6 de junio de 2014

En búsqueda de identidad: Un acercamiento desde la experiencia del hermano francisco y la hermana Clara.


Hno. Manuel Alvarado S., ofm

Curso de Identidad franciscana Centro Franciscano 2014

Dos son las claves dialogadas en los encuentros anteriores, Israel en el Testamento Común se define desde la experiencia histórica de una Alianza, siempre cumplida por parte de Yahveh, oye el clamor de su pueblo y actúa en su favor, y con un cumplimiento en tensión, por parte del pueblo elegido, todo ello ocurre en el escenario de la historia. Con la irrupción de Jesús, Verbo encarnado en la historia, la identidad se construye desde la experiencia transformadora del encuentro personal con Él, encuentro que tiene variopintas formas y mediaciones. Con este trasfondo entraremos a buscar la identidad encontrada en Francisco y Clara, para ello nos serviremos de dos ayudas, primeros de algunos de sus escritos, particularmente las Admoniciones (desde aquí Ad) y la segunda redacción de la Carta a los Fieles de San Francisco de Asís (desde aquí 1CII); y de la tercera carta de santa Clara a Inés de Praga (desde aquí Cl3C); y haremos una búsqueda icónica, es decir, al leerlas buscaremos las imágenes de Jesús, pues eso habla de su experiencia de encuentro y de alianza personal y de su propuesta comunitaria.
El primer grupo de textos con los que nos encontramos son las Admoniciones, estas “… son un conjunto de “dichos” sapienciales nacidos en momentos diversos y que, por lo mismo, deben ser tratados como textos independientes, aunque relacionados entre sí…” (Fernando Uribe, 2012. Leer a Francisco y Clara de Asís: Sus escritos. Colección Hermano Francisco N° 56, Ediciones franciscanas Arantzazu: 84), cuya finalidad sería dar la imagen ideal que Francisco tiene sobre “… el hombre cristiano, el siervo de Dios, del hermano menor…” (Martí Ávila i Serra, 2001. Los ojos del Espíritu. Colección Hermano Francisco N° 39, Ediciones franciscanas Arantzazu: 2) Sí somos fieles a san Francisco debemos reconocer que conocer a Jesús tiene un punto de partida: Su humanidad (cf. Ad 1), desde contemplarlo en su nacimiento en Belén, en su casa de obrero y en su vida ordinaria de aldeano, en su calidad de predicador callejero, en sus actitudes con los leprosos, lisiados, y en general, con los que no cuentan, en su rol de Maestro y líder de una incipiente comunidad, en sus crisis, en su ruptura con el encasillamiento cultural o en Getsemaní, signo de la lucha humana por vivir y no enfrentar la muerte, en sus actitudes, gestos y también, en el devenir de su historia, hasta la muerte en cruz, incluyendo el proceso previo, y su resurrección. Eso es contemplar la humanidad, convertida es escala al cielo, pues sólo ella revela la imagen del Hijo amado del Padre, en su corporalidad, y Su semejanza en el espíritu de la condición humana (cf. Ad 5) y a la vez al volver a contemplar su origen se puede encontrar paz y armonía (cf. Ad 15). ¿Cómo lo hacemos quienes no han podido verlo con los ojos del cuerpo? Aquí viene la actualización en la Eucaristía (cf. Ad 1) y en la Palabra (cf. Ad 7), razón de la veneración que Francisco constantemente expone en sus escritos y en la actitud que de él nos dan sus biógrafos contemporáneos. Es posible un acceso a Jesús más allá de los claustros de una experiencia histórica determinada, lo que hizo ayer, narrado en los Evangelios y celebrado en la liturgia, lo hace hoy por su cuerpo místico, los fieles, y lo refrenda con el don de su presencia eucaristizada en medio de una comunidad frágil, necesitada de la salvación del Buen Pastor, que soporte la Cruz de sus infidelidades y sus vacios. Por ejemplo, cuando habla de la obediencia (cf. Ad 3) manifiesta que las actitudes de Jesús son posibles de llevar a la vida del hermano menor, la obediencia al superior tiene como modelo la entrega total de sí mismo en la obediencia de Jesús en las manos del Padre, una insistencia contante del Jesús de los Evangelios, que podemos resumir en la frase, “no he venido a hacer mi voluntad sino la del que me envío, mi Padre y Padre de ustedes”; del mismo modo, la donación total sin reserva a los hermanos, símil del sacrificio universal y cósmico de la cruz del Señor, se da en preferir la persecución antes que la separación de los hermanos y en no imponer las propias ideas o proyectos, aun cuando pudiesen ser mejores, sí esto significa crisis en las relaciones fraternas. El modelo de autoridad es el Cristo que lava los pies a sus discípulos (Cf. Ad 4), la única tristeza válida sería el dolor por no poder seguir sirviendo y no por la pérdida de poder, seguridades o prestigio, en el fondo, no he servido a nadie sino solo a mí mismo. Conocer la humanidad de Jesús es descubrir la identidad de la propia humanidad y la del prójimo, que opera como origen, fuente y destino de todo bien operado por el ser humano, es parte de la participación íntima del ser humano y su modelo o paradigma, Jesús el Señor, de allí la necesidad de reconocer ese bien como de otro en silencio (cf. Ad 28), por ello es coherente la continua y drástica condena a la envidia (cf. Ad 8), pecado grave contra la fraternidad,  ella es una apropiación indebida de lo que no es suyo, es engreírse en la carne por bienes que son del Señor (cf. Ad 12) y que hace ciego al envidioso, no puede reconocer al Bien Total expresado en el bien obrado por el hermano (cf. Ad 17) Donarse, desde el bien operado del cual no se es dueño, a Dios y a los hermanos, aún a los pecadores, es la humillación y el sacrificio realizado por Cristo, y la tarea de los creyentes en el esfuerzo por actualizar la Eucaristía y la Palabra en las relaciones con los hermanos.
En la Carta a todos los fieles, segunda redacción (cf. 1CII), san Francisco presenta a Jesús como una Palabra que opera en la historia de la creación en función de la voluntad del Padre. El es la identidad de todo creyente o fiel. El es la Palabra, cuyo origen es el cielo, el Padre nos lo ha dado como modelo en la Creación, todo fue hecho en Él y todo su buen olor, ya que es la Palabra odorífera. No se queda en el cielo, toma carne en el vientre de María, siendo rico opta por la pobreza en este mundo, haciendo de su humanidad modelo para la salvación, todos serán salvos por medio de Él, el por medio es la totalidad de su persona, no es una simple salvación en lo espiritual sino en y desde toda la condición humana, la transforma, con la condición de querer aceptar y recibir este don con un corazón puro y un cuerpo casto. El fiel que le acepta en su corazón y en su cuerpo se abre a un amor, que primero no separa a Dios del prójimo en este ámbito, busca el bien del otro, aun cuando pudiese faltar la voluntad de amar, por las circunstancias vitales o históricas de los seres humanos; juzga con misericordia, recordando siempre la propia realidad frágil, pecadora y ambigua; descubriendo que el mejor tesoro es la solidaridad, limosna, el único tesoro que vale la pena atesorar; ello, no olvida la oración y una vida sacramental, en donde el fiel se para frente al ejemplar y se pone en tensión y relación. Una vida enraizada en este ejemplar tiene como resultado la transfiguración de las relaciones humanas, que se revisten de su origen y meta en el presente y anticipan la vida eterna, éstas sujetas al pecado de la carne relucen como figura de las relaciones resucitadas.
  Finalmente, en la Carta de Clara (cf. Cl3C) nos encontramos con un Jesucristo divino en profunda relación con los fieles, así, Él es imagen de lo divino, el esplendor de la gloria, la figura de la divina substancia, reflejo de todo cuanto Dios puede ser dicho, a la vez es el cumplimiento de las promesas a los creyentes. La invitación de Clara de contemplarse en ese Espejo, da cuenta de la conciencia de la íntima unión entre la creatura y su origen, solo el alma fiel pudo contener al Creador, sólo ella y ninguna otra, al contemplarlo el ser humano ve reflejada su relación y tensión con Él, con la creación y con los demás seres humanos. Al inicio de la Carta, Clara da una serie de títulos relacionales a Inés y a ella misma, “señora”, “esposa” y “esclava”, los cuales no son propiedad de a quienes se les aplica, sino desde ese Señorío de Jesús, dando cuenta que contemplarse en el Espejo del Dios y Hombre, de su humildad y pobreza como opción de vida, es descubrirse y definirse como ser humano. La salvación que se anuncia, no es la aniquilación del cuerpo, de allí el cuidado materno a las enfermas y a la misma Inés, de parte de Clara, sino la invitación a colaborar, desde la humildad y pobreza del alma fiel, con Dios y sostener a quienes vacilan en el Cuerpo de Cristo, son estos los que se ponen en riesgo, se ponen ciegos ante las acechanzas del enemigo, pues pueden llegar a desfigurarse al no descubrirse y pertenecer a quien optó por la carne desde la pequeñez del vientre de María, yendo por derroteros en donde él desde quien se definen sea el propio yo u otras formas alienantes y el alma no sea fiel y no pueda contener a quien quiere ser en Él.

