2 de octubre de 2008

El cuidado del medio ambiente como tarea pastoral y modo de ser discípulos y misioneros.

Hno. Manuel Alvarado S., ofm

(Ponencia en los cursos de primavera (Santiago-Chillán) 2008)

1. Siguiendo el tema ecológico de Medellín a Puebla.

Un documento magisterial, como el de nuestros obispos del subcontinente, se inserta en la Tradición, es decir, en continuidad con el querer y sentir de las generaciones creyentes previas, en este caso concreto con la tradición latinoamericana de las Conferencias Generales inaugurada en 1955 en Río de Janeiro, casi una década antes de la revitalización de la Iglesia Universal con el Concilio Vaticano II. Sin entrar en precisiones, poder ir descubriendo como la preocupación de nuestra Iglesia parte de una reflexión antropocéntrica, con el pensamiento del Concilio Vaticano II como horizonte, los obispos en Medellín se harán cargos del contexto histórico social y político de estas tierras, y coloca a la Iglesia frente al desafío de hacerse cargo de los gozos y dolores, esperanzas y frustraciones, que de su realidad emanan; en contexto de guerra fría, una pugna entre capitalismo y socialismos, la Conferencia General de 1968 pone los limites a los actores en lid: “...Ambos sistemas atentan contra la dignidad de la persona humana; pues uno, tiene como presupuesto la primacía del capital, su poder y su discriminatoria utilización en función del lucro; el otro, aunque ideológicamente sostenga un humanismo, mira más bien al hombre colectivo, y en la práctica se traduce en una concentración totalitaria del poder del Estado. Debemos denunciar que Latinoamérica se ve encerrada entre estas dos opciones y permanece dependiente de uno u otro de los centros de poder que canalizan su economía...”[1]. Puebla (1979), por su parte, avanza un paso más, busca convertirse en la voz de los sin voz, su denuncia apunta a las consecuencias de las políticas de Seguridad Nacional instituidas en Latinoamérica desde fines de los sesenta. Tres son los aspectos centrales de la reflexión de Puebla[2]. Primero, la injusticia institucionalizada que vive el continente, que se expresa en la escandalosa mala distribución de la riqueza y que la sufren rostros concretos de hombres, mujeres y niños. A la base de este pecado social están las estructuras sociales y políticas, que con sus ideologías materialistas y falso humanismo son el origen y el apoyo de esta realidad, se denuncia expresamente el libre mercado más dogmático. El segundo acento es la violencia institucionalizada, cuyo rostro preclaro es el no respeto de los Derechos Humanos, a través, de los abusos de poder de las autoridades, la tortura, la desaparición forzada, el exilio, etc., sin ingenuidad, se manifiesta la relación entre modelo económico y los procesos de violencia del continente. Finalmente, la manipulación de la cultura producto de influencias de los grupos de poder, quienes usando los medios de comunicación, potencian los valores que ponen las relaciones humanas en planos de opresión-dependencia, entre ellos el consumismo y el materialismo individualista. Finalmente, Santo Domingo (1992), que mantiene ciertas distancias con las anteriores Conferencias Generales, no pierde la búsqueda de una mayor profundidad en la reflexión. Tres son las ideas centrales que se rescatan del documento de Santo Domingo[3], primero, la constatación de una realidad creciente de empobrecimiento, se apunta, a diferencia de las anteriores Conferencias, a la responsabilidad más de las personas que de las estructuras, desparecen los conceptos de pecado social y de injusticia institucionalizada, se evitan los juicios éticos y teológicos sobre el modelo neoliberal triunfador, luego de la caída de los socialismos reales, e imperante en gran parte del continente, aunque se le asigna la debida responsabilidad en el ahondamiento de las distancias sociales del Continente. Una segunda idea es la importancia de los Derechos Humanos, en el documento existe un claro llamado al respeto y profundización de éstos, en donde se inserta la preocupación por la situación ecológica y las debilidades de los sistemas democráticos latinoamericanos. Finalmente, la inculturización del Evangelio, la Iglesia esta llamada a abrir el oído atentamente a la presencia del Espíritu presente entre los pueblos, siendo invitada desde el diálogo respetuoso, franco y fraterno a iluminar y denunciar los modos de vivir, celebrar y reflexionar de esas culturas a la luz de Jesucristo, su encarnación, su Pascua y el envío de su Espíritu.

Esta preocupación antropocéntrica, poco a poco ha ido asumiendo el valor de la Creación, Medellín no dice una palabra, lo cual no debe sonar extraño, las primeras alertas sobre la crisis ecológica sólo vendrán con las declaraciones del Club de Roma de 1971. Puebla inserta el tema ecológico como un problema del futuro. “Si no cambian las tendencias actuales, se seguirán deteriorando la relación del hombre con la naturaleza por la explotación irracional de sus recursos y la contaminación ambiental, con el aumento de graves daños al hombre y al equilibrio ecológico”[4]. Las “actuales tendencias” de las que habla son las políticas de desarrollo neoliberal que en muchos países iban comenzando a ser instaladas a manos de los gobiernos militares que gobernaban gran parte del territorio centro y sudamericano. Puebla, además, en su reflexión sobre la dignidad humana afirma que “... el dominio, uso y transformación de los bienes de la tierra, de la cultura, de la ciencia y de la técnica, vayan realizándose en un justo y fraternal señorío del hombre, teniendo en cuenta el respeto de la ecología...” y “... con el servicio y la promoción de los grupos humanos y de los estratos sociales más desposeídos y humillados...”[5]. Los obispos enseñan que el señorío humano tiene un límite, el respeto por los otros, sea esta la Tierra, los grupos indígenas, los pobres, los marginados, etc. A mi parecer, este número de Puebla une el destino de la Tierra y el de los pobres, unos de los temas centrales del compromiso ecológico de los cristianos. Puebla, no logra salir de su centralidad en las preocupaciones del ser humano, Santo Domingo, se abre a contemplar la naturaleza en su aspecto teológico, ella es el primer don de Dios, en el cual el hombre es puesto como un administrador, se pone en sintonía con las visiones indígenas y la tensión que se da entre economía y respeto por la tierra[6]. Sin embargo, el encuentro de 1992 a la hora de proponer soluciones o líneas pastorales no hace referencias a la totalidad de la Creación, sino a ella en cuanto tiene alguna función para el ser humano, en esta línea es pobre, pasa de la Tierra como don a la tierra como propiedad y como problema económico, no se habla de respeto por ello, sino que centra el problema en su reparto, en la reforma agraria.

2. Un enfoque ecológico en Aparecida. Aportes y pobrezas.-

¿Cómo se inserta la preocupación ecológica en el documento de Aparecida? Primeramente, Aparecida recoge un elemento muy franciscano, la alegre alabanza a los dones que Dios nos ha regalado en este continente, en esta perspectiva nuestra mirada de la realidad es celebrativa, celebrar es para un franciscano restituir, es decir, retornar a Dios lo que le pertenece. Tres son los elementos de la realidad latinoamericana que queremos restituir al Padre, su creación dada, la diversidad de nuestros pueblos y a su Hijo. “...Acogemos la realidad entera del Continente como don: la belleza y fecundidad de sus tierras, la riqueza de humanidad que se expresa en las personas, familias, pueblos y culturas del Continente. Sobre todo, nos ha sido dado Jesucristo, la plenitud de la Revelación de Dios,...”[7]. Unido a la celebración, y como en nuestra liturgia, a la acción de gracia la precede nuestro reconocimiento de no estar a la altura del amor derramado sobre nosotros. Los dones son mal aprovechados, de ser para todos terminan apropiados en las manos de unos pocos y la presencia del Hijo se oscurece por el dominio del poder por sobre el servicio, así transitamos por caminos de muerte. “... Caminos de muerte son los que llevan a dilapidar los bienes recibidos de Dios a través de quienes nos precedieron en la fe. Son caminos que trazan una cultura sin Dios y sin sus mandamientos o incluso contra Dios, animada por los ídolos del poder, la riqueza y el placer efímero, la cual termina siendo una cultura contra el ser humano y contra el bien de los pueblos latinoamericanos...”[8].

