero en el terremoto no estaba Yahvé. Después del terremoto, fuego, pero en el fuego no estaba Yahvé. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, enfundó su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva. Le llegó una voz que le dijo: "¿Qué haces aquí, Elías?" Él respondió: "Ardo en celo por Yahvé, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela." Yahvé le dijo: "Vuelve a tu camino en dirección al desierto de Damasco. Cuando llegues, unge rey de Aram a Jazael, rey de Israel a Jehú, hijo de Nimsí, y profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá.” Al que escape de la espada de Jazael, lo hará morir Jehú; al que escape de la espada de Jehú, lo hará morir Eliseo. Pero yo preservaré en Israel un resto de siete mil hombres: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal y todas las bocas que no lo besaron".


                El “susurro de una brisa suave” tiene más fuerza que lo tremendo de un viento huracano, un terremoto o un fuego, esta es la experiencia del Profeta Elías en el Horeb, en el mismo lugar donde Moisés se encontró con la zarza ardiente, inicio de la liberación de Egipto. Hay que tomar en cuenta, que este encuentro no es el punto de partida de la conversión o de la misión de Elías, sino, prácticamente, el final de su camino. ¿De qué, entonces, tendría que liberarse un profeta hecho y derecho?[6] Dos son las ambigüedades presentes en la experiencia del profeta que serán convertidas en el encuentro con la “brisa”, primero el apropiarse de Dios y de su obra, Elías en su búsqueda de ser reconocido como autoridad, convencido que él sería el mejor consejero, por el Rey Ajab, quien ha abrazado al ídolo Baal, por influencia de su esposa Jezabel, ha hecho de Yahvé un instrumento de su plan, abusando de la palabra que le ha sido confiada. Dios le ha pedido que anuncie el fin de la sequia que azota al pueblo al rey y Elías, en vez, de ello desafía al rey y los profetas de Baal, desafío en el que vence con la ayuda de Yahvé, y más aún aplica violencia, exterminio, sobre los vencidos profetas de Baal. El camino de Elías es adquirir un pueblo, en tensión entre la fe de sus padres y el ídolo de los poderosos, a través, de la violencia y la fuerza. Este camino sólo lo lleva a enfrentarse con su impotencia, Jezabel será más fuerte y más violenta que él, y el aparente triunfo se convierte en derrota, depresión y frustración. Segundo, Elías no está sólo, no es verdad que todo el pueblo ha sido seducido o arrastrado al culto de Baal, hay un pequeño resto siempre fiel, aunque anónimo y conocido por Dios. Cuando Elías es tocado por la “brisa” descubre el verdadero rostro de Dios, no es el Dios de la violencia o de la fuerza, ni es el Dios de una gran masa, es el Dios suave que no quiere la muerte del pecador, no quiere el exterminio sino ser la buena noticia, el es la acogida y la compañía en medio de las alegrías y las miserias de la vida del ser humano; para Él cada gesto y obra de gratuidad, justicia o solidaridad no cae en el vacío o en el olvido, por muy anónimo que sea el gesto o quien lo realice, sus ojos están atentos a los corazones. El Amor gratuito inspirado y expirado por el Padre y el Hijo obra en la historia, que es su propiedad, por ser la primera criatura, según sus designios y no según los del ser humano, por muy loables que sean, y desde lo pequeño. A esta convicción somos invitados a convertirnos junto a Elías.

Iluminación franciscana.

Al tocar el tema del Espíritu Santo como el hálito o aquello que el Padre y el Hijo inspiran y expiran, y unirlo al testimonio de san Francisco de Asís, es imposible no releer el Cantico del Hermano Sol. Este poema es fruto de una vida ya vivida, al igual que la experiencia de Elías y la suave brisa no es punto de partida sino el de llegada, es la síntesis de una experiencia vital. El “aire” es nombrado en el Cántico, “Loado seas, mi Señor, por el hermano viento, y por el aire, el nublado y el sereno, y todo tiempo por el cual a tus creaturas das sustento”[7], esta alabanza nos une al Credo Niceno-Constantinopolitano, al decir que el Espíritu Santo es Señor y dador de vida, este elemento de la naturaleza, en sus distintas manifestaciones climáticas nos abre a abrazar la vida como el gran don de Dios, sin el “aire” expiramos definitivamente, sin sus movimientos y cambios la existencia de todo lo creado sería imposible. De allí, hay que descubrir que todo es gracia, hasta el tan anónimo e inconsciente acto de respirar y eso hace explotar en una alabanza extática al hermano Francisco, la vida es un don y el mismo Dador la sostiene, en su biología, en su espiritualidad, en su historia, toda posibilidad de existencia es un don en el amor gratuito e incondicional con que Él se nos da. En esta línea considerar al Espíritu Santo como un viento, una brisa o el aire, es signo de respeto por la vida, en todas sus formas, y de la vida humana en todos sus momentos, desde el primer instante de su concepción hasta su muerte natural, pasando por el cuidado de la salud, propia y del prójimo, y de la dignidad encerrada en cada ser humano, y de la de cada creatura. El mismo san Francisco lo testimonia al final de sus días, “…estando ya para morir, confesó que había pecado mucho contra el hermano cuerpo…”[8]
El Espíritu Santo como don gratuito e incondicional, el aire es para todos y todo, nos muestra, también, que es tarea. La vida es para vivirla y para vivirla bien. El Cántico enseña que el modo de habitar el mundo es la comunión, la integración, de lo masculino y lo femenino, Sol, luna, estrellas, viento, aire, nube, clima, fuego, agua, la tierra, no están solos sino en parejas en la alabanza. Incluso, aquello que acallamos como realidad, la muerte, tiene espacio y es signo y don. El hombre y la mujer alaban a Dios con una vida reconciliada, el perdón, consigo mismo, con su historia, con sus prójimos, con la Creación. El camino para esta reconciliación o vivencia del perdón, como signo de estar en el movimiento trinitario, es la fraternidad, hermano de todos y de todo, no como un simple sentimiento sino, también racional, profesar al Padre Creador, al Hijo solidario con la miseria y la pequeñez humana y al Espíritu Santo como dador de toda existencia, nos hace profundizar en nuestras relaciones sociales, eclesiales y ecológicas. De allí, que para el hermano Francisco, hermano sea el que abraza con él su estilo de vida, funda la Orden de los hermanos menores; sean los pobres, los creyentes y cada creatura. El don de la vida se hace tarea en nuestras relaciones, quien descubre lo que se respira en la Trinidad no puede volverse indiferente, ya que amar es respetar la libertad del otro, deja a Dios ser Dios y al hermano ser hermano, se aleja de la violencia como camino de convencimiento; y busca abrazar en su pequeñez la fragilidad de otros, aunque estos otros me hayan herido o no crean como yo, o en lo que creó yo, el abrazo impide la discriminación y va más allá de la tolerancia, así abre los ojos para ver a los pequeños “restos” de hombres o mujeres, que tienen su misma búsqueda, hacer un mundo mejor.