La identidad de los discípulos de Jesús

Hno. Manuel Alvarado S., ofm

(Apuntes clases en Centro Franciscano 2014 a profesos y profesas temporales)

El primer aspecto que debemos aclarar, al hablar de una identidad cristiana, es que ésta no parte de la negación de la tradición del Testamento Común, pues aquello conllevaría a caer en el error de las primeras herejías que padeció la comunidad cristiana, el rechazo al texto y a la historia presentada en él, e incluso al propio Dios de Israel; como tampoco es correcto leer la identidad de Israel como una etapa infantil o incompleta de la revelación o de la relación que Dios ofrece a los hombres. Ni rechazo ni superación. Los teólogos contemporáneos han optado por hablar de una continuidad discontinua, es decir, muchos de los aspectos de la revelación de Israel deben ser leídos ahora ya no desde las claves de la propia historia, las constantes relecturas del éxodo o de las crisis judías, sino desde la irrupción del Verbo en la condición humana, síntesis de todo lo creado, según san Buenaventura, desde el pueblo elegido, y su devenir histórico desde Belén a Jerusalén. Este hecho inédito e inaudito aclara tinieblas, relativiza y manifiesta lo fundamental de la voluntad de Dios en Israel, en la humanidad y en su Creación, todo se ha resignificado, desde su amor quiere salvar todo lo hecho por sus manos y por ello, ha puesto toda su divinidad, y las tres personas que la comparten, al servicio del hombre y la mujer.