Esta actitud litúrgica frente a los dones, es la puerta por la que queremos explorar nuestra vinculación de creyentes frente a la crisis ecológica. La palabra clave es “dilapidar”, es decir, malgastar o derrochar lo que se nos ha regalado gratuitamente de parte de Dios, un arquetipo de este binomio dado-dilapidado, lo encontramos en la encarnación del Verbo, la segunda persona de la Trinidad se hace hombre y hombre pobre, nace como un carente y muere como un terrorista, nos es regalado un rostro del mismo Dios, y lo devolvemos escupido, torturado, desfigurado y crucificado a quien nos lo donó. Las palabras de Pilato frente a Jesús en el juicio antes de su crucifixión son claras y elocuentes:“He allí al hombre” (Jn). El don del hermano o de la hermana tiene el mismo destino, las palabras de Puebla siguen siendo una dolorosa verdad, devolvemos la faz del hermano como “rostros de niños, golpeados por la pobreza” (Puebla 32), “... de jóvenes, desorientados por no encontrar un lugar en la sociedad...” (Puebla 33), “... de indígenas y ...afroamericanos... viviendo marginados y en situaciones inhumanas...” (Puebla 34), “... de campesinos... que viven relegados en casi todos nuestro continente, a veces, privados de tierra...” (Puebla 35), “... de obreros frecuentemente mal retribuidos...” (Puebla 36), “... de subempleados y desempleados despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y muchas veces de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos” (Puebla 37), “... de ancianos... frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen” (Puebla 39), a lo que se sumas los rostros de las víctimas de la violencia política del Estado o las guerrillas, de quienes son atropellados en sus derechos humanos más básicos, y otros muchos más (Cf. Puebla 40-50). Pues, lamentablemente, debemos asumir que con la creación vamos siguiendo en los mismos caminos, ella nos ha sido dada “...su primer libro para poder conocerlo y vivir nosotros en ella como en nuestra casa.”[9] Es un doble regalo, es fuente de revelación y hogar común, por ende, debemos tener una doble responsabilidad, la pérdida de la biodiversidad, de la calidad del agua, del aire, de la tierra, implica para nosotros el cierre de puertas para el encuentro con nuestro Dios vivo, esta línea no puede ser más franciscana, el Cántico del hermano sol, de san Francisco, y el Itinerario de la mente hacia Dios, de san Buenaventura, dan cuenta del valor dado en esta nuestra espiritualidad al don de la Creación como camino y mediación del Padre de Jesucristo, es tiempo de unir la crisis de espiritualidad, o la crisis de la espiritualidad cristiana en el mundo hoy, con la crisis ecológica, las dificultades de encontrarnos con la belleza del mundo, desfigurada por nuestra irresponsabilidad, puede estar a la base de manifestar al Dios Salvador y Creador que nos revela la Sagrada Escritura. La creación como “casa común”, dada a todos, pero no repartida con la misma justicia, clama hoy por un compromiso nuestro para poder ser signo de comunión y no de pugnas y de apropiaciones injustas, que marcan nuestra humanidad de violencias, círculos de discriminaciones y de marginaciones que repugnan la bondad y misericordia de Aquel Padre que ama como una madre. Asumamos que la no construcción de la “casa común” esta detrás de las constantes crisis sociales y ecológicas que vivimos. La pérdida de la Creación tanto como “libro de Dios” como de “casa común” marca las dobles pobrezas de este inicio de milenio, pobreza de Dios y pobreza enmarcada en un sistema neoliberal idolatra del mercado, que ricos más ricos y pobres más pobres.

Las causas de esta crisis de la creación son aclaradas por Aparecida con gran fuerza al decir: “... Las industrias extractivas internacionales y la agroindustria, muchas veces, no respetan los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales de las poblaciones locales y no asumen sus responsabilidades. Con mucha frecuencia, se subordina la preservación de la naturaleza al desarrollo económico, con daños a la biodiversidad, con el agotamiento de las reservas de agua y de otros recursos naturales, con la contaminación del aire y el cambio climático. Las posibilidades y eventuales problemas de la producción de agro combustibles deben ser estudiadas, de tal manera que prevalezca el valor de la persona humana y de sus necesidades de supervivencia. América Latina posee los acuíferos más abundantes del planeta, junto con grandes extensiones de territorio selvático, que son pulmones de la humanidad. Así, se dan gratuitamente al mundo servicios ambientales que no son reconocidos económicamente. La región se ve afectada por el recalentamiento de la tierra y el cambio climático provocado principalmente por el estilo de vida no sostenible de los países industrializados.”[10] No nos podemos engañar, la crisis actual de la tierra nace de nuestro de nuestro actual estilo de vida y de las expectativas conscientes o inconscientes que conlleva, por un lado la ideología del desarrollo tiene la estructura de un culto idolátrico, en su nombre se nos llama a diversos sacrificios, enmascarados pero finalmente inhumanos, masas empobrecidas y estancadas en el desempleo, en el sobreendeudamiento; sobreexplotación de la tierra y lo peor un proceso cada vez más profundo de cosificación de lo creado, cosificación que apunta a convertirlos en meras materias primas, que como tales puedan ser vendidas en el mercado, sin preguntarse los costos sociales, humanos y cósmicos que eso tiene, la cosificación va unida a procesos de consumismos generadores de los problemas de basura, que agravan la pérdida de calidad de los espacios geográficos que ocupan los pobres. Benedicto XVI ha dicho en esta línea “...Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior (cf Ef 3,16; 2Co 4,16), no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo”[11]. No debe quedarnos dudas, la tarea pendiente es la formación ética de muchos de nuestros hermanos de comunidades, y la propia formación, convencernos que debemos formarnos éticamente en nuestra relación con los pobres y la creación para poder ser verdaderos seguidores de Jesucristo. Esta formación debe ayudarnos a los necesarios cambios en nuestras estructuras pastorales y a nuestras estructuras mentales.

Y, luego de Aparecida, ¿qué? Lamentablemente, volvemos a repetir un viejo esquema en nuestra reflexión eclesial, podemos hacer la reflexión pero no logramos aterrizarla en vida. Con mucha tristeza se nota que esta preocupación eclesial no se logra plasmar, por ejemplo, en el proyecto de la Misión Continental, en el documento que la lanza, no esta presente ni una sola vez la palabra ecología, medio ambiente o cuidado de la creación. ¿Acaso podemos anunciar a Jesucristo sin tomar en cuenta los gritos de liberación de la Creación que son además los gritos de los pobres? ¿podemos seguir sosteniendo una misión preferente, más no excluyente, por los pobres, que no contenga a nuestra pobre Hermana Madre Tierra? Por su parte, las nuevas Orientaciones Pastorales (OOPP) da cuenta del problema, como uno más de los que enfrenta Chile en los inicios de este milenio, “...A esto se suma un esquema de mercado que acentúa el tener sobre el ser, la satisfacción de las necesidades individuales sobre el bien común, la explotación de la naturaleza sobre el cuidado del medioambiente, el placer sobre el gozo, la inmediatez sobre los tiempos necesarios para la madurez de las personas y de los procesos sociales...”[12]. Invita a la creación de un área pastoral que asuma el desafío. “Pastoral del medio ambiente. Damos gracias al Señor por el don de la creación, entregada a la administración responsable del hombre (Gn 2,15). Don hermoso y valioso para todos, para la actual generación y para las que vienen. Sin embargo, comprobamos cómo los recursos naturales son extraídos y contaminados por el egoísmo de algunos y los intereses de grupos de poder amparados por el actual modelo económico, siempre en perjuicio de los pobres, campesinos e indígenas. Su uso debe regularse “según un principio de justicia distributiva, respetando el desarrollo sostenible” (113). La mejor forma de suscitar la responsabilidad ecológica y ética es promoviendo una pastoral del medio ambiente inspirada en una auténtica ecología natural y humana, abierta a la trascendencia, y fundada en el evangelio de la justicia, la solidaridad y el destino universal de los bienes (114) . Un cuidado especial merece el recurso del agua, que empieza a ser escaso, convirtiéndose posiblemente -en el mediano plazo- en fuente de serios conflictos humanos en el mundo”[13]. En este énfasis de las OOPP nos debemos detener, una pastoral del medio ambiente debe partir de la gozosa celebración y de la constatación del abuso que de ella estamos realizando, que esto no es accidental, detrás hay estructuras ideológicas claras y precisas, el modelo de mercado, que no sólo afecta a la creación sino, también, de un modo particular a los grupos de riesgos. Las OOPP hacen suyas las palabras de Aparecida sobre los riesgos de una opción ecológica no reflexionada a la luz del Evangelio[14], donde se propone a Cristo como cabeza, modelo y origen de cada creatura, buscando el equilibrio entre el señorío del ser humano sobre toda la creación y la correcta interpretación que aquello implica, es un servicio, una vocación humana, no una autoridad sin límites, depredadora e inescrupulosa. La última frase, explica la Carta del Obispo de Aysén, “Danos hoy el agua de cada día”.

