10 de mayo de 2014

Buscando la identidad creyente en Israel.

Hno. Manuel Alvarado S., ofm

Apuntes de Clases, Curso "Identidad Franciscana" (Centro Franciscano, Santiago 2014)

La iglesia ora de este modo el Viernes Santo, en la Liturgia de la Pasión:

“Oremos también por el pueblo judío, a quien Dios nuestro Señor hablo primero, para que acreciente en ellos el amor de su Nombre y la fidelidad a su alianza.
Dios todopoderoso y eterno, que confiaste tus promesas a Abraham y a sus descendientes, escucha con bondad las súplicas de tu Iglesia, para que el pueblo de la primera Alianza llegue a la plenitud de la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.”

            En esta oración se reconoce el valor de la historia de Israel para la fe cristiana, de ellos hemos heredado la fe en Dios nuestro Señor, las promesas y su cumplimiento desde Abraham, y la Alianza, cuya obediencia asegurará a los judíos la plenitud de la salvación. El encuentro entre el Dios de Abraham, Isaac y Jacob con el pueblo judío es el punto de partida, cuya cumbre relacional es la encarnación de Jesús, y que hace de la historia de Israel un arquetipo de búsqueda de identidad en el creyente, en no pocas dimensiones los desafíos, engaños y desengaños, crisis del pueblo elegido lo son de la comunidad cristiana y de cada bautizado. Esa historia se ha hecho palabra escrita en el Testamento Común de judíos y cristianos, no como una historia simplemente erudita o ilustrada o mítica, sino como memorial, en donde las actualizaciones de las interpretaciones y las interpelaciones del hoy se insertan en su historia, la celebración de anual de la Pascua lo manifiesta en ese diálogo entre el miembro más joven de la familia y el más anciano, es una historia de ayer pero ocurre hoy, que pasa de generación a generación, y ayuda a la fidelidad de la alianza y de la pertenencia a un pueblo. Podemos decir, que allí radica el éxito del pueblo judío en la historia, pues mientras muchos de los pueblos que se han vinculado con ellos, incluso los grandes imperios, se han perdido en la nebulosa de los tiempos, aún podemos encontrar en nuestro hoy a representantes del pueblo elegido.
            El llamado Antiguo Testamento guarda ese tesoro, una identidad y una pertenencia viva y en proceso, a la cual podemos echar mano en la profundización del desafío de ser cristianos hoy. Vamos a aceptar una de sus divisiones clásicas, sus libros se dividen en la Torá, los proféticos y los sapienciales. Sobre los primeros, aceptaremos la teoría de que fueron entregados a Israel, en su versión actual, como una especie de constitución política de Israel en el retorno del exilio de Babilonia, no sólo como documentos legislativos, sino también con una compresión del ser humano con un origen común, desde el cual Dios elije a Israel, le acompaña y hace alianza (más de una, con Noé, con Abraham y la del Sinaí, por ejemplo), y una compresión de Dios como el que salva y crea, aunque el primer aspecto sea el más profundizado en el Pentateuco. Sobre los libros proféticos debemos destacar que se enmarcan históricamente en la crisis casi terminal que vive el pueblo elegido desde la división del Reino del norte (Israel) y el Sur (Judá), la desaparición del primero a manos de los asirios, cuyo destino casi compartió a manos de los babilónicos el segundo. Las intrigas políticas, las crisis religiosas y teológicas, el devenir de los creyentes, la búsqueda de fidelidad, los cambios en las opciones sociales, etc., van configurando relatos ricos en lo humano y en las dificultades que se vive en la construcción de una identidad personal y comunitaria. Finalmente, los Libros sapienciales son textos poéticos, aunque no significa  necesariamente que estén escritos en versos, que hablan de experiencias aprendidas, de apertura a nuevos modos de habitar el mundo, especialmente los salmos, son palabra humana dirigida a Dios, con el desgarro del dolor o la algarabía del gozo. Es interesante las síntesis de historia sagrada que se pueden hallar de en ellos. Solo tomaremos un breve texto de cada grupo, que nos servirá para iniciar nuestra búsqueda de pistas en la construcción de nuestra propia identidad creyente heredera del pueblo elegido.