Aclarado esto, debemos decir que la identidad cristiana se forma desde el encuentro con una persona y su historia, Jesús de Nazaret. En los Evangelios este encuentro tiene diversos modos, algunos son traídos a Él porque están enfermos, a otros se los encuentra en su crisis personal y sus consecuencias sociales, viven un duelo, están endemoniados o enfermos, a otros los visita en sus casas, otros vienen llegan atraídos por su cercanía, otros vienen a discutir o compartir sus enseñanzas o tienen dobles y malas intenciones, lo mismo ocurre con el testimonio  de los primeros evangelizadores. El modo más significativo de encuentro es el llamado o vocación, principalmente de los discípulos más cercanos, de los cual da testimonio los cuatro Evangelios:

“A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: "Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca". Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: "Síganme, y yo los haré pescadores de hombres". Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron. Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca de Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron. Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente” (Mat 4,17-23)

“Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: "Este es el Cordero de Dios". Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: "¿Qué quieren?". Ellos le respondieron: "Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?". "Vengan y lo verán", les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo "Hemos encontrado al Mesías", que traducido significa Cristo” (Jn 1,35-41)


Estos son dos relatos que nos servirán de guía para ir descubriendo los elementos de una identidad cristiana desde el encuentro personal:

·         El encuentro tiene unas características muy propias, hay unos buscadores y hay uno que ofrece lo que ellos buscan, El encuentro exige conciencia de búsqueda. En el Evangelio de Mateo la respuesta inmediata de los vocacionados no puede ser un hecho fortuito o producto de la simple atracción, está unido a este Maestro que predica con palabras la conversión y la presencia del Reinado de Dios, y con obras, sana y conforta a quienes encuentra, esta es la carta de presentación de Jesús que convenció que valía la pena seguir su persona y su proyecto. Juan precisa algo más el tema de los buscadores, sabemos por el Nuevo Testamento que el contexto en que se presenta Jesús era rico de predicadores judíos, el bautista, es un ejemplo de ello, la etimología de Barrabas, da cuenta de otro posible predicador, el nombre significa “hijo del Padre”, en Hechos encontramos los nombres de otros predicadores anteriores, de mal fin. Podemos decir, entonces, que el terreno era apto para encontrar discípulos disponibles, incluso de cambiar de Maestro como ocurre con Andrés y su compañero. El encuentro se convierte en alegría que debe ser compartida.
·         El encuentro es guardado en la memoria. Aquí nos encontramos con la narración que un tercero, el evangelista, hace de una experiencia narrada una y otra vez en el anuncio gozoso de la persona de Jesús. Quienes lo han vivido guardan los detalles, hora, dialogo, palabras, donde y que hacían, es memoria actualizada, por ello no puede sorprendernos que Juan narre la vocación de los primeros discípulos no al inicio sino en clave del resucitado. El encuentro personal con Jesús se convierte en el anuncio nuevo de la Pascua, que conlleva liberación, alianza, compañía y promesa.
·         La conversión en el encuentro es apertura a un proceso experiencial. El encuentro no es la cima de la relación es el punto de partida, hay que caminar con Él desde el bautismo hasta su muerte y resurrección en Jerusalén. Los discípulos irán creciendo en relación desde las relecturas de su primer momento, descubrirán que están llamados a ser un pueblo nuevo sin fronteras, católico, unidos ya no por la sangre o un pasado común, sino por un encuentro personal que ha sido común, ser pescadores de hombres es ser más que pescadores de judíos invita a una universalidad, todo el que venga y vea donde vive, enseña y obra el Cordero de Dios y lo haga propio es parte de este pueblo en camino, en proceso y en el mundo. Son un pueblo guiado por el Mesías, el ungido de Dios y aceptado por el encontrado, aquel que es la respuesta definitiva a toda angustia personal y social, es quien quita los pecados del mundo confortando todo dolor, sufrimiento, tristeza. Ya no es un simple rey, otro más de los desastrosos descendientes de David, o un profeta o un sacerdote, sino el mismo dador de la promesa quien acompaña a su pueblo.

Se ha constituido un pueblo nuevo desde el seguimiento discipular, esa es la gran conclusión que puede sacarse de la vocación de los primeros discípulos. Esta nueva comunidad, cuyo punto de partida es el encuentro personal con Jesús, se relee en su identidad, el autor de Primera de Juan dice:

“¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él. Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.” (1Jn 3,1-2)

Este breve párrafo nos presenta algunas pistas más sobre quiénes son los llamados a seguir al Mesías, el Cordero de Dios:

·         La vocación no se funda en un acto de voluntad de quienes buscan, no es su decisión, sino se funda en el designio amoroso de Dios, de allí que llama a quienes quiere, donde quiere y espera la respuesta y la disponibilidad. No es una imposición sino una pregunta que espera como respuesta la donación de la propia vida en el amor.
·         Los discípulos no son sólo seguidores, forman parte de una familia, son hijos no sólo nominalmente sino propiamente, aunque esto no sea un ya frente a los demás, queda un misterio por esperar, que la respuesta del amado al amante sea su unión total, ser uno con Él. La esperanza ya no está puesta solo en la posesión de una tierra o en la compañía de Dios en la crisis persona y social, posesión y compañía serán parte del rostro de aquel que ama a los seres humanos como un Padre, la esperanza tiene sentido cuando la acción de Yahveh se lee íntegramente desde su rostro revelado en el encuentro personal con Jesús, crea por amor, sostiene por amor, redime por amor y espera en el amor.
·         La comunidad amada y amante debe Evangelizar, traer, “pescar”, a otros para que  “vengan y vean” en Jesús al verdadero rostro de su Padre, evangelizar el volver a trazar los aspectos desfigurados que Dios tiene en el mundo, para que se le reconozca, no desde la autoridad o el poder sino desde la fuerza del amor.