3. Las tareas pendientes.

Una de las pistas nacidas de Aparecida, en relación al compromiso ecológico, es la necesidad de recuperar la dimensión celebrativa de todos los elementos de la Creación, por un lado, reconocer como estos elementos son fundamentales para poder realizar las gracias sacramentales, una pastoral verdaderamente evangélica y franciscana debe sacar del anonimato a nuestra humilde, preciosa y casta hermana agua sin la cual no hay bautismo válido, así lo acredita el papa Gregorio IX en la polémica de los bautismos con cerveza[15]; a los hijos e hijas de nuestra hermana madre tierra, como el aceite de oliva o de otras plantas en los sacramentos que se emplean óleos santos[16], el trigo del pan y las uvas del vino, sin los cuales no hay confirmación, unción de los enfermos o eucaristía; y finalmente, a nuestro hermano el cuerpo, sin el cual no podría haber consentimiento de los novios ni consumación del matrimonio, como tampoco ordenación ministerial, que requiere de la imposición de las manos del obispo y la intención del ordenado de poner su corporalidad plena al servicio de Dios en los hermanos y hermanas de la Iglesia y la humanidad. Es con nuestra corporalidad con la cual perdonamos por amor a Dios, y es en él, en donde sobrellevamos enfermedades y tribulaciones con paz o con odio, es a él a quien convertimos en instrumento de la gracia y del amor o en instrumento de destrucción y aniquilación. Es con este hermano con quien más debemos reconciliarnos en la vida. Sacar del anonimato el rostro fraterno de la creación en nuestras celebraciones no significa negar la gracia que conducen sino invitar a descubrir como esta gracia se sirve de lo creado, pues ella significa y sirven, a su modo, a su Origen. La bondad y dignidad con la que ha sido dotada toda creatura hace que ella sea portadora de la Vida y del Amor connaturalmente, ni el Padre ni el Hijo ni el Espíritu Santo fuerzan a estas hermanos y hermanas nuestras contra su naturaleza al ser puestas al servicio de la salvación universal y cósmica, sino que vislumbran lo que desde el principio de los tiempos era su destino, ser en y para Dios, lo cual anticipan cuando son sagrados instrumentos del amor divino en la historia. A ello debemos unir, el valor per se que tiene un paisaje o un lugar bello como instrumento y puerta al misterio de la trascendencia de Dios. Esta contemplación debe ser unida a una mirada penitencial frente a la realidad, como ha dicho Aparecida, el don de la creación es despilfarrado irresponsablemente por nuestro estilo de vida. La alabanza del Cántico del hermano Sol, de nuestro hermano Francisco debe abrirnos a la confesión de nuestros pecados ecológicos, nuestra falta de respeto frente al don del sol, de las estrellas, de la luna, del agua, del fuego y de la hermana Madre Tierra. Esta dimensión confesional y litúrgica debe abrirse a la solidaridad, sólo así el seguimiento esta completo, anunciamos, celebramos y servimos en, con y por Jesucristo. Este servicio debe estar atravesado por los valores que nos son propios, debe ser un servicio en pobreza, que acompañe los procesos de los marginados a los que se les niega la tierra y sus riquezas, y que haga camino con quienes desde la Iglesia o más allá de ella ya tienen un camino de compromiso. Sobre este último punto, es bueno recordar que nuestro acercamiento al cuidado de la Creación, que nace de nuestra confesión del Padre Creador, del Hijo Redentor y del Espíritu Santo dador de vida, y que celebramos en los dones de su obra, es integral, protegemos la tierra, porque estamos abiertos a la protección de toda vida, protección que involucra el compromiso con una realidad fraterna y junta en la que se desarrolle, y podemos no estar totalmente de acuerdo con los postulados de determinadas organizaciones que ya tienen un nadar ecológico, ello no puede detener nuestro trabajo común o aprender de ellos estrategias y formas de cambiar nuestros estilos de vida.

Dentro de la Iglesia, los franciscanos deberíamos ya estar implementando en nuestras estructuras pastorales la formación activa de nuestros agentes pastorales en materias de cuidado del medio ambiente, sin perder de vista que nuestro compromiso en pobreza exige primero testimonio y luego, reflexión, ese es el modelo que nos legó nuestro Padre San Francisco. En nuestros colegios, parroquias y comunidades la implementación de la pastoral del medio ambiente propuesto por las OOPP, deben ser una urgencia y una exigencia a un necesario trabajo en red. Sería lamentable, y repudiado por el Hermano de Asís que nos quedemos con la buena fama del fundador y patrono de los ecologistas, y que ello no nos mueva a ser protagonistas y primeros actores en esta tarea.

Finalmente, ningún proceso de verdadero trabajo ecológico franciscano puede realizarse sin el abandono a nuestras actitudes cómodas y a una creatividad que mire el actuar de los pobres, en esta línea siempre es bueno recordar las “famosas tres r”[17]:

Reducir

Hay que empezar por el principio. Gran parte de la basura que se recoge a diario en todo el mundo tienen que ver con el consumo excesivo de objetos de usar y tirar, como envases, bolsas plásticas o soportes desechables. Algunas recomendaciones son

Ø Consumir preferentemente productos con envases retornables.

Ø Evitar las latas y procurar consumir comida fresca.

Ø Elegir los productos con menos envoltorios, y sobre todo los que utilicen materiales reciclables.

Ø Reducir el uso, en casa, de productos tóxicos y contaminantes, para contaminar menos nuestros ríos y mares.

Ø LLeva siempre una bolsa de tela al mercado o al supermercado y evita las bolsas plásticas.

Ahorra energía en tu casa:

Apaga la televisión cuando no la estés viendo.

No dejes abierto el refrigerador cuando no sea necesario.

Utiliza la bicicleta o el transporte público.

Apaga las luces cuando no las necesites y si hay que comprar bombillas nuevas, procura que sean de las llamadas 'eficientes', que aunque son más caras, a la larga ahorran en el recibo de la luz, ¡además no se funden tanto como las otras!.

Sigue los siguientes consejos para ahorrar agua:

Consejo - Acción

Ahorro de agua

Moja el cepillo de los dientes y enjuágate con un vaso de agua.

Con la llave cerrada ahorrarás 19 litros.

Dúchate en vez de llenar la bañera

60 litros de agua

Repara los grifos que gotean y vigila los grifos mal cerrados.

Hasta 180 litros.

Descongela los alimentos a temperatura ambiente, nunca bajo el grifo.

15 litros.

Utiliza una lavaza en vez de lavar la loza con la llave abierta.

La llave abierta consume 100 litros.

Lava la fruta y la verdura en un bol.

10 litros.

Tira de la cadena del inodoro sólo cuando sea necesario; no lo utilices de cenicero o papelera.

Los 6 a 8 litros que contiene la cisterna.

Lava el coche con una esponja y un cubo.

Gastarás menos de 50 litros

Pon la lavadora y el lavavajillas cuando estén llenos del todo.

80 litros

Intentad regar a primera hora de la mañana o al atardecer.

En horas de sol, el 30% se evapora


Reutilizar


Cuantos más objetos reutilicemos, menos basura produciremos y menos recursos agotables tendremos que 'gastar'. Algunos trucos sencillos son:

Ø Comprar líquidos en botellas de vidrio retornables.

Ø Al utilizar papel para escribir, no escribas sólo en una cara y luego tires la hoja.

Ø Ragalar los juguetes usados por nuestros hijos.

Ø Regalar la ropa usada

Ø Revisa los datos que damos en el apartado siguiente.


Reciclar

Consiste en volver a utilizar materiales para fabricar de nuevo productos similares, como papel, cartón, cristal y restos de comida (para hacer abono orgánico, también denominado compost).

Crea en tu familia una cultura del reciclaje. Organiza a cada miembro con funciones específicas dentro de esta cadena ecológica. No lo hagas tú sol@. Hay que clasificar, agrupar y trasladar o solicitar el traslado de los materiales. La CONAMA publicó en sus sitio web un listado actualizado de diversas empresas de reciclaje para obras sociales en todo el país.

De todas maneras destacamos las siguientes:

Traperos de Emaus: Campaña: No lo guarde, no lo bote. Dónelo a Traperos de Emaus de Chile.

Hogar de Cristo acepta donaciones de elementos que se encuentren en buen estado y que sean de utilidad para las personas que atienden.

Fundación San José: campaña: Recicla (papel) en tu oficina.

Fundación Todo Chilenter . Programa de reacondicionamiento de computadores.

COANIQUEM : Campaña: Reciclando el vidrio... ayuda (II -RM - IV - V - VI -VIII)



[1] Justicia 3

[2] Cf. Antonio Bentué, 2001: 408-411

[3] Cf. Antonio Bentué, 2001: 413-417.