Partiremos con un texto de la Torá:

“Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, te da en herencia, cuando tomes posesión de ella y te establezcas allí, recogerás las primicias de todos los frutos que extraigas de la tierra que te da el Señor, tu Dios, las pondrás en una canasta, y las llevarás al lugar elegido por el Señor, tu Dios, para constituirlo morada de su Nombre. Entonces te presentarás al sacerdote que esté en funciones en aquellos días, y le dirás: «Yo declaro hoy ante el Señor, tu Dios, que he llegado a la tierra que él nos dio, porque así lo había jurado a nuestros padres». El sacerdote tomará la canasta que tú le entregues, la depositará ante el altar, y tú pronunciarás estas palabras en presencia del Señor, tu Dios.

«Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y se refugió allí con unos pocos hombres, pero luego se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre. Entonces pedimos auxilio al Señor, el Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestra voz. El vio nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo, en medio de un gran terror, de signos y prodigios. El nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel. Por eso ofrezco ahora las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me diste».

Tú depositarás las primicias ante el Señor, tu Dios, y te postrarás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás delante de él.” (Deut 26,1-10, todos los textos tomados de la Biblia El libro del pueblo de Dios)

Algunas consideraciones generales sobre el texto:
·         Es parte de los “credos de Israel”. Creer en Israel no es asumir un conjunto de dogmas, es vivir una historia con Yahveh, donde Él es su Dios e Israel su pueblo. Israel cree en una Alianza, en la cual Dios se ha comprometido unilateralmente con Abraham, y en él con su posteridad racial (los judíos, en cuantos descendientes sanguíneos) y de adhesión al proyecto de Dios (los cristianos, que en la fe hacen a Abraham su padre, al esperar contra toda esperanza la constante intervención Suya a favor del hombre). Esta alianza los abre a la esperanza, nunca serán abandonados, siempre podrán esperar que su clamor sea escuchado; la Alianza del Sinaí, por otro lado, tiene el desafío de poner a Israel y a Yahveh como dos contratantes en igualdad de condiciones frente a la Ley, lo cual hace que Israel siempre este en deuda, no puede responder, de allí la interpretación de San Pablo en la carta a los Romanos, todos están en deuda los judíos por conocer la Ley y no poder vivirla, y los paganos por desconocerla (cf. Rom 3)
·         Está inserto en un cuerpo legislativo que habla del culto, particularmente, es una expresión de acción de gracias por la tierra, los frutos de la misma y la historia que permite la posesión y la cosecha.
·         Asume el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham. (Cf. Gn 12) De allí la insistencia de estar en la tierra que Dios le ha dado.