Bibliografía.

a)      Fuentes del Magisterio.
·         Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus Caritas est (DCe)
b)      Fuentes Franciscanas.
·         Cántico del Hermano Sol (Cánt) en: Los Escritos de Francisco y Clara de Asís, textos y apuntes de lectura. Editorial franciscana Arantzazu. Oñati. 2001.
·         Leyenda de los tres compañeros (TC) en: San Francisco de Asís, escritos, biografías, documentos de la época. BAC. 1985.
c)       Libros de autor.
·         Bentué, Antonio, 2004. En qué creen los que creen. Claret, 1° edición. Buenos Aires.
·         Varone, François, 1988. El dios “sádico” ¿Ama Dios el sufrimiento? Sal terrae, 1° edición. Santander.


[1] Bentué, Antonio, 2004: 114
[2] DCe, 6.
[3] Todos los textos bíblicos serán tomados de la Biblia de Jerusalén edición del 2001. En otras traducciones se opta por “soplo” (La Biblia del Pueblo de Dios), “Espíritu de Dios” (Biblia de las Américas, Latinoamericana) al traducir el pneuma de la versión griega. En todas estas opciones de traducción se tiende a entender el Espíritu Santo en conexión con el aire en movimiento.
[4] Prefacio de la Plegaria Eucarística IV.
[5] El Credo Niceno-Constantinopolitano usa esta expresión para referirse específicamente a la encarnación, pero eso no excluye la Creación y el destino de todo y todos, la escatología, pues el Verbo bajado del cielo y encarnado en el vientre de María da luz, profundidad y plenitud a estas dos acciones del Dios Trinitario.
[6] Vamos a seguir aquí la interpretación de 1Re 17-19 en Varone, François, 1988: 31-47.
[7] Cánt 6
[8] TC 14

8 de mayo de 2012

EL 2012 el año de la Fe.


(Publicado en PANCHITO de abril del 2012)

Hno. Manuel Alvarado S.
Asistente Nacional OFM

El Papa Bendicto XVI ha convocado desde el 11 de Octubre de 2012 a la fiesta de Cristo Rey del 2013 a un año de la Fe, cuyos objetivos están expresados en Carta Apóstolica en forma motu proprio titulado Porta Fide (PF). En el horizonte de esta celebración esta el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II, inspiración del Beato Juan XXIII, miembro de la OFS, y los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica por el Beato Juan Pablo II. Estos dos hechos marcan para nuestra espiritualidad franciscana un tiempo de gracia, nos invitan a renovar nuestra vuelta a las fuentes, al Cristo de Francisco y a la experiencia bautismal del pobre de Asís y de Clara, de quien aún celebramos los ochocientos años de su huida en Domingo de Ramos y funda a las Damas Pobres. El Catecismo nos renueva en nuestra Formación Permanente, directa o explícitamente estamos citándolo, aun nos queda la no fácil tarea de leerlo a la luz de nuestra tradición, en fidelidad a la comunión y a la inspiración de nuestros Padres, Francisco y Clara. Al mirar estos últimos cincuenta años, con sus gozos y dolores, somos invitados a volver a pasar por la “puerta de la fe”, lo cual “… supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22)” (PF 1). Este camino del bautismo a la vida eterna, nosotros lo hacemos profesando la forma y vida de los franciscanos, en la cual yo “… renuevo las promesas del bautismo y me consagro al servicio de su Reino…”, prometiendo “… vivir el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo en la Orden Franciscana Seglar, observando la Regla según mi estado laical (fórmula de profesión OFS). Este Año de la Fe, nos debe abrir a renovar el compromiso con el Credo, la síntesis de las verdades de nuestra fe, no sólo como conocimiento sino ante todo como práctica cotidiana de nuestro modo de vida franciscana.