[4] Puebla 139

[5] Puebla 327

[6] Santo Domingo

[7] Aparecida 6

[8] Aparecida 13

[9] Aparecida 24

[10] Aparecida 66

[11] Spe Salvi 22

[12] OOPP 37 En: http://www.iglesia.cl/especiales/oopp2008/enlinea1.html

[13] OOPP 85.9 En: http://www.iglesia.cl/especiales/oopp2008/enlinea2.html

[14] “La mejor forma de respetar la naturaleza es promover una ecología humana abierta a la trascendencia que respetando la persona y la familia, los ambientes y las ciudades, sigue la indicación paulina de recapitular todas las cosas en Cristo y de alabar con Él al Padre (cf. 1 Co 3, 21-23). El Señor ha entregado el mundo para todos, para los de las generaciones presentes y futuras. El destino universal de los bienes exige la solidaridad con la generación presente y las futuras. Ya que los recursos son cada vez más limitados, su uso debe estar regulado según un principio de justicia distributiva respetando el desarrollo sostenible” (Aparecida 126)

[15] D 447

[16] Cf. CIC 847 §1

[17] Existen diferentes páginas en Internet con información sobre el tema, yo elegí: http://www.educarchile.cl/Portal.Base/Web/VerContenido.aspx?ID=104021

30 de septiembre de 2008

“ Y, ¿Sí osáramos vivir nuestra consagración religiosa como un compromiso ecológico?”

Hno. Manuel Alvarado, ofm

Según el diccionario, el optimismo es: “Actitud de los que afirman la bondad fundamental del mundo, o que el conjunto del bien supera al del mal” [1], por lo tanto, ser Cristiano y ser optimista deberían ser términos sinónimos, pues los seguidores de Jesús afirmamos la bondad fundamental de todo lo creado, bondad que no le es por sí misma sino le viene dada por su origen, su Creador. La comunidad cristiana testimonia su seguimiento en tres quehaceres: “...anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra...”[2]. Entonces, al preguntarnos, porque como cristianos debemos tener un compromiso con el cuidado y respeto por la Tierra, es bueno repasar como esta Hermana y Madre nuestra se relaciona con ellas.

La Creación en el anuncio de la Palabra de Dios.

La Iglesia ha condenado cualquier doctrina, que llamándose cristiana, afirme la existencia de creaturas no hechas por Dios o que la materia no sea obra del Creador (Cf. DS 191. 199. 455. 457. 459. 463), y esto no puede ser de otro modo, la comunidad cristiana es fiel a la tradición veterotestamentaria que abre el libro de la revelación afirmando 7 veces la bondad de lo creado (Cf. Gn 1, 3. 10. 13. 19. 21. 25. 31), llegando así al culmen de la reflexión en torno a Yahvé y su bondad, que corrige las visiones míticas y profundiza sobre la experiencia histórica del Dios que ha hecho alianza con su Pueblo. “...La Creación no es fruto de una lucha entre el bien y el mal (como Marduk que lucha contra Tiamat en el poema babilónico Enuma Elish), sino que procede de un Dios unívocamente bueno, es decir, también se ha superado la etapa más primitiva del yavismo que concibe todavía a Dios como un guerrero (Ex 15,3) autor tanto del bien como del mal (Is 45,7; Amós 3,6). Yavé es, acontece, actúa y opera solo movido por el bien (Os 11, 1-11), el mundo creado por Él, por lo tanto sólo puede ser bueno...”[3]. Este mundo bueno no es arrojado a su suerte, sino que quien lo creó es quien lo sostiene, esto es afirmado domingo a domingo en nuestras celebraciones eucarísticas al orar el Credo, pero para ser comprendido correctamente debe aclararse el sentido del “todopoderoso” dicho en el primer artículo de la fe. El “... Padre es “todopoderoso” en cuanto providente y salvador, más que en cuanto soberano o señor. Teófilo de Antioquia dice que “es todopoderoso-pantokratôr- porque él sostiene y abraza todo el universo”. En otras palabras, no se confiesa al Padre como “todopoderoso” al estilo de un padre autoritario o de un “soberano”, dominador del universo que el ha creado, sino que se le confiesa como el providente que envuelve al cosmos con su solicitud o como el salvador que lo mantiene en su existencia...”[4]. De hecho, la convicción del Creador, según los teólogos, entra en la Escritura hebrea gracias a la dolorosa necesidad de liberación, que significa para los israelitas la experiencia del exilio en Babilonia, aquí se profundiza la universalidad y la dimensión cósmica de la alianza de amorosa entre Yavé e Israel. “Su amor... es un amor de predilección: entre todos los pueblos, Él escoge a Israel y lo ama, aunque con el objeto de salvar precisamente de este modo a toda la humanidad”[5]. “Cuando la fe de Israel dice “Dios es creador”, está explicitando la afirmación primera de Yavé como Salvador, a la vez que profundiza en la dimensión de alianza que se sella entre Dios y su pueblo. El Dios de Israel no es un Dios más entre otros -los de los demás pueblos-, sino que progresivamente se va perfilando como el Dios de todos y de todo...”[6], pues Él “... es el autor de toda la realidad; ésta proviene del poder de su Palabra creadora. Lo cual significa que estima a esta criatura, precisamente porque ha sido Él quien la ha querido, quien la ha « hecho »...”[7].

El anhelo de salvar lo amado, llevado a su máxima radicalidad, “...hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común...”[8], se da en la encarnación de Jesucristo. Desde las primeras reflexiones ella “... es comprendida como una verdadera “humanización”, por la que el Hijo de Dios, que vivió una existencia histórica y humana nos reveló que nuestro Dios es capax homini y que nosotros los hombres somos capax Dei...[9], y por la cual, “... el hombre no es ni absorbido ni suprimido, sino reforzado por la unión del Verbo...”[10]. Su comprensión, en todo caso, no ha estado libre de dificultades, en cada época se tiende a reforzar o la divinidad o la humanidad, olvidando el que no hay competencia agónica sino complementariedad. Separando para entender, debemos decir que Jesús en cuanto “Logos” es “... por quien fueron hechas todas las cosas, lo que hay en el cielo y lo que hay en la tierra, lo visible y lo invisible, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó y se encarnó...” (Dz 13), en Él nuevamente se une creación y salvación. Llegamos a esta convicción abrazando la reflexión de la Iglesia Apostólica, la cual celebraba a Jesús como aquel modelo que se tenía en vista cuando se creó todo (Cf. Col 1, 16), o sea, el cielo y la tierra (esquema judío) o lo visible y lo invisible (esquema griego)[11], el Padre, reconoce en cada creatura la impronta de su Hijo, en quien ama lo salido de sus manos, por lo tanto, no podemos ser antropocentristas estrictos al proclamar este artículo, debemos interpretarlo con la misma universalidad y dimensión cósmica, que hemos realizado al hablar del amor de predilección de Yavé por Israel, no negamos la predilección liberadora del proyecto del Padre, detrás de la encarnación, para los hombres y mujeres, sino que afirmamos que al anhelar y obrar para esa salvación de su creatura predilecta, quiere también la de toda su Creación. En cuanto, Jesús es “logos encarnado e histórico” da testimonio de la providencia del Padre en sus creaturas y se maravilla de ella (Cf. Mt 6, 25-29; Lc 12, 22-27; Mc 4, 26-27; Jn 3,8), la cumbre de su enseñanza a sus discípulos es revelar el verdadero nombre de Dios: Padre, un nombre que exige seguir siendo profundizado, para evitar modelos discriminadores por género, raza o creencia, e incluso, debe ser leído cósmicamente. “Comentando Mt 23,9:- “uno solo es vuestro Padre”-, Clemente de Alejandría asegura que Dios no es sólo Padre de los cristianos, sino de todos y todo en virtud de su creación...”[12]. Este mismo Jesús, “logos encarnado y glorificado”, a quién esperamos en su definitiva manifestación, no es esperanza sólo para los hombres y mujeres, san Pablo dice que “... la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto...” (Rom 8, 22), entendiéndose por “creación” a todas las creaturas menos el ser humano, las cuales no fueron responsables de la rebelión contra Dios[13], pues, la creación extra-humana esta en esta actitud en forma involuntaria (Cf. Rom 8, 20), y espera “...vivamente la revelación de los hijos de Dios...” (Rom 8, 19), la cual junto a los hombres y mujeres creyentes y los de buena voluntad, que poseen las primicias del Espíritu (Rom 8, 23), están degustando en la actual historia. La manifestación definitiva de Jesús esta íntimamente unida a nuestra fe en la resurrección de la carne, que igual implica, entonces, una dimensión cósmica, san Pablo enseña a los Corintios, que en Cristo se dará la resurrección de nuestros cuerpos (Cf. 1Cor 15, 22) y que la muerte, o sea, el ciclo de degeneración y de corrupción al que están sometidas todas las creaturas será derrotado (Cf. 1Cor 15, 26-27), para llegar así a la máxima intimidad del Amor, que “...Dios sea todo en todo...” (1Cor 15, 28).

Sí el Padre ha prestado sus manos y el Hijo su estampa en la obra creadora, es el Espíritu Santo quien impulsa a cada creatura, humana o no, a llegar a la plenitud, “... él es la fuerza que se despliega en el mundo y en el cosmos apurando la historia a su fin escatológico de la asunción definitiva de todo y de todos en la comunión con Dios...”[14]. La fe de la Iglesia le anuncia como el Señor y dador de vida o sea, como la fuente de toda existencia, sea esta de un animal, o una piedra, o un ser humano, san Cirilo de Jerusalén le compara con la acción de agua que riega un jardín de diversas flores, pues Él fecunda la historia respetando los procesos y tiempos de cada ser[15].