Aspectos de la identidad que se destacan:
·         La pertenencia (racial, cultual) está unida a un territorio (una tierra a la que se tiene derecho por el don divino) y a una historia que se pierde en el horizonte del tiempo, el arameo errante puede referir a Abraham y a los primeros patriarcas, como a la experiencia misma del desierto, lo cual abre la perspectiva de la historia, no es cualquier historia es la de una promesa (un territorio y el compromiso de Dios con su pueblo)
·         La actitud de sumisión del creyente, al final del texto, como los aspectos dichos tácitamente del peregrinaje de Egipto a la tierra prometida, (signos, prodigios) deben referir a la Alianza, particularmente al cumplimiento que hace Dios de ella. La acción de gracias se manifiesta en la obediencia.
Desde los profetas tomaremos la experiencia de Oseas:
“El número de los israelitas será como la arena del mar, que no se puede medir ni contar; y en lugar de decirles: «Ustedes no son mi pueblo», les dirán: «Hijos del Dios viviente». Entonces los hijos de Judá se reunirán con los hijos de Israel: designarán para sí un jefe único y desbordarán del país, porque será grande el día de Izreel. Digan a sus hermanos: «Mi pueblo» y a sus hermanas: «compadecida». ¡Acusen a su madre, acúsenla! Porque ella no es mi mujer ni yo soy su marido. Que aparte de su rostro sus prostituciones, y sus adulterios de entre sus senos. Si no, la desnudaré por completo y la dejaré como el día en que nació; haré de ella un desierto, la convertiré en tierra árida y la haré morir de sed. Y no tendré compasión de sus hijos, porque son hijos de prostitución. Sí, su madre se prostituyó, la que los concibió se cubrió de vergüenza, porque dijo: «Iré detrás de mis amantes, los que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mis bebidas». Por eso voy a obstruir su camino con espinas, la cercaré con un muro, y no encontrará sus senderos. Irá detrás de sus amantes y no los alcanzará, los buscará y no los encontrará. Entonces dirá: Volveré con mi primer marido, porque antes me iba mejor que ahora». Ella no reconoció que era yo el que le daba el trigo, el vino nuevo y el aceite fresco; el que le prodigaba la plata y el oro que ellos emplearon para Baal. Por eso retiraré mi trigo a su tiempo y mi vino en su estación; arrancaré mi lana y mi lino, con los que cubría su desnudez. Ahora descubriré su deshonra a la vista de todos sus amantes, y nadie la librará de mi mano. Haré cesar toda su alegría, sus fiestas, sus novilunios, sus sábados y todas sus solemnidades. Devastaré su viña y su higuera, de las que ella decía: «Este es el salario que me dieron mis amantes». Las convertiré en una selva y las devorarán los animales del campo. Le pediré cuenta por los días de los Baales, a los que ella quemaba incienso, cuando se adornaba con su anillo y su collar e iba detrás de sus amantes, olvidándose de mí –oráculo del Señor–. Por eso, yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré de su corazón. Desde allí, le daré sus viñedos y haré del valle de Acor una puerta de esperanza. Allí, ella responderá como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto. Aquel día –oráculo del Señor– tú me llamarás: «Mi esposo» y ya no me llamarás: «Mi Baal». Le apartaré de la boca los nombres de los Baales, y nunca más serán mencionados por su nombre. Yo estableceré para ellos, en aquel día una alianza con los animales del campo, con las aves del cielo y los reptiles de la tierra; extirparé del país el arco, la espada y la guerra, y haré que descansen seguros. Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia; te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor. Aquel día yo responderé –oráculo del Señor– responderé a los cielos y ellos responderán a la tierra; y la tierra responderá al trigo, al vino nuevo y al aceite fresco, y ellos responderán a Izreel.  Yo la sembraré para mí en el país; tendré compasión de «No compadecida» y diré a «No es mi pueblo»: «¡Tú eres Mi Pueblo!» y él dirá: «¡Dios mío!».” (Oseas 2)
Consideraciones generales:
·         A Oseas se le pide (cf. Os 1) encarnar la experiencia de Israel, Dios le pide que se case con una prostituta y tenga descendencia, que vendrán marcados por una especie de “no-ser”, ven frustrado su destino, el cumplimiento de la promesa.
·         Oseas es un profeta del norte que le toca vivir la crisis de fe de Israel, abandona paulatina y consistentemente la fe (confianza, fidelidad) en Yahveh, al traicionar la experiencia de pertenencia al Dios de sus padres, van traicionando la su propia identidad. Va perdiendo esencia ser pueblo, ser comunidad (significativa es acá la experiencia de Amos, en cuanto el pueblo se aleja de la fidelidad a Dios, va perdiéndose la capacidad de reconocer al otro como unido al mismo origen y destino, se puede estafar, engañar en lo político, en lo económico, en lo religioso al otro convertido en un extraño) . El destino será la aniquilación.