Finalmente, vamos a recurrir al testimonio en primera persona del encuentro entre Jesús un buscador, lo haremos con la experiencia de Pablo de Tarso:

“Quiero que sepan, hermanos, que la Buena Noticia que les prediqué no es cosa de los hombres, porque yo no la recibí ni aprendí de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Seguramente ustedes oyeron hablar de mi conducta anterior en el Judaísmo: cómo perseguía con furor a la Iglesia de Dios y la arrasaba, y cómo aventajaba en el Judaísmo a muchos compatriotas de mi edad, en mi exceso de celo por las tradiciones paternas. Pero cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por medio de su gracia, se complació en revelarme a su Hijo, para que yo lo anunciara entre los paganos, de inmediato, sin consultar a ningún hombre y sin subir a Jerusalén para ver a los que eran Apóstoles antes que yo, me fui a Arabia y después regresé a Damasco. Tres años más tarde, fui desde allí a Jerusalén para visitar a Pedro, y estuve con él quince días. No vi a ningún otro Apóstol, sino solamente a Santiago, el hermano del Señor. En esto que les escribo, Dios es testigo de que no miento. Después pasé a las regiones de Siria y Cilicia. Las Iglesias de Judea y que creen en Cristo no me conocían personalmente, sino sólo por lo que habían oído decir de mí: "El que en otro tiempo nos perseguía, ahora anuncia la fe que antes quería destruir". Y glorificaban a Dios a causa de mí.” (Gál 1,11-24)

Darle valor a la experiencia de Pablo, es dejarse asombrar por la vida de quien paso de perseguidor a discípulo, con todas las consecuencias, crisis y críticas que eso implicó tanto a nivel personal y comunitario, refiriéndonos a los judíos que debieron contarlo entre los grandes traidores de la fe de sus padres, como a los cristianos, muchos de los cuales debieron desconfiar permanentemente de este converso, desconfianzas que cada cierto tiempo resurgen desde teólogos o escritores gustosos de las confabulaciones. Su experiencia de encuentro con el Resucitado, prueba del amor de Dios, es una de aquellas experiencias de la cual contamos con varias versiones dadas por él mismo en sus cartas, como las tres versiones que narra Hechos de los Apóstoles sobre este suceso. Veamos como describe Pablo su identidad cristiana:
·         Él revela que su encuentro se dio en un contexto social determinado, era un judío practicante, de aquellos que vieron en esta comunidad de seguidores del predicador galileo un peligro religioso, cuyas consecuencias podían minar la unidad del pueblo elegido e incluso hacerlo colapsar, en medio de un contexto político de ocupación camuflada de los romanos, pero que podía convertirse en una ocupación definitiva de insospechadas consecuencias. Perseguir a estos cristianos era hacer la obra de Dios, sostener y mantener al pueblo de la promesa.

·         Pablo, sólo por gracia y como don profético, desde el seno de madre, se pone en la antípoda del Iscariote, la reflexión del tipo de Reino predicado y testimoniado por Jesús, cada vez más claramente inclinado a la catolicidad como valor central, a diferencia del particularismo exagerado en la reflexión del pueblo elegido, leído “elegido” en clave excluyente de otros pueblos, llevaba a necesarias conclusiones: amar como realizar la voluntad de Dios, implica ir más allá de lo judío, lo mismo el cumplimiento de los mandamientos de la Alianza, y la oferta de la promesa de Abraham, incluso de abrazar como hermanos, hijos del mismo Dios, al enemigo del momento, los romanos. Ello es inaceptable para Judas, que decepcionado de ese camino, que se aleja de la violencia y la fuerza, lo entrega. Para Pablo en cambio, sin que podamos saber cómo, esta conclusión lo lleva de fanático perseguidor a apóstol del resucitado entre los paganos, los excluidos, para quien era el Reino en definitiva, no solo el judío ciego o paralitico o endemoniado. Ello le calza, no como una simple novedad sino como clave de lectura de toda la historia de salvación desde Adán y Eva, en adelante. La comunión no se alcanzará con la guerra y el sometimiento, sino con el diálogo y la propuesta de una comunidad de discípulos, dando cumplimiento así a la esperanza profética

1 de junio de 2014

La promesa del Padre (la persona del Espíritu Santo) y la vida en el Espíritu

Seminario de Vida en el Espíritu Santo 2014 Servicio RCC ZONA CENTRO     
  Hno. Manuel Alvarado S., ofm     

        
“Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré. Y cuando él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio. El pecado está en no haber creído en mí. La justicia, en que yo me voy al Padre y ustedes ya no me verán. Y el juicio, en que el Príncipe de este mundo ya ha sido condenado. Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: "Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes"” (Jn 16,7-15)