Al terminar este capítulo sobre el anuncio de la Creación como la obra amada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,

La Creación en las celebraciones de la Iglesia.

A pesar de la rupturas de la comunión, Dios no nos abandonó a nuestra suerte, se hace encontradizo de muchos modos en la historia: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas;...” (Heb 1,1), o sea, por la revelación, pero sin olvidarnos que el mismo que se Reveló es el mismo que Creó, por lo cual, su materia creada se convierte, también, en “libro revelado” que debemos auscultar, como dice San Francisco de Asís, “... las creaturas... sirven, reconocen y obedecen, a su modo, a su Creador...”[16], y en ello le significan como él bello y radiante[17], el hacedor de lo claro, precioso y bello[18], el providente de todas las creaturas[19], etc., y el ser humano puede leerlo, pues “... no es un mero manipulador de su mundo, sino alguien capaz de leer el mensaje que el mundo trae en su interior...”[20], de ello se sirve Dios para establecer un camino que devuelva a la comunión perdida. Ante ello no debe extrañarnos que se sirviera del agua como signo para la salvación o liberación, ella simboliza con la misma fuerza la vida, en el estado fetal es el agua, el líquido amniótico, en el vientre materno el que nos permite vivir; quizás con menos fuerza hoy por los procesos potabilización, la experiencia de dejar agua en un lugar y ver que al pasar el tiempo bulle en ella vida; sin ir más lejos, nuestra discusión con Bolivia tiene que ver con el agua, es la falta de ella la que es acusada como causa de la pobreza, o sea, de muerte entre los ciudadanos del altiplano; finalmente, sabemos que sin agua no podemos sobrevivir ni puede haber vida. Pero a la vez, el agua significa la muerte, eso lo saben muy bien los pescadores, y esta en el sustrato de nuestros miedos a los monstruos marinos o a la fuerza devastadora de un tsunami, por ejemplo. Esta dualidad, aparentemente contradictoria, es muy útil para entender que ocurre en el creyente que se bautiza. En primer lugar, el bautismo nos pone en el vientre del Padre para nacer de nuevo, “... el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios...” (Jn 3,5), o sea no puede ser salvo. “Nacer de nuevo y Nacer del Espíritu vienen a ser sinónimos de nacer de Dios, expresión que es frecuente en la pluma de Juan (cf. Jn 1,13; 1Jn 2,29; 3,9; 4,7; 5,1.4.18) para significar la raíz de la nueva condición en que se encuentra el bautizado”[21]. Esto marca una profunda diferencia con el bautismo de Juan bautista, en él son bautizados los que se arrepienten, en el bautismo como nacimiento en Dios, que es la propuesta cristiana, es el mismo Padre quien elige incondicionalmente, sólo movido por el amor decide preñarse de cada uno de nosotros. “... Su amor, además, es un amor de predilección: entre todos los pueblos, Él escoge a Israel y lo ama, aunque con el objeto de salvar precisamente de este modo a toda la humanidad...”[22], cuando Él nos eligió para ser bautizados, en su mente esta su voluntad de que todos y todo sea retornado a la comunión original. Por esta gratuidad e incondicionalidad se sella la relación entre Dios y el creyente de una vez y para siempre[23].

Cuando Jesús sale del agua y se abren los cielos (Cf. Mt 3, 16), presenciamos su “parto”, que también es el nuestro, nace una nueva creatura. “En este contexto donde hemos de situar y valorar la expresión hoiothesia que, referida a los cristianos en relación con Dios, encontramos en Rom 8,23, Gál 4,5 y Ef 1,5. Se traduce generalmente por adopción filial. Se trata de un término de uso común en la jurisprudencia del mundo greco-romano y del semítico; allí la acción jurídica significada no afecta intrínsecamente al que es objeto de adopción; es pura denominación extrínseca. En cambio, el contexto en que lo encontramos en el NT y la mención de la potencia creadora del Espíritu que se hace en algunos textos obligan a traducirlo por el término más expresivo de filiación (divina), atribuyéndole significación y consistencia ontológica. No es una ficción jurídica, sino que presupone la comunicación real de una vida nueva. Esta vida es la vida nueva comunicada por el Espíritu a Cristo por su resurrección. Es ya la vida inmutable, incorruptible, inmortal, eterna. Es la misma vida de Dios, en la medida en que ésta es participable por las creaturas...”[24], esta conciencia en la Iglesia primitiva permite elaborar, especialmente en el mundo oriental cristiano, la doctrina de la divinización. Para los padres de la Iglesia “... el bautismo, que nos confiere la vida eterna (que es la vida misma de Dios) y nos hace partícipes de la naturaleza divina, nos hace también dioses: «hacerle a uno hijo (de Dios...)» equivale a divinizarlo. Repiten el adagio: «Dios se hizo hombre, para que los hombres se hicieran dioses», obviamente por el bautismo...”[25]. Esta nueva creatura no nace para sí, ni vive su filiación en un intimismo “mi-Padre-y-yo”, sino que es parido para la comunidad de los salvados, la Iglesia, el “... Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. "Por tanto...somos miembros los unos de los otros" (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo"...”[26], es en y con ella donde vive el triple modo de ser hijo o hija de Dios, profeta, sacerdote y rey, a través del “... anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia)...”[27]. Existe, entonces, un doble nacimiento en nuestro bautismo, nacemos para Dios y para la Iglesia.

Hemos dicho que el designio de nuestro Dios Trino y Uno es hacer del ser humano una creatura en comunión integral, consigo mismo y con los otros seres humanos y creaturas, y con el Gran Otro, que es su Creador, comunión que pasa por el amor concreto al prójimo y a las demás seres, sin embargo, la cerrazón del hombre en sí mismo, el egoísmo y la egolatría, ponen al hombre en competencia fratricida con el otro, ese divorcio entre lo que debería ser y lo que logramos construir en nuestra sociedad, es lo llamamos pecado original, el malestar en la vida. El único modo de salir de ese estado es volviendo a nacer, a la creatura nueva, por el amor del Padre al Hijo en el Espíritu Santo, “... todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado (cf DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más grave de las cuales es la separación de Dios...”[28]. Este es el sentido de morir del bautismo, el creyente muere, al ser sumergido en las aguas, a la esclavitud del pecado, que lo hace repugnante a los ojos de Dios: “Viendo Yahveh que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó a Yahveh de haber hecho al hombre en la tierra, y se indignó en su corazón. Y dijo Yahveh: «Voy a exterminar de sobre la haz del suelo al hombre que he creado, - desde el hombre hasta los ganados, las sierpes, y hasta las aves del cielo - porque me pesa haberlos hecho.» ...” (Gn 6,5-7). Es sólo en el sacrificio en la Cruz de su Hijo Jesús, que es un “... ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical...”[29], en donde la mirada de Dios cambia, “... estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo por gracia habéis sido salvados y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús...” (Ef 2, 5-6); en el bautismo actualizamos el misterios de nuestra salvación. “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado...” (Rom 6, 2-6). Bautizados no sólo en la muerte de Jesús sino por él mismo, “... Él es quien bautiza, él quien actúa en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el sacramento significa...”[30].

Este cambio se opera en el baño ritual, por medio del agua. Hemos dicho que Dios se comunica en el profundo significado de las cosas materiales, y que el hombre y la mujer tienen la gracia de poder escrutar ese misterio, el simbolismo de vida y muerte del agua tiene como trasfondo al mismo Espíritu Santo, “... el binomio agua-Espíritu, bautismo de agua-bautismo de Espíritu, no ha de entenderse primordialmente como oposición, sino como semejanza: para una mente bíblica, el agua es símbolo del Espíritu. «En la Escritura, frecuentemente, el Espíritu es prefigurado por el agua» (Orígenes). Desde las aguas primordiales de la creación sobre las que se cernía el Espíritu fecundándolas (Gn 1,2), el agua. En la Biblia, es signo del Espíritu vivificante. El don mesiánico del Espíritu: «Derramaré sobre vosotros un agua pura, que os purificará...; Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos» (Ez 36, 25-26). Es símbolo del Espíritu capaz de convertir el desierto en vergel floreciente (cf. Is 44, 3-4)...”[31]. Cuando en Jesús hemos salido del agua bautismal se ha abierto el cielo y el Espíritu Santo se ha posado sobre nosotros (Cf. Mt 3, 16), es importante unir este momento a la al inicio de la misión de Jesús, según Lucas, en la sinagoga de Nazaret (Cf. Lc 4, 16ss), poniendo atención en el texto leído de Isaías: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciego, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor...” (Lc 4, 18-19), allí esta el programa de vida de todo discípulo del Nazareno, vivir el amor como opción preferente, pero no excluyente, por los pobres, por los que no cuentan (Cf. Puebla 1145), pues en y por su Amor donado y transformante “...aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde... [su] perspectiva... Su amigo es mi amigo...”[32], partiendo desde nuestro círculo más cercano, “...quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad...”[33], de ningún tipo, ni material ni espiritual ni afectiva ni social. La misión de los discípulos y discípulas cristificados y carismatizados, especialmente de los laicos, debe aportar a la construcción de una sociedad más justa, “...a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar...”[34], es sobre este último punto en donde los franciscanos y franciscanas debemos tener especial participación, nuestra vivencia de la fraternidad universal, ecuménica y cósmica debe ser una invitación a concretizar el sueño de nuestro Dios para su Creación.