Pista de una identidad en Oseas:
·         La clave mística. En general, se considera que el amor de Dios por su pueblo se expresa en la experiencia de amor entre un hombre y una mujer, de allí, que el Cantar de los cantares, un largo poema nupcial haya entrado en el canon judío y cristiano, y haya influenciado tanto a creyentes de todos los tiempos. Dios ama y ese amor es eros (tendencia al otro) y agapé (dos que se hacen uno). Oseas expresa la crisis de ese amor, la otra cara del texto anterior, si Dios cumple con las obligaciones del amor, liberando a su pueblo, este pueblo responde como una mujer ciega (no ve los beneficios que recibe de aquel que la ama incondicionalmente), errante (busca sin capacidad de saber dónde está su verdadero bien, le falta discernimiento), perdida, no solo en clave moral, adultera y prostituta, sino en clave existencial, sin ver y sin encontrar queda desnuda en su soledad, abatida, desesperada.
·         Es ella quien abandona el lecho del amado obnubilada por las expectativas ofrecidas por Baal, que pasa de un ídolo vecino a ser el signo de toda forma de idolatría, sólo ofrece apariencias, es realmente una máscara de la nada. Su error tendrá costo, vergüenza y dolor, pero no es definitivo, la esperanza se abre ante un amor infinito que no se cierra a la tristeza de la amada traicionera.
·         La identidad de Israel está en constante proceso, debe tener un ojo puesta en los constantes baales, que con sus propuestas sucedáneas pretenden rivalizar con el Dios verdadero; debe ser consciente de sus propios adulterios y debe estar abierta a la permanente esperanza de que su fidelidad no depende solo de su voluntad sino del amor y de la voluntad de cumplimiento del Dios amante de su pueblo.
·         La clave místicas, lejos de ser alienante, ofrece al creyente una mirada crítica y a la vez esperanzadora de la historia, de las instituciones, de las sociedades y de todo proceso humano, siempre en búsqueda de fidelidad y necesitada de purificaciones. Tiene como punto de partida el amor experimentado, nos liberó, y como certeza, su amor le obliga al bien de su pueblo. La clave mística permite entender la identidad de Israel en proceso y discernimiento.

Finalmente, veamos un salmo:

“¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor,
aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta él dándole gracias,
aclamemos con música al Señor!

Porque el Señor es un Dios grande,
el soberano de todos los dioses:
en su mano están los abismos de la tierra,
y son suyas las cumbres de las montañas;

suyo es el mar, porque él lo hizo,
y la tierra firme, que formaron sus manos.
¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!

Porque él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que él apacienta,
las ovejas conducidas por su mano.

Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón como en Meribá,
como en el día de Masá, en el desierto,
Cuando sus padres me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras.

Cuarenta años me disgustó esa generación,
hasta que dije:
«Es un pueblo de corazón extraviado,
que no conoce mis caminos».
 Por eso juré en mi indignación:
«Jamás entrarán en mi Reposo».” (Salmo 95)

            Dentro del salterio el Salmo 95, es uno de los que aclama la bondad y la acción permanente de Yahveh en favor de su pueblo. La identidad de Israel tiene como referencia la “Roca”, primero, como lo sólido sobre lo que está edificada toda la creación, propiedad de Dios desde el punto más alto, “las cumbres de los montes”, hasta “los abismos”, y en medio de ambos los mares y la tierra firme, todo el escenario donde se sitúa al ser humano. La tierra prometida es ensanchada a toda la creación, con lo cual hay una consecuencia implícita, la promesa es para todo aquel que habita este escenario creacional, aquí hay una universalidad o catolicidad en germen. La “Roca” es, también, el signo de la compañía de Yahveh en el desierto, cuando el pueblo se diente desfallecer de sed, Dios hará de la dureza de la piedra una fuente para que se sacien, como contraparte, es signo de la dureza del propio pueblo, que duda de Dios y de Moisés, se queja y piensa lo peor (cf. Ex 17) Israel se reconoce propiedad de Yahveh, que le cuida, le escucha y lo sacia en su historia, habitando un mundo que no le pertenece, y con conciencia crítica de sí mismo, es un pueblo de corazón duro como una roca, que finalmente no podrá volver al descanso del Edén (cf. Gen 3) Los últimos versos del Salmo son los más duros, están en clave de la Alianza del Sinaí.


Finalmente, debemos decir que la identidad en el Antiguo Testamento se forma desde la memoria, tanto de la acción de Dios a favor de su pueblo como de la constantes crisis de fidelidad del mismo pueblo, y la obediencia a un amor divino que se hace alianza, que está atento al devenir de su pueblo, pero que conlleva responsabilidad del mismo.