            Entremos, ahora, en el misterio del Espíritu Santo. Elegí este texto de Juan porque inserta al Espíritu dentro de la Trinidad, establece claramente a Jesús, el Hijo encarnado, como aquel que se irá, y es el definitivo Señor y Salvador, peca quien no cree en Él; al Padre como la fuente de todos los dones y bienes que vienen del Hijo y del Espíritu: y al Paráclito como aquel que está por venir con una misión bien definida, vendrá para ayudar a discernir, que es de Dios y que no lo es, quienes cordialmente han confesado Jesús y quiénes no, para entender su misión debe quedarnos claro que cualquier modo de vivir o habitar el mundo no es indiferente. Jesús dice, además, que este Espíritu conoce a las dos otras personas de la Trinidad, tan profundamente, que puede dar plenamente lo que es del Padre y lo que es del Hijo, por lo tanto, en su interioridad el Dios que se revela en Jesucristo está en eterna apertura, hay más regalos, dones, gracias de su parte, por eso les conviene que yo me vaya al Padre, no es un Dios ausente, ocioso o que no puede relacionarse con el mundo. El Espíritu Santo es quien conoce la intimidad del Amor de Dios, una amor que no es cerrado, sino primeramente es un eros, una tender eterno del Padre hacia el Hijo, y del Hijo hacia al Padre; es una philia, una profunda amistad sin reserva, es una relación de confianza y diálogo eterno, que les permite conocerse hasta la unidad íntima; es un agapé, un amor hecho comunidad, sin competencia, donde esta o actúa el Padre, también lo hace o es el Hijo y el Espíritu Santo, sin miedo a perder la propia identidad y sobre todo con una exclusividad no excluyente, no tiene miedo de abrirse a más a otros como riesgo de desfigurar o perder al amado. Santo Tomás de Aquino enseña que en quien ama lo amado se imprime en él, está presente aunque físicamente los sentidos no lo vean o exista una distancia geográfica (Cf. Suma Teológica, parte Ia, q37) y 1Jn nos dijo que Dios es amor, y en el amor es una relación en la que encontramos tres actores al Amante, el Amado y el Vínculo, a lo cual llamamos igualmente amor, que no necesita la mera presencia física pues imprime en el que amaal otro y, en este caso al amante y al amado,  permite la respuesta amatoria, que es la donación de uno a otro.
            Estas especulaciones sobre la intimidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo se vuelven inútiles sino podemos unirlas a nosotros, las demás creaturas del universo. Hemos dicho, que desde la reflexión de las ciencias biológicas descubrimos que lo humano se funda en la pegajosidad biológica, a lo que llamamos la experiencia humana del amor, que nos permite seguir y ser con otros en y para  cooperar en diversos planos, y para la cual, podríamos afirmar, venimos programados. De allí las diversas formas observables y experimentadas de lo amoroso, el Papa Benedicto XVI, sin salir de las experiencias humanas, afirma “… en toda esta multiplicidad de significados destaca, como arquetipo por excelencia, el amor entre el hombre y la mujer, en el cual intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma, y en el que se le abre al ser humano una promesa de felicidad que parece irresistible, en comparación del cual palidecen, a primera vista, todos los demás tipos de amor…” (DCe 2) Hemos afirmado, en segundo lugar, que en la creatura humana, desde la fe, es la única que tiene la particularidad del amor para definirse, en la revelación sólo de ella se dice que es imagen y semejanza de su Creador, por lo tanto, lo que es en Dios debe ser en quien puede reflejarla en medio del mundo. Al igual que en la Trinidad el ser humano experimenta el eros, un arrebato más allá de la razón que lo lleva al otro o lo otro, una persona, un proyecto, una ideología, como meta para una dicha más alta más allá de si mismo; experimenta la philia, que expresa la relación entre iguales en comunidad; experimenta el agapé, una búsqueda de descubrir al otro, hacerse cargo del otro, descubriendo en el otro la meta de la verdadera y perdurable felicidad, que requiere de una misma respuesta sin doblez del otro para ser completa, es donación en comunidad (cf. DCe 3-8) Sin embargo, como la creatura no es su Creador, no puede vivir ni la tendencia, ni la amistad, ni la donación sin frustración, tristeza o vacío, paradójicamente quien biológica y teológicamente está hecho para relacionarse desde la compañía de otros, no pocas veces experimenta  a ese otro como un enemigo, un competidor, un infierno encarnado. Esta realidad, que el Papa Francisco llama “tristeza infinita” (cf. EG 265) tiene múltiples razones: “… Para ser humano hay que crecer humano entre humanos. Aunque esto parece obvio, se olvida al olvidar que se es humano sólo de las maneras de ser humano de las sociedades a que se pertenece. Si pertenecemos a sociedades que validan con la conducta cotidiana de sus miembros el respeto a los mayores, la honestidad consigo mismo, la seriedad en la acción y la veracidad del lenguaje, ese será nuestro modo de ser humanos y el de nuestros hijos. Por el contrario, si pertenecemos a una sociedad cuyos miembros validan con su conducta cotidiana la hipocresía, el abuso, la mentira y el autoengaño, ese será nuestro modo de ser humano y el de nuestros hijos…” (Humberto Maturana, 2009: 15-16) e incluso, siendo el amor el fundamento de lo humano puede llegar a desfigurarse en cualquiera de sus formas, Benedicto XVI nos pone en alerta, por ejemplo, frente al eros, éste “… degradado a puro « sexo », se convierte en mercancía, en simple « objeto » que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía…” (DCe 5), llegando a negar el rostro humano del prójimo, como lo muestra la divinización de esta tendencia al otro en las religiones con prostitución sagrada en el pasado, “… las prostitutas que en el templo debían proporcionar el arrobamiento de lo divino, no son tratadas como seres humanos y personas, sino que sirven sólo como instrumentos para suscitar la « locura divina »: en realidad, no son diosas, sino personas humanas de las que se abusa…” (DCe 4) y que en nuestros días se expresa en una idolatría por el cuerpo y lo físico (cf. DCe 5), por el éxito económico y la competencia, el placer como meta en sí mismo, la dictadura de lo momentáneo, etc. Por eso necesitamos a Aquel que nos puede dar, y que es Don en sí mismo, lo que es del Hijo y del Padre, como clave de discernimiento.