Bibliografía

  • Noemi, Juan, 1996. “El mundo creación y promesa de Dios”. San Pablo1. Chile.
  • Martínez, Luis, 2002. “Misericordia quiero, no sacrificios”. Dabar1. México, DF.

  • Deus Caritas Est (DCE). Carta Encíclica de Benedicto XVI.


[1] Voz Optimismo En: El Pequeño Larousse Ilustrado, 1998: 734

[2] DCE 25

[3] Juan Noemi, 1996: 41

[4] Luis Martínez, 2002: 84

[5] DCE 9

[6] Juan Noemi, 1996: 33

[7] DCE 9

[8] DCE 17

[9] Luis Martínez 2002: 172

[10] Ibidem: 173

[11] Cf. Juan Noemi, 1996: 78-79

[12] Luis Martínez, 2002: 84

[13] Cf. Juan Noemi, 1996: 82

[14] Luis Martínez, 2002: 186

[15] Cf. Ibidem: 185

[16] Adm 5

[17] Cf. Cant 4

[18] Cf. Cant 5

[19] Cf. Cant 6

[20] Leonardo Boff, 1990: 11

[21] Ignacio Oñatibia, 2000: 181

[22] DCE 9

[23] Cf. CEC 1272

[24] Ignacio Oñatibia, 2000: 181

[25] Ignacio Oñatibia, 2000: 183-184.

[26] CEC 1267

[27] DCE 25

[28] CEC 1263

[29] DCE 12

[30] CEC 1127

[31] Ignacio Oñatibia, 2000: 35-36

[32] DCE 18

[33] DCE 25

[34] DCE 28

3 de mayo de 2008

El desafío de ser discípulo(a)-misionero(a).


Hno. Manuel Alvarado S., ofm

(Presentación para los catequistas de la diócesis de Chillán, 03 de mayo de 2008)

1. Un discípulo(a)-misionero(a) a la luz de los Evangelios.

El término discípulo(a), según el diccionario de la RAE, tiene dos acepciones, 1º: “…Persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un maestro…” y 2º: “… Persona que sigue la opinión de una escuela, aun cuando viva en tiempos muy posteriores a los maestros que la establecieron…”[1], de ambas definiciones podemos sacar una par de sencilla conclusiones, el término discípulo o discípula es una palabra relacional, involucra dos polos, un maestro o una escuela que tiene algo que enseñar, y el segundo elemento es el buscador de esa sabiduría, el que quiere aprender. Esto establece una relación desigual, el que enseña y el que aprende no están a la misma altura, y si en algún momento llegarán a esa situación, lo que se daría sería una superación del maestro, éste ya no tendría nada que aportar a la formación del discípulo(a).
En esta línea, es comprensible que las comunidades primitivas al expresar en imágenes la concepción de Jesús como maestro, lo asocien al filosofo, “…por filosofía no se entendía entonces una difícil disciplina académica, como ocurre hoy. El filosofo era más bien el que sabía enseñar el arte esencial: el arte de ser hombre de manera recta, el arte de vivir y morir…”[2], o a la imagen del pastor, la cual “… expresaba generalmente el sueño de una vida serena y sencilla, de la cual tenía nostalgia la gente inmersa en la confusión de la ciudad. Pero ahora la imagen era contemplada en un nuevo escenario que le daba un contenido más profundo: « El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo... » (Sal 23 [22],1-4). El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto…”[3]. Esta comprensión del Jesús resucitado, nace de la experiencia del Jesús histórico, los propios Evangelios, usan el termino hebreo Rabbuní[4] o Rabbi[5] en boca de sus seguidores al dirigirse o referirse a él. Jesús es presentado como un maestro itinerante, no enseñaba únicamente en las sinagogas (cf. 1,21 y otros muchos textos), sino además al aire libre (cf. Mc 2,15; 4,1) o en el templo (cf. Mc 11,17), su enseñanza aborda también el tema de la ley (cf. Mt 5,17-18; Lc 16,17) y algunas cuestiones relacionadas con ella y que eran objeto habitual de la enseñanza entre los maestros judíos de la época: distintos puntos concretos de las normas religiosas como el sábado (Mc 2,23-28; 3,1-6), el mandamiento principal (Mc 12,28-34), el ayuno (Mc 2,18-22 y =), las abluciones (Mc 7,1ss; Mt 15,1ss), las leyes sobre los alimentos (Mc 7,14-23; Mt 15,10-20), la familia (Mc 7,9-13; Mt 15,3-9), el modo de entrar en la vida eterna (Mc 10,17-23), las relaciones con el poder político extranjero (Mc 12,13-17). A la vez, tiene temáticas propias, aunque no por ello necesariamente desconectadas del contexto judío en el que vive, destacan el anuncio de la llegada inminente del Reino de Dios (cf. Mc 1,14-15; Mt 4,17) así como diferentes temas relacionados con dicho Reino (cf. Mc 4,1-34; Mt 13,1-52), la enseñanza sobre el amor a los enemigos (cf. Mt 5,38-47; Lc 6,27-35) o sobre la paternidad de Dios. Todo ello, nos lleva a concluir, que la experiencia histórica de los primeros discípulos y seguidores de Jesús, es la de estar tras un maestro, sin embargo, esta experiencia histórica esta preñada de un “cuento más”, de una novedad que continua en la tradición veterotestamentaria a la vez que la supera, ello es la causa de la sorpresa que causa su persona “… ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?...” (Mt 13, 55-56), pero, también su enseñanza y la autoridad con la que la imparte y comparte, los que le escuchaban “… quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas…” (Mc 1,22).
La mayor novedad del Maestro Jesús radica en el hecho, bastante inusual en su época, que es él quien elije a sus discípulos y no a la inversa, que sería el modo tradicional. Un discípulo de Jesús no es quien le ha buscado, sino que ha sido encontrado por el Maestro, encontrado en su situación vital, y cotidiana. A mi parecer esto ha sido brillantemente expresado en las palabras de Benedicto XVI: “…No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva…”[6]. Este encuentro exige una exclusividad excluyente, en el grupo de los suyos él era el único que podía enseñar, el único que ejercía de "maestro" y podía ser considerado y llamado de ese modo (cf. Mt 23,8-10); esto era así de tal modo que los pocos textos que nos hablan de una enseñanza impartida por los discípulos especifican que lo hacían por encargo de Jesús, como enviados ("apóstoles") suyos (cf. Mc 6,30) y en relación con lo que él había mandado (cf. Mt 28,20).
Finalmente, es bueno reflexionar sobre un par de rechazos que debe tener presente el discípulo(a)-misionero(a):

a) Rechazo a la todo tipo de violencia en la predicación. Dos textos son claves para entender esta enseñanza, el primero dice: “Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo...” (Lc 9,51-56), el contexto de este perícopa es interesante, la predicación de Jesús esta en su punto más alto, lo siguen cinco mil hombres (Cf. Lc 9, 10-17), tiene seguidores más allá de su grupo de discípulos (Cf. Lc 9, 49-50), su persona y sus palabras no han pasado inadvertidas, esta en boca de muchos (Cf. Lc 9, 18-21), incluso del tetrarca Herodes (Cf. Lc 9, 7-9). Lucas no da razones del rechazo de los samaritanos a acoger a Jesús, Juan nos da una pista que hablaría del nivel del éxito del maestro galileo, la muchedumbre quiere a la fuerza hacerlo rey (Cf. Jn 6,15), y el lugar para ser coronado no es otro que Jerusalén, los samaritanos posiblemente no quisieran verse involucrado en estas intenciones, mal que mal un nuevo rey judío puede no significar, necesariamente, buenas noticias para sus vecinos. Sí las cosas son así, se entiende la rabia de los discípulos, y también la intención del recurso a la violencia, que es este caso, aparentemente nace de una cierta soberbia que viene del éxito, sí se tiene el poder se puede avasallar, Jesús rechaza esta pretensión. En un contexto distinto encontramos el siguiente texto: “En esto, uno de los que estaban con Jesús echó mano a su espada, la sacó e, hiriendo al siervo del Sumo Sacerdote, le llevó la oreja. Dícele entonces Jesús: «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán»...” (Mt 26, 51-52), esta escena ocurre en el arresto de Jesús en Getsemaní, tampoco los malos tiempos justifican a los discípulos para usar la violencia contra otros. El papa Juan Pablo II pone un broche de oro en esta línea, hablando de la Eucaristía recuerda que quien “...aprende a decir gracias como lo hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador”[7].

b) Rechazo a la búsqueda de privilegios por los servicios. El discipulado nace de la gratuita invitación de Jesús, Él “...llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar...” (Mc 3, 13-14), por lo tanto el hombre o mujer vocacionado, hecho discípulo misionero, no puede ni debe aspirar a ningún tipo de privilegio. Los Evangelios muestran a Jesús afirmando esto, entre los discípulos surge más de una vez la discusión sobre quien era el mayor, o sea el más importante, la respuesta es enigmática, el más importante es el que sea como niño (Cf Mt 18, 1-4 y sus paralelos), o sea, el que se identifique con lo débil, lo pequeño, lo vulnerable, lejos de que se puede identificar con un privilegiado. Marcos tiene una perícopa con la cual no nos debe quedar duda sobre el rechazo a la búsqueda de privilegios: “Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos.» El les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?» Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» Ellos le dijeron: «Sí, podemos.» Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado.» Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»...” (Mc 10, 35-45). En su paralelo, Mt 20, 20-23, aparece la madre de los hijos de Zebedeo haciendo la misma petición, la molestia de los demás discípulos y la respuesta de Jesús se mantiene. Querer sentarse a la derecha y a la izquierda es un modo de decir que se quiere compartir el poder, es tener un lugar privilegiado en el nuevo orden que Dios propone y realizará, no es una pretensión menor. La pregunta desafío sobre la disponibilidad a beber del cáliz, se lee en el contexto de los anuncios sobre como Jesús va a morir y resucitar, cáliz es signo de angustia, dolor, sufrimiento, abandono, la profunda experiencia humana de la Cruz de Cristo. Al Maestro le queda claro, que el sí de los Zebedeos, tiene que ver con su ímpetu, por lo cual eran famosos (Cf. Mc 3,17), pero que aún no han sopesado la seriedad de lo que se les ha dicho, ni ellos ni los demás discípulos han terminado de entender la naturaleza o el destino de la misión de Jesús. Sí Él tenía alguna duda sobre el entendimiento de sus amigos, la discusión posterior le confirma sus interrogantes, ellos aún no entienden que el poder desde Dios es el servicio, lo ratificará con Él mismo con el lavado de pies joánico (Cf. 13, 1ss). La renuncia a la búsqueda de todo privilegio, no es enseñado sólo con las palabras sino, sobretodo, con el mismo ejemplo de Jesús, quien lo sigue debe tener claro que ella es central en su identidad crística, que no es otra cosa que conformar su vida a la de su Maestro, cristificándose.


2. ¿Cómo vivir esta dimensión en la vida del catequista y de la catequesis parroquial según Aparecida?

De la constatación de la realidad al desafío pastoral.

El documento de Aparecida parte de una consideración general, que debe ser considerada a la base de nuestra reflexión, un discípulo(a) misionero(a) es una persona que vive en un contexto determinado, que debe ser considerado para poder situar su rol, su labor y su significancia en la Iglesia y el mundo. Dos ejes que atraviesan la realidad latinoamericana, según Aparecida, son:

a. Vivimos en tiempo de cambios, que nos enfrentan a complejidades y confusiones nuevas a la hora de poner en la práctica los valores de nuestra fe. Nuestro tiempo esta marcado por el fenómeno de la globalización, “...es un fenómeno complejo que posee diversas dimensiones (económicas, políticas, culturales, comunicacionales, etc). Para su justa valoración, es necesaria una comprensión analítica y diferenciada que permita detectar tanto sus aspectos positivos como negativos. Lamentablemente, la cara más extendida y exitosa de la globalización es su dimensión económica, que se sobrepone y condiciona las otras dimensiones de la vida humana. En la globalización, la dinámica del mercado absolutiza con facilidad la eficacia y la productividad como valores reguladores de todas las relaciones humanas. Este peculiar carácter hace de la globalización un proceso promotor de inequidades e injusticias múltiples. La globalización, tal y como está configurada actualmente, no es capaz de interpretar y reaccionar en función de valores objetivos que se encuentran más allá del mercado y que constituyen lo más importante de la vida humana: la verdad, la justicia, el amor, y muy especialmente, la dignidad y los derechos de todos, aún de aquellos que viven al margen del propio mercado”[8]. Se debe tomar en cuenta, que este nuevo sujeto globalizado, por medio de la ciencia es capaz de manipular genéticamente la vida y de comunicarse en forma on-line con cualquier lugar del mundo[9], sin embargo, este evidente progreso humano ha enfrentado al ser humano a una crisis del sentido, se dificulta la posibilidad de unificar la realidad, o esta se ve tan inmensa y el individuo tan insignificante, que parece no ser posible actuar sobre ella[10], la respuesta ante este sentirse sobrepasado puede ser el pasotismo, “no estoy ni allí”, o el sectarismo, negarle valor a los cambios y encerrarse en las “tradiciones” o en el supuesto feliz y ordenado pasado, perdiéndose así la riqueza del paso de Dios en el hoy de la historia. La verdadera respuesta cristiana es “…hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida. Y necesitamos, al mismo tiempo, que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (cf. 1 Co 1, 30), la cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada”[11]. Estos cambios nos exigen hacer nuestro uno de los pensamientos más significativos de nuestro tiempo: “Pensar globalmente para actuar localmente”, esto exige tomar conciencia que nuestras acciones, en este caso pastorales, pero se refiere a cualquier acción humana y sus diversas dimensiones (políticas, económicas, ecológicas, sociales, etc.), deben tener en cuenta las preguntas que nacen del hombre y la mujer globalizados, pero pasados por el cedazo del Evangelio[12], sólo así seremos alternativa global a un modelo que privilegia el lucro y la competencia[13], para “...promover una globalización diferente que esté marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos, haciendo de América Latina y El Caribe no sólo el Continente de la esperanza, sino también el Continente del amor...”[14]

b. Un segundo aspecto a tener en cuenta, es el individualismo imperante en nuestros contextos socioculturales. “…Surge hoy, con gran fuerza, una sobrevaloración de la subjetividad individual. Independientemente de su forma, la libertad y la dignidad de la persona son reconocidas. El individualismo debilita los vínculos comunitarios…”[15], esto se vive a todo nivel en nuestra sociedad, nos vamos separando cada vez más, no hay organización sindical o vecinal, por ejemplo, que tenga la capacidad de convocar y organizar a la comunidad, esto, también, lo vivimos a nivel eclesial, hay serías dificultades para lograr la renovación de las comunidades tradicionales, existe un claro cansancio y desgaste de la participación comunitaria, se escucha con mucha fuerza las criticas internas a la organización y al testimonio de los grupos pastorales y parroquiales, lo cual no es lejano, lamentablemente, a la realidad, hay dificultades para encantar a los jóvenes o para ofrecer un trabajo comunitario “mezclado” social o etariamente. Estos valores de un individualismo excluyente y que hace insignificante lo comunitario, viene de la mano de ciertos colonialismos culturales aparejados al sistema neoliberal imperante. “Esta cultura se caracteriza por la autorreferencia del individuo, que conduce a la indiferencia por el otro, a quien no necesita ni del que tampoco se siente responsable. Se prefiere vivir día a día, sin programas a largo plazo ni apegos personales, familiares y comunitarios. Las relaciones humanas se consideran objetos de consumo, llevando a relaciones afectivas sin compromiso responsable y definitivo…”[16]. Para estos tiempos, el mayor testimonio de los cristianos es darle sentido a la vida, y a la vida comunitaria, debemos demostrar que es posible caminar juntos, más allá de nuestros lugares sociales, y de nuestras diferencias etarias, políticas, generacionales y de género, no negando nuestras particularidades, sino integrándolas, recordando que nuestra meta es la construcción del Reino en nuestro hoy, siendo protagonistas de esta historia, historia de solidaridad, globalizando la esperanza, valorizando el rostro del otro, pasando del rostro de un competidor al rostro de un hermano o hermana. Este debe ser el desafío central para la pastoral, y, en particular, para la catequesis, según mi parecer, la vida cristiana es esencialmente comunitaria, es imposible vivir el seguimiento a Jesús sino es con otros.

Una catequesis laical para los nuevos tiempos.