            La vida en el Espíritu es discernimiento con y por un solo Señor y Salvador, Jesucristo. No parte del rechazo del mundo, todo él es don creado, sino profundo compromiso con él, que no significa aceptarlo todo sino transformarlo todo para que se manifieste su verdadero rostro humano en el y en lo otro. El Espíritu nos ayuda a discernir si nuestro amor, con su tendencia al otro, con su amistad con él y con su salir de sí mismo para abrazarlo, potencialidades que están en nuestra biología y en nuestra impronta de creaturas a imagen y semejanza de Quien nos hizo, se realiza según la voluntad de la fuente Trinitaria de la experiencia humana o se no logra salir del egoísmo que nos centra en las propias necesidades, problemas, quejas y crisis humanas. Ese es el pecado, la justicia, el juicio y la verdad que nos trae el Espíritu Santo, no sobre la vida de otros sino sobre la propia y particular forma de vida que vamos construyendo personal, eclesial y socialmente. La vida en el Espíritu nos devuelve a Jesús y al mundo. A Jesús porque sólo en la contemplación de sus palabras y obras en la carne, podemos encontrar un camino seguro para ir de nuestra fragilidad al Cielo, y al mundo porque no somos en soledad sino en fraternidad universal y cósmica, y quien verdaderamente ama busca ocuparse y preocuparse del ser humano en su totalidad y de la casa grande, que es la tierra, pues cuando esta sufre, sufren primero los menos favorecidos de nuestras estructuras sociales y económicas, y la tendencia suicida, imperante hoy, en la ceguera de la crisis ecológica puede poner en riesgo a la creatura más amada del Padre en su Hijo y a quienes vino el Espíritu, el ser humano, y todo aquello se hizo para poner sus bienes. 

El Señorío y Salvación de Jesús

Seminario de Vida en el Espíritu Santo 2014 Servicio RCC ZONA CENTRO 
Hno. Manuel Alvarado S.

“Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: "Jesucristo es el Señor"” (Flp 2:4-11)

            Al proclamar a Jesús Señor y Salvador nos adentramos en el misterio de Dios. El Catecismo nos recuerda que el primero de estos títulos en el Antiguo Testamento está reservado a la divinidad (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, desde aquí CEC, 446) y en el Nuevo Testamento: “Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole "Señor". Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: "¡Es el Señor!" (Jn 21, 7)” (CEC 448) La Salvación que ofrece Jesús, desde su encarnación a su resurrección, está implícita en su mismo nombre. “Jesús quiere decir en hebreo: "Dios salva". En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf.Lc 1, 31). Ya que "¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?"(Mc 2, 7), es Él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre "salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres” (CEC 430) Esto la comunidad creyente lo ha recibido de la primera Iglesia como un tesoro y ya lo cantaba y alababa a Dios en himnos como el recogido por Pablo y puesto en la Carta a los Filipenses.
            Lo que 1Jn nos decía, que el Amor de Dios se expresa en la elección y en el rescate, en el himno filipense, en la persona de Jesús se hace carne, no por un capricho sino porque Él es amor, amor amante, que busca encontrar la creatura que puede contenerlo, ser amada, para hacerse semejante a ella, querer y rechazar lo mismo, tener un pensar y un desear común (cf. Benedicto XVI, Deus Caritas est, desde aquí DCe, 17). De allí la elección por la condición humana, Él que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente, sino que asumió la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres, la vivió sin ventajas hasta la muerte en la Cruz. El rescate es consecuencia de esta misma identidad de Dios, ha sido pensada desde el primer instante de la Creación, al darle la capacidad de contenerle, este Dios amante sabe que amar es ocuparse y preocuparse del otro (cf. DCe 6), saliendo de sí mismo hasta la humillación en favor de los amados, la muerte de Cruz. El que ama se obliga a ponerse al servicio del amado, darle un Nombre que rescata, Jesús lo manifiesta en sus parábolas y en su sacrificio, “…el propio Dios va tras la « oveja perdida », la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical…” (DCe 12)
Señorío y Salvación no son para nosotros ni una doctrina o una ética sino un encuentro con una persona (cf. DCe 1) a quien vale la pena seguir humanamente y como ya hemos afirmado previamente, esto es como seres vivos en interacción continua con el medio natural y social, y con la particularidad de amar y cooperar en la compañía de otros. “Ser social involucra siempre ir con otros, y se va libremente sólo con el que se ama” (Humberto Maturana, 2009: 16), y por ello, ya que Dios quiere hacerse uno con nosotros en y por su amor, debe relacionarse del mismo modo, un Señor y un Salvador que manifiesta a modo humano que Él es el ojal para el botón que somos, de allí que seamos convocados a ser su pueblo, como enseña el Concilio Vaticano II, “… fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para Sí. Pero todo esto sucedió como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne. «He aquí que llegará el tiempo, dice el Señor, y haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá... Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos y ellos serán mi pueblo... Todos, desde el pequeño al mayor, me conocerán, dice el Señor» (Jr 31,31-34). Ese pacto nuevo, a saber, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. 1 Co 11,25), lo estableció Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que se unificara no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios…” (Lumen Gentium 9) Desde aquí, debemos entender el llamado del Papa Francisco a renovar este encuentro personal con quien es Señor y Salvador: “…Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor»…” (Francisco, Evangelii Gaudium, desde aquí EG, 3) “Sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?” (EG 8)
. El Señorío y la Salvación de Jesucristo es también expresión de libertad humana y social. “Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (cf. Ap 11, 15) significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el "Señor" (cf. Mc 12, 17; Hch 5, 29). " La Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro" (GS 10, 2; cf. 45, 2)” (CEC 451) Confesar a Jesús como Señor y Salvador implica la renuncia a toda clase de idolatrías, que no es más que el encierro en el sí mismo. El Papa actual expresa dos grandes formas idolátricas dentro de la práctica religiosa actual, “…la fascinación del gnosticismo, una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos. La otra es el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado. Es una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente…” (EG 94), pues niegan la primacía de Cristo para abrazar doctrinas alienantes, aunque disfrazadas de piedad, o presentan una fe de puertas cerradas, para unos pocos iniciados en la perfección litúrgica, moral o doctrinal. Ser libre de idolatrías para amar a Dios y al prójimo, que son un solo amor, exige confesar el Señorío y la Salvación de Jesús como modelo inspiracional, y por lo tanto dado por el Espíritu Santo, en toda su vida humana, de allí que de encontrados por Él, como amados, debamos querer su misma voluntad, ser uno con Él, no sólo espiritualmente sino vitalmente, de allí que anunciarlo sea contemplarlo en su carne. “…Si hablaba con alguien, miraba sus ojos con una profunda atención amorosa: «Jesús lo miró con cariño» (Mc 10,21). Lo vemos accesible cuando se acerca al ciego del camino (cf. Mc 10,46-52) y cuando come y bebe con los pecadores (cf. Mc 2,16), sin importarle que lo traten de comilón y borracho (cf. Mt 11,19). Lo vemos disponible cuando deja que una mujer prostituta unja sus pies (cf. Lc 7,36-50) o cuando recibe de noche a Nicodemo (cf. Jn 3,1-15). La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo que marcó toda su existencia. Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás…”(EG 269) Y la única respuesta posible sea querer compartirlo, “… miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hch 9,20)…” (EG 120), como el bien que da sentido a la vida, al compartir y al cooperar humanamente por una Iglesia más inclusiva y una sociedad más fraterna. Confesar el Señorío y la Salvación de Jesús es descubrir que no estamos solos en las búsquedas, tenemos un pueblo y un Nombre, pleno Dios y pleno hombre, al que pertenecemos, y que esa pertenencia nos ofrece el descanso de saber que no debemos crear desde nuestra propia fragilidad lo que debemos ser, sino desde el ejemplar que se humilló y vivió como un hombre cualquiera, para darnos las pistas de cómo vivir en este amor de Dios nos elije y nos rescata, por eso no hay nada que temer.