Es innegable la importancia del rol del laico o laica en la vida de la Iglesia, él es el primer vocacionado de la comunidad cristiana, el llamado de Jesús a ser sus discípulos “...resuena ciertamente en lo más íntimo del ser mismo de cada cristiano que, mediante la fe y los sacramentos de la iniciación cristiana, ha sido configurado con Cristo, ha sido injertado como miembro vivo en la Iglesia y es sujeto activo de su misión de salvación...”[17]. El laicado no es una vocación general, sino específica, Aparecida se hace eco de la tradición posconciliar, al decir:
“Su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio.
El ámbito propio de su actividad evangelizadora es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de realidad social y de la economía, como también el de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los mass media, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento.
Además, tienen el deber de hacer creíble la fe que profesan, mostrando autenticidad y coherencia en su conducta”[18].
Desde allí nace la vocación del catequista y los demás ministerios ejercidos por los fieles laicos en nuestra comunidad eclesial, de su compromiso bautismal y su renovación y ratificación en la confirmación. El catequista debe unir la formación doctrinal con su propio testimonio de vida, tanto en lo que se refiere a su propio existir como en su labor de transmitir la Buena Noticia de Jesús, sin olvidarse que enseña algo que no es de su propiedad, entrega un tesoro que no le pertenece, del cual es sólo mediador, la mejor medida que puede usar un catequista es la de descubrir cuanto se deja transformar por lo que trasmite, en cuanto él nunca deja de ser discípulo que esta aprendiendo con otros. El resto de la comunidad tiene la responsabilidad de cobijar con el testimonio vital lo que sus catequistas enseñan, cristificándose, “...siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes (cf. Mt 9, 35-36). Él, siendo el Señor, se hizo servidor y obediente hasta la muerte de cruz (cf. Fil 2, 8); siendo rico, eligió ser pobre por nosotros (cf. 2 Co 8, 9), enseñándonos el itinerario de nuestra vocación de discípulos y misioneros...”[19], de este modo, ella podrá llegar a ser escuela del amor, de la solidaridad, de la justicia, de la paz, del respeto por lo creado.

A mi parecer, una de las tentaciones que deben ser vencidas para nuestras comunidades, es la de la especialización, este concepto viene unido a las ideologías que sustentan el actual e imperante modelo neoliberal o globalización economicista, consiste sencillamente en repartir las tareas entre personas especializadas en una determinada materia, algo en sí mismo no malo, pero que llevados a ámbitos más allá de lo productivo puede degenerar en malas prácticas en las relaciones humanas. En lo pastoral, y en la catequesis en particular, la especialización puede degenerar en la pérdida de participación de las familias. La catequesis debe ser pensada en forma integral, es decir, asumiendo la globalidad de las relaciones que entraña cada ser humano, ella debe apuntar al corazón del niño, del joven, de la pareja o de las familias. El sujeto que esta en la catequesis puede no tener conciencia de lo social de la fe en la que participa, es tarea principal del catequista, a través de la doctrina y de su propio testimonio de vida, abrir esa conciencia, invitando, según las edades y condiciones de vida, a ser ciudadano de la Iglesia y del mundo, de modo que pueda irse insertando en medio de la realidad con respuestas evangélicas, no sólo en su cabeza sino también en su corazón, lugar desde el cual decide su acción. En tiempos como los nuestros, cuando diversos actores de la cultura y del poder predican la supuesta “privacidad de la fe”, debemos ser capaces de demostrar que nada es más social que “amar al prójimo”, y que mejores cristianos serán mejores hombres y mujeres en la política, en la economía, una mejor iglesia dará como fruto una sociedad más fraterna, justa y ecológica. Esta integralidad de la catequesis es defendida en Aparecida, al insistir, primariamente, en la responsabilidad del núcleo familiar en la formación religiosa, “...está llamada a introducir a los hijos en el camino de la iniciación cristiana...”[20], “...a través de su ejemplo de vida, la educación de los hijos para el amor como don de sí mismos y la ayuda que ellos le presten para descubrir su vocación de servicio, sea en la vida laical como en la consagrada...”[21]. La Parroquia, que “...son células vivas de la Iglesia y el lugar privilegiado en el que la mayoría de los fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y la comunión eclesial. Están llamadas a ser casas y escuelas de comunión...”[22], y, los centros educativos católicos, los cuales “...deben promover la formación integral de la persona teniendo su fundamento en Cristo, con identidad eclesial y cultural, y con excelencia académica. Además, han de generar solidaridad y caridad con los más pobres...”[23], en esta línea, deben pensar su rol evangelizador como solidaria y subsidiaria de la misión y tarea propia de la familia; debe rechazar, entonces, dos extremos nacidos de la especialización, por un lado, no puede permitir, idealmente, que la familia del niño o del joven de la catequesis se sienta desligada de responsabilidad del proceso catequético, y, por el otro, la catequesis parroquial o del colegio no puede absolutizarse frente a los proyectos familiares, ella esta en relación a las familias y su propuesta tiene sentido en cuanto apunte al corazón del núcleo doméstico, el desafío es pensar horarios, encuentros, que faciliten la participación y que no sean sólo parte de las estructuras tradicionales o burocráticas de las instituciones pastorales.

Finalmente, ¿qué significa para la catequesis tener un rol solidario y subsidiario frente a las familias? El documento insiste en que la evangelización, dentro de la cual la catequesis se inserta, tiene dos partes inesperables, la formación doctrinal y el testimonio de vida, esta división es sólo para entender y, que, además, todas las estructuras eclesiales deben estar a su servicio. Este es el marco de las relaciones entre las familias y el servicio de la catequesis, por ello, las líneas pastorales deben tener en cuenta la realidad que vive hoy la familia, ella es una institución cruzada por diversas crisis y por nuevas formas de ser vividas[24], las pastorales tienen la tarea de incluir a todas ellas, esa es una exigencia de ser escuela de comunión, identidad de la Iglesia, aquí es donde muchas veces debe ser solidaria, ayudar al acceso al proceso catequético a quienes por edad, situación familiar, etc., no pueden participar de las estructuras más formales. La subsidiaridad consiste en formar a los padres, profesores, agentes pastorales, etc., en esa unidad de testimonio de palabras y obras, que nacen de la exigencia de ser discípulos(as) misioneros(as), ello en la línea de una catequesis permanente, “...que se extienda por todo el arco de la vida, desde la infancia hasta la ancianidad, teniendo en cuenta que el Directorio General de Catequesis considera la catequesis de adultos como la forma fundamental de la educación en la fe. Para que, en verdad, el pueblo conozca a fondo a Cristo y lo siga fielmente, debe ser conducido especialmente en la lectura y meditación de la Palabra de Dios...”[25].

Bibliografía.
Magisterio.

Benedicto XVI
CARTA ENCÍCLICA SPE SALVI.
CARTA ENCÍCLICA DEUS CARITAS EST (DCe)
Juan Pablo II
EXHORTACION APOSTOLICA POST-SINODAL CHRISTIFIDELES LAICI (CFL)
Carta apostólica Mane Nobiscum Domine (MND)

V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.
Documento Conclusivo Aparecida (Aparecida)
Notas:
[1] Se utilizo el diccionario RAE disponible en internet, www.rae.es
[2] Spe Salvi 6
[3] ídem
[4] Cf. Jn 20, 16, Mc 10,51
[5] Cf. Jn 1,38; 3,2; 4,31; 6,25; 9,2; 11,8; Mc 9,5; 11,21; 14,45; Mt 23, 7.8; 26,25.49
[6] DCe 1
[7] MND 26
[8] Aparecida 61
[9] Cf. Aparecida 34
[10] Cf. Aparecida 36-42
[11] Aparecida 41
[12] La Orden Franciscana Seglar dice en sus Constituciones Generales, “pasar de la vida al Evangelio y del Evangelio a la vida”, no olvidándonos que el “Evangelio” es primeramente, los textos escritos en la Iglesia apostólica, pero ello no excluye, las “buenas noticias” de solidaridad, de lucha por mayor dignidad humana, por un mundo más justo, más pacífico y más ecológico, que marcan el paso y la presencia de nuestro Señor en el aquí y ahora de nuestra historia.
[13] Cf. Aparecida 62
[14] Aparecida 64
[15] Aparecida 44
[16] Aparecida 46
[17] CFL 3
[18] Aparecida 210 (La cita en cursiva corresponde a EN 70)
[19] Aparecida 31
[20] Aparecida 302
[21] Aparecida 303
[22] Aparecida 170
[23] Aparecida 337
[24] No es tarea de este artículo discutir el tema de la familia y su situación actual, para profundizar sobre ello desde Aparecida, se aconseja leer el Capítulo 2 del documento “Mirada de los Discípulos Misioneros sobre la realidad” (Nº 33-100) y los números referidos directamente a la familia: “La Familia, primera escuela de la fe” (Nº 302-303), “Familia, Personas y Vida”(Nº 431-475).
[25] Aparecida 298