El Amor de Dios que nos transforma e inserta en el camino de conversión

Seminario de Vida en el Espíritu Santo 2014 Servicio RCC ZONA CENTRO 
Hno. Manuel Alvarado S.

“Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados. Queridos míos, si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. La señal de que permanecemos en él y él permanece en nosotros, es que nos ha comunicado su Espíritu. Y nosotros hemos visto y atestiguamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo. El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios, y Dios permanece en él. Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él. La señal de que el amor ha llegado a su plenitud en nosotros, está en que tenemos plena confianza ante el día del Juicio, porque ya en este mundo somos semejantes a él.” (1Jn 4:7-17, los textos bíblicos están tomados de la traducción Biblia del Pueblo de Dios, a menos que se indique otra)

¿Que funda lo humano? Cada ser humano, con sus límites culturales, en las diferentes épocas de la historia se ha hecho y a debido responder esta pregunta. Muchas de esas respuestas siguen vigentes, consiente o inconscientemente, en nuestras sociedades y comunidades, tres ejemplos, el Antiguo Testamento presenta el fundamento de lo humano en la pertenencia al pueblo elegido, una pertenencia consanguínea, no pocos textos o su interpretación establecen que “es humano” solo el hijo de una familia judía, siendo verdad que, sobre todo en los profetas, esta interpretación restrictiva de lo humano es puesta en crisis, invitando a una mirada más amplia, todos los pueblos vendrán a Jerusalén, uno a uno los ciudadanos de diversos pueblos dirán que han nacido en ella.  En tiempos más cercanos, la pertenencia a la comunidad creyente fue el fundamento de lo humano, de allí la persecución hasta la muerte del hereje o disidente, no era sólo un riesgo a la integridad de fe, sino a la solidez y permanencia de la comunidad. Con la crisis luterana y el fin de la hegemonía católica en el occidente europeo, se podía ser cristiano de una o más denominación sin crear una crisis en la identidad nacional, se centro el fundamento en la razón humana, es el tiempo de las grandes universidades y de la búsqueda de la totalidad de la sabiduría, ejemplo de ello es la enciclopedia. Como hemos visto, preguntarse por el fundamento de lo humano, no es solo una pegunta existencial, tiene aspectos éticos, puede abrir al hombre  a la búsqueda del otro como un hermano o convertirlo en un enemigo a aniquilar, basta negarle su rostro humano y dejar de llamarlo “ser humano”, para llamarlo, judío, pagano, hereje, comunista, facho, colocolino, indio, extranjero, y sin mucho esfuerzo puedo condenar a uno o  a una comunidad al exterminio "justificado". Por tanto, la primera pregunta es para la Iglesia, en cuanto comunidad humana y para mí: ¿Quiénes son los humanos? Y ¿Quiénes los desechables o no-humanos en los proyectos, en los afectos? Son necesarias hacerlas sinceramente para poder entrar en la experiencia de ser amados por un Dios que nos quiere transformar.
            El punto de partida para conocer el amor de Dios es conocer para amar lo humano, de allí la insistencia de 1Jn, es inspirado, o sea poseedor del Espíritu o portador del amor, el que confiesa a Jesús en la carne (cf. 1Jn 4,2) y obra, es decir ama según esa experiencia. Y de aquí surge otra pregunta, que se la pedimos prestada al poeta chileno Gonzalo Rojas: ¿Qué se ama cuando se ama? Nosotros debemos responder con claridad, ya que se manifestó en la carne o sea en la fragilidad de la condición humana, pues la carne es siempre frágil en todas sus dimensiones, social, física, espiritual, afectiva, entonces, el amor Dios se expresa como elección, Él nos amó primero, rescate, envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados, para llegar a ser Salvador del mundo, de todo lo humano. La comunidad creyente expresa esta fe, como cumbre de la relación amatoria, que 1Jn llama confesión, plenitud en nosotros, permanencia en él, como ocupación y preocupación cordial, “…nada hay verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón…” (Gaudium et spes, desde aquí GS, 1), como tarea de elegir y rescatar al hermano. Conocer para amar lo que Dios ama es puerta ineludible para dejarse transformar.
            Y ¿Qué es lo humano? No es la teología quien nos dará esta respuesta, sino el mismo ser humano, más allá de clases sociales o formación académica o religiosa, con su búsqueda de sí mismo en sus preguntas fundamentales nos podrán ayudar, según el Concilio Vaticano II, ellas son: “¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?” (GS 10) Para profundizar en esta reflexión nos ayudará el biólogo chileno Humberto Maturana, desde su ciencia el nos dirá que el hombre y la mujer son parte de los seres vivos, pues somos sistemas determinados estructuralmente, no se puede llegar a ser sino aquello que nuestros genes o establecen, sí estos son de gato, seremos un gato, por ejemplo, o si son humanos seremos hombres o mujeres, con todos los cambios físicos que están determinados en nuestra estructura y con aquellos que se producen por la interacción con el medio, pero que no los determina éste, pues aunque el medio fuera favorable o no, no puede cambiar la identidad dada por el sistema que somos. Los recambios continuos de componente son signo de una autoproducción, autopoesis, que caracteriza a lo vivo, a partir de sus propios componentes o de las sustancias que toman o vierten en el medio (cf. Humberto Maturana, 2009. La realidad ¿objetiva o construida? Tomo I Fundamentos biológicos de la realidad. Anthropos. España, 2º edición: 5) A la autopoesis los seres vivos unen una segunda característica propia, la creación de un medio social por una red de interacciones que operan para conservarse y adaptarse (cf. Humberto Maturana, 2009: 8) Maturana invita a pasar de la generalidad de los seres vivos a la particularidad del ser humano: “En nosotros los seres humanos este acoplamiento estructural recíproco se da espontáneamente en muchas circunstancias diferentes, como expresión de nuestro modo de ser biológico actual, y aparece ante un observador como una pegajosidad  biológica que puede ser descrita como el placer de la compañía, o como amor en cualquiera de sus formas. Sin esta pegajosidad biológica, sin el placer de la compañía, sin amor, no hay socialización humana, y toda sociedad donde se pierde el amor se desintegra. La conservación de esta pegajosidad biológica, que en su origen asocial es el fundamento de lo social, ha sido en la evolución de los homínidos, en mi opinión, el factor básico en el acotamiento de la deriva filogénica humana que resulto en el lenguaje, y a través de él en la cooperación y no en la competencia, en la inteligencia típicamente humana..." (Humberto Maturana, 2009: 12-13) y ratifica lo anterior volviendo a afirmar: "Todo sistema social humano se funda en el amor, en cualquiera de sus formas, que une a sus miembros, y el amor es la apertura de un espacio de existencia para el otro como ser humano junto a uno. Si no hay amor no hay socialización genuina y los seres humanos se separan. Una sociedad en la que se acaba el amor entre sus miembros se desintegra. Sólo la coerción de uno u otro tipo, es decir, el riesgo de perder la vida, puede obligar a un ser humano, que no es un parasito, a la hipocresía de conducirse como miembro de un sistema social sin amor. Ser social involucra siempre ir con otro, y se va libremente sólo con el que se ama" (Humberto Maturana, 2009: 16) Desde la ciencia podemos afirmar, entonces, que amar es lo que funda lo humano, en su individualidad y en su sociabilidad, y que la experiencia de la compañía de otros en el amor es un hecho genéticos, venimos programados para ello, no es sólo aprendido o adquirido en el contacto social o natural.

            A esto, nosotros como creyentes, debemos afirmar que el hecho biológico y genético, descrito por Maturana, no es una mera casualidad o un accidente, tiene un trasfondo y un origen revelado en el Dios de Israel, Su amor se manifiesta en su primera elección y rescate, que se dieron antes del tiempo y el espacio, la Creación, que es la primera elección de Dios por tener un lugar donde repartir sus bienes  y el rescate de la nada de cada una de las creaturas(cf. Concilio Vaticano I, Dei filiu, DH 3002). En esa Creación el ser humano fue elegido para ser su imagen y semejanza de entre todas las creaturas (cf. Gn 1,26), que nos otra cosa que esa pegajosidad biológica de Maturana y que refleja la identidad de su Autor, Dios es amor, nos ha dicho el texto de 1Jn; por lo tanto, somos como Él y somos más nosotros mismos cuando nos amamos los unos a los otros. Al unir el hecho biológico con el dato de la fe, se nos deben abrir profundas perspectivas, primeramente, que amar es nuestra vocación teológica y natural, base de cualquier relación sincera con el prójimo y con el Gran Otro. Segundo, amar, en cualquiera de sus formas, tiene consecuencias sociales que nunca debemos perder de vista, por lo tanto, confesar a Jesús en su carne vine unido a un modo de habitar el mundo y no cualquier modo, sino un modo transformador de las relaciones sociales, económicas, políticas, ecológicas, etc. Tercero, que todo ser humano, con fe o sin ella, con adhesión formal o no a la Iglesia, está habilitado para ser elegido y rescatado por el Amor de Dios, pues late desde su genética y biología natural, no hay condenados o perdidos en el género humano. Finalmente, que confesar a Jesús en su carne, es reconocer lo humano como única y exclusiva escalera al cielo, santidad, y que al hablar de conversión religiosa o a Cristo no es otra cosa que volver a vivir conmigo mismo, con el prójimo, con la naturaleza y con Dios desde esa humanidad. Confesar a Jesús en la carne es reconocer la posibilidad, por voluntad del mismo Dios, que en la condición humana es posible contener al incontenible, pues, quien confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios, y Dios permanece